De esos, tú

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De esas manzanas podridas que ya no deseas probar, de ese rencor que se cuela hasta los huesos y parece que no te desea abandonar, de esos eres tú.

Y no te culpo, pues quizá la culpa es mía, porque perdí la esperanza, la confianza en un futuro junto a ti.

Sin cambio, sin emoción, sin ambición, así me siento junto a ti.

A veces quisiera dar marcha atrás a estos sentimientos, pero otras, quisiera avanzar y dejar todo atrás y ser LIBRE.

Quisiera volar en otros cielos, sin nada que me ate, cumpliendo cada sueño, cada meta…

Quisiera hacerlo acompañada, pero si nadie puede acompañarme, si nadie quiere hacerlo, volaré sola, porque no hay mejor compañera para mí que yo misma.

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Sólo para mí

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Tengo en el pecho tantos “te extraño” que no me dejan dormir.

Extraño tu piel, tu aroma, tus manos, tu boca, tu voz, tu mirada…

Y aunque intento no recordar, quisiera tenerte aún más…

Sólo para mí.

Esperando(te)

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De esas noches en que sabía que su alma era barata, pero su cuerpo caro, se envolvió en sutiles encajes y tacones.

Nada le debía, pero había mucho que cobrar: horas y horas de fantasías realizadas a base de extensas y calientes pláticas.

No perdería, excepto un par de horas si él no la satisfacía.

Esta noche era sólo placer.

El amor era un producto escaso y su corazón tan frágil que no lo iba a exponer en una apuesta en la que uno de dos saldría perdiendo.

Así le esperó en la calle oscura, dispuesta para brindar sin reparo su cuerpo, pues había olvidado el decoro en otro bolso.

Una de tantas veces

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Tantas veces…

Tantas veces me he quedado enmudecida ante el peso de realidad,

Soñando con versos que en la sombra del pensamiento se suelen quedar,

Porque ninguna palabra puede describir cada sentimiento que me embarga,

Cuando en la oscuridad de la noche tus labios me suelen besar,

Porque no podría plasmar también la soledad que llega,

Cuando tú no estás.

Así en silencio me quedo, sin poder escribir,

Esperando mi bien, por un beso que me haga vivir.

Náufragos

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La lluvia caía sin respeto alguno sobre los transeúntes; hasta la Luna se había escondido para no observar los cabellos mojados y la ropa hecha sopa de todos los infortunados que se habían aventurado a la tranquila noche.

Ella, con un tono rojo en las mejillas por la vergüenza de saberse con un no poco agraciado aspecto debido a la lluvia, le daba al hostess su impermeable que goteaba llenando de agua todo a su paso.

Tomó una de las últimas mesas en el bar y pidió una copa. Las llamas de la chimenea crepitaban con un alegre tono anaranjado dando a las caras del casi vacío lugar un tono algo siniestro.

Él entraba al lugar, asegurándose para sí mismo que aunque se encontraba mojado, la lluvia era lo mejor que pudiera pasarle. Echó una mirada al lugar y encontró a la vecina que había entrado previamente: cabello y zapatos mojados, pelo revuelto y señales de pasar frío dado que se encontraba cerca de la chimenea.

Pronto, la mirada de ambos se cruzó y el lugar se hizo aún más pequeño. No era necesario hablar; una sonrisa mutua dijo lo que ambos parecían entender, pese a no descubrir el mensaje que habían enviado.

Era una complicidad mutua que elevaba el color en las mejillas, los pensamientos de ambos iban desde el más simple “hola” hasta una tórrida noche en un hotel de paso. Se desnudaron e hicieron el amor con la mirada, se supieron uno del otro sin rozarse la piel, pero así, tal cual llegaron, tuvieron que partir,  sin hablar, sin despedirse y sin saber si eso que “sucedió” podría hacerse realidad, siendo náufragos en su soledad.

Isis Nefert

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El anciano sacerdote observaba azorado las ruinas de la ciudad. Memphis había desaparecido, no quedaba piedra sobre piedra de los muros blancos, del imponente palacio o del templo en el que había dedicado tantas horas de oración a Ptah.

-¿Qué ha sucedido?-, preguntó al hombre que arrastraba penosamente una bolsa por el suelo.

El hombre suspiró y dio una última mirada a la gran ciudad que desde que nació fue su hogar y tras pasar saliva comenzó su relato:

“Hace muchos años, el gran Faraón tuvo dos hijos. El mayor era Nefertum Den, su favorito, nacido de la Gran Esposa Real; la menor era Isis Nefert, hija Isis Merneith, la entonces favorita del Faraón y la más astuta y bella mujer que haya posado su pie en Memphis, consejera del Faraón, la mujer más poderosa en todo Egipto, capaz incluso, de colocar a su hija como heredera aún por encima de Nefertum Den.

‘El gran Faraón envejecía y con la edad, las enfermedades aparecían continuamente. Así, cayó en cama y fue el inicio… de la destrucción. Merneith se dio cuenta de que Nefertum Den planeaba la muerte de su hija, pues era el único obstáculo para una coronación sin adversarios y un reinado en paz.

‘Merneith, una noche sin estrellas, con la complicidad del silencio nocturno, escapó junto con su hija y una escolta para llevarla a la ciudad de Aksum,  lugar de donde provenía y donde habría un ejército para respaldar a su descendiente. Isis Nefert con obediencia seguía a su madre, hasta que su visión comenzó a fallar, sus piernas apenas podían sostenerla y su visión se nublaba.

‘Isis Nefert tuvo que ser auxiliada para poder seguir. No moriría, pues había bebido, en un descuido de su madre, sólo un trago de una bebida preparada especialmente por Nefertum, pero esa bebida le haría enfermar hasta su destino.

Cuentan que tras ambas salió un sacerdote de Ptah, cuyo nombre es secreto, entrenado especialmente para dar muerte a los enemigos del Faraón; un hombre que no se detendría hasta cumplir su objetivo o morir en el intento.

‘Merneith tuvo ocasión de salir airosa varias veces de los intentos de ese sacerdote y logró llegar a salvo junto con su hija a Aksum. La princesa poco a poco fue recuperándose y al hacerlo completamente, Merneith comenzó a entrenarla en las artes prohibidas para nosotros, los no hijos de dioses.

‘Isis Nefert se hacía más y más fuerte cada vez, mientras su padre se acercaba más y más a la muerte. El mismo día en que el Gran Faraón fallecía, Isis Nefert tenía su primer y último encuentro en solitario con el sacerdote de Ptah.

‘La gente que lo presenció dice que la princesa era diestra y fuerte. En el último momento, cuando todos pensaron que el sacerdote cobraría la vida de aquella muchacha, ella levantó su mano y una luz cegó la mirada de todos. Al extinguirse esa luz, el sacerdote tenía los ojos en blanco y caía como fardo a los pies de la princesa.

‘Apenas siete lunas han pasado desde ese día, siete lunas durante las que la princesa Isis Nefert fue una tormenta sobre Memphis. Los hermanos y sus ejércitos se enfrentaron. Los combates fueron terribles, pero el mayor daño a la ciudad fue causado por los hermanos.

‘Ya le he dicho que eran hijos de dioses y es verdad. Ellos mismos fueron caos y muerte. Memphis perdió ante Aksum y la ahora Reina-Faraón encabeza la búsqueda de una nueva capital. Y hacia allá voy, mi compañero, tras el rastro que ha dejado.

Y usted, ahora que no hay ciudad, ¿hacia dónde irá?”

-Tras Isis Nefert-, dijo descubriéndose, dejando ver el collar que lo designaba como sacerdote de Ptah, pues no había muerto a los pies de la entonces princesa, sino que ella le había hecho perder la memoria que recuperó con el relato de ese buen hombre.

El último latido

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Ahí estaba, abriéndose el pecho para entregarle su corazón.

Ya era lo último que le quedaba. Le había dado su tiempo, su aliento, cobijo, todo lo que un ser humano podía dar.

Sólo restaba su corazón tibio, palpitando, lleno de vida, por eso se abría el pecho, pues ya no quedaba más.

Le habían quitado todo a fuerza de mentiras, de chismes, y a él le había dado todo lo suyo.

La vida, la vida ya no tenía sentido, sólo quedaba esperar, esperar ese último momento en que su corazón dejara de latir, por ello lo entregaba.

Así sabía que al menos el último latido quedaba en manos de alguien que amaba.