Una historia inacabada

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-¡Hola a todos!, Elizabeth gritó casi a pulmón en pecho, en cuanto entró a la recepción del hotel.

Elizabeth tenía dos semanas de vacaciones, así que había decidido pasarlas en el hotel que pertenecía a sus abuelos. Recordaba que cuando era una pequeña, sus padres no le dejaban visitar el lugar, por lo que se había conformado con las visitas que su abuela le hacía cada periodo de vacaciones, y por ello, en cuanto sus padres huyeron del país en un crucero, pidió vacaciones en su trabajo para ir a desvelar el gran misterio de ese hotel.

El Hotel Vista Hermosa era una gran edificio construido a fines del siglo XIX y que había obtenido popularidad gracias a sus 12 pisos, luz eléctrica y elevadores. Su estilo art nouveau era incomparable, y al entrar a él, parecía que el tiempo se hubiera detenido.

En cuanto su abuela la vio, corrió a abrazarla, hacía años que no había tenido tiempo de visitarla, pues actualmente los paseos que recorrían lugares históricos estaban de moda y cada fin de semana significaba que tenían más visitantes sumados a los hospedados en las habitaciones.

-Vamos con tu abuelo, estará contento de verte, él está en la cocina, ya sabes, le gusta probar todo lo que se cocine. Deja tu maleta aquí, en un instante un botones la llevará a la habitación que ocuparás…

La anciana abrazó a su nieta por los hombros y echó a andar pidiendo la ayuda de una de sus asistentes, con dirección a la cocina. Sus palabras continuaban en una cantaleta que Elizabeth apenas escuchaba pues observaba los detalles de la construcción. No lograba observar ningún peligro, salvo aquél que ella, siendo una niña pudo haber causado a las pinturas y tapices del lugar.

Continuó caminando sin notar que su abuela se había detenido frente a la puerta de la cocina. De pronto, el lugar había cambiado, era un poco más oscuro, incluso solitario, ya no escuchaba ni siquiera la voz de su abuela.

-¿Elizabeth?, dijo su abuela.

-Parece que no la escucha, dijo la asistente mientras salía un profuso vaho de su boca.

-¡Oh, no! Pero ellos nunca bajan a estas plantas, dijo la abuela. -No, ellos no son, ¡es él!

Elizabeth se había detenido a unos cuantos metros de ambas mujeres. Su mirada parecía perdida viendo algo que no estaba ahí.

En cambio, para Elizabeth el paisaje era muy claro: una habitación tan exquisita como la recepción del hotel, quizá aún más, pero oscura, con un aire de tristeza. Cuando Elizabeth miró hacia el frente, ahí estaba un hombre, vestido de negro, la luz del cuarto apenas hacía distinguir que había un rostro en esa figura.

El hombre, de entre la solapa, sacó una rosa roja que ofreció a Elizabeth, misma que ella tomó titubeando. En cuanto la hubo tomado, la habitación en la que estaba se desvaneció, dejando frente a ella el iluminado pasillo por el que venía en compañía de su abuela y asistente.

-¿Elizabeth?, volvió a repetir la abuela, mientras la giraba hacia ella. Ahogó un grito en cuanto vio la rosa, y, tratando de fingir alegría, le dijo a la joven que era hora de saludar al abuelo.

El abuelo de Elizabeth era aún un hombre de constitución muy fuerte, que dirigía la cocina como un capitán de la naval, empleo que había desempeñado durante su juventud y que debido a un terrible accidente que le había dejado una pierna lisiada, abandonó.

-¡Mi pequeña!, le dijo a Elizabeth en cuanto la vio, ofreciéndole sus brazos para un fuerte abrazo.

-Querida, dijo la abuela. -Anita, mi asistente, estará contigo todos los días como tu compañía.

-No puedes ir más allá de la segunda planta, -continuó el abuelo-, y si lo intentas sólo podrás hacerlo en compañía de tu abuela o quien ella diga. ¿Entendiste?

-No puedes andar sola fuera de estas dos plantas, finalizó la abuela. -Ahora, mi querida hija, Anita te llevará a tu habitación. En cuanto te instales baja al Comedor Provenzales, estará lista la comida, tu abuelo y yo, te estaremos esperando.

Anita llevó a Elizabeth a su habitación, que se encontraba en la segunda planta. Era una suite junior que reflejaba claramente el otrora pasado brillante del edificio. Había intentado, durante su camino a la habitación, que Anita le dijera la historia de aquél viejo edificio, sin lograrlo.

Tras darse una ducha, bajó al Comedor Provenzales, ahí sus abuelos la esperaban con una deliciosa comida. Tras una buena charla que los puso al tanto de todo lo acontecido a toda la familia, el momento del café era el ideal para tocar el tema sobre el edificio y fue el abuelo el primero en tocarlo.

-Tras ocurrir el accidente, tu abuela y yo decidimos que era hora de hacer algo más, juntamos todos los ahorros que teníamos, y nos dimos a la tarea de buscar el lugar donde poner un restaurante. Cuando encontramos este edificio, no habíamos planeado el instalar un hotel, pero el precio y lo bien conservado que estaba el lugar nos hizo considerarlo.

-Sabíamos que el edificio había sido construido a fines del siglo XIX, por un hombre muy rico. Se supone que en un principio albergó departamentos de lujo, mismos que se vendieron con rapidez entre la gente de dinero de ese entonces. Alguno de los departamentos incluso fueron tomados como salas de exhibición de los artistas que aquí vivían y otros, como los que tenemos en esta primera planta, fueron tomados como salones de baile.

-No sabemos qué pasó aquí, continuó la abuela-. Cuando abrimos el hotel utilizábamos todas las plantas, nos iba muy bien, pero de vez en cuando, alguno de nuestros huéspedes salía huyendo en plena noche, completamente aterrados, sin dar ninguna explicación, excepto que el hotel estaba embrujado. Poco a poco, incluso nuestros trabajadores empezaron a experimentar lo mismo que nuestros huéspedes… también tu abuelo y yo.

-Con el paso del tiempo, siguió el abuelo-, aprendimos que  había lugares a los que no debíamos ir si no queríamos experimentar cosas desagradables, por eso, nadie puede ir más allá del segundo piso. Además, supimos como reconocer a las “entidades” que vivían aquí… De esta forma sabemos que hay uno en especial, digamos como… el principal.

-¿Eso es cierto?, preguntó Elizabeth. -Es que… me parece tan increíble.

Sus abuelos se miraron entre sí.

-Tienes razón, dijo el abuelo. – Es algo difícil de creer, pero ya mañana tu abuela te dará un tour por el edificio. Eso si, prométenos que hoy no irás sola más allá del segundo piso.

-Muy bien, dijo con desgano la joven.

Y tras volver un rato más a su charla cotidiana, se separaron para ellos, volver a su rutina administrando el hotel y ella, para pasar la tarde en algún centro comercial de la ciudad, pues aunque tuviera curiosidad de pasear por los demás pisos del hotel, había prometido esperar al día siguiente.

Fue a la mañana siguiente que Elizabeth, ni tarda ni perezosa, bajó a desayunar junto con un tropel de huéspedes del hotel, y tras hacerlo, se dio una escapada al pasillo de servicio para empezar su aventura por el hotel.

-¡Hey, señorita!, dijo una voz familiar a su espalda-. Quedamos en que podrías visitar el hotel sólo con la compañía de tu abuela o de alguien que lo conozca, ¿no es así? Ve por tu abuela, porque de otra forma, tienes prohibido subir, sentenció su abuelo.

A regañadientes Elizabeth buscó a su abuela, quien se hallaba en la oficina tras la recepción. La joven se sorprendía de la popularidad del hotel, pues a pesar de las 30 habitaciones que había ente el primer y el segundo piso, la gente no dejaba de entrar y salir todo el día, por lo que se preguntaba si era por lo bonito del hotel, la comida o la leyenda urbana de que estaba embrujado lo que atraía a las personas.

Su abuela, tras dar unas últimas indicaciones, la guió junto con Anita, a través de uno de los cinco elevadores del hotel al segundo piso, donde, tras pasar uno de los pasillos, la dirigió a las escaleras que se encontraban clausuradas con un par de vallas en dorado.

Empezaron a subir las escaleras poco a poco, y fue, en el descanso, cuando las mujeres notaron, de nueva cuenta, la conducta que le habían visto a Elizabeth cuando llegó al hotel.

Elizabeth no escuchaba a ambas mujeres que le hablaban. Subía poco a poco los escalones, notando que a cada paso la atmósfera iluminada y alegre se transformaba en un lugar que parecía triste. Al llegar al piso, frente a ella se encontraba un amplio salón, en cuyo fondo habían varios instrumentos de orquesta, el piano, que se encontraba casi en plena oscuridad, comenzó a sonar con una melodía familiar.

-¿Elizabeth?, preguntó su abuela, mientras la tomaba del brazo.

-¿Quién es?. preguntó Elizabeth.

La abuela suspiró, pues tras llegar al piso, veía lo mismo que su nieta. Anita, en cambio, se aferraba con fuerza al brazo de su jefa y observaba aterrada lo mismo que veía Elizabeth.

La música paró y el hombre que la producía caminó lentamente hacia las mujeres. La escasa luz no permitía que su rostro se observara a detalle. Sin embargo, las tres notaron cómo aquél hombre se acercaba a una de las mesitas dispuestas alrededor del salón y tomaba una de las rosas que la adornaban para dejarla en el suelo, frente a las mujeres.

Elizabeth se acercó para tomar la flor y al enderezarse encontró el rostro del hombre frente al de ella, aunque la oscuridad era casi plena. Una fría mano rozó su mejilla. El tacto, pese a ser tan frío, era sumamente familiar.

De pronto, la oscuridad se hizo mayor y Elizabeth perdió la consciencia…

 

Continuará…

 

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¿Por qué te quiero?

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-¿Por qué te quiero? Dime.

Inspiró y rascó su cabeza un segundo, para después tomar mi mano y besar la punta de mis dedos.

-Yo también me pregunto eso.

¿Qué quieres?

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-¿Qué quieres?, me dijo con su mirada almendrada clavada en la mía.

“Te quiero a ti”, pensé.

-No lo sé, contesté vacilando. -Quiero encontrarme en toda esta maraña de anhelos que se anulan unos a otros.

Miranda

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A Miranda no le gustaban los abrazos, ni los besos, ni ninguna demostración cursi del amor.

Miranda era agresiva cuando se proponía algo, al igual que en la cama donde no daba tregua ni atizbos de derrota.

Ella parecía inalcanzable, firme en sus sentimientos y en sus decisiones.

Ella, le había robado el corazón y él la esperaba cada sábado en la cafetería donde la conoció, con el mismo libro que leía entonces, con la misma ropa que vestía cuando la vio.

Él tarareaba a Sabina mientras la buscaba por los rincones de aquél café; era poesía para su desgarrado corazón.

Él no la olvidaba, la llevaba en su corazón como se llevan los recuerdos que no se quieren olvidar.

Él aún la buscaba, él aún la quería abrazar.

Y así pasaba el tiempo, sin que su corazón lograra cicatrizar…

Este apego…

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Verás que he intentado no apegarme a ti,

he querido dejar de pensarte un momento.,

escribir de otra cosa, hablar de algo más,

sólo que he fracasado en mis intentos,

te busco, te extraño, te anhelo,

y me quiero a tu lado.

No quiero dañarme, ni dañarte,

pero voy detrás de ti cual si fuera sombra,

deseando rodearte con mis brazos,

que despertaras en ellos,

y besarte, amor, besarte al amanecer.

Un único pedimento, un deseo banal,

o quizá, lo más importante:

déjame estar a tu lado,

un segundo, un minuto… toda una vida,

lo que sea necesario y suficiente,

hasta olvidarte…

(olvidarnos).

LUCY

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Me precio de reconocer a las brujas, aunque no tengo tanta experiencia como una de ellas; reconozco a las brujas como Ravena y su grupo de amigas, que dan a la magia uso cosmético casi exclusivo.

Las puedes reconocer porque su rostro es perfecto, al igual que su figura y su cabello, pero olvidan llenar su cabeza de otras cosas que no sea su imagen. Creo que es por ello que me gusta burlarme de Ravena.

Esta noche nos hemos encontrado bajo la luz de la Luna, como es costumbre, en el Jardín Romano. Reconocí de forma inmediata su mirada maliciosa: ¡Ah, si! Ese tipo de brujas, además de la belleza tienen la cabecita llena de maldad… aunque tontamente empleada.

Tras  la danza alrededor de la fuente, una a una nos hemos despedido, y como tuve que atravesar el océano para llegar a tiempo a esta reunión, comentaba a mis conocidas la extraña travesía que había tenido.

Repentinamente, un rayo luminoso cruzó el aire a pocos milímetros frente a mi rostro, impactándose en la estatua de la fuente, haciéndole una pequeña abolladura; una carcajada sonora y hueca brotaba de la garganta de Ravena quien aún mantenía en posición de ataque su varita.

Sentí que la rabia subía como una marea roja a mi rostro, sin embargo, sabía que Ravena era una de las brujas más tontas que había conocido, así que en un leve movimiento, lancé en respuesta una chispa de luz que se impactó contra su mano haciéndole cosquillas.

Fue entonces, que ella, llenándose de furia, preparó un hechizo para dañarme, lanzándolo, con tan mala puntería, que fue a incrustarse en un árbol. Observé el efecto en el árbol y… nada. Ravena era tan mala que ni siquiera un hechizo destructor podía hacer con verdadero efecto, así que me reí a carcajadas.

Aquella bruja “mala” hizo dote de su grácil agilidad y trató de lanzarme cuanto hechizo destructor e inmovilizador conocía, sin ningún efecto y con pésima puntería. Finalmente, al ver que no podía atinarme, haciendo otro “gracioso” berrinche, se alejó con sus amigas, aunque yo no podía dejarla ir así.

Esperé el tiempo suficiente para distinguir apenas el color rubio de su largo cabello y le lancé un hechizo destellante, que hizo iluminar cual si fuera el día, aquella calle oscura por donde se había alejado. Los gritos del grupo de brujas me indicaron que había dado en el blanco, así que podía regresar a casa con plena alegría debido a mi travesura.

fue en ese momento cuando la escuché. Una pequeña niña, quizá de unos seis o siete años y parecía angustiada mientras repetía algo entre susurros. ¿Qué hacía una niña a esas horas de la madrugada y en ese jardín?

Me acerqué a ella, había logrado despertar mi curiosidad. ¿Acaso habría visto nuestra pequeña reunión? ¿Qué hacía allí?

Me incliné un poco y tratando de no asustarla, saludé.

-Hola, como te llamas? ¿Qué estás haciendo aquí?

-Me llamo Lucy. Busco a mi mamá. Salió de la casa para ir a trabajar al hospital que está cruzando este jardín. Quiero verla.

Recordé que al cruzar el jardín se hallaba una pequeña clínica y sabiendo que quizá aún habría alguna que otra bruja a la que le gustaría llevarse a su casa a una niña tan apetitosa como esa, tomé la mano que me ofrecía y nos dirigimos al lugar donde se hallaría su mamá.

Tras subir los escalones que separaban el jardín del hospital, descubrimos una amplia construcción que se hallaba a oscuras. Realmente aquello seguía pareciéndome sospechoso. ¿Por qué una niña pequeña había llegado al jardín sola? ¿Por qué el hospital se hallaba completamente a oscuras si debía haber personal y pacientes ahí dentro?

Moví la perilla de la puerta y ésta, giró sobre sus goznes con facilidad, dejando ver una gran sala de espera que se encontraba a media luz.

-¿Hay alguien aquí?, grité sin obtener respuesta alguna. -No hay nadie, ¿segura que tu madre está aquí?

-Ella está aquí. Quiero ver a mi mamá, me dijo a punto del llanto.

Cruzamos la sala de espera y nos dirigimos a un largo pasillo que llevaba a consulta externa.

Al fondo del pasillo había una puerta blanca con cristales opacos. Nos detuvimos frente a ella y la abrí para dar un vistazo al interior: un par de consultorios, escritorios, pero todo vacío y a media luz. Cerré la puerta y tomé la mano de la niña para regresar a la entrada.

-¡No! Aquí está mi mamá, quiero verla, dijo levantando la voz mientras, en un arrebato, abría esa puerta y la cruzaba.

Seguía con las mismas dudas, pero aún así, volví a abrir la puerta para descubrir que el lugar había cambiado: la luz se encontraba en pleno, sobre los escritorios había expedientes médicos y cuatro enfermeras que al vernos, detuvieron el trabajo que hacían para sonreírnos.

-Quiero ver a mi mamá, dijo la niña. Ella trabaja aquí.

-¡Oh, si!, dijo una de las enfermeras, ¿por qué no te sientas aquí y esperas un minuto?

En obediencia, la niña se sentó en una de las sillas, mientras las enfermeras volvían a sus actividades.

Súbitamente la puerta por donde habíamos entrado, se abrió de golpe, una mujer con una herida en el brazo entraba a la sala.

-¡Qué felicidad! No había encontrado a nadie en el hospital, tengo una herida muy fea. ¿Podrían atenderme?, dijo la mujer.

-¡Claro! Siéntese, dijo la enfermera que estaba en uno de los escritorios. En un momento la atendemos.

Los minutos pasaban sin tregua alguna y tanto la mujer, como la niña y yo, comenzábamos a desesperarnos. Era tal la desesperación de la niña, que había comenzado a gritar con todas sus fuerzas que quería a su mamá.

-Vamos, pequeña, dijo la enfermera del escritorio, ¿quieres jugar en lo que viene tu mamá?

La niña asintió.

-Mira, prosiguió la enfermera. ¿Recuerdas el juego de la víbora de la mar? ¿Recuerdas que uno se toma de las manos? Pues bien, toma de las manos a mis compañeras… Señora, puede pasar con mi compañera.

Dos de las enfermeras se tomaban de la mano y la última de ellas, se aferró a la muñeca de la nena; mientras tanto, la mujer herida caminaba tras otra de las enfermeras a uno de los consultorios que se encontraba al fondo.

Noté la extraña forma en que la enfermera tomaba la mano de la pequeña… como si la succionara.

-Vámonos ya, le dije a la niña. -Buscaremos a tu mamá después.

Tomé de la mano a la niña y al instante, esa sonrisa que conocía en Ravena ocurrió en las tres enfermeras. La puerta del más cercano consultorio se abrió dejando pie a una especie de hoyo negro que succionaba poco a poco a las enfermeras que estaban tomadas de la mano. Con toda la fuerza que pude, jalé a la niña intentando que se liberara de la mano de la enfermera.

Por más que jalaba, por más que me apoyara del quicio de la puerta, parecía todo inútil, y al contrario, la nena comenzaba a gritar de dolor. No podía más, poco a poco la niña se escapaba de mis manos.

Fue de pronto que, la niña, junto con las enfermeras fueron tragadas por la puerta del consultorio y que yo salí proyectada al pasillo. Me levanté angustiada y tomé la perilla de la puerta para volver a esa sección.

-¡No, por favor!, dijo una voz a mi espalda.

Giré, encontrándome frente a mí a una mujer cuyos ojos parecían estar a punto de escaparse de sus órbitas.

-No abra esa puerta, vámonos de aquí.

Observé la puerta tras la que habían quedado las enfermeras y la niña. No podía regresar yo sola… ¡Esa mujer! La otra mujer había entrado a uno de los consultorios.

Me sentí una cobarde por dirigirme a la salida y dejar tras de mí a la pequeña y a aquella mujer. Si, yo me preciaba de reconocer a las brujas… lo hacía…. ¿o no eran brujas?

-Yo vine a consulta, me dijo la mujer que guiaba mis pasos. -No pensé encontrarme esto, debemos ir a la policía, dijo mientras abría la puerta de salida.

Se detuvo en seco tras salir. El Jardín Romano no era un jardín, era ahora una gran acumulación de agua, cual si fuera fuente, que refulgía con la luz del amanecer.

 

Aburrida

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“Intentaba escribir, una y otra vez borroneaba las palabras con las cuales iniciar. Detestaba no tener una idea con la cual iniciar una buena historia, pero su cabeza estaba en blanco.

Escuchaba a lo lejos las notificaciones de su celular, deseando que él fuera el que estuviera al otro lado, escribiendo para ella.

Leía y una sonrisa aparecía.

Tras un breve lapso de silencio, volvió a la computadora, intentando no pensar en él, aunque se decía que era una pésima mentirosa , pues lo único que hacía era pensar en él.

Y así se iban las horas, sin nada interesante que escribir…”

-Puff, mejor cambiemos de historia, esto no da para mucho más, le dijo a su compañera y dejó el libro en el estante en el que lo había encontrado.