Miranda

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A Miranda no le gustaban los abrazos, ni los besos, ni ninguna demostración cursi del amor.

Miranda era agresiva cuando se proponía algo, al igual que en la cama donde no daba tregua ni atizbos de derrota.

Ella parecía inalcanzable, firme en sus sentimientos y en sus decisiones.

Ella, le había robado el corazón y él la esperaba cada sábado en la cafetería donde la conoció, con el mismo libro que leía entonces, con la misma ropa que vestía cuando la vio.

Él tarareaba a Sabina mientras la buscaba por los rincones de aquél café; era poesía para su desgarrado corazón.

Él no la olvidaba, la llevaba en su corazón como se llevan los recuerdos que no se quieren olvidar.

Él aún la buscaba, él aún la quería abrazar.

Y así pasaba el tiempo, sin que su corazón lograra cicatrizar…

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Este apego…

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Verás que he intentado no apegarme a ti,

he querido dejar de pensarte un momento.,

escribir de otra cosa, hablar de algo más,

sólo que he fracasado en mis intentos,

te busco, te extraño, te anhelo,

y me quiero a tu lado.

No quiero dañarme, ni dañarte,

pero voy detrás de ti cual si fuera sombra,

deseando rodearte con mis brazos,

que despertaras en ellos,

y besarte, amor, besarte al amanecer.

Un único pedimento, un deseo banal,

o quizá, lo más importante:

déjame estar a tu lado,

un segundo, un minuto… toda una vida,

lo que sea necesario y suficiente,

hasta olvidarte…

(olvidarnos).

LUCY

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Me precio de reconocer a las brujas, aunque no tengo tanta experiencia como una de ellas; reconozco a las brujas como Ravena y su grupo de amigas, que dan a la magia uso cosmético casi exclusivo.

Las puedes reconocer porque su rostro es perfecto, al igual que su figura y su cabello, pero olvidan llenar su cabeza de otras cosas que no sea su imagen. Creo que es por ello que me gusta burlarme de Ravena.

Esta noche nos hemos encontrado bajo la luz de la Luna, como es costumbre, en el Jardín Romano. Reconocí de forma inmediata su mirada maliciosa: ¡Ah, si! Ese tipo de brujas, además de la belleza tienen la cabecita llena de maldad… aunque tontamente empleada.

Tras  la danza alrededor de la fuente, una a una nos hemos despedido, y como tuve que atravesar el océano para llegar a tiempo a esta reunión, comentaba a mis conocidas la extraña travesía que había tenido.

Repentinamente, un rayo luminoso cruzó el aire a pocos milímetros frente a mi rostro, impactándose en la estatua de la fuente, haciéndole una pequeña abolladura; una carcajada sonora y hueca brotaba de la garganta de Ravena quien aún mantenía en posición de ataque su varita.

Sentí que la rabia subía como una marea roja a mi rostro, sin embargo, sabía que Ravena era una de las brujas más tontas que había conocido, así que en un leve movimiento, lancé en respuesta una chispa de luz que se impactó contra su mano haciéndole cosquillas.

Fue entonces, que ella, llenándose de furia, preparó un hechizo para dañarme, lanzándolo, con tan mala puntería, que fue a incrustarse en un árbol. Observé el efecto en el árbol y… nada. Ravena era tan mala que ni siquiera un hechizo destructor podía hacer con verdadero efecto, así que me reí a carcajadas.

Aquella bruja “mala” hizo dote de su grácil agilidad y trató de lanzarme cuanto hechizo destructor e inmovilizador conocía, sin ningún efecto y con pésima puntería. Finalmente, al ver que no podía atinarme, haciendo otro “gracioso” berrinche, se alejó con sus amigas, aunque yo no podía dejarla ir así.

Esperé el tiempo suficiente para distinguir apenas el color rubio de su largo cabello y le lancé un hechizo destellante, que hizo iluminar cual si fuera el día, aquella calle oscura por donde se había alejado. Los gritos del grupo de brujas me indicaron que había dado en el blanco, así que podía regresar a casa con plena alegría debido a mi travesura.

fue en ese momento cuando la escuché. Una pequeña niña, quizá de unos seis o siete años y parecía angustiada mientras repetía algo entre susurros. ¿Qué hacía una niña a esas horas de la madrugada y en ese jardín?

Me acerqué a ella, había logrado despertar mi curiosidad. ¿Acaso habría visto nuestra pequeña reunión? ¿Qué hacía allí?

Me incliné un poco y tratando de no asustarla, saludé.

-Hola, como te llamas? ¿Qué estás haciendo aquí?

-Me llamo Lucy. Busco a mi mamá. Salió de la casa para ir a trabajar al hospital que está cruzando este jardín. Quiero verla.

Recordé que al cruzar el jardín se hallaba una pequeña clínica y sabiendo que quizá aún habría alguna que otra bruja a la que le gustaría llevarse a su casa a una niña tan apetitosa como esa, tomé la mano que me ofrecía y nos dirigimos al lugar donde se hallaría su mamá.

Tras subir los escalones que separaban el jardín del hospital, descubrimos una amplia construcción que se hallaba a oscuras. Realmente aquello seguía pareciéndome sospechoso. ¿Por qué una niña pequeña había llegado al jardín sola? ¿Por qué el hospital se hallaba completamente a oscuras si debía haber personal y pacientes ahí dentro?

Moví la perilla de la puerta y ésta, giró sobre sus goznes con facilidad, dejando ver una gran sala de espera que se encontraba a media luz.

-¿Hay alguien aquí?, grité sin obtener respuesta alguna. -No hay nadie, ¿segura que tu madre está aquí?

-Ella está aquí. Quiero ver a mi mamá, me dijo a punto del llanto.

Cruzamos la sala de espera y nos dirigimos a un largo pasillo que llevaba a consulta externa.

Al fondo del pasillo había una puerta blanca con cristales opacos. Nos detuvimos frente a ella y la abrí para dar un vistazo al interior: un par de consultorios, escritorios, pero todo vacío y a media luz. Cerré la puerta y tomé la mano de la niña para regresar a la entrada.

-¡No! Aquí está mi mamá, quiero verla, dijo levantando la voz mientras, en un arrebato, abría esa puerta y la cruzaba.

Seguía con las mismas dudas, pero aún así, volví a abrir la puerta para descubrir que el lugar había cambiado: la luz se encontraba en pleno, sobre los escritorios había expedientes médicos y cuatro enfermeras que al vernos, detuvieron el trabajo que hacían para sonreírnos.

-Quiero ver a mi mamá, dijo la niña. Ella trabaja aquí.

-¡Oh, si!, dijo una de las enfermeras, ¿por qué no te sientas aquí y esperas un minuto?

En obediencia, la niña se sentó en una de las sillas, mientras las enfermeras volvían a sus actividades.

Súbitamente la puerta por donde habíamos entrado, se abrió de golpe, una mujer con una herida en el brazo entraba a la sala.

-¡Qué felicidad! No había encontrado a nadie en el hospital, tengo una herida muy fea. ¿Podrían atenderme?, dijo la mujer.

-¡Claro! Siéntese, dijo la enfermera que estaba en uno de los escritorios. En un momento la atendemos.

Los minutos pasaban sin tregua alguna y tanto la mujer, como la niña y yo, comenzábamos a desesperarnos. Era tal la desesperación de la niña, que había comenzado a gritar con todas sus fuerzas que quería a su mamá.

-Vamos, pequeña, dijo la enfermera del escritorio, ¿quieres jugar en lo que viene tu mamá?

La niña asintió.

-Mira, prosiguió la enfermera. ¿Recuerdas el juego de la víbora de la mar? ¿Recuerdas que uno se toma de las manos? Pues bien, toma de las manos a mis compañeras… Señora, puede pasar con mi compañera.

Dos de las enfermeras se tomaban de la mano y la última de ellas, se aferró a la muñeca de la nena; mientras tanto, la mujer herida caminaba tras otra de las enfermeras a uno de los consultorios que se encontraba al fondo.

Noté la extraña forma en que la enfermera tomaba la mano de la pequeña… como si la succionara.

-Vámonos ya, le dije a la niña. -Buscaremos a tu mamá después.

Tomé de la mano a la niña y al instante, esa sonrisa que conocía en Ravena ocurrió en las tres enfermeras. La puerta del más cercano consultorio se abrió dejando pie a una especie de hoyo negro que succionaba poco a poco a las enfermeras que estaban tomadas de la mano. Con toda la fuerza que pude, jalé a la niña intentando que se liberara de la mano de la enfermera.

Por más que jalaba, por más que me apoyara del quicio de la puerta, parecía todo inútil, y al contrario, la nena comenzaba a gritar de dolor. No podía más, poco a poco la niña se escapaba de mis manos.

Fue de pronto que, la niña, junto con las enfermeras fueron tragadas por la puerta del consultorio y que yo salí proyectada al pasillo. Me levanté angustiada y tomé la perilla de la puerta para volver a esa sección.

-¡No, por favor!, dijo una voz a mi espalda.

Giré, encontrándome frente a mí a una mujer cuyos ojos parecían estar a punto de escaparse de sus órbitas.

-No abra esa puerta, vámonos de aquí.

Observé la puerta tras la que habían quedado las enfermeras y la niña. No podía regresar yo sola… ¡Esa mujer! La otra mujer había entrado a uno de los consultorios.

Me sentí una cobarde por dirigirme a la salida y dejar tras de mí a la pequeña y a aquella mujer. Si, yo me preciaba de reconocer a las brujas… lo hacía…. ¿o no eran brujas?

-Yo vine a consulta, me dijo la mujer que guiaba mis pasos. -No pensé encontrarme esto, debemos ir a la policía, dijo mientras abría la puerta de salida.

Se detuvo en seco tras salir. El Jardín Romano no era un jardín, era ahora una gran acumulación de agua, cual si fuera fuente, que refulgía con la luz del amanecer.

 

Aburrida

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“Intentaba escribir, una y otra vez borroneaba las palabras con las cuales iniciar. Detestaba no tener una idea con la cual iniciar una buena historia, pero su cabeza estaba en blanco.

Escuchaba a lo lejos las notificaciones de su celular, deseando que él fuera el que estuviera al otro lado, escribiendo para ella.

Leía y una sonrisa aparecía.

Tras un breve lapso de silencio, volvió a la computadora, intentando no pensar en él, aunque se decía que era una pésima mentirosa , pues lo único que hacía era pensar en él.

Y así se iban las horas, sin nada interesante que escribir…”

-Puff, mejor cambiemos de historia, esto no da para mucho más, le dijo a su compañera y dejó el libro en el estante en el que lo había encontrado.

Corazón roto

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Dicen que estará mejor por la mañana.

Se acuesta en la cama con la esperanza,

de que el corazón roto sane en la madrugada.

 

Coma

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Contra viento y voluntad el miedo le recorría la espina dorsal. Fuera de la habitación de ese triste hotel, se escuchaban los pasos de un ser, que sin duda debía medir cerca de dos metros; tan profundos, tan pesados eran sus pasos que eran acompañados de algo metálico que arrastraba, algo que chirriaba, que estrujaba el corazón.

El frío sudor le empapaba su frente y los estertores de miedo se hacían más profusos cada vez que escuchaba un portazo y tras él, gritos y más gritos de agonía y dolor.

¿Qué estaba pasando? Golpeaba sus piernas como si de ellas intentara obtener una respuesta mientras el llanto se esparcía por su rostro.

No recordaba haber llegado a ese hotel, pero sin duda, la respuesta la tendrían las botellas de whisky barato que estaban a los pies de la cama.

Un portazo más y más gritos, cada vez más cercanos a su habitación. Con todo el valor que pudo reunir, se acercó a la puerta para observar por la mirilla. Tras la puerta, la mortecina luz parpadeaba, dejando segundos sin luz aquél pasillo.

¿Y si intentaba escapar? Se acomodó la ropa, reunió su teléfono celular… sin cobertura y su cartera, dejando todo lo demás ahí. Frenético escuchaba su corazón que a cada grito repetido saltaba, respiró profundo y salió al pasillo.

La luz parpadeaba a cada paso que daba. Las puertas en lugar de número tenían letras que no podía distinguir. Buscó la salida y por fortuna encontró la escalera. Descendió unos cuantos escalones cuando escuchó los pasos que había escuchado desde su habitación.

Apresuró sus pasos llegando al descanso de la escalera y observó al pasillo del cual provenía, donde se observaba una silueta negra, enorme, que cubría casi todo el rellano de la escalera.

Su corazón saltó al igual que él en cada escalón. Cada vez más cerca escuchaba los pasos de ese ser, cada vez más podía escuchar su respiración.

¡Dios mío! El corazón estaba a punto de salirse de su pecho cuando llegó a la recepción en la que sólo ríos de sangre eran testigos de su miedo. Se apresuró a la salida y tras los vidrios pudo observar:

Una habitación de hospital, con él en una camilla, sus familiares acongojados escuchaban al médico que les explicaba que había caído en coma tras el accidente vehicular y que desconocían cuando podría despertar.

Intentó abrir la puerta, gritó con desesperación, pero nadie le escuchó y sólo pudo aceptar lo sucedido, cuando “eso”, le tomó por el hombro y al interior del hotel lo arrastró.

Rosalba

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Amanece de nueva cuenta. El olor a chocolate, a churros y pan de muerto se conjugan por toda la casa.

Los integrantes de la burguesa familia poco a poco vuelven a la vida. Se oyen los gritos y risas de los más pequeños, mientras que los padres buscan coordinar sus agendas para pasar un rato con su familia antes o después de la misa de doce.

Tras hacer los acuerdos necesarios, los carros se disponen para llevar a la familia a la Iglesia de San Hipólito. Las risas, codazos, y susurros son siempre costumbre a la hora del sermón, pues los pequeños no dejan de molestar a los gemelos mayores.

Paciencia es lo que le piden a Rosalba, la gemela; por su parte, a Rogelio, el gemelo, le piden apaciguar su mal carácter y resignarse al tormento de sus hermanos menores.

La salida de la iglesia siempre se realiza entre vítores, pues sigue el paseo por la Alameda, para después, si sus padres habían conciliado agendas, disfrutar de otro lugar.

Correr, gritar, brincar, mojarse con el agua de las fuentes, eso hacían los pequeños; mientras tanto, los mayores se acercaban al kiosko donde se reunían poetas y alguno que otro idealista para compartir sus ideas.

Rosalba esperaba cada semana por ese momento. No hacía mucho que había descubierto a uno de esos jóvenes idealistas que clamaba a voz en cuello sus ideas. No podía negar que le gustaba, pero, a pesar de encontrarse cada domingo en el mismo lugar, Rosalba reconocía que ese chico se encontraba a kilómetros de distancia de donde ella estaba.

Rogelio observaba conmovido cada una de las reacciones de su gemela, que iba desde el sonroso hasta la sonrisa plena si es que aquél muchacho atisbaba a pasear su mirada sobre su hermana.

Ese día Rosalba estaba dispuesta a acercarse al muchacho y quizá, con suerte, intercambiar un par de palabras, si es que había la oportunidad. Así, absorta le escuchaba, y justo después de que el muchacho se despidiera de la audiencia, intentó acercarse.

La mano firme de Rogelio le detuvo.

-Déjalo marchar, le dijo por lo bajo a su hermana. -Déjalo ir. Si no ha observado el interés que le has puesto todo este tiempo, no debes acercarte.

Rosalba sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pues a pesar de no ser graves las palabras de su hermano, se le había abierto una herida en el corazón.

Frente a ella pasó el joven aquél, sin siquiera voltear a verla; era así una razón por la que ir hacia sus padres sin mirar atrás.

¡Cómo cambia el azul del cielo si hay una herida en el corazón! Ese azul, ya no era el mismo que el día anterior, era más oscuro. Sin embargo, pasaría, pasaría el trago amargo y de nueva cuenta, el azul volvería a brillar.