Aburrida

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“Intentaba escribir, una y otra vez borroneaba las palabras con las cuales iniciar. Detestaba no tener una idea con la cual iniciar una buena historia, pero su cabeza estaba en blanco.

Escuchaba a lo lejos las notificaciones de su celular, deseando que él fuera el que estuviera al otro lado, escribiendo para ella.

Leía y una sonrisa aparecía.

Tras un breve lapso de silencio, volvió a la computadora, intentando no pensar en él, aunque se decía que era una pésima mentirosa , pues lo único que hacía era pensar en él.

Y así se iban las horas, sin nada interesante que escribir…”

-Puff, mejor cambiemos de historia, esto no da para mucho más, le dijo a su compañera y dejó el libro en el estante en el que lo había encontrado.

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Corazón roto

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Dicen que estará mejor por la mañana.

Se acuesta en la cama con la esperanza,

de que el corazón roto sane en la madrugada.

 

Coma

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Contra viento y voluntad el miedo le recorría la espina dorsal. Fuera de la habitación de ese triste hotel, se escuchaban los pasos de un ser, que sin duda debía medir cerca de dos metros; tan profundos, tan pesados eran sus pasos que eran acompañados de algo metálico que arrastraba, algo que chirriaba, que estrujaba el corazón.

El frío sudor le empapaba su frente y los estertores de miedo se hacían más profusos cada vez que escuchaba un portazo y tras él, gritos y más gritos de agonía y dolor.

¿Qué estaba pasando? Golpeaba sus piernas como si de ellas intentara obtener una respuesta mientras el llanto se esparcía por su rostro.

No recordaba haber llegado a ese hotel, pero sin duda, la respuesta la tendrían las botellas de whisky barato que estaban a los pies de la cama.

Un portazo más y más gritos, cada vez más cercanos a su habitación. Con todo el valor que pudo reunir, se acercó a la puerta para observar por la mirilla. Tras la puerta, la mortecina luz parpadeaba, dejando segundos sin luz aquél pasillo.

¿Y si intentaba escapar? Se acomodó la ropa, reunió su teléfono celular… sin cobertura y su cartera, dejando todo lo demás ahí. Frenético escuchaba su corazón que a cada grito repetido saltaba, respiró profundo y salió al pasillo.

La luz parpadeaba a cada paso que daba. Las puertas en lugar de número tenían letras que no podía distinguir. Buscó la salida y por fortuna encontró la escalera. Descendió unos cuantos escalones cuando escuchó los pasos que había escuchado desde su habitación.

Apresuró sus pasos llegando al descanso de la escalera y observó al pasillo del cual provenía, donde se observaba una silueta negra, enorme, que cubría casi todo el rellano de la escalera.

Su corazón saltó al igual que él en cada escalón. Cada vez más cerca escuchaba los pasos de ese ser, cada vez más podía escuchar su respiración.

¡Dios mío! El corazón estaba a punto de salirse de su pecho cuando llegó a la recepción en la que sólo ríos de sangre eran testigos de su miedo. Se apresuró a la salida y tras los vidrios pudo observar:

Una habitación de hospital, con él en una camilla, sus familiares acongojados escuchaban al médico que les explicaba que había caído en coma tras el accidente vehicular y que desconocían cuando podría despertar.

Intentó abrir la puerta, gritó con desesperación, pero nadie le escuchó y sólo pudo aceptar lo sucedido, cuando “eso”, le tomó por el hombro y al interior del hotel lo arrastró.

Rosalba

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Amanece de nueva cuenta. El olor a chocolate, a churros y pan de muerto se conjugan por toda la casa.

Los integrantes de la burguesa familia poco a poco vuelven a la vida. Se oyen los gritos y risas de los más pequeños, mientras que los padres buscan coordinar sus agendas para pasar un rato con su familia antes o después de la misa de doce.

Tras hacer los acuerdos necesarios, los carros se disponen para llevar a la familia a la Iglesia de San Hipólito. Las risas, codazos, y susurros son siempre costumbre a la hora del sermón, pues los pequeños no dejan de molestar a los gemelos mayores.

Paciencia es lo que le piden a Rosalba, la gemela; por su parte, a Rogelio, el gemelo, le piden apaciguar su mal carácter y resignarse al tormento de sus hermanos menores.

La salida de la iglesia siempre se realiza entre vítores, pues sigue el paseo por la Alameda, para después, si sus padres habían conciliado agendas, disfrutar de otro lugar.

Correr, gritar, brincar, mojarse con el agua de las fuentes, eso hacían los pequeños; mientras tanto, los mayores se acercaban al kiosko donde se reunían poetas y alguno que otro idealista para compartir sus ideas.

Rosalba esperaba cada semana por ese momento. No hacía mucho que había descubierto a uno de esos jóvenes idealistas que clamaba a voz en cuello sus ideas. No podía negar que le gustaba, pero, a pesar de encontrarse cada domingo en el mismo lugar, Rosalba reconocía que ese chico se encontraba a kilómetros de distancia de donde ella estaba.

Rogelio observaba conmovido cada una de las reacciones de su gemela, que iba desde el sonroso hasta la sonrisa plena si es que aquél muchacho atisbaba a pasear su mirada sobre su hermana.

Ese día Rosalba estaba dispuesta a acercarse al muchacho y quizá, con suerte, intercambiar un par de palabras, si es que había la oportunidad. Así, absorta le escuchaba, y justo después de que el muchacho se despidiera de la audiencia, intentó acercarse.

La mano firme de Rogelio le detuvo.

-Déjalo marchar, le dijo por lo bajo a su hermana. -Déjalo ir. Si no ha observado el interés que le has puesto todo este tiempo, no debes acercarte.

Rosalba sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pues a pesar de no ser graves las palabras de su hermano, se le había abierto una herida en el corazón.

Frente a ella pasó el joven aquél, sin siquiera voltear a verla; era así una razón por la que ir hacia sus padres sin mirar atrás.

¡Cómo cambia el azul del cielo si hay una herida en el corazón! Ese azul, ya no era el mismo que el día anterior, era más oscuro. Sin embargo, pasaría, pasaría el trago amargo y de nueva cuenta, el azul volvería a brillar.

Al olvido el corazón de poeta

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El tiempo se acaba en un tic-tac.

Lo que pudo ser, ya no será.

Queda herido el corazón,

por no lograr ese amor,

pues día a día,

deja un latido en el olvido.

Y no es que sea necio este argumento,

es que hay realidades que no se pueden cambiar.

Las rosas a pesar de que no quisieran,

su perfume pierden al igual que su vida.

Es que todo se acaba,

es que todo se esfuma.

Hoy esta pluma se niega a entregar,

entre líneas a su corazón herido,

y le canta al desamor… al olvido.

No, no quisiera dejar de amar,

pero la realidad pesa más.

Y este corazón de poeta,

se oculta en las sombras,

para no poderse entregar.

 

Cárcel

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No sabía de caminar bajo la lluvia, tomando la mano de aquélla persona que hacía latir su corazón.

Desconocía el color de los atardeceres en una playa solitaria, de no ser por las fotografías que había en su monitor.

Aún no descubría la emoción de coger una mochila y caminar sin rumbo fijo, sólo por explorar.

Hacía tiempo que su rutina era de la casa a la oficina, y de vuelta al hogar. Su rutina, mecánica, le impedía darse los más mínimos placeres.

Siempre pensaba en que podría tomarse un día e irse a la playa con el sueldo ahorrado, pero nunca había dinero suficiente.

Una u otra obligación en la oficina le ataban a esa monotonía de la que no había escape.

La juventud se le iba entre expedientes y deudas; entre cafés rancios y miradas envidiosas que señalaban chismes a media voz.

No había más que esas horas vividas en y para su “deber” y había olvidado el más importante: ser feliz.

Más, tal vez nunca supo cómo hacer latir con fuerza su corazón o desconocía lo deseaba…

Quizá le faltaba conocerse o se aferró a la seguridad que escondía infelicidad.

Libertad

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Lo deje ir como se va el viento,

llevándose pedacitos de mi corazón.

Abrí mi mano para darle libertad,

libertad para quedarse,

o para marcharse.

Lo que se ama no se puede aprisionar.

Aunque en esta jaula se hable de amor,

también se debe hablar de libertad.