Libertad

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Lo deje ir como se va el viento,

llevándose pedacitos de mi corazón.

Abrí mi mano para darle libertad,

libertad para quedarse,

o para marcharse.

Lo que se ama no se puede aprisionar.

Aunque en esta jaula se hable de amor,

también se debe hablar de libertad.

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Esta noche

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Le veo alejarse sin mirar atrás al separar nuestro camino. Ni un beso al aire, ni un adiós con la mano.

Lo observo a lo lejos sumido en la pantalla azul de su celular y mi corazón grita por ir hasta donde está.

Subo al tren que se aleja a toda prisa, llevándome aún más lejos de él. Entonces, la soledad de mi situación me hace extrañarlo.

Rostros tristes y alegres hacen cita en el vagón, cada uno sumido en su particular forma de vida; mientras tanto, sigo pensando en su sonrisa, en el calor de sus manos…

La distancia se agranda entre nosotros, y aún pienso en ir tras él y no alejarme de su lado.

Llego a mi destino y aunque no estoy lista para salir al mundo, me preparo para olvidarme de mis sentimientos y guardar mis anhelos para mejor ocasión, pues este mundo no conoce lo que es el amor.

Biografía de un día

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“Buuuuuum”, resonó en la calle algo que con fuerza había caído, provocando una nube de polvo que entró por su ventana abierta.

El candelabro estilo renacimiento que colgaba del techo se movía de un lado a otro sin reparo alguno.

Frenéticamente marcó uno a uno los números pertenecientes a su familia sin éxito alguno.

Encendió un cigarrillo esperando calmarse; le sonrió con pesar a su único compañero, que a bocanadas se iba consumiendo.

Una a una fueron entrando llamadas de amigos y familiares, que con fortuna se hallaban con bien.

Y una vez que estuvo más o menos en suficiente calma, tomó su pluma, pues era de esos escritores que aún consideraba a su instrumento de trabajo casi, casi una concubina.

Se asomó a la ventana para observar el caos en que la ciudad se sumía y escribió una a una sus primeras impresiones.

Quince minutos bastaron para vomitar sobre la hoja lo que sentía a flor de piel. Se dio el tiempo de escoger el calzado adecuado y se aventuró a la calle para ayudar.

Arduas horas bajo el sol y la luz de la luna estuvo en una brigada de rescate hasta que su cuerpo ya no pudo más. Necesitaba descansar, pero el ligero tintineo de una campanilla que se escuchaba bajo los escombros, le hacía continuar con la labor al lado de sus compañeros.

De cuando en cuando el silencio; de cuando en cuando Sabina, su cantante favorito ganaba espacio en su pensamiento.

De pronto la notó. Era la pequeña mano de una mujer que movía incesantemente la campanilla. Los esfuerzos se volcaron en ayudar a la dama que había quedado atrapada.

Con mucho esfuerzo lograron sacarla, cubierta de polvo, con algunas heridas, pero esos ojos… los ojos gitanos que tenía esa mujer le robaron el alma con tan sólo un segundo que se posaron en los suyos.

De lejos se quedó observando cómo atendían a la mujer. Sus piernas ya no daban más, sin embargo, deseaba acercarse a ella y saber su nombre.

Buscó entre las bolsas de su pantalón hasta encontrar una tarjeta de presentación, la última que tenía. Aún con algo de timidez se acercó a la mujer y le ofreció su tarjeta.

-Si se te ofrece cualquier cosa, háblame. Le dijo firmemente.

Ella le sonrió y asintió con la cabeza. Esa sonrisa le dio energías renovadas, pero en el fondo sabía que no rendiría más en las labores de rescate, así que regresó a su casa, a cantar a todo pulmón algunas canciones de Sabina.

Un leve beep sonó en su celular.

“Gracias por preocuparte, por ayudarme… gracias por todo… gracias por ser y estar.”

Sin esperar un segundo, marcó el número del cual había sido enviado el mensaje. Era ella…

Al terminar la llamada corrió a su escritorio para dar forma a cuanto verso brotaba de las emociones que ella le había provocado.

No sabía que ocurriría al día siguiente, pero ya había un motivo más para vivirlo.

 

Crónica rumana

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La media luz del ocaso daba un ambiente sepulcral al atrio de la iglesia. Ahí, siglos antes una guerra había sacudido hasta sus cimientos el sencillo pueblo de Rumania.

Los muros de la iglesia, las calles empedradas del pueblo,  y el castillo que coronaba la colina, olían a sangre y desdicha.

Parecía que a pesar del paso del tiempo ese pueblo se había detenido y el otoño no hacía más que acrecentar esa sensación con el triste ulular del viento.

Ese viento frío siempre corría hacia el atrio de la iglesia donde se podía leer en una placa en el suelo, el sentimiento del de quien gobernaba esta región en los tiempos de esa gran guerra:

“A ti, víbora, serpiente ponzoñosa, a ti que pretendes destruirme, juro que cortaré tu cabeza. Tu cuerpo será arrastrado sin piedad y nada quedará de ti.”

El resultado de ese juramento era el que se observaba en el pueblo, pues pese a la tristeza y la sangre, su señor había vencido.

Te he esperado

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15:00 horas, Avenida Americana en el café de la esquina con Calle Humboldt.

~Justo a tiempo, masculló entre dientes cuando lo vió. ~¿Y ahora qué?

Él era tal cual lo había soñado: cabello castaño claro, barba de tres días, ojos claros y coquetos.

Con tan sólo verlo se sonrojó.

~Es atractivo… mucho, se dijo y después mordió su labio.

~Si no estuviera enamorada de alguien más… quizá, volvió a decirse.

Respiró profundamente y se echó un hojeada en el reflejo de la ventana. No le gustaba mucho lo que veía, pero se consoló a sí misma diciéndose que el aviso de este encuentro la había tomado desprevenida.

Se acercó paso a paso hasta él, que se encontraba en la fila de la caja observando atentamente el listado de cafés y precios.

-Un americano, por favor.

~Hasta su tono de voz me agrada, pensó. Intentaba mirarlo de reojo, pero quería más de él. Le atraía su imagen, su aroma que discretamente llegaba a ella. ~¿Cómo hablarle?

Llegó el turno de ella en la caja. Pidió algo rápidamente y tomó una silla donde pudiera verlo mientras ambos esperaban el café.

Un rayo cruzó la ventana y se escucharon caer las primeras gotas de una intensa lluvia.

~Se siente como yo: triste, se dijo al sentir pena de sí misma. No podía acercarse y hablarle pues se sentía como una muñeca fea.

~Lo que será, será, se dijo al escuchar su nombre de parte de un mesero y caminó hacia el mostrador. Tomó su café y salió a la calle, pues le aterraba forzar un encuentro.

Afuera, la lluvia era tan intensa que no se decidía a avanzar más sin un paraguas sobre su cabeza.

-Te llevo, dijo la voz del esperado ser a su espalda.

-Si, dijo ella con una amplia sonrisa.

Tras abrir el paraguas, él toco levemente la cintura de ella y a pesar de ser sólo un roce, el contacto fue eléctrico.

Fue un segundo eterno, en el que ambos se reconocieron; un instante íntimo en el que no había una “para qué”, sino un “te he esperado toda mi vida”.

De esos, tú

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De esas manzanas podridas que ya no deseas probar, de ese rencor que se cuela hasta los huesos y parece que no te desea abandonar, de esos eres tú.

Y no te culpo, pues quizá la culpa es mía, porque perdí la esperanza, la confianza en un futuro junto a ti.

Sin cambio, sin emoción, sin ambición, así me siento junto a ti.

A veces quisiera dar marcha atrás a estos sentimientos, pero otras, quisiera avanzar y dejar todo atrás y ser LIBRE.

Quisiera volar en otros cielos, sin nada que me ate, cumpliendo cada sueño, cada meta…

Quisiera hacerlo acompañada, pero si nadie puede acompañarme, si nadie quiere hacerlo, volaré sola, porque no hay mejor compañera para mí que yo misma.