La Reina

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Observaba a la reina desde media distancia. Tanto con miedo como con respeto, quizá más miedo que respeto.

Sintió cómo las lágrimas comenzaban a rodar mientras pensaba en la naturaleza de esa mujer.

La había conocido, no hace mucho, un par de años quizá, cuando el rey se encontraba perdido en la guerra y ella había tomado el control del reino.

Sus decisiones, tanto crueles como efectivas habían tenido éxito, pues el reino había sobrevivido el tiempo de ausencia del rey.

A pesar de saber que habíamos sobrevivido, recordaba aquella noche en que ella, como tantas veces ocurrió después, furibunda, fuera de sí, pedía que el pueblo desapareciera.

Rogaba y rogaba que aquél que fuera una carga, un insulto para los demás, desapareciera.

Tantas veces la vi hacerlo, que no me sorprendió esa sonrisa apenas perceptible cuando la tierra tembló y hubo muertes.

Y ahora que la peste se encuentra en los límites del reino, no me ha sorprendido ver de nueva cuenta esa sonrisa.

Pareciera que aún no se sacia. ¿Qué otra tragedia tendrá que suceder para que ella se sienta agradecida con ello?

Dime mi suerte

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—Dime mi suerte, me dijo con una sonrisa en los labios.

Dudé por un segundo, un segundo eterno en el que podía decidir si negarme o decirle lo que veía para él, aunque eso me doliera en el alma y las pequeñas heridas que él me había causado se abrieran.

—¿Me la dirás?, preguntó.

—Muy bien, dije y tomé entre mis manos el móvil para observar una de sus fotografías, una que yo le había tomado.

—Seguirás trabajando en lo que te gusta, habrá bastante presión en tu empleo, aunque eso es algo que te gusta.

—Tendrás seguridad en el aspecto laboral unos cuantos años. Tú tendrás que decidir si quedarte ahí o buscar algo más, continué. —Emocionalmente no estás satisfecho (—No te noto feliz conmigo, pensé.) —Aunque estás en un lugar del que no te moverás. Ya no buscas, dejaste de buscar y te conformas con lo que llegue.

Me mordí los labios porque me dolía en el alma cada palabra. Amaba a ese hombre y no era mío. Amaba a ese hombre y estaba sola.

—Quisieras algo más. Sigo viendo insatisfacción, es molesta, bastante molesta, pero aún así, no te moverás.

—Quiero estar contigo, me dijo y el corazón se me quebró, si él hubiera querido estar conmigo lo hubiera hecho.

Sonreí sin poder decirle que el poco tiempo que tuvimos estaba llegando a su fin, que me resistía a dejarlo, que me aferraba a él y eso me lastimaba más que cualquier cosa, pues lo único que retrasaba era el inevitable adiós.

Reflejo

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Su impoluta camisa blanca de algodón no refleja las horas de lucha que su cuerpo ha tenido. Las manos requemadas por el sol, al igual que su tez han sostenido tantas armas que ya lo ha olvidado.

Sus uñas con ligero crecimiento han arañado tanto delicadas pieles como curtidas, tanto en el fragor de la pasión como en el de la guerra.

Observa sus manos, sus pies en fundados en pesadas botas y camina hacia la ventana que abre de par en par para observar a la recién conquistada ciudad.

Él inspira y desea obtener para sí aún más fuerza, aún más poder, pues esa ciudad aún se debe dominar.

Con sus manos toma el agua de la fuente para enjuagar su rostro y en ella yo me veo, pues él soy yo.

Fantasía

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Cada año Ariadna era acompañada por una comitiva a la frontera sur del reino. Ahí, los grandes elefantes de orejas inmensas eran despedidos, agradeciendo el servicio prestado; pues una vez al año, los paquidermos eran recompensados con una semana en plena libertad.

Antes de que cruzaran un arco de roca podían ser retenidos a causa de una emergencia, pues en la guerra o en desastres, los elefantes voladores eran de gran ayuda. Sin embargo, esta no era una ocasión de emergencia, sino de paz en el lugar.

Los paquidermos comenzaron a desfilar, uno a uno para alcanzar grandes alturas y disponer de su libertad.

Fue hasta que el último de ellos, el que pertenecía a la princesa se alejaba con destino al arco, que llegó a ella una terrible visión: guerra.

Una breve pero precisa imagen en su mente le hizo saber que el ejército del reino contiguo se acercaba con velocidad, esperando para atacar, que llegaran esas fechas.

Ariadna, convocó a su séquito, indicándoles la gravedad de la situación, ordenándoles quedarse en aquél lugar para no exponer sus vidas mientras ella haría la marcha de regreso.

Antes de partir, y gracias a sus lazos telepáticos con sus cinco hermanos la situación:

—Habemos cinco de seis aquí, Ariadna, dijo uno, el regreso no será fácil para ti.

—El pueblo, el ejército mismo están en los festejos anuales, no será posible evitar un ataque, dijo otro.

—Ningún vigía ha detectado su presencia, ¿cómo es que lo aseguras?, dijo el menor.

—Porque se han asegurado de que nadie lo informe…

Ariadna no pudo completar la frase, debido a que sintió sobre su espalda una gran fuerza que la derribó. Había caído sobre su pecho, con escaso aliento que le costó recuperar, a causa del golpe.

—He aquí a la bruja, dijo una voz a la que se unieron dos más.

Ariadna rodó por el suelo para ver a las tres mujeres que se hallaban frente a ella. Tenían la piel pegada al hueso amarilla como la de un ave mientras sus ropas negras terminaban en girones cual si fueran plumas. Sus rostros apenas si eran visibles debido al cabello gris y enmarañado que les cubría la cabeza.

—Brujas, dijo Ariadna, brujas del viento.

—Una bruja reconoce a otra, princesa, —dijo la bruja que derribó a Ariadna, e intentó patear a la princesa, quien bajo el peso del pie, desapareció.

Las mujeres se quedaron sorprendidas, pues la princesa había desaparecido frente a sus ojos sin que le escucharán o vieran hacer algo.

Buscaron frenéticas por el lugar, sin notar, que la gravilla donde estuvo el cuerpo de Ariadna se movía piedra a piedra, alejándose de ellas.

—¡Silencio!, gritó una de ellas. Caminó hacia la fuente del leve sonido descubriendo que la arenilla se movía y abrió sus ojos como platos al descubrir que la gravilla daba forma a un cuerpo que lanzaba un hechizo que poco a poco las consumiría.

Ariadna recuperó su forma, mientras los gritos de las brujas, quien la acusaban de serlo entre quejos de dolor, se esparcían como el humo cuyo fuego las abrasaba.

-—Protejan al pueblo, pidió Ariadna. Han traído brujas y hechiceros, por ello el silencio previo al ataque.

—¿Qué te ha sucedido?, preguntó su hermano mayor.

—Algo que tenía que pasar.

—No podremos evacuar a tiempo a la población.

—Lleven a mujeres y niños a la Cámara bajo el trono, que crucen el portal, lo mantendré abierto hasta que cruce el último de ellos.

—Toda mujer y niño, te incluye Ariadna, incluso a nuestra hermana.

—No. Yo estaré con ustedes.

Un leve destello se vio frente a Ariadna, los árboles que rodeaban el camino hacia a la Capital comenzaron a perder su imagen diáfana, parecía que un cristal levemente empañado se hubiera puesto ahí.

Tras esperar un poco, uno a uno, mujeres y niños fueron saliendo del portal. Ariadna les indicó la forma en que debían encontrar el campamento de su séquito para ahí dejarles y regresar al lado de sus hermanos.

La última en salir del portal era su hermana menor. —Trajimos a los que pudimos, le dijo y ambas se abrazaron y despidieron con tristeza y preocupación.

Mientras, en la Capital, la población que quedaba estaban inmersos en los festejos anuales. Música, danza, bebida, se hallaban por doquier y era por ello que convocar a una guerra en esas condiciones implicaría un excesivo esfuerzo que no rendiría muchos frutos.

Sólo la guardia real, compuesta por un ciento de hombres, era quien vigilaba la entrada a la ciudad.

Ariadna cruzó el portal que había pedido para sí misma y tras hacerlo, lo primero que vio fue a una decena de soldados custodiando la frontera de la ciudad.

Para los soldados fue una rara visión ver aparecer de la nada a una joven cuya capa negra cubría toda su figura. Inclinaron sus lanzas hacia la joven al considerarla como una amenaza.

Una visión más ocupó su mente y dándose vuelta extendió la mano para quitar el manto invisible que cubría al ejército enemigo que se hallaba a unos cuantos metros de ella.

Las trompetas de alarma sonaron, mientras el ejército descubierto se negaba a avanzar, pues frente a ellos no sólo estaba una muchacha con una mano extendida, sino que notaba frente a sí, una delgada barrera apenas perceptible que difuminaba el contorno de las construcciones de la ciudad…

Continuará (?)

No era necesario

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No era necesario desvestir y amar tu cuerpo, tampoco pasear mi lengua por cada recoveco.

Lo que necesitaba era decirle a tu alma que me quiero fundir con ella, que no quiero estar lejos de ti.

¿Pero cómo cambiar tu mundo con el mío que es tan diferente?

Fariq

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La infusión se concentraba en el agua, mientras, a través de mis lentes oscuros, observaba la plaza del lugar. Había hecho un alto total a todo el mogollón de cosas que sucedían en mi vida; cogí un taxi y me dirigí, con maleta en mano, a la terminal más cercana para terminar en este lugar.

El pueblo, si es que podía llamarse como tal, era una extraña combinación entre una urbe cosmopolita y un pintoresco pueblito. Las hermosas calles de adoquines subían y bajaban tranquilamente entre casas que a simple vista parecerían muy sencillas, pero por dentro, la cosa cambiaba.

Me había instalado en un pequeño hotel cerca de la plaza, en la que ese día, había un mercado ambulante.

Desde mi mesa observaba el ir y venir de la gente, entre risas, colores y olores de las cosas que se vendían o intercambiaban.

—¿Una flor para la dama?, me dijo de pronto una voz masculina.

—¡Oh, no!, dije sin mirar a mi interlocutor. —Gracias.

—Entonces le invito una soda, dijo él.

Dirigí la mirada a quien estaba a mi lado para encontrarme a un hombre de aspecto árabe que, apartaba la silla y sin permiso alguno se sentaba a mí lado.

Sin saber cómo reaccionar, me quedé perpleja mirándolo.

—Fariq Shah, dijo él ofreciéndome la mano en forma de saludo.

—Un placer, Fariq, dije aún turbada.

—¿No me regalarás el placer de escuchar tu nombre?

—Quizá después, dije para dar un sorbo a mi té.

Mi acompañante llamó al mesero para darle una nueva comanda que compartir entre ambos. Entre las bebidas y las entradas que pidió para acompañar, me contó sobre los lugares que debía visitar mientras estuviera ahí, además de recomendarme los restaurantes y los platillos ideales.

Después de terminar lo que había en la mesa me ofreció servirme de guía hasta que yo decidiera que era hora de volver al hotel.

Con una inevitable sonrisa acepté su oferta y caminamos entre los puestos del tianguis, la Catedral, tiendas de antigüedades y de artesanías, deteniéndolos, cuando era necesario, para tomar alimentos o refrescarnos.

Al término de la tarde me llevó hasta la entrada del hotel, donde con suave voz en su oído le dije mi nombre.

Al día siguiente, mi sorpresa sería mayúscula cuando encontré a Fariq esperando en la recepción. Ese sería otro día conociendo el lugar de su mano y en esa ocasión, el premio fue darle mi número de teléfono.

Tras ello, los mensajes se volvieron interminables. Así supe que su familia había preferido alejarse de Medio Oriente e instalarse cómodamente en ese lugar.

Fariq me deslumbraba por su seguridad de maneras, por su andar felino y quizá, el saberse atractivo tanto por su físico como por su estatus.

Él, por su parte, se deshacía en atenciones y detalles los que, no terminaron incluso después de partir del lugar.

Durante el regreso, compartí el asiento con Fabián Ramos, un oriundo de aquél lugar que por extraña casualidad iría a trabajar a mi ciudad.

Fabián, a diferencia de Fariq, era toda discreción y cada uno de sus movimientos denotaba timidez así como un dejo de tristeza.

La conversación terminó siendo tan amena, pero a la vez tan personal que prometimos contactarnos.

Tal vez era el destino o una muy extraña casualidad, que al regresar al trabajo (que había dejado en manos de mi asistente) descubrí que Fabián era el nuevo integrante del área donde tenía a equipo de trabajo.

Fabián dirigiría a otro equipo y los trabajos de ambos, se complementarían, lo que ocurría también en nuestras conversaciones.

Fabián me exponía sus situaciones y sentimientos de manera familiar y sincera, llegando a darse entre nosotros una profunda amistad(?). Si, amistad con signo de interrogación, porque mi mundo, tras la calma de Fabián, era revuelto por la tormenta Fariq que me prometía un amor que parecía irreal.

Los meses pasaban y yo seguía revuelta. Como bendición, el área de trabajo organizó un viaje de fin de año al lugar donde conocí a Fariq, lo que significaba mi oportunidad de verlo y aclararme.

Llegué al pueblo sin avisar a Fariq, pues quería sorprenderlo, pero antes de perderme en lo que él era, cumpliría con mis compromisos, por lo que iría sola a mi primer evento, que sería una comida con mis compañeros en el restaurante donde conocí a Fariq.

Al llegar Fabián se sentó a mi lado. Acercando sus labios a mi oído me dijo que tenía que hablar conmigo, a lo que accedí; sin embargo, entre los pobladores y turistas que deambulaban por la plaza, observé la figura de Fariq, quien vestía un traje de etiqueta blanco al igual que otros dos hombres que lo acompañaban.

Sin excusarme, me levanté de la meno y me dirigí hacia Fariq, quien al escuchar su nombre volteó a verme y sonrió ligeramente abrumado por la sorpresa.

—¡Oh, nena! ¡Qué sorpresa!, dijo mientras apenas me abrazaba en son de saludo. —Estoy ocupado, dijo en tanto se quitaba la bufanda que traía al cuello y la colocaba en el mío. —¿Me la cuidarías? Después paso a buscarla. Bye, nena, dijo para irse sin decirme algo más.

Me quedé ahí sin decir una palabra más, observando cómo Fariq se dirigía a la Catedral donde varias personas vestidas elegantemente también entraban.

—¿Estás bien?, dijo la voz de Fabián a mi espalda. Tomó mi mano y continuó. —No tengo mucho que ofrecer, he sido lastimado, ya lo sabes, pero yo…

—Ssshh, pronuncié mientras ponía un dedo sobre sus labios. —Lo sé. Ven. Debo entregar algo.

Apreté su mano y lo hice seguirme hasta la Catedral, donde Fariq se hallaba, siendo al parecer un padrino de la pareja que haría sus votos ese día.

Fariq reía con sus acompañantes sin que pudiera verme. Sólo cuando todos estuvieron acomodados, Fariq dirigió su mirada al final de las butacas, donde Fabián y yo estábamos tomados aún de las manos.

Levanté con mi mano libre la bufanda, enseñándosela, para después asentir con la cabeza en señal de despedida y salir del recinto seguida de Fabián que no soltaba mi mano.

Afuera, Fabián volvía a excusarse por no ser lo ideal, pero eso no importaba, al menos no para mí. Lo importante era algo más.

Carmen

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Entre el bullicio de la gente y el equipaje, nos trasladábamos de una terminal a otra en el aeropuerto.

Mi hija, una hermosa joven de 17 años no había dejado de hablar en su celular desde que llegamos al aeropuerto.

Acorde a lo que me decía, hablaba con su futuro agente: Mijaíl Vorobiov, a quien, acorde a los planes veríamos mañana en San Petersburgo.

Una vez llegadas a San Petersburgo, estaría unos días con mi hija en lo que firmaba contrato y se instalaba, después de ello, volaría a Barcelona a montar una nueva exposición.

Entre el equipaje que llevábamos estaba la colección que mostraría allá: ropa típica bordada a mano, además de los aditamentos que se utilizaban para realizarla con una breve historia de las prendas tradicionales.

Al llegar a la terminal, pedí a mi hija me ayudara con la colección mientras yo verificaba el equipaje.

En cuanto estuvimos en tierra, conté lo que llevábamos, notando que la colección se había quedado en el bus el cual ya estaba avanzando lentamente.

Corrí hacia el mismo, golpeando el costado para intentar detenerlo, lo que hizo unos metros más adelante.

El chófer, un hombre de mediana edad que rayaba entre lo atractivo y lo apetecible en la cama, abrío la puerta del bus, a lo que, con todos los colores en el rostro respondí con una disculpa.

—Olvidé parte de mi equipaje, dice aún sonrojada.

—¿En serio? No noté… ¡Ah, si! ¡Ahí está! ¿Le parece si estacionó correctamente el autobús y le ayudo?

No pude evitar una sonrisa y sentirme algo nerviosa. Esperé en la acera mientras él estaciona a el autobús, tras lo que, bajó con la colección entre sus brazos.

—¿A dónde se dirige?

—Vamos a Rusia.

—¿Usted y…?

—Mi hija, esa jovencita que está allá. Le han ofrecido un contrato con Unique Models, así que la acompañaré en lo que se instala y después iré a Barcelona.

—Ya. Pues será un largo viaje. No se preocupe, las acompaño hasta su registro, dijo en respuesta a mi petición de darme lo que llevaba.

Caminamos a través de la terminal hasta encontrar la línea aérea donde registraríamos el equipaje, una gran fila de personas se hallaba ante nosotros, quienes, afortunadamente llevábamos bastante tiempo de adelanto.

Mientras esperábamos en la fila, mi hija no dejaba de hablar en el celular, lo que ya era incómodo para quienes nos encontrábamos alrededor.

—¿Puedo meterme en lo que no me importa?, dijo él observando a mi hija.

—Si antes me da su nombre.

—Rodrigo.

—Carmen, un placer.

—Carmen, ¿ya notaste el tipo de conversación que está teniendo tu hija?

—Bueno, habla con su futuro agente, así que…

—¡Ah! Nota bien qué está conversando…, dijo él guiando mi mirada a mi hija.

Mi hija hablaba a media voz, pero por sus labios noté una conversación demasiado subida de tono. Volví a sonrojarme.

—De pura casualidad, ¿habrás investigado a Unique Models, verdad?, preguntó él.

—Investigué lo que pude, ya que era una página muy básica en principio con opciones de ingreso sólo a través de sus miembros.

—Ya. ¿Y conociste al futuro agente de tu hija?

—Si, un hombre muy cordial que nos explicó los pasos a seguir, aunque, recordé el tono con el que hablaba mi hija. —Quizá fue demasiada cordialidad.

—En seguridad tienen los reportes de jovencitas que han sido engañadas con ofrecimientos de trabajo y que han desaparecido, ¿te gustaría ver algunos y…?

—Sí, le dije sin dudar.

Dejamos a mi hija ya no en la fila para registrar el equipaje, sino sentada en una banca, con la excusa de que había un error en el registro del vuelo y debía verificarlo.

En el área de seguridad, me ofrecieron decenas de reportes de jóvenes que habían sido enganchadas, muy probablemente con fines de trata.

Leí los reportes que pude, encontrando en uno el nombre de Mijaíl Vorobiov.

—¿Te sientes bien?, preguntó Rodrigo. —Te has puesto pálida.

—Si, estoy bien, es sólo que encontré el nombre de su agente en un reporte.

Me explicaron que podía denunciar y dar toda la información que pudiera, lo cual haría.

Ya de regreso con mi hija, que continuaba hablando con Mijaíl, no pude contenerme y le arrebaté el celular.

Ella, tras recuperarse de la sorpresa reclamó el que le quitara el aparato. Apagué a prisa el celular, mientras mi hija comenzaba a exaltarse.

Rodrigo intentó calmarla, lo cual agradecí, aunque no funcionara hasta que le dije a mi hija que Mijaíl era un tratante de blancas.

Le expliqué lo que había encontrado en los reportes y por su parte, Rodrigo, le contó todas las historias que recordaba de mujeres que habían sido engañadas y que jamás habían regresado a sus casas.

Salimos de la terminal con la intención de denunciar y de eliminar todas las formas de contacto que tuviera Vorobiov con mi hija.

En esta ocasión, rentamos un taxi, al que amablemente nos acompañó Rodrigo para abordarlo.

—Carmen, ¿sería muy osado de mi parte pedirte que este viernes me acompañes a una fiesta?

—No, no sería osado, le dije sonriendo.

Busqué en mi bolsa una tarjeta y se la di, agradeciéndole lo que había hecho ese día.

Al llegar a casa tuve que consolar a mi hija, quien no dejaba de llorar por Mijaíl y su oportunidad perdida de ser top model, y como remedio para sus males, además de consolarla, tuve que cambiar la contraseña del wifi y ocultar su teléfono.

Por mi parte, presenté la denuncia correspondiente e hice algunos ajustes respecto a mi viaje a Barcelona.

No esperé mucho antes de que Rodrigo me marcara para compartirme donde sería el evento del viernes y para indicarle dónde debía pasar por mí.

Antes de que llegara ese día, las charlas vía telefónica se hicieron constantes, pareciendo tan naturales nuestras coincidencias.

Llegado el viernes, me encontré con que la fiesta era una boda familiar y su correspondiente recepción.

Estar con Rodrigo e incluso con su familia, parecía tan normal; su cercanía, su aroma, su voz y su piel no parecían ajenas.

Era una forma de química desconocida que terminó en una habitación de hotel hasta la madrugada.

Al regresar a casa, no importó las diferentes ocupaciones, ni los ingresos económicos, era una aventura tan sencilla pero tan completa en su forma la que apenas iniciaba…