Month: March 2015

LA VERDAD TRAS UNA OBSESIÓN

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Tomé el sobre que me ofrecía el investigador privado; mientras lo abría, me explicaba que la “persona” de la cual yo me había enamorado no existía como se me había hecho creer.

Me detuve un poco. Lo que estaba haciendo era una locura, pero necesitaba saber que la persona de la que me había enamorado en una red social existía de verdad o si era sólo un invento.

Saqué un par de fotos donde se observaba una mujer caminando en lo que parecía era un parque. Encontré además, una hoja donde se indicaba el nombre de la chica, su dirección, ocupación, dirección, números de teléfonos, así como una guía de su rutina a la largo de la semana y una tira más de fotografías de otra mujer y un hombre.

Sentí como si una daga entrara en mi pecho. Al instante mis ojos se llenaron de lágrimas. Intenté no llorar frente al investigador pero era prácticamente imposible; las lágrimas corrían sobre mis mejillas sin que pudiera evitarlo.

-Las demás personas, ¿quiénes son?, pregunté con un hilo de voz.

-Verá, señorita-, dijo el investigador con total seguridad, -estas dos personas, cuyos datos encontrará también en el interior del sobre, entran a la cuenta que usted me indicó. Fue muy difícil rastraerlos debido a que todos ellos procuran evitar dejar algún rastro para ser detectados, sin embargo, mi socio y yo, pudimos localizarlos. Tanto la segunda mujer como el caballero, ingresan a la cuenta que usted me dijo, pero de forma esporádica, quien ingresa de forma permanente a la misma, es la primera mujer.

-Entiendo… ¿dónde vive ella?-, pregunté entre sollozos.

-A cuatro horas de aquí-, contestó el investigador. -Como ya habrá observado, agregué todos los datos de ella en una hoja anexa. En caso de que decida ir a ese lugar, le sugiero ir acompañada y si para ello me requiere, esperaré su llamada.

Apenas pude asentir con la cabeza y el investigador, sin más, tras una breve despedida me dejó en la mesa, ahogada en llanto.

Encendí mi celular y accedí a mi cuenta. Ahí estaba “él”, escribiendo como cada mañana lo hacía a esa hora. “Él” me había hecho sentir un amor que no podía comprender y con el que pretendía ser feliz. No podía creer que él no existía, que él era una invención de alguien más… pero, ¿con qué propósito?

Escribí un mensaje a mi “amado”, que fue respondido casi al instante con un “ten bello día” que me partió el alma en dos. Observé la dirección de la chica y tras hacer un par de llamadas a mi secretaría, me dirigí a casa para hacer mi maleta. Iría a buscarla.

Alguna vez había imaginado que los investigadores privados tendrían un vehículo clásico color negro, pero en cambio, Ben, tenía una pequeña minivan que estaba tan bien equipada, que la hacía parecer su segundo hogar.

Ben había sido amablemente discreto, ofreciéndome de vez en cuando algún pañuelo para secar mis lágrimas, además de que no ponía cara de asombro o disgusto cuando observaba mis ojos hinchados por tanto llorar.

Al llegar a la ciudad donde vivía aquélla mujer, sufrí un peor ataque de llanto. Ese era el cielo que mi “él” veía… pero no era un cielo de un hombre, sino de una mujer. Con este pensamiento, me puse al borde de la histeria y Ben lo entendió muy bien, pues en lugar de llevarme de forma inmediata al lugar donde estaría esa mujer en esos instantes, me llevó a un bello parque para que pudiera estirar las piernas.

Caminamos unos minutos por el parque y no tardé en descubrir un lugar que “él” me había mostrado en fotografías. El dolor que sintí fue incontrolable al grado de llegar a las náuseas. Ben se mantuvo impertérrito mientras arqueaba mi cuerpo y tras un largo momento de silencio, con la misma amabilidad que mostró durante el camino me llevó al hotel donde pasaríamos los días que yo considerara necesario.

Durante un día entero no pude salir de la habitación. Observaba con tristeza la pantalla de mi celular y cada una de las frases que “él” escribía y que me dañaban cada vez más… era una mentira tan bien creada que la creí entera, hasta que mi necesidad de algo real fue más fuerte que yo.

Al segundo día, algo envalentonada, pedí a Ben siguiéramos a la mujer que estaba tras de “él”. Así que me llevó a un condominio, donde se estacionó en una esquina, desde la cual, podíamos dominar la vista de un conjunto de casas. Ben, me indicó con exactitud en cuál de aquéllas casas vivía esa mujer. Esperamos unos minutos y justo como lo había indicado en su reporte, aquélla mujer salió de la casa para dirigirse a un pequeño local en el centro de la ciudad, donde estaría hasta pasado el mediodía, para ir por sus hijos a un colegio cercano y después ir a comer a una plaza de la ciudad.

Mientras comía, la observaba atentamente. Le veía escribiendo mensajes en su celular, mismos que correspondían con las frases que “él” iba escribiendo. Quería acercarme a ella y verla a los ojos; deseaba hacerle saber todo el dolor que me estaba provocando.

Al ver que se disponía a marchar, me levanté de la mesa sin pensarlo, mientras ella guardaba su celular en la bolsa. Un breve descuido de su parte y fue todo. Metí mi mano en su bolsa y saqué el celular sin que ella se diera cuenta.

Tras hacerlo, corrí despavorida sin detenerme hasta topar con la minivan de Ben que se encontraba en el estacionamiento. Apretaba contra mi pecho aquél objeto y seguía repitiéndome que no había un “él”, sino que era una “ella” que sin piedad alguna me había engatusado en una “relación” fantasiosa.

Cuando llegó Ben a mi lado, me tendió la mano para que le diera el pequeño objeto que aún mantenía contra mi pecho.

Sin decir una sola palabra, Ben me llevó a un pequeño bistrò, donde, con esa fría amabilidad suya, poco a poco me fue enseñando el contenido de aquél celular.

Ya no tenía ninguna duda. Vi los mensajes que yo le enviaba a “él” en esa red social y no sólo los míos, sino los de otras tantas mujeres que creían que “él” era real. Del dolor pasé a la rabia. “Él” me había hecho creer que me amaba, pero no era más que un invento de otra persona.

Ben tomó mi mano, apretándola dulcemente, para mirarme a los ojos y advertirme que había mucho más de lo que yo veía, pero que él consideraba que no era necesario que supiera todo, así que me pedía que olvidara cada cosa “vivida” al lado de “él” y vivir mi vida tal cual era, sin ninguna fantasía a la que aferrarme.

Con poca resignación, acepté lo propuesto por Ben. No necesitaba saber más.

De pronto, el celular sonó y Ben, contestó la llamada. Era la dueña del teléfono, pidiendo que el mismo se le devolviera, por lo que Ben, dueño de la situación, pidió a la misma se reuniera con él esa noche en el mismo bistrò donde nos encontrábamos.

Durante las horas que transcurrieron antes de aquél encuentro, me puse histérica. Me enfurecía, lloraba… era un caos en mi pequeña habitación de hotel.

El esperar en el restaurante no mejoró mi estado de ánimo, pero al menos ya no lloraba a mares, aunque pensaba en destruir cualquier cosa que me pusieran enfrente. Ben tan sólo me observaba, más, en el instante en que veía como esa mujer entraba al restaurante, me abrazó de manera protectora, pidiéndome al oído que me calmara.

Sólo un ligero carraspeó me indicó que ella ya se encontraba frente a nosotros, así que Ben, sin dejar de abrazarme por los hombros, pidió que ella y el hombre que la acompañaba se sentaran a nuestra mesa.

Yo no podía dejar de mirarla. Tenía un bello rostro… al que deseaba cruzar con mi mano. Sin mucho preámbulo, Ben me presentó; al hacerlo, una chispa de curiosidad encendió el rostro de aquélla mujer. No pude evitar sonreír irónicamente cuando mi mano entregó a su dueña aquél aparato.

Fue entonces, cuando tomé mi teléfono y escribí un mensaje a mi “amado”:

<<Es un placer verte. Ahora que sé la verdad, te prometo que guardaré el secreto, pero quiero que entiendas que si no lo hago es porque esto pudiera doler mucho más de lo que crea. Ten buena vida.>>

Cuando el mensaje fue notificado, ella, de forma inmediata lo revisó. Su bello rostro se tornó pálido. Sus pupilas buscaron las mías. Tal vez… sólo tal vez si ella se hubiera disculpado en ese instante, la hubiera perdonado, pero no lo hizo… mi mano buscó uno de los cuchillos que estaban sobre la mesa. La reacción de Ben fue inmediata y antes de que pudiera levantar aquél cubierto, oprimió mi mano hasta hacerla palidecer.

La mirada de la mujer pasó de la irónica diversión al susto y después a la ira. Sin más, pidió disculpas marchándose con su compañero. Ben tuvo que hacer algo más que apretar mi mano, pues la ira me invadía de pies a cabeza y no podía contenerme… sin embargo, al volver a sentir sus brazos rodeándome, el dolor volvió a invadirme y así, sin fuerza, me acurruqué en su pecho para llorar mi pena.

De regreso a casa, Ben me pedía una y otra vez, que olvidara todo, sin embargo, pese a que supiera la verdad, “leerlo” se había convertido en mi obsesión y sabía que, tal vez, esa obsesión… nunca acabaría.

~CÓMEME~

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97240963

La tarde se acaba. Has pasado por mí a la oficina para irnos a casa. Te observo atento al camino, pero mano en la palanca de velocidades, se desliza inquieta sobre la pierna que tiene cerca. Una señal de alto te hace detenerte. Me observas atento mientras tu mano se cuela bajo la falda para acariciarme.
Respondo a tu caricia cuando reinicias la marcha del vehículo, pues una de mis manos acaricia tu muslo hasta llegar a la entrepierna. Encuentro tu falo que poco a poco se endurece.
Con mirada traviesa desabrocho tu pantalón… un suspiro escapa de tu boca al encontrarte expuesto. Mi mano te acaricia lentamente mientras conduces… te humedeces pronto en mi mano. De pronto, te desvías del camino a una calle que parece solitaria. Te estacionas frente a un parque cuyas farolas empiezan a iluminar la incipiente noche.
~Cómeme~, me dices, y yo, obediente me acerco a tu pene para que penetre mi boca.
Despacio lo succiono, deslizando mi lengua en tu glande. Mi mano acaricia tus testiculos. Gimes y yo, me humedezco.
Levantas mi falda y aprietas mis nalgas.
Una de tus manos toma mi cabeza para que penetres aún más mi boca. Mi saliva moja tus testiculos que mis manos aún acarician.
De pronto me haces separarme de ti. Te arreglas un poco el pantalón y sales del auto. Abres mi puerta y me ofreces la mano. Me diriges hacia el parque, donde la luz no alumbra. Así, contra un árbol, me sujetas con premura para levantar mi falda y arrancarme las pantaletas. Te clavas en mí, haciéndome gritar. Te mueves con fuerza… profundamente. Mi boca se une a la tuya que entre gemidos me llama “mía”.
Abres mi blusa exponiendo mis senos al subir el sostén. Tomas uno a uno mis pezones con tu boca.
Tocas de tal forma mi interior que no puedo evitarlo, grito tu nombre, pero tú callas mi boca en un beso profundo, mientras me estremezco en un largo orgasmo.
Me desmadejo en tus brazos exhausta, pero tú aún quieres más. Te separas de mí y me colocas frente al árbol, mientras tomas mis caderas para penetrarme una vez más.
Me penetras con fuerza… profundamente… más y más… hasta anunciar tu venida… un gemido largo y profundo indica cuando te viertes en mi interior.
Tras unos segundos aún dentro de mí, te retiras suavemente.
Intento arreglar mi ropa, pero los botones de mi blusa han quedado regados en el suelo y mi pantaleta en tiras alrededor de mi cadera. Así te despojas de tu chaqueta para cubrirme y fundirnos en un abrazo.
No es necesario que digas algo… te siento, amor… te sé.
Me besas dulcemente y tras reírnos ambos de lo hecho, seguimos el trayecto a casa.

ESPECTRO

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velha-fantasma

Sentí en mi espalda la fría brisa que se colaba a la habitación. Ninguna ventana se encontraba abierta, así que la brisa provenía del piso superior.

-Mamá, una ventana está abierta allá arriba-, grité a mi madre que se encontraba en su habitación.

-¡No puedo cerrarla!-, gritó mi madre con tono desesperado. Necesito que subas a ayudarme.

Subí las escaleras y entré a su habitación que se hallaba en penumbras. Intenté prender la luz, pero el foco parecía fundido. Con los ojos ya ambientados a la oscuridad, vi a mi madre que estaba contra la pared contraria a la ventana, sin dejar de observar a la misma.

-Ha vuelto a pasar-, me dijo en tono grave. -No puedo cerrar la ventana, no me permite ni acercarme a ella.

Al escucharla, mi piel se erizó. Ya sabía a qué se refería. Temblando me acerqué a la ventana y ahí lo encontré, su piel ensangrentada y tajada apenas podía distinguirse en la oscuridad, así como sus ojos, completamente negros que combinaban con la ropa en jirones que le vestía.

Lentamente, tomé la manija de la ventana para deslizarla suavemente y así, asegurarla. Al hacerlo, eso que flotaba afuera se acercó al quicio de la ventana. Estaba tan cerca de mí, apenas separados por el cristal.

<<¿Qué quieres?>>, quería preguntarle, pero mi boca apenas podía emitir un sonido. La vez anterior que habíamos visto a esa cosa, me había sucedido lo mismo. <<¿Quién eres>>, seguía intentando preguntar.

Me aparté de la ventana tan sólo para ver, que aquél espectro que siempre se había mantenido fuera de la casa, entraba a ella atravesando la ventana. Ni mi madre ni yo emitimos ningún grito, al menos, mis labios seguían paralizados aunque tratara de que no fueran así.

-Sal de aquí-, ordenó mi madre.

Sin que me lo volviera a ordenar, me dirigí a la planta baja. Donde finalmente pude emitir mi voz, para advertir a mis hermanas que ese espectro se encontraba en la casa. El miedo se dibujó en el rostro de ambas, pues ya habían visto ellas, en incontables veces a aquél espectro fuera de la casa, tan sólo observando.

Al unísono ambas gritaron y volví a quedarme sin voz. Una fría mano tocó mi hombro derecho. Sabía que era el espectro.

-Está aquí por ti-, explicó mi madre desde la escalera. -Quiere estar cerca de ti.

<<¿Por qué?>>, quería preguntarle, pero no podía. Su áspera y fría mano rozó mi mejilla y sin más, se escabulló tras la puerta principal de la casa.

-Estará cerca de ti-, volvió a decir mi madre. -Intenta hablar con él. Conmigo no quiere, pero ha dicho que quiere y debe estar cerca de ti. Y si no podemos saber qué quiere seguirá atado a ti por siempre.

Entre el miedo y la histeria me llené de lágrimas. No podía hablar con esa cosa, su sola presencia congelaba mis labios. Hablaba aterrada maldiciendo a aquél ser, cuando mi voz desapareció y una mano siniestra se acercó a mi mejilla para limpiar las lágrimas que en ella corrían.

Cerré los ojos. Mi cuerpo temblaba en extremo. <<¿Qué quieres?>>, intentaba preguntar una y otra vez… pero todo era inútil. Acepté en silencio la presencia de aquél ser hasta que pudiera saber la causa de su presencia o por siempre estaría cerca de mí.

 

UNA CRÓNICA TRISTE

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kaname

~A ti, una crónica triste~

Sora sempai observaba la rosa que tenía entre sus manos. Un hilillo de sangre se percibía corriendo suavemente en sus manos. Yo lo observaba atentamente, guardando los suspiros que su imagen triste me provocaba.

Hacía tanto tiempo que observaba a Sora sempai… tanto tiempo que pareciera que siempre había sido así. Su triste mirada se confundía con la mirada de la esperanza, aunque en conjunto con su bello rostro no había forma de pensar que pudiera estar triste en alguna ocasión.

Ya fuera su figura varonil, el aspecto de su rostro o el hecho de que Sora sempai siempre parecía ajeno a todo lo que le rodeaba, como envuelto en un halo de misticismo, hizo que las demás chicas del instituto no dejaran de perseguirlo desde el primer momento que pisó el salón de clases.

No hace mucho veía a Sora sempai rodeado de chicas que intentaban hablar con él de tantos temas como creyeran podrían interesarle; y así, poco a poco, algunas de esas chicas irremediablemente se encontraban enamoradas de él.

Más, tan pocas de ellas habían sido especiales para él. Cuando alguna chica tocaba el corazón de Sora sempai, esa mirada triste parecía jovial y sus sonrisas llenaban el lugar al que fuera, pero eso nunca duraba demasiado…

El tiempo de crisis comenzó cuando el primer suicidio se cometió. Una de las chicas del instituto, cegada por el amor (según su nota), había amado en vano y en silencio a Sora sempai y como sabía que no tenía ninguna oportunidad, su vida no tenía sentido.

Así, poco a poco, las muertes entre las chicas del instituto se hicieron comunes; para evitarlo, Sora sempai fue aislado, prohibiendo a la comunidad femenina que se acercara a él.

Era por ello que ahora Sora sempai se encontrara más solo que de costumbre. Yo seguía observándolo, fuera por amor o por curiosidad, no podía apartar mi mirada de él, aunque Takeshi sempai siempre se encontrara cerca para tratar de evitar verlo una y otra vez.

Takeshi sempai parecía tan diferente de Sora sempai; siempre tarareaba alguna canción o se divertía con los demás chicos jugando basquetbol, además de que se burlaba de Sora sempai, diciendo que pese a sus finas maneras y encanto con las chicas no era más que un alma fría que causaba daño.

Una fría noche de otoño, me dirigí a la biblioteca; estaba abriendo la puerta principal cuando vi a Sora sempai hablando con Haruka, una compañera de mi clase. Haruka lloraba y rogaba a Sora sempai aceptara el amor que ella le ofrecía.

Sora sempai, tras un minuto de silencio, lanzó a Haruka la mirada más fría que hubiera podido ver, diciéndole que no le interesaba estar con ella, que lo dejara solo, apartándose de ella con brusquedad para internarse y cerrar la puerta interior de la biblioteca.

Me encontraba aturdida, escuchaba llorar a Haruka con una terrible desesperación que fue mayor al gritar a Sora sempai que sin él su vida perdería. No hubo respuesta en el interior de la biblioteca, por ello, en ágil movimiento Haruka alzaba un cuchillo clavándoselo en el vientre.

Al ver lo que Haruka hacía, corrí hacia ella, para llegar en el preciso instante en que su cuerpo tocaba el suelo. Desesperada toqué la puerta tras la que Sora sempai se había internado pidiendo auxilio. Haruka se desangraba entre mis manos y parecía que nadie vendría en mi auxilio.

La puerta exterior crujió dejando entrar una helada brisa y con ella a Takeshi sempai con su grupo de amigos. Con rapidez, Takeshi sempai me apartó de Haruka, y entre el sonido de fuertes pisadas la llevaron a la enfermería.

Yo me quedé en el suelo, con la sangre de Haruka en mis manos y ropa. Sentí algo tibio resbalando por mis mejillas y fue sólo hasta que las lágrimas cayeron en mis manos que noté que estaba llorando.

Observé mis manos llenas de sangre ser bañadas por el transparente líquido. La tristeza comenzó a colarse poco a poco en mi pecho hasta provocar un terrible dolor, ya que la desolación quería ocupar el lugar de mi corazón.

Al ponerme de pie, sólo pensaba que Sora sempai se encontraba del otro lado de la puerta, ajeno a todo lo que había pasado o al menos, indiferente a lo que hubiera podido escuchar.

Azoté la puerta, encontrando a Sora sempai frente a una de las amplias ventanas de la habitación. La tristeza que me consumía fue entonces ira y me abalancé contra él dejando un rasguño en su bello rostro, pero, aunque intentara acercarme más para dañarlo, Takeshi sempai me tomaba de la cintura para evitarlo.

-Él no tiene la culpa, Yuki-, dijo Takeshi sempai. -Ellas se dañan por su propia decisión. Yuki, intentas dañarlo, pero eso no cambiará nada.

Sora sempai me miraba con una mezcla de temor y odio que no podía entender. Poco a poco dejé de ver la figura de Sora sempai para encontrar el rostro de Takeshi sempai cerca del mío y así, la tristeza y rabia que me embargaban, lentamente se sustituyeron por leve calidez que emanaba del cuerpo de Takeshi sempai.

Lancé una última mirada de lástima a Sora sempai y de la mano de Takeshi sempai salí a respirar el frío viento de la noche.

Un abrazo de Takeshi sempai me cubrió del frío y su voz llenó mis oídos de calma al pedirme que aceptara que había cosas que no podía cambiar… aunque una duda quedó en mi corazón. Una duda que pendía de la mirada de Sora sempai, pues quería ver si había más que tristeza u odio en lo profundo de sus ojos…

SIN TI

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A Gabriel

Hoy he despertado y ya no estabas.

Te busqué entre mis recuerdos, encontrando tus sonrisas de ayer y tu tierna mirada.

He de ser la mujer más mala del mundo pues a veces quisiera que no te separaras de mí.

Sin embargo, te amo libre y cada beso que te he dado ha sido para que tus alas sean fuertes sin mí, aún así, te anhelo a cada instante cerca de mí.

Mi bien, si entendieras que con nadie más deseo vivir mi vida, que es contigo con quien quiero también morir, tal vez podrías verte como yo te veo; pues eres, amor, la persona más hermosa que he conocido.

UNA GOTA DE SANGRE

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-Llévate mi corazón contigo, así no te extrañará tanto-, le dijo Kazuo.

Natzuki lo observó atentamente, conteniendo la sed de sangre que él le provocaba. Tenía que alejarse de él para evitar hacerle daño, pero Kazuo la abrazaba firmemente por la espalda.

Ella cerró los ojos para apoyar su cabeza sobre el pecho de Kazuo. El latir de su corazón era un agradable sonido que llenaba a Natzuki de deseo que apenas podía controlar.

-Déjame ir-, suplicaba Natzuki, sin embargo, a cada súplica que ella hacía, Kazuo la sostenía más y más contra él.

La sed llegó a ser tan feroz que Natzuki se deshizo del abrazo de Kazuo, lastimándolo.

Una pequeña herida en la mano de Kazuo hizo brotar su sangre. Natsuki se llenó del aroma que despedía aquella herida, pero la dulce mirada de él le impedía tomar su mano y beber.

Haciendo un terrible esfuerzo para no saltar sobre él, aprovechó la sombra que una nube causó al pasar frente la Luna, para escabullirse entre las sombras y alejarse de él.

No importaba cuánto se alejara, el aroma de la sangre de Kazuo seguía en la memoria de Natzuki. Pese a ello, ella prefirió satisfacer su sed lejos de ély así evitar dañar al joven que tanto amaba.

Tras sentirse satisfecha, Natzuki regresó a casa. La soledad en la que se encontraba le daba una sensación de paz. Hacía tantos siglos que había despertado en el más absoluto abandono, sin saber su nombre o la causa por la cual necesitaba beber sangre para sobrevivir.

Kazuo era el primer hombre que había traspasado la frontera de su soledad para instalarse en su corazón, por ello mismo, quería evitar dañarlo, así que le ocultaba su naturaleza vampírica. No obstante, pese a la resistencia de Natzuki, Kazuo se acercaba cada vez más a ella, al grado de hacerle difícil la separación de cada día.

Estaba sumida en esos pensamientos cuando escuchó el timbre de la puerta. Al abrirla, encontró a Kazuo envuelto en un aura de desasosiego.

-Necesito de ti-, dijo Kazuo entre susurros. -Necesito estar contigo.

La sed de sangre la invadió de forma atroz, pero esta vez, entendió la necesidad de Kazuo de estar ahí, así que, dejándose llevar por el deseo, tomo a Kazuo entre sus brazos para prodigarle las caricias que su cuerpo le dictaba.

Natzuki lo cabalgaba, sintiendo en su interior el dulce calor de Kazuo… un beso, una caricia más y Kazuo la llenaba de él, mientras ella se estremecía entre estertores de placer que le hicieron rasgar el cuello de Kazuo con una de sus uñas.

Una sola gota de sangre y Natzuki supo que el corazón de Kazuo era suyo…

De tajo, abrió el pecho de él, encontrando su corazón, el cual tomó entre sus manos para prodigarle besos y sin más, beber de él, frente a la atónita mirada de Kazuo que lentamente fallecía.

EL REY DE SAJONIA

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Había una vez, un poderoso rey que dominaba en Sajonia; se le reconocía por su valor y absoluto poder que había acumulado debido a las grandes batallas que había librado para mantener la unidad en su reino.

Este rey, noche a noche y tras dejar que su séquito de sirvientes y amigos conciliaran el sueño, caía en una profunda soledad, pero no de aquéllas que se disfrutan en el silencio de la madrugada, sino de esas que laceran el alma y no pueden soportarse.

El rey sabía que necesitaba una compañera para compartir las bondades de su imperio, así como aquéllas noches en que el silencio le embargaba; pero no era fácil para aquél rey darse a la tarea de encontrar una esposa, pues temía que las mujeres que vivían en su reino sólo se interesaran en los tesoros que había acumulado.

Así que, ordenó a su único hermano viajar por las tierras que conformaban su reino, y de ser necesario en los reinos vecinos para encontrar una esposa adecuada a la que no le importaran las riquezas.

De esta forma, el hermano del rey viajó durante dos años por todo el reino, sin hallar a la mujer que fuera adecuada para su hermano; por tanto, una vez que se vistió con ropas raídas y haciéndose pasar por un simple emisario del rey, llegó a uno de los reinos vecinos donde sabía había tres princesas en edad casadera; advirtiendo al soberano de aquél lugar, que no había ya tesoros ni riquezas en el reino, pero que se buscaba una reina con la cual crear un poderoso imperio, cosa que el rey vecino creyó al ver al joven con tan mala pinta.

Para cumplir con lo ordenado por su hermano el rey, conoció una a una a las princesas de aquél reino, reconociendo en una de ellas las cualidades adecuadas para compartir el reinado con su hermano, sin embargo, en el fondo de su corazón, se guardó el deseo de ser su hermano, desposar a aquélla joven y disfrutar de los tesoros del imperio.

De regreso a casa, el muchacho no dejaba de observar a la princesa, de encontrarle mil y una virtudes y así, aumentó en él el profundo deseo de quitar a su hermano de su camino y obtener tanto a la princesa como la corona.

La princesa no lograba ver nada de lo que ocurría en el corazón de aquél joven, pues sólo pensaba y temía un futuro en un reino lejano. Ocupaba su mente en tramar varios actos con los que estaba segura el reino al que llegaría saldría adelante, además de no saber si lograría enamorarse del soberano con el cual se casaría.

Al llegar al reino de Sajonia, la princesa fue recibida en palacio por el soberano, quien lucía tan andrajoso y pobre como el emisario que la había llevado, encontrando un palacio que parecía encontrarse en ruinas. Tras observar la mirada del soberano, no pudo apartarse más de ella y con la esperanza de que a su llegada las cosas mejorarían en el reino de Sajonia, explicó al soberano sus ideas haciendo la promesa de jamás separarse de él y apoyarlo en todo momento.

El rey de Sajonia, reconociendo en la joven princesa la verdad en su mirada y la sincera preocupación por la situación que ella creía había en el reino, confesó que toda la pobreza que veía no había sido mas que una prueba para saber si ella era la mujer adecuada con la cual casarse.

Y pese a no decirlo, el rey había sentido que esa princesa se había instalado en el fondo de su corazón.

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Las bodas se celebraron y durante un año la pareja real fue feliz. Más, fue un año en el que el hermano del rey había acumulado apoyo de varios generales del ejército y sirvientes del castillo para apoderarse de la corona.

Una fresca noche de verano fue la fecha marcada para dar el golpe de estado. Aprovechando las sombras de la noche, el príncipe ingresó a las habitaciones del rey, para poner sobre su cuello la daga y en silencio, separarlo del lecho donde la reina yacía dormida.

Tras amordazar al rey, los traidores le hicieron embarcar en un pequeño navío para deshacerse de él.

Mientras tanto, el príncipe esperaba el despertar de la joven reina, la que al abrir los ojos encontró frente a ella al príncipe, quien le dijo que su esposo había desaparecido por lo que él, a partir de ese momento, se erigía en su protector.

La reina desconcertada no pudo creer en lo que le decía el muchacho, por lo que ordenó se buscara al rey en el castillo, los alrededores y si era necesario, por todos los rincones de la tierra.

Pasaban los días y la esperanza de encontrar al rey se desvanecían en el corazón de la reina, así que se refugiaba en las cálidas palabras del rey espurio, quien no dejaba de decirle que olvidara al rey y aceptara casarse con él, lo cual no aceptaba la reina y eso hacía perder la paciencia al príncipe, quien pese a todo, no quería aparecer como el traidor.

Fue así, que una noche de abril, el joven príncipe perdió la paciencia y urgió a la reina a tomarlo como esposo por su voluntad o tomaría el reino como el legítimo sucesor con ella como esposa. La reina, angustiada, solicitó un día para velar el recuerdo de su esposo, pues advertía que no quería tomar un nuevo esposo sin haber olvidado al rey.

Al día siguiente, la reina se encerraba en su habitación, para llorar frente al mar, pero cual no sería su sorpresa, que a escondidas de los guardias que la custodiaban, un pequeño se había infiltrado en su habitación, llevándole un mensaje del esposo que comenzaba a creer muerto.

<<Mi hermano me ha traicionado. Volveré por ti y para librarme del traidor>>, decía la pequeña nota con la letra de su esposo.

¡Una traición! La tristeza y angustia embargaron el corazón de la reina, pues al día siguiente tendría que tomar por esposo al joven príncipe.

Llegado el nuevo día, el príncipe se presentó en los aposentos de la reina para llevarla consigo ante el altar y así, cumplir con todo lo que había deseado.

-Has creído que no sabría la verdad, dijo ella con entereza, -sin embargo, jamás lograrás lo que te has propuesto.

Fue así, que en un descuido del príncipe, la reina se soltaba de su mano y se arrojaba desde lo alto de la terraza al mar abierto que se cernía a sus pies.

Justo en el instante que la reina caía al agua, que el rey entraba a la fuerza en la habitación y descargaba su furia en contra del hermano que lo había traicionado. Uno a uno los traidores fueron capturados y castigados.

Tras asegurarse que ninguno de los traidores quedara en libertad, el rey corrió a la playa para buscar a su desventurada esposa, encontrando su cuerpo desmadejado sobre la arena.

La cubrió de besos y lágrimas pensando que había muerto, más un leve latido se escuchaba en su interior. Con suma ternura el rey llevó en brazos a su amada a sus aposentos, donde la cuidó con tanta delicadeza que ella, pronto se recuperó.

Cuando ella despertaba, sus ojos descubrían el rostro amado del rey y fundiéndose en un beso volvieron a prometerse amor eterno, olvidando todo lo sucedido.