UN HECHIZO

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La noche avanzaba lentamente. Iniciaba el año nuevo chino y los juegos pirotécnicos lucían en todo su esplendor en el cielo. Las lámparas redondas, los pasteles de arroz y quienes vendían globos de cantoya se encontraban en cada esquina. El bullicio de aquél lugar era intenso: risas, pláticas a voz en cuello y gritos de los niños no dejaban de escucharse. Parecía que todos los presentes eran felices.

Mei Ling caminaba entre la gente que se encontraba en aquél lugar; observaba el cielo estrellado que se cernía sobre ellos, pues parecía que todas las estrellas hubieran aparecido de pronto para celebrar el año nuevo.

De pronto, detuvo su paso y frotó varias veces sus ojos para mirar de nueva cuenta el cielo, pues parecía que las estrellas se estaban acercando cada vez más. Evitó mirar unos segundos el cielo, sin embargo, su percepción era la misma: las estrellas se observaban a cada instante más grandes.

Al confirmar lo que notaba en el cielo su cuerpo se tensó y descubrió, oculto bajo los olores de dulces y pescado frito, un aroma particular que la hacía inquietarse. Dirigió su mirada a todas las direcciones sin encontrar gran cosa, así que con paso calmo, intentó acechar algo que se encontraba oculto.

Tras avanzar unos veinte pasos, lo descubrió apostado tras un puesto de peces. Era un hombre delgado que ocultaba su mirada tras el cabello que caía sobre su frente. Mei lo observaba atentamente, mientras tomaba la varita que se encontraba dentro de su bolsillo.

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Un golpe en su hombro le hizo soltar su varita que salió disparada al suelo un par de metros lejos de ella; intentó recogerla de inmediato, pero aquél hombre que unos segundos antes estuviera vigilando la tomó entre sus manos. Mei se congeló pues no sabía que esperar de aquél hombre,  más no hubo tiempo de saberlo, pues un gran destello iluminó el lugar, proyectándose a lo largo del cielo.

Un par de segundos y la bóveda celeste se convirtió en un techo blanco sobre sus cabezas. Al instante en que la oscuridad regresó al cielo se observaron todas las estrellas acercándose a vertiginosa velocidad hacia la Tierra.

-Ha comenzado-, dijo aquél hombre que al tiempo, le regresaba a Mei su varita.

Aquél hombre echó a correr, elevándose por los aires. Mei quedó estupefacta al observar que aquél hombre iba tras dos hechiceras que aún levantaban sus varitas contra el cielo. La lucha de aquellos seres duró lo que duraba un suspiro. Él las había hecho retroceder, sin embargo, eso no evitaba que las estrellas aún se acercaban sin una aparente explicación.

Mei se acercó a aquél grupo que pendía del cielo y desde el suelo apuntaba su varita a las hechiceras. Una de ellas reía y dirigió su mirada a Mei.

-¿Crees que ella podrá hacerlo?-, preguntó con sorna. -Ella es muy débil-.

-Mei-, dijo aquél hombre-, inténtalo.

¿Intentar? ¿Intentar qué? Mei se preguntaba en silencio que podría intentar si desconocía el hechizo utilizado y era una hechicera principiante.

-Abre tu mente-, ordenó él.

Mei cerró los ojos y sintió la energía de cada persona presente, el viento que soplaba, los árboles meciéndose, incluso la vida que se encontraba en el subsuelo. Su boca se abrió conjurando un hechizo que fue proyectado a través de su propio cuerpo.

Un intenso haz de luz atravesó el cielo, deteniendo el paso de las estrellas, sin embargo, ese no fue el único efecto, ya que Mei, aunque no pudiera verlo, lo sentía: el sistema solar se reordenaba gradualmente.

-Excelente, Mei-, dijo una de las hechiceras. -Cambiaste el orden de las cosas-, sostuvo tras una carcajada.

Unas frases inteligibles fueron susurradas por el hechicero que las contenía y una oscuridad las rodeó, encerrándolas sin que se pudieran escuchar sus gritos, hasta convertirse en una pequeña canica negra que fue a parar al bolsillo del hechicero.

El hechicero se acercó a Mei, tomando una de sus manos, mientras sonreía.

Mei no dejaba de sentir el movimiento de cada uno de los planetas. El orden cambiaba, mas no sabía que consecuencias podría tener, tan sólo sentía en su cuerpo la nueva energía que comenzaba a rodear el planeta Tierra…

 

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