LA VERDAD TRAS UNA OBSESIÓN

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Tomé el sobre que me ofrecía el investigador privado; mientras lo abría, me explicaba que la “persona” de la cual yo me había enamorado no existía como se me había hecho creer.

Me detuve un poco. Lo que estaba haciendo era una locura, pero necesitaba saber que la persona de la que me había enamorado en una red social existía de verdad o si era sólo un invento.

Saqué un par de fotos donde se observaba una mujer caminando en lo que parecía era un parque. Encontré además, una hoja donde se indicaba el nombre de la chica, su dirección, ocupación, dirección, números de teléfonos, así como una guía de su rutina a la largo de la semana y una tira más de fotografías de otra mujer y un hombre.

Sentí como si una daga entrara en mi pecho. Al instante mis ojos se llenaron de lágrimas. Intenté no llorar frente al investigador pero era prácticamente imposible; las lágrimas corrían sobre mis mejillas sin que pudiera evitarlo.

-Las demás personas, ¿quiénes son?, pregunté con un hilo de voz.

-Verá, señorita-, dijo el investigador con total seguridad, -estas dos personas, cuyos datos encontrará también en el interior del sobre, entran a la cuenta que usted me indicó. Fue muy difícil rastraerlos debido a que todos ellos procuran evitar dejar algún rastro para ser detectados, sin embargo, mi socio y yo, pudimos localizarlos. Tanto la segunda mujer como el caballero, ingresan a la cuenta que usted me dijo, pero de forma esporádica, quien ingresa de forma permanente a la misma, es la primera mujer.

-Entiendo… ¿dónde vive ella?-, pregunté entre sollozos.

-A cuatro horas de aquí-, contestó el investigador. -Como ya habrá observado, agregué todos los datos de ella en una hoja anexa. En caso de que decida ir a ese lugar, le sugiero ir acompañada y si para ello me requiere, esperaré su llamada.

Apenas pude asentir con la cabeza y el investigador, sin más, tras una breve despedida me dejó en la mesa, ahogada en llanto.

Encendí mi celular y accedí a mi cuenta. Ahí estaba “él”, escribiendo como cada mañana lo hacía a esa hora. “Él” me había hecho sentir un amor que no podía comprender y con el que pretendía ser feliz. No podía creer que él no existía, que él era una invención de alguien más… pero, ¿con qué propósito?

Escribí un mensaje a mi “amado”, que fue respondido casi al instante con un “ten bello día” que me partió el alma en dos. Observé la dirección de la chica y tras hacer un par de llamadas a mi secretaría, me dirigí a casa para hacer mi maleta. Iría a buscarla.

Alguna vez había imaginado que los investigadores privados tendrían un vehículo clásico color negro, pero en cambio, Ben, tenía una pequeña minivan que estaba tan bien equipada, que la hacía parecer su segundo hogar.

Ben había sido amablemente discreto, ofreciéndome de vez en cuando algún pañuelo para secar mis lágrimas, además de que no ponía cara de asombro o disgusto cuando observaba mis ojos hinchados por tanto llorar.

Al llegar a la ciudad donde vivía aquélla mujer, sufrí un peor ataque de llanto. Ese era el cielo que mi “él” veía… pero no era un cielo de un hombre, sino de una mujer. Con este pensamiento, me puse al borde de la histeria y Ben lo entendió muy bien, pues en lugar de llevarme de forma inmediata al lugar donde estaría esa mujer en esos instantes, me llevó a un bello parque para que pudiera estirar las piernas.

Caminamos unos minutos por el parque y no tardé en descubrir un lugar que “él” me había mostrado en fotografías. El dolor que sintí fue incontrolable al grado de llegar a las náuseas. Ben se mantuvo impertérrito mientras arqueaba mi cuerpo y tras un largo momento de silencio, con la misma amabilidad que mostró durante el camino me llevó al hotel donde pasaríamos los días que yo considerara necesario.

Durante un día entero no pude salir de la habitación. Observaba con tristeza la pantalla de mi celular y cada una de las frases que “él” escribía y que me dañaban cada vez más… era una mentira tan bien creada que la creí entera, hasta que mi necesidad de algo real fue más fuerte que yo.

Al segundo día, algo envalentonada, pedí a Ben siguiéramos a la mujer que estaba tras de “él”. Así que me llevó a un condominio, donde se estacionó en una esquina, desde la cual, podíamos dominar la vista de un conjunto de casas. Ben, me indicó con exactitud en cuál de aquéllas casas vivía esa mujer. Esperamos unos minutos y justo como lo había indicado en su reporte, aquélla mujer salió de la casa para dirigirse a un pequeño local en el centro de la ciudad, donde estaría hasta pasado el mediodía, para ir por sus hijos a un colegio cercano y después ir a comer a una plaza de la ciudad.

Mientras comía, la observaba atentamente. Le veía escribiendo mensajes en su celular, mismos que correspondían con las frases que “él” iba escribiendo. Quería acercarme a ella y verla a los ojos; deseaba hacerle saber todo el dolor que me estaba provocando.

Al ver que se disponía a marchar, me levanté de la mesa sin pensarlo, mientras ella guardaba su celular en la bolsa. Un breve descuido de su parte y fue todo. Metí mi mano en su bolsa y saqué el celular sin que ella se diera cuenta.

Tras hacerlo, corrí despavorida sin detenerme hasta topar con la minivan de Ben que se encontraba en el estacionamiento. Apretaba contra mi pecho aquél objeto y seguía repitiéndome que no había un “él”, sino que era una “ella” que sin piedad alguna me había engatusado en una “relación” fantasiosa.

Cuando llegó Ben a mi lado, me tendió la mano para que le diera el pequeño objeto que aún mantenía contra mi pecho.

Sin decir una sola palabra, Ben me llevó a un pequeño bistrò, donde, con esa fría amabilidad suya, poco a poco me fue enseñando el contenido de aquél celular.

Ya no tenía ninguna duda. Vi los mensajes que yo le enviaba a “él” en esa red social y no sólo los míos, sino los de otras tantas mujeres que creían que “él” era real. Del dolor pasé a la rabia. “Él” me había hecho creer que me amaba, pero no era más que un invento de otra persona.

Ben tomó mi mano, apretándola dulcemente, para mirarme a los ojos y advertirme que había mucho más de lo que yo veía, pero que él consideraba que no era necesario que supiera todo, así que me pedía que olvidara cada cosa “vivida” al lado de “él” y vivir mi vida tal cual era, sin ninguna fantasía a la que aferrarme.

Con poca resignación, acepté lo propuesto por Ben. No necesitaba saber más.

De pronto, el celular sonó y Ben, contestó la llamada. Era la dueña del teléfono, pidiendo que el mismo se le devolviera, por lo que Ben, dueño de la situación, pidió a la misma se reuniera con él esa noche en el mismo bistrò donde nos encontrábamos.

Durante las horas que transcurrieron antes de aquél encuentro, me puse histérica. Me enfurecía, lloraba… era un caos en mi pequeña habitación de hotel.

El esperar en el restaurante no mejoró mi estado de ánimo, pero al menos ya no lloraba a mares, aunque pensaba en destruir cualquier cosa que me pusieran enfrente. Ben tan sólo me observaba, más, en el instante en que veía como esa mujer entraba al restaurante, me abrazó de manera protectora, pidiéndome al oído que me calmara.

Sólo un ligero carraspeó me indicó que ella ya se encontraba frente a nosotros, así que Ben, sin dejar de abrazarme por los hombros, pidió que ella y el hombre que la acompañaba se sentaran a nuestra mesa.

Yo no podía dejar de mirarla. Tenía un bello rostro… al que deseaba cruzar con mi mano. Sin mucho preámbulo, Ben me presentó; al hacerlo, una chispa de curiosidad encendió el rostro de aquélla mujer. No pude evitar sonreír irónicamente cuando mi mano entregó a su dueña aquél aparato.

Fue entonces, cuando tomé mi teléfono y escribí un mensaje a mi “amado”:

<<Es un placer verte. Ahora que sé la verdad, te prometo que guardaré el secreto, pero quiero que entiendas que si no lo hago es porque esto pudiera doler mucho más de lo que crea. Ten buena vida.>>

Cuando el mensaje fue notificado, ella, de forma inmediata lo revisó. Su bello rostro se tornó pálido. Sus pupilas buscaron las mías. Tal vez… sólo tal vez si ella se hubiera disculpado en ese instante, la hubiera perdonado, pero no lo hizo… mi mano buscó uno de los cuchillos que estaban sobre la mesa. La reacción de Ben fue inmediata y antes de que pudiera levantar aquél cubierto, oprimió mi mano hasta hacerla palidecer.

La mirada de la mujer pasó de la irónica diversión al susto y después a la ira. Sin más, pidió disculpas marchándose con su compañero. Ben tuvo que hacer algo más que apretar mi mano, pues la ira me invadía de pies a cabeza y no podía contenerme… sin embargo, al volver a sentir sus brazos rodeándome, el dolor volvió a invadirme y así, sin fuerza, me acurruqué en su pecho para llorar mi pena.

De regreso a casa, Ben me pedía una y otra vez, que olvidara todo, sin embargo, pese a que supiera la verdad, “leerlo” se había convertido en mi obsesión y sabía que, tal vez, esa obsesión… nunca acabaría.

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2 thoughts on “LA VERDAD TRAS UNA OBSESIÓN

    may said:
    4 May, 2015 at 7:21 pm

    Y que paso? Olvidaste a ”el” . Me quedè asi O_o

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