EN SILENCIO

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El atardecer en la playa me llevó a una calma inusitada. Al parecer, era la única a la que interesaba observar cómo se perdía el sol bajo el mar, pues de la alberca, que quedaba a varios metros lejos de mí, se escuchaban las risas desatadas por las actividades que promovía personal del hotel.
Era la única que quedaba frente al mar. La soledad me hacía sentir vulnerable… pero esa sensación terminó pronto, pues noté tras unas rocas que alguien se encontraba nadando aún en el mar.
Con curiosidad, esperé a que aquella persona saliera del agua, pues éramos los dos únicos locos que aún estábamos ahí.
Unos pocos minutos más y la figura de esa persona apareció frente a mí.
Era un hombre delgado, alto, con músculos marcados que brillaban gracias al agua del mar. Poco a poco caminó hacia las sillas donde yo me encontraba para secarse con una toalla.
No pude evitar observarlo con detenimiento. Pese a no ser sumamente atractivo despedía un encanto irresistible para mí.
El rubor cubrió mi rostro cuando me descubrió observándolo, así que con nerviosismo recogí mis cosas y huí hacia la alberca.
La actividad en la alberca era intensa. Sólo hasta que la luz del sol se hubo acabado, la alberca comenzó a vaciarse.
Así lo descubrí otra vez, observándome desde el bar.
Sentí mi rostro ruborizarse… me movía torpemente mientras tomaba mis cosas para ir a mi habitación, en tanto él, parecía observarme aún mientras hacía lo mismo.
Al dirigirme a mi habitación sentí unos pasos a mi espalda… era él.
Al subir al carro que me llevaría a mi habitación, él se sentó a mi lado. Yo no dejaba de ocultar mi rostro y él de observarme.
Cuando lo dejé en el carro para adentrarme en mi habitación me sentí segura, pero no pude evitar sonreír mientras me preparaba para ir al restaurante a cenar.
Una cena deliciosa y la vista de la costa fueron mi compañía. Tan bella era la noche que pensé en caminar de regreso a la habitación, aunque me dirigí a la estación para esperar un carro que me llevara a mi cuarto.
Fue ahí donde lo volví a ver. Cuando él notó mi presencia me regaló una hermosa sonrisa. Mi estómago sintió una oleada de mariposas, así que decidí no esperar más y caminar a mi habitación.
No tardé en descubrir que él seguía mis pasos… tan de cerca que me ponía sumamente nerviosa.
Al pasar frente a un jardín a media luz tomó uno de mis brazos, adentrándome más y más a un prado donde reinaba la oscuridad.
Me tomó de la cintura y acercó su cuerpo al mío para robar mi aliento. Sería él o yo… no lo sé, pero nuestras manos nos deshicieron de la ropa que hicieron de cama sobre el césped.
Sentía sus labios contra los míos y contra mi vientre la dureza de su miembro.
Tomaba mis senos con sus manos, acariciándolos con firmeza. De pronto,  sentí su miembro adentrándose entre mis piernas, rozando mis labios vaginales, humedeciéndose con mis jugos.
Le escuché gemir y eso provocó que moviera mis caderas, deseando tenerlo dentro de mí. Él empujaba suavemente su falo hasta lograr que su glande entrara en mí. Un gemido fuerte fue ahogado en su boca, mientras sus manos tomaron mis piernas para penetrarme de un solo movimiento.
Sus hombros sostenían mis piernas, su cadera chocaba contra la mía en incesante ir y venir que me provocó un orgasmo tal que me sentí desfallecer.
Su cuerpo rodeó el mío con suavidad mientras recuperaba el aliento.
Fue entonces cuando sentí como se separaba de mí; sus dedos hurgarron en mi entrepierna, dirigiéndose con decisión a mi culo, que fue bañado con mis propios jugos.
Mis piernas volvieron a coronar sus hombros, mientras él, con suavidad penetraba mi culo.
Dolor y placer se hicieron uno, mientras su cadera chocaba una y otra vez con la mía.
Sus gemidos se hicieron más y más fuertes, hasta que el orgasmo fue inminente, llenándome con su semen.
Así, agitados y perlados en sudor quedamos sobre la hierba, con su cuerpo sobre el mío.
Mi mente hizo todas las preguntas posibles, pero no hablé, pues no quería perder ese momento.
Entre sonrisas, coqueteos y breves besos nos vestimos.
Un beso frente a la puerta de mi habitación fue la despedida.
El tiempo, que no perdona transcurrió y hoy, como hace un año, me encuentro en el mismo hotel.
Tras hacer los trámites del check in, la recepcionista da al botones la llave de mi habitación,  éste me dirige a la estación donde ¡oh, sorpresa! Él también está esperando…

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