Month: May 2015

LA LLORONA

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En cuanto apagaba el motor del vehículo ya sabía lo que le esperaba. Se santiguaba apenas y decía entre dientes un “Dios mío”. Cerraba de golpe la portezuela y echaba a andar.

Esta noche la Luna brillaba en todo su esplendor y la brisa nocturna llevaba un perfume a gardenia que le dio un poco de tranquilidad a su corazón. Se estacionó donde siempre. La calle frente a él se observaba pacífica y más aún con todas las lámparas brillando.

Se animó un poco y salió del vehículo para dirigirse a su casa. De pronto, las lámparas al final de la calle comenzaron a fallar. Se detuvo asustado al observar que se quedaba poco a poco en oscuridad. Sólo la Luna le alumbraba. Apresuró su paso maldiciendo por su fortuna y fue así como el lamento lo paralizó.

Sintió en su espalda un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. A lo lejos, la silueta blanca se acercaba lentamente hacia él. Gimió ante la visión de aquella mujer envuelta en blancas prendas que caminaba hacia él. Sus pies desobedientes no querían andar. Estaba a tan pocos metros de la entrada de su casa, pero sus pies no se movían.

Un nuevo lamento hizo que cada vello de su cuerpo se erizara. La veía cada vez más cerca, su fina silueta no tocaba el suelo, apenas flotaba sobre él, como si ni el mismo suelo quisiera tocarla.

<<Dios mío, muévete>>, pensó y se obligó a moverse. En rápidas zancadas llegó a su portal.

-¡Malditas llaves!-, exclamó cuando sus manos temblorosas tardaban en encontrar la llave para abrir la puerta.

Ella se acercaba cada vez más, ella se lamentaba una y otra vez. Sus manos pequeñas le llamaban, le pedían se acercara.

Escuchó un click en la cerradura y empujó la puerta para cerrarla con brusquedad. Sin pensarlo echó a correr para alcanzar la puerta al interior de la casa, que sin tocarla se abrió y le permitió encontrarse seguro.

Un nuevo gemido llenó la casa, mientras él, tapaba sus oídos.

-¡Vete ya!-, rogaba. -¡Vete ya!

Sintió el abrazo fuerte de su madre, lo que le hizo saber que se encontraba a salvo. Respiró aliviado. Aunque por esta noche se había salvado, tal vez mañana no sería igual.

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A LA DISTANCIA

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Se calzó el sombrero. No quería ser visto por la pareja que frente a él, a unos cuantos metros, se sonreía amorosamente. El organillero tocaba, como cada domingo, la tonadita que bien conocía, mientras los niños corrían a su alrededor entre las parejas de diversas edades. Conocía tan bien aquél paraje donde él se acercaba al kiosko y declamaba su poesía; la poesía que había escrito especialmente para ella.

Sonrío a medias con una sonrisa más de tristeza que de alegría al recordar que apenas unos cuantos años, ella caminaba a su lado mientras la nana los vigilaba atentamente. Detestó su suerte de proscrito, pero era la necesaria por la libertad en la que él creía. Era un idealista y eso no cambiaría nunca.

La vio tomar con su pequeña mano agua de la fuente para aventarla a su pareja. Se la veía tan sonriente, como en aquellos años, aunque en su rostro se observaba una paz que no tenía cuando la conoció. Entonces la recordó como una niña caprichosa… una niña… eso había sido para él; una niña primorosa que a la que había robado un primer beso y a la que había pretendido olvidar sin hacerlo.

Ahora era una mujer, una mujer que reía y caminaba alegre de la mano de su esposo. Si hubiera podido matarlo aquélla vez que lo encontró en el callejón… ¡Oh si! Sus manos se apretaron llenas de furia. Detestaba a ese hombre por haberle hecho perder dos años de su vida en una oscura prisión, alejándolo de todos, pero su venganza llegaría. La dictadura de Díaz caería y Limantour con ella.

Levantó su cuello y en largas zancadas pasó a escasos centímetros de ella. Su olfato percibió el ligero olor a rosas que emanaba de su cuerpo. Entrecerró lo ojos y apretó el paso. Ya abría ocasión de acercarse a ella.

ES UNA CITA

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“Es una cita”, se decía ella cada que veía el reloj y sabía que exactamente a las tres diez de la tarde debía abandonar su escritorio y dirigirse al elevador para abandonar el edificio e ir a comer. Se acercó sonriente donde él ya estaba frente al elevador. No la miró. No era necesario.

En cuanto sonó el timbre entraron al pequeño lugar. El viaje de un minuto hacia la planta baja iniciaba con una leve caricia de la mano de él desde el hombro desnudo al codo. Apenas si rozaba su piel, pero el contacto era electrizante. Un leve gemido de ella era toda la respuesta que obtenía, ya se verían en una hora exacta para regresar a su escritorio.

A las cuatro con diez minutos se veían de nueva cuenta frente al elevador. Esta vez, era el turno de ella. Se acercaba a él como si quisiera fundirse en su piel y su boca entreabierta marcaba un lento camino sobre el cuello.

Una sonrisa era la despedida. Ya se verían un par de horas después, cuando la jornada laboral hubiere terminado.

De regreso al elevador, él la arrinconaba contra la pared y sus manos seguras, marcaban la silueta femenina que no se oponía al leve roce de aquellos dedos.

-Ya será mañana-, siempre decía él.

Ella sonreía asintiendo, sabiendo que él no pasaría a más y que así no podría decepcionarse nunca de él.

ALGO DE TEMOR

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Temo tanto tocarte y que te desvanezcas entre mis dedos.

Temo suspirarte y que el aire se vaya contigo.

Temo soñarte prendido a mi cuerpo y que la nada me haga el amor en tu lugar.

Temo nombrarte y que el silencio me responda.

Temo tanto que te alejes y a la vez, que estés aquí.

QUE LLORO

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Lloro porque te tengo aquí

Y no a la lejanía.

Lloro porque puedo besarte

Y no debo pedir al viento lo haga por mí.

Lloro porque duermo en tus brazos

Y despierto abrazada a ti.

Lloro porque me salvaste de creer en las mentiras,

Porque descubrí la verdad en este amor de realidad.

Lloro de alegría y no de tristeza,

Porque existes y no eres quimera en mi cabeza.

PROMESAS

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No quiero hacerte promesas de amor eterno pues tal vez no las pueda cumplir, pero quiero prometerte este instante, este instante en que beso tus labios y en el que mi alma abraza a la tuya.
Sólo este momento tenemos, amor, tan sólo este, sin un pasado, sin un futuro… y este es el que quiero regalarte sin preguntas ni respuestas, tan sólo amándote.

AÚN…

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A ti,

Recuerda… no olvides.

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Aún, en el fondo de mi corazón espero.

Espero el hombre que quiera luchar conmigo

contra los dragones y hechiceros,

que tenga hambre…

hambre de devorar cada obstáculo,

de querer un poco más cada vez,

de querer tomar mi mano y caminar,

caminar hacia un mañana que ha de llegar

y que ante todo,

nunca dude que soy su princesa, su mujer,

su amante de siete Lunas,

la mujer que siempre lo amará.