ES UNA CITA

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“Es una cita”, se decía ella cada que veía el reloj y sabía que exactamente a las tres diez de la tarde debía abandonar su escritorio y dirigirse al elevador para abandonar el edificio e ir a comer. Se acercó sonriente donde él ya estaba frente al elevador. No la miró. No era necesario.

En cuanto sonó el timbre entraron al pequeño lugar. El viaje de un minuto hacia la planta baja iniciaba con una leve caricia de la mano de él desde el hombro desnudo al codo. Apenas si rozaba su piel, pero el contacto era electrizante. Un leve gemido de ella era toda la respuesta que obtenía, ya se verían en una hora exacta para regresar a su escritorio.

A las cuatro con diez minutos se veían de nueva cuenta frente al elevador. Esta vez, era el turno de ella. Se acercaba a él como si quisiera fundirse en su piel y su boca entreabierta marcaba un lento camino sobre el cuello.

Una sonrisa era la despedida. Ya se verían un par de horas después, cuando la jornada laboral hubiere terminado.

De regreso al elevador, él la arrinconaba contra la pared y sus manos seguras, marcaban la silueta femenina que no se oponía al leve roce de aquellos dedos.

-Ya será mañana-, siempre decía él.

Ella sonreía asintiendo, sabiendo que él no pasaría a más y que así no podría decepcionarse nunca de él.

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