ALAS DE CUERVO

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CAPÍTULO UNO

 

-Las personas, a pesar de nuestro caos interno-, decía Richarson a la prensa, -somos entes meramente lógicos que actuamos conforme a patrones que han sido diseñados por nuestra educación o la falta de ella. Y ninguno de estos patrones conduce a la autodestrucción, a menos que existan factores psiquiatricos o fisiológicos que lo determinen, por ello, a través de la probabilidad se establecen las líneas de actuación de los delincuentes lo que hace factible su detención. Es diseñar un perfil para cada persona, pero lo interesante es poner ese perfil dentro de la rutina cotidiana y saber así qué hará el delincuente.

-¿No cree que eso sea soberbio? ¿Nos dirá que puede ver el futuro?- preguntó un joven que apenas sostenía la grabadora pues llevaba dos panecillos en la mano.

Richardson sonrió ante la pinta de pobre que tenía aquél reportero.

-A veces es difícil debido a los pocos datos con que podamos contar, sin embargo, otras muy fácil, como por ejemplo, el hecho de que tenga dos panecillos en la mano y una pinta de pordiosero, con lo que llego a la conclusión que antes de marcharse tomará todo lo que pueda llevarse para comerlo después y eso es debido a que en su bolsillo no hay mucho efectivo. ¡Oh!- reculó cuando notó en la cara del reportero la ira- sí lo hay, pero no le gusta gastarlo.

-Jajajaja, le ha atinado señorita Richardson- gritó una voz entre los reporteros.

-Bueno, bueno, vamos chicos, que tenemos que seguir trabajando, gracias a ustedes por haber venido-, señaló el Capitán Noriega mientras les hacía ademanes para retirarse y al mismo tiempo tomar del brazo a Richarson que se dejó llevar con un poco de incomodidad. -Como siempre, logras pasarte con los reporteros-, sentenció a modo de reproche.

-Están tan lleno de series policíacas que es normal que tengan escepticismo, Capitán.- le dijo a Noriega con una sonrisa coqueta, ya que esperaba que la llevara a un lugar tan sólo para ellos dos.

-Esta vez no- le dijo él adivinando sus pensamientos, -El Cuervo ha atacado otra vez.

El Cuervo era el asesino serial de moda en la ciudad. En dos meses llevaba cuatro víctimas, todas asesinadas de la misma forma. Eran halladas en su casa o departamento, atadas la cama, totalmente desnudas, con golpes en rostro y cuerpo, la garganta en tajo, sin lengua, la cual siempre era encontrada en una mesa con una pluma de cuervo clavada en ella, su sello personal. Todo en la casa estaba intacto, ningún objeto de valor era sustraído. Las víctimas que se habían encontrado estaban en un rango de edad de treinta a treinta y seis años, sin ningún nexo que pudiera vincularles, hasta ese momento.

Tras recoger el vehículo del valet parking Noriega condujo hasta un pequeño departamento en las afueras de la ciudad. Un discreto operativo se había desplegado por las calles aledañas en busca de algún testigo o del criminal pues la víctima fue descubierta aún agonizante, sin embargo no hubo ocasión de salvarla, muriendo antes de que llegara el servicio de emergencia. En la escena ya se encontraban trabajando los forenses, encontrando, por supuesto cada uno de los detalles que caracterizaba al Cuervo.

Richarson recorrió el departamento preguntándose la causa por la cual elegía a sus víctimas, pues ninguna de las chicas encontradas compartían incluso características físicas, en tanto Noriega preguntaba al cuerpo forense sobre lo encontrado.

Habían hallado algunos cabellos sobre la cama y varias huellas en la puerta principal, mismos que serían analizados en laboratorio. Antes de irse, El Cuervo había limpiado el arma homicida con una de las toallas del baño, que dejó perfectamente doblada, tal y como debió estar antes. No había ningún residuo de condones, pese a que la víctima parecía haber sido atacada sexualmente. ¿Sería la primera chica que se hubiera resistido a tener sexo con el homicida?

Como factor común, las víctimas habían tenido sexo consensuado con el homicida y el que esta se haya resistido demostraba que El Cuervo no tenía un encanto irresistible como se había pensado.

-¿Cuándo encontró a la víctima?- preguntó Richarson a una mujer que lloraba sin cesar en la sala del departamento. Tras haber recorrido todo el escenario era hora de interrogar a los actores.

-Vine temprano, como a las ocho de la mañana. Lena y yo siempre salimos a correr a esa hora, pero tras tocar varias veces a la puerta, me percaté que esta estaba abierta, así que entré y fue así como encontré a Lena. Aún podía escuchar su respiración, así que llamé a emergencias, pero no pudieron llegar a tiempo y ella…

-Notó algo raro en el departamento o al llegar al edificio-, inquirió Richarson.

-No, yo vivo en la planta baja y no noté nada inusual. Sólo un hombre, cuando salió del elevador estuvo a punto de pasarme por encima y ni siquiera me pidió una disculpa.

-¿Cómo era ese hombre?

-¡Ay, no! ¡Fue él! ¿Verdad? Era… era… era alto, de espaldas anchas, cabello negro, llevaba un sombrero, de esos que se están usando actualmente y un saco negro. ¡No recuerdo más! No pude verle el rostro, sólo la espalda.

-Gracias, es suficiente con ello- dijo Noriega para tomar el radio y dar indicaciones a los patrulleros sobre los detalles de la persona que se buscaba, mientras Richarson lo veía con escepticismo. -Al menos es algo-, se consoló Noriega mientras ella hacía una mueca de sarcasmo.

De regreso a la estación, Richarson se dedicó a estudiar todos los datos que tenía sobre las víctimas, ninguno de ellos se le hacía particularmente notorio, pues a grandes rasgos, resultaban incluso familiares a los de ella misma al haber crecido en esa ciudad, ¿pero qué les hacía resaltar a los ojos de El Cuervo? Hizo un recuento de la historia general de esas mujeres, lo que la llevó a recordar su propia vida.

Rememoró sus años en la universidad, los que estuvo litigando en los juzgados y el hartazgo que la llevó a ingresar a la Academia de Policía y así hacerse con el grado de Teniente. Noriega había sido su tórrido romance los últimos años en la universidad y así habían transcurrido ya catorce años. Había una perfecta sincronía en sus pensamientos y actos, se conocían demasiado bien y eso era lo que la había llevado a dimitir cuando él le había propuesto matrimonio. Noriega era perfecto para ella, pero no en todos los aspectos de su vida, así que prefirió mantener con él una relación de amistad con beneficios.

El recuento de su vida la llevó de nueva cuenta a pensar en las víctimas. Todas habían sido asesinadas en su casa, lo que importaba que El Cuervo había sido una persona familiar para ellas, o al menos, tenían confianza en él, pero ¿por qué ningún familiar o amistad de ellas sabían nada de un novio o amigo con el que tuvieran tal grado de confianza?

La noche había llegado a la ciudad sin que Richarson lo notara, envió un mensaje a Noriega para saber si la llevaría a casa, pero éste contestó que estaba apurado con una entrevista que daría en el noticiero de las nueve; por ello, con algo de molestia tomó sus cosas y salió de la estación. La frustración no era una emoción que pudiera tolerar de forma cordial, así que decidió ir al centro de la ciudad y meterse en un pub a beber un café hasta en tanto dejara de sentir esa emoción.

El ambiente en aquél lugar era tranquilo, no había pantallas donde viera la sonrisa de Noriega al entrevistador o la voz profunda de él con la que todo dominaba. Sólo había música, parejas charlando y alguno que otro solitario, como ella, que disfrutaban de un café o té.

Al otro lado del lugar, observó a un hombre en total black look. Él estaba absorto en su celular y no dejaba de reír a la pantalla. No le era muy difícil imaginar que ese hombre había perdido contacto con toda forma humana desde la primera vez que encendió su teléfono inteligente. Y siguiendo el ejemplo, tomó su teléfono para ver todas las notificaciones que tenía, lo que la hizo sentir peor, pues se sintió más sola que nunca, así que apagó su teléfono y siguió observando a aquél hombre que seguía perdido en su celular.

Tras varios minutos de hacerlo, terminó por aburrirse y decidió pagar la cuenta en la caja, donde la atendió un dependiente que debía confirmar todo lo que ella había consumido con el mesero para así dejarla ir, lo que la puso de peor ánimo.

-Aquí siempre es así-, dijo una voz a su espalda. -Hola… Marcus y… ¿tú eres?-, le preguntó mientras le extendía una mano.

-Nora, ¿te conozco de alguna parte?

-Bueno, dado que me observaste sin parar durante un largo rato, consideré que sería de buena educación presentarnos ambos.

Ella sintió que el rubor llegaba a sus mejillas, jamás hubiera pensado que el hombre que estuviera observando se acercara a ella para presentarse.

-Lo siento, no suelo hacer eso- dijo ella a media voz, -me diste curiosidad.

-¿Y por qué ha sido?

-Porque prefieres el contacto de un teléfono al de otras personas, parecía que te era más placentero.

-Es raro que una mujer sea tan sincera-, dijo él algo extrañado por la sórdida sinceridad de Nora.

-Creo en la cruda verdad, aunque no siempre es bueno decirla-, le dijo ella sonriendo.

Esa sonrisa fue la que le hizo ganarse otro capuchino invitado por él en la misma mesa donde se encontraba. La conversación entre ambos fluyó fácilmente, notaba que él se conducía con toda facilidad a lo largo de la conversación, sabiendo que él tenía experiencia en esa clase de encuentros lo que la llenó de curiosidad, preguntándose si esa conversación la llevaría inevitablemente a una invitación sexual o quedaría en un amigable encuentro. Sin embargo, no pudo satisfacer su curiosidad, un <<Estoy en casa>> de Noriega le hizo dar un fin precipitado a la charla que terminó con un intercambio de teléfonos y la promesa de volverse a encontrar en alguna ocasión.

 

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