LOS OTROS

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La clínica estaba abarrotada. Pese a que llevaba horas en aquél lugar no había forma de entrar para obtener la tan prometida vacuna. Tan sólo unas horas antes en televisión y radio habían anunciado que todas aquellas personas que habían estado expuestas a formas de contagio debían acudir de inmediatamente a la clínica del Centro de Investigación de Enfermedades Infecciosas que se encontraba en las afueras de la ciudad.

Entre los presentes había niños, ancianos, hombres y mujeres de todas las características posibles pero pese a las diferencias había algo común en todos: angustia. Unas semanas atrás había aparecido el primer caso de esa enfermedad auto inmune en un vagabundo de la ciudad y tras ello, los casos habían aumentado de forma exponencial. Los síntomas podían ser confundidos con una simple gripa, sin embargo, con el avance de la enfermedad, aparecían las hemorragias, mismas que irremediablemente conducían a la muerte. En un principio se había señalado que era alguna enfermedad tropical transmitida por un mosquito, sin embargo, las últimas víctimas habían asegurado que usaban de forma común repelente para insectos por lo que se descartaba por completo que fuera alguna nueva especie de dengue.

Pronto, debido al tiempo de espera me acerqué a un par de personas que iban y venían de una y otra parte de la clínica. Ellos afirmaban ser también pacientes en espera de una vacuna, sin embargo, habían notado que todas las entradas a la clínica estaban abarrotadas, así que se habían puesto a auxiliar al personal de la clínica ofreciendo sillas y alguno que otro vaso de agua a las personas que se encontraban esperando.

Con la esperanza de distraerme en lo que avanzaba la fila, me dispuse a acompañar a Gustavo y Mónica en las actividades que se habían autoimpuesto; para ello, me llevaron con ellos a la parte trasera de la clínica donde se observaba otra fila similar a la que había abandonado. Ingresar al corazón de la clínica era prácticamente imposible, así que Gustavo y Mónica se conformaban con tomar algunas sillas que se encontraban en una aula vacía, que de regreso al exterior, ofrecíamos a las personas que lucían más delicadas o a aquéllas personas de la tercera edad.

Pronto las sillas comenzaban a escasear, lo mismo que el agua de la primera recepción, así que buscamos adentrarnos un poco más en la clínica, lo que fue verdaderamente titánico, pero a la vez, sumamente peligroso. Mientras más avanzábamos al interior de la clínica encontramos personas que se encontraban en condiciones sumamente graves así que parecía normal encontrar a cada paso algún charco de sangre. Nuestra travesía terminó muy pronto, pues pese a poder avanzar hasta una segunda recepción fue imposible encontrar más agua o sillas para la gente que esperaba fuera.

Más, ahí lo observamos. Ese hombre lucía tan sano como cualquiera (claro, como cualquiera fuera de la clínica), pero en cuestión de segundos sus ojos, su boca, su nariz comenzaron a sangrar de forma copiosa, el temor se hizo presente entre los concurrentes. El charco de su sangre se expandía con rapidez, notándose incluso que bajo sus pantalones había chorros de sangre que no se detenían. Rumores, gritos comenzaron a agitar la sala, rumores y gritos que fueron sobrepasados por una agitación proveniente del centro de la clínica.

Dos pacientes gritaban inconteniblemente mientras sus cuerpos se agitaban en temblores incontrolables por ellos y por los enfermeros que trataban de calmarles. Las hábiles manos de los enfermeros apresaban a los pacientes, pero tan pronto lo hacían, notaban que la piel de los mismos se caía a jirones. Cabello y piel por igual caían sin detenerse entre agitaciones y gritos que provocaban conmoción a todos, que sin poder hacer nada veíamos estupefactos la escena.

Bajo la piel de los brazos de aquellos pacientes quedó expuesta una piel que simularía la de una ballena albina, con sierras en el dorso de los mismos y carentes de dedos. Las caras parecían sólo masas blancas amorfas con apenas dos pequeños ojos totalmente negros.

Tras aparecer aquéllas imágenes frente a nosotros, lo peor comenzó, extendiéndose los charcos de sangre en el piso con los miembros cercenados que aquellos dos seres dejaban sin detenerse. La muerte comenzaba a expandirse sin piedad a todo aquél que se encontraba cercano a esa área.

Por supuesto, tras los gritos de “huyan” que dábamos, el terror desatado en los presentes hacía que la desbandada se dirigiera a la salida, pero llegar a ella parecía imposible, pues uno a uno, iban cayendo frente a nosotros tres, personas sin vida en muecas de agónico dolor.

Gustavo tomó mi mano tratando de que siguiera su paso, así, entre la confusión general de gritos, sangre y dolor salimos de la clínica para dirigirnos a una casa cercana donde podríamos ocultarnos.

En mis oídos retumbaban los gritos de espanto y dolor mientras mi corazón golpeaba desbocado mi pecho, sintiendo que mis piernas estaban a punto de fallar; fue así que vi la casa que había dicho Gustavo y una vez que puse un pie en el pórtico de la misma, perdí el sentido.

Cuando desperté me hallaba en plena oscuridad. Desconocía cuanto tiempo había pasado desde los incidentes en la clínica, pero al menos estaba segura que me hallaba aún en la casa en la que nos habíamos refugiado. A tientas encontré el apagador de la habitación, pudiendo así observar una pequeñísima recámara donde apenas cabía la cama donde estaba. La decoración pese a ser de tonos cálidos tenía un pequeño dejo de tristeza o quizá era yo la que se sentía triste tras haber visto aquella matanza en la clínica.

Tras explorar el segundo piso donde estaba la recámara, me encontré con un nutrido grupo de unas veinte personas que se arremolinaban en silencio frente a la chimenea eléctrica cuyas llamas simuladas mantenían la atención de todos ellos como si hubiera sido la más interesante película.

El silencio era sepulcral y sólo fue roto con el murmullo de mi nombre en voz de Gustavo quien tomó mi mano y me llevó a la apartada cocina para explicarme lo sucedido después de mi desmayo.

De acuerdo con él, el mundo había cambiado súbitamente. La enfermedad se había expandido de forma inevitable a toda la población en menos de veinticuatro horas que iniciaron con el ataque en la clínica. Ahora, la población se había dividido en los nuevos contagiados que seguían viéndose con plena vitalidad y los viejos infectados (nosotros), cuyas mutaciones se habían hecho evidentes.

Cuando regresamos a la sala, observé a nuestro extraño grupo. Mónica abrazaba a una pequeña niña, que supuse era su hija; había un par de ancianos, algunos niños más por ahí y los que más, hombres y mujeres jóvenes de entre veinte hasta cuarenta años.

Gustavo había hablado de mutaciones, sin embargo, no notaba algo raro en ellos, ni siquiera los síntomas de la enfermedad que al parecer padecíamos. No obstante, estaríamos encerrados durante varios días en esa casa hasta que nos aventuráramos a salir a un mundo que se decía había cambiado completamente y del que no sabíamos nada, salvo que estaban los otros.

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