Month: February 2016

EN LA LLUVIA

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A lo largo de la calle se escuchan los pocos pasos de los transeúntes que huyen de la lluvia. Una débil luz apenas ilumina el portal. Me he hecho ovillo contra la puerta, pero el frío me cala hasta los huesos. Los vehículos que pasan a toda velocidad hacen que me pregunte si la lluvia es de arriba a abajo o me he equivocado. Mis zapatillas están totalmente húmedas y el frío que sube por mis piernas comienza a producir estragos.

Observo con envidia a la pareja que dentro de su vehículo provoca una atmósfera tan cálida como la primavera. Suspiro con tristeza. Él no ha llegado aún y parece que no lo hará.

Consulto el celular que me devuelve con sorna su pantalla neón en la que me dice que llevo ahí cerca de una hora y que no ha llamado.

Vuelvo a suspirar. Me muerdo el labio inferior tratando de no llorar ante la sentencia dictada: no vendrá.

Doy un último vistazo a la puerta tras la cual se encuentra la pequeña casa que ha sido nuestro refugio desde hace unos meses.

Fracaso en mi intento por no llorar y me derrumbo frente a ese portal.

Quería amarlo, quemar mi alma entre sus brazos, compartir sin tregua cada tarde, arder entre risas y besos… yo quería…

Me abracé a mí misma y empecé la andanza de regreso a casa. Más, sabía que no quería ir a casa y descubrir que no era ahí donde necesitaba estar.

Si pudiera, huiría sin ningún remordimiento a donde fuera. Notaba en mis pasos la desesperación del dolor y la incertidumbre, así como la amarga compañía de la derrota.

No era él quien me causaba dolor, era yo misma que notaba cómo las ganas de amar, de entregarse enteramente se diluían con la lluvia.

“Ya será mañana”, me decía tratando de mantenerme cuerda, aunque la herida me mostraba que no sería así, quería alejarme de él, no volver a verlo.

“Ya será mañana”, era una oración que guardaba en sí el querer dejarlo y el querer amarlo, sin que ambas cosas sean posibles y sin que tenga el valor suficiente de hacer ninguna.

“Ya será mañana” y con ello, lloraría hasta quedar dormida.

 

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UNA NOCHE LARGA

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Como deseo de erradicar el trabajo infantil.

Las llamas se esparcen sin control, el calor provocado hace que parezca pleno día de verano aunque ya pasan de las diez de la noche. La fábrica parece una inmensa hoguera, como esas que rara vez tenemos en casa cuando hace frío y papá ha conseguido suficientes maderos para mantenernos calientes dentro de la pobre casa donde dormimos.

El capataz nos ha hecho permanecer en apoyo a la gente que se ha juntado para evitar que se propague aún más el fuego. Ya mis brazos y piernas apenas me responden, me es imposible sostener los cubos de agua que, uno tras otro, han servido de diversión para el fuego que se divierte consumiendo las telas que estaban almacenadas.

Confieso que al ver las primeras llamas, agradecí a todos los santos la fortuna de ver reducida a cenizas la fábrica, porque al fin me libraría de cada despertar a las cuatro de la mañana, o de las largas horas en que reniego de los hilachos a los que se han reducido mis zapatos, aunque esta alegría momentánea ha sido cambiada por la preocupación de no saber qué decirle a mis padres cuando sepan que los céntimos de mi pago faltarán en casa.

Quizá me vendan con a mi hermana Margarita o me enviarán a un hostal como a Lucía por convertirme en una carga más para mis padres.

Ya las llamas han perdido su fuerza y yo… yo me voy apagando junto con ellas, porque el fantasma del hambre se acerca conforme el fuego pierde su fuerza y la pobreza se ha sujetado de mi falda y no me soltará hasta convertirme en una mujer seca de llanto, pero llena de hijos que servirán para trabajar en otras fábricas, y así, mi descendencia sufrirá hambre cada día, porque yo no fui una de las afortunadas que murió en este incendio.