Month: March 2016

RECUERDOS

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El frío viento del otoño golpeaba mi cabello. Me subí el cuello del abrigo y me abracé intentando dar calor a mi cuerpo o quizá era que quería darme ánimos.

Me detuve a unos cuantos pasos del edificio. Me parecía tan particularmente conocido, pero no podía recordar la causa.

Entré sin más, esperando encontrar dentro la respuesta a todo lo que me sucedía… o más bien, una solución a lo que soy.

El Doctor Mireles era toda personalidad en la psiquiatría y la psicología, a pesar de su edad,  y, debido a ello, acababa de inaugurar una clínica en las entrañas del edificio.

Prácticamente subí a tientas hasta el último piso, donde el Doctor Mireles ya debía esperarme.

Al salir del ascensor, encontré el barullo de los contratistas, yendo y viniendo en lo que próximamente sería una flamante recepción.

La recepcionista, sentada detrás de un improvisado escritorio, hablaba casi a gritos a través del teléfono, dando cita a algún paciente.

Durante el breve lapso en el que ella dejaba el teléfono para atenderme, me di a la tarea de reconocer el lugar donde andaba.

Todo me parecía tan familiar, pero con un dejo de tristeza que no podría explicar.

Finalmente y tras esperar un cuarto de hora, apareció el Doctor Mireles, un hombre apenas mayor que yo y que, a pesar de lucir agradable, no me provocó empatía de forma inmediata.

Crucé la estancia y la puerta que conducía al interior de lo que era la clínica. Una serie de consultorios dispuestos alrededor de un hermoso jardín donde corría libremente el agua de una fuente en forma de cortina, que alimentaba los helechos, enredaderas y demás plantas que habitaban en el lugar.

¡Yo conocía ese sitio! ¡Demonios, yo lo conocía! Mis pasos comenzaron a hacerse pesados y en mis brazos apareció esa extraña sensación de cosquilleo cuando sabía que algo no andaba bien.

Apenas si podía seguir los pasos del Doctor, quien abrió la puerta de uno de los consultorios ofreciéndome pasar a ese privado, que, desde afuera, lucía de singular tamaño y agradable decoración en blanco.

En cuanto se cerró la puerta tras de nosotros, una terrible sensación de ahogo me invadió. Las blancas paredes se transformaron en oscuras sombras que mantenían dentro de la habitación un hedor a orina, sangre y heces que no pude soportar.

Mi cuerpo se venció ante la terrible sensación de asfixia; náuseas y un dolor punzante en los brazos me hicieron doblarme hasta quedar postrada en posición fetal en el suelo.

-Violeta, tranquila-, decía el Doctor Mireles. -Respira lenta y profundamente, aquí estoy.

Finalmente, la tensión del momento me redujo a un guiñapo que lloraba profusamente sin detenerse.

No escuché cuando el Doctor Mireles pidó ayuda, ni mucho menos cuando le indicaba a la enfermera le preparara un compuesto de sedantes que inyectó en uno de mis brazos.

Con delicadeza, el Doctor Mireles me levantó en sus brazos y me colocó sobre un sillón, dejándome dormir unos minutos o quizá mucho más.

Cuando desperté, los ojos del Doctor examinaban los míos y su mano buscaba el pulso en mi muñeca.

-Violeta, -dijo el Doctor en un tono bajo-, cuando tu padre pidió te atendiera, fui un escéptico. Me describió un terrible suceso de una chica que había sido terriblemente ultrajada y vejada hasta la saciedad por el hombre que ella creía amar. Era atada con cadenas, encerrada en una habitación sin luz o casi sin alimento alguno durante días, para después ser violada una y otra vez por su captor. Y ella, aún así, cuando este monstruo fue detenido, clamaba que lo amaba y que no le haría daño.

-Me contó también sobre esa misma chica, regresando una y otra vez al lugar donde ese hombre la lastimaba hasta saciar su sed de sadismo. Historias que, he tenido por ciertas al encontrarlas en un periódico.

-¿Él ya no está?-, dije con escepticismo al Doctor Mireles quien abrió con sorpresa sus ojos, quedándose atónito, observándome desde su silla.

Sin algo que me retuviera abandoné el privado, reconociendo desde el quicio de la puerta el lugar donde él me había mantenido encerrada.

Con el Doctor siguiendo mis pasos, recorrí con paso inseguro la clínica, recordando que los ahora consultorios habían sido algunas otras recámaras, el comedor, la biblioteca… todo lucía tan cambiado.

Me dirigí a la recepción observando a detalle los trabajos de los contratistas. ¡Esa ya no era la sala de estar! Tampoco estaban sus libros de poemas ni las tazas de té que bebíamos cada tarde, cuando él estaba bien.

Mucho menos estaba él. Un dolor en el bajo vientre me invadió, inundándose mis ojos con espesas lágrimas.

-¡Él ya no está! ¿Dónde está? ¡Quiero verlo! Por favor, quiero verlo-, dije entre sollozos que entrecortaban mis palabras.

El Doctor Mireles me tomó suavemente de los hombros y clavó su mirada en la mía, como tratando de que todo lo que iba a decirme pudiera entenderlo.

-Violeta, -dijo con tristeza, – él ya no está.

-¡No! ¡Esta es nuestra casa, no puede irse sin mí!

-Violeta, eso que recuerdas, eso que aún llevas en tu memoria… sucedió hace cincuenta años. Violeta, él no está más aquí y lo que sucede contigo es algo fascinante y a la vez desconocido para mí. Pretendo tratarte con la mente abierta, sin reprimir ningún “recuerdo” para lograr tu mejoría.

-¿Mejoría? ¿Cómo podrías curar el amor? ¡Debo estar con él! ¡Él es mi esposo!

El Doctor Mireles suspiró y yo, me perdí en un recuerdo donde le veía a él frente a la ventana, sonriendo, mientras escribía un poema que el tiempo me había hecho olvidar.

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EN UN TAL VEZ

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El sol comenzaba a iluminar la ciudad. Ya no sabía si era mejor la oscuridad de la noche o la luz que permitía ver los cuerpos en putrefacción que se movían en cada esquina.

El dormir bajo la intemperie me había provocado un ligero malestar en el cuerpo, que era una nimiedad en comparación con la sed que dejaba mi lengua como lija. ¡Cómo deseaba beber algo de agua!

Estaba tan cansada de andar de un lado a otro sin rumbo fijo y sin poder encontrar a mi padre, que para ese entonces, sin duda, había muerto.

Un golpe contra la caja de trailer sobre la que estaba me hizo levantarme. Con cuidado observé el panorama. Todavía quedaban unos cuantos cuerpos alrededor de la caja, gritando con sus cuerdas vocales agarrotadas por la muerte, intentando alcanzarme.

Respiré con profundidad observando los aproximadamente trescientos metros que me separaban del supermercado. Trescientos metros que estaban llenos de carros, restos de cuerpos con movimiento o sin él.

No había más que hacer, así que calculé la altura que debía bajar y también el sitio exacto por donde debía hacerlo para evitar que me persiguieran, aunque no temía tanto debido a su lenta marcha, pero lo cierto era que me encontraba ya en el límite de mi resistencia y no duraría mucho.

Así que sin más, bajé lentamente, evitando hacer ruido para correr calle abajo hacia la fuente que saciaría mi sed y algo más: el supermercado.

PRESENTIMIENTO

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La voracidad del presentimiento me carcomía. Iniciaba en la espalda baja como una fría gota que subía hasta mi nuca, provocando que mi piel se erizara. El miedo comenzaba a paralizar mis piernas que se rehusaban a dejarme entrar a la casa, y me mantenían ahí, de pie en la terraza, observando las casas aledañas.

Un leve sudor comenzó a cubrir mi frente. El silencio de la casa era sepulcral, sin embargo, mi corazón me ensordecía con latidos que taladraban mi cabeza. El aire comenzó a escasear en mis pulmones, pues mi respiración se agitaba entrecortadamente. La tensión era máxima y estaba a punto de hacerme desfallecer, ahogando mi voz en un susurro con el que quería llamar a mamá.

De pronto, se hizo el silencio; mi corazón y respiración callaron.

-Adelante, pase-, escuché decir a mi madre en la planta baja.

El terror invadió mi cuerpo. Calculé el tiempo que necesitaría para subir hasta el tercer piso, acceder a la terraza y descubrirme. Tenía tan sólo un minuto o dos.

Mis manos se tensaron sobre el recubrimiento de cemento y me lancé al vacío sin vacilar. El césped me dio una suave bienvenida y sin detenerme, accedí de nueva cuenta a la casa para salir por la entrada trasera, tal como él había entrado.

Al salir a la calle, noté la mortecina luz del sol que poco a poco iba perdiendo terreno frente a la oscuridad.

-¡Maldición!-, dije mientras iniciaba un sprint que terminaría unas cuantas cuadras después.

Me detuve pensando que tal vez no hubiera visto mi huida y quería comprobar la distancia que nos debía separar. Tomé algo de aire que al salir de mi cuerpo, dejó paso al miedo que de nueva cuenta recorría mi espalda.

Di media vuelta, sólo para encontrar sus ojos negros y su sonrisa levemente retorcida. Al instante, sus brazos me asieron con fuerza, elevándome del suelo.

Sus alas negras se batían, y el piso se movía rápidamente bajo mis pies. Un leve roce se daba entre nuestros cuerpos. Roce que provocó la calidez entre ambos, humedad en mi cuerpo y dureza en el de él.

Sus manos buscaron bajo mi vestido, deshaciéndose de cada prenda que estorbara. Sus labios comieron de los míos al tiempo en que me penetraba, callando así los gemidos que se escapaban.

Mis alas blancas se extendieron, batiéndose al compás de las de él, dejándonos danzar entre gemidos y estertores a escasos centímetros del suelo. Sus manos y las mías exploraron cada parte de nuestros cuerpos y sólo se detuvieron al gritar al unísono el placer extremo al que llegamos juntos.

Sus brazos ya no me asían evitando que escapara, sino que me abrazaban con delicadeza. Un beso dulce en los labios fue la culminación de nuestro vuelo.

Con ternura, sus brazos me sostenían frente a él, permitiéndome escapar a la profundidad de su mirada.

-No temas a lo que vendrá-, dijo sellando sus palabras con un beso en la frente, mientras el último rayo de sol moría, dejándonos al arbitrio de lo que había en la oscuridad.

 

 

Nota: He escrito una y otra vez varias versiones de este pequeño cuento. Así que mil disculpas si encuentran una versión anterior de él en el blog, sin embargo, espero que les guste, pues es para mí sumamente especial.

 

El día en llamas

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René observaba tranquilamente la Piazza, las jóvenes norteamericanas paseaban entre risas y las declaraciones de amor de los romanos.

La piel que esas mujeres mostraban sin pudor le hacían sentir sed, pero no era una simple sed, un deseo lascivo se apoderaba de él imaginando la forma en que tomaría la sangre de alguna de esas mujeres.

Quizá en un breve menage a trois, en el que satisfaría la erección que comenzaba a molestar bajo el pantalón o en un arriesgado amor a la salida de un bar.

Soñaba con probar la sangre tibia y el interior húmedo de una desconocida, cuando Marion apareció.

Enfundada en un vestido vintage que revelaba la exhuberancia de sus senos y su breve cintura, dominando el paisaje con el andar firme de sus piernas que propios y extraños volteaban a ver.

René apuró de un trago su café y recibió a Marion con la cortés complacencia de un viejo matrimonio.

Siglos habían pasado desde la noche en que murieron… y mataron, la paz y la complicidad entre ambos no se había perdido, pero sí el encanto de la primera vez en descubrir el placer de la carne y a la persona que amas.

Sin embargo, la sed nunca se aplacaba. Ambos gustaban de darse a los placeres que su sed les dictaba, desde un dulce desangramiento, hasta la destrucción total de aldeas sin importancia.

En cuanto Marion se sentó a su lado, sonrió buscando algo en el rostro de René, algo que fue encontrando en las turistas que reían escandalosamente.

Aún con la sonrisa en los labios, Marion se acercó al grupito de jóvenes que estaban sentadas a la sombra de la fuente.

René la observó andar con el mismo paso seguro con que había llegado, sacar de su bolso una tarjeta y susurrarle algo al oído a la chica que había llamado su atención.

De la misma forma en que llegó al grupo de turistas se retiró, pero el llamado de la joven entrevista la detuvo.

Una señal de “sígueme” de su cabeza hizo que la joven en compañía de otras dos la siguieran.

-¿Listo, René?, me dijo Marion con la sonrisa en sus labios, pero él notó en sus ojos la misma expresión de ira que tenía cuando se había enamorado de ella.

El grupo caminó hasta el Volvo que utilizaron para llegar al chalet que René y Marion utilizaban cada verano cuando visitaban Italia.

Vino y música fluyeron de forma constante durante horas, hasta que las pavesas apenas si podían caminar sin tropezar.

Las jóvenes a cada copa habían perdido la vergüenza, así que ahora las tres y René se encontraban compartiendo los placeres de la cama.

Marion los observaba desde el sillón con tranquila paciencia, bebiendo una copa de brandy.

Vio una y más veces que las jóvenes y René satisfacían su apetito una y otra vez y sólo fue cuando escuchó el último gemido de placer de una de ellas y su brandy se había acabado, que, como antaño, se acercó a ellos sin ser prácticamente vista.

René, ahogado en éxtasis, sólo se detuvo cuando sintió sobre su pecho un hilillo tibio de sangre, que caía de los labios de Marion, quien quitaba la vida a la joven que cabalgaba a René.

-No olvides, amor, le dijo Marion tras limpiar con el dorso de su mano la sangre sus labios, -que yo soy quien te da todo y te lo puedo quitar, al igual que este día en llamas.

El cuerpo de la joven cayó a un costado, dejando expuesto el cuerpo desnudo de René, quien no supo cómo responder.

Marion, con el paso de los siglos, había perdido toda su candidez al igual que René las ganas de ser físicamente fiel.

Un leve olor a madera quemada se hizo presente. Pronto, René notó las llamas que brotaban de la cocina.

Con suma calma se vistió, alcanzando a Marion en la estancia. Las maletas y el Volvo estaban listos. Era hora de regresar a Francia.

LA NOCHE DE LA HOGUERA

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La gruesa mano de De Craon, apretó mi cuello, haciéndome chocar contra la dura puerta de roble; su pútrido aliento se acercó a mi cuello, provocándome una nauseabunda sensación.

-Mataste a mi hijo, me dijo con un tono de odio y dolor. -Ahora mismo te mataría si no fuera por el respeto a su memoria.

Al instante, soltó mi cuello, escabulléndose en la oscuridad que dominaba la habitación.

-Hiciste bien en salvar a esa niña en el bosque, descubrimos que sus padres pertenecen al clan de Lord De Rais. Él vendrá en estos días para que proclamemos un tratado de paz y ayuda mutua. Ahora, vete y cuida bien de esa niña o haré que te quemen en la hoguera por ser una bruja.

A pesar de su amenaza, no había en mí miedo o temor, era la ira que la que llenaba mi cuerpo. No había olvidado que mis padres habían sido los dueños de estas tierras y había sido De Craon quien, amparándose en una revuelta, los había matado, pero no a mí, no, a mí no, pues vio en su bastardo hijo, René, al hombre que me llevaría al altar para justificar su posición de dominio en estas tierras.

Bajé a mis aposentos donde se encontraba la pequeña Claire, a quien había encontrado medio muerta en la profundidad del bosque, durmiendo tranquilamente entre las pieles que cubrían mi cama.

Fuera, el viento soplaba con rudeza, parecía que entre sus ecos una voz humana se quejara de un terrible sufrimiento. Los lamentos del viento cada vez se hacían más fuertes, haciendo temblar las guardas de las ventanas.

De pronto, Claire se despertó gritando, llorando sin control. Intenté calmarla, pero fueron en vano mis intentos, teniendo que pedir ayuda a un aya, para que cuidara de Claire. Me sentí tan torpe al no poder tranquilizar a la pequeña, por lo que bajé las escaleras para ir en busca de algo de leche que dar de beber a la niña.

El piso inferior del castillo se hallaba casi en penumbras, sólo algunas antorchas soportaban los embates del viento que se colaba entre las rendijas de las puertas y ventanas.

Los lamentos del viento se hacían más fuertes, juraría que el viento tenía voz, una voz que se me hacía familiar.

De la cocina tomé un cuenco con leche y me dirigí a las escaleras. Súbitamente, la fuerza del viento hizo ceder las puertas que se abrieron de par en par, una figura se alzaba tras el quicio de la puerta. Los rayos que anunciaban la inminente lluvia iluminaron la estancia… era René.

Tan sólo escuché el cuenco de leche golpeando el suelo y un golpe seco detrás de mi cabeza al tiempo de sentir un intenso dolor en el cuello.

Cuando desperté, me encontré entre las pieles de mi cama. Cada movimiento reflejaba un intenso dolor, el peor de ellos era en el cuello. Me ardía la piel como si estuviera en la hoguera.

-No entendemos qué le sucedió, señorita, me decía mi aya. -La encontramos desmayada con esa horrible herida en el cuello, pero no encontramos al animal que pudo haberlo hecho, a pesar de que se revisó todo el castillo.

El espejo no mentía. Esas marcas seguían en mi cuello, negándose a desvanecerse.

Tras el día de mi ataque, De Craon había hecho duplicar la seguridad alrededor del castillo, ordenando que nada ni nadie podría pasar al piso que él ocupaba.

Sin embargo, cada noche y a pesar de la vigilancia, un desafortunado aparecía muerto cada mañana, con las mismas marcas que tenía en el cuello.

Poco a poco y con el avance de los días, las muertes se extendieron a los habitantes del valle. No era extraño escuchar algún grito de dolor justo después del amanecer.

De Craon utilizaba estos hechos para darle publicidad a la próxima llegada de De Rais, aduciendo la necesidad de “sangre fresca” que ayudaría a la sobrevivencia del feudo.

El tan anhelado día de la llegada de De Rais llegó, y más de mil hombres se presentaron en el castillo.

Tantas caras, tantas armaduras que brillaban al sol llenaban los patios del castillo.

Tres días durarían las discusiones, tres días en que esos hombres se apostarían tanto en el castillo como en el valle.

La pequeña Claire, como prenda de cambio, fue presentada inmediatamente a De Rais y su guardia.

Tantos hombres de diversos rostros, de ajenas costumbres, provocaban en mí desconfianza, no encontraba algún rostro que me diera paz o la certeza de que esa “ocupación”fuera pacífica.

Tantos rostros… tantos… pero entre ellos, uno sobresalió: el rostro de René, entre los de la guardia personal de De Rais.

A punto estuve de gritar si no hubiera sido porque él mismo, con una extraña velocidad, me había llevado a un rincón apartado de la estancia, cubriendo mi boca para evitar que gritara.

-Si dices algo, piensa que provocarás una guerra, me dijo. -¡Ah! Mi adorada Marion, ¡todo te debo! La vida… la muerte.

Con un simple ademán de su mano, apartó las prendas que cubrían mi cuello y mis hombros.

-Esas marcas… lo siento, amada mía, pero así sabes que eres mía.

Su fría mano rozó uno de mis hombros y bajó hasta uno de mis senos, apartando aún más mis prendas.

-Aún te amo, bella mía y ahora sé que te amaré hasta en esta muerte.

De pronto, en su boca aparecieron unos largos colmillos que clavó sin piedad en el seno que había desnudado. El dolor hizo flaquear mis piernas y conforme sentía brotar la sangre de la herida, mi cuerpo dejaba de responder al grado de caer en una profunda oscuridad.

Cuando desperté era de noche. A lo lejos había más y más lamentos de dolor y desesperación.

De acuerdo a mi aya, habían pasado días desde la bienvenida a De Rais y las cosas habían cambiado.

Lo que atacaba a los aldeanos ahora atacaba a las fuerzas de De Rais, que rápidamente se habían visto diezmadas, quedando a la voluntad de De Craon.

Me vestí a toda prisa y me dirigí a los aposentos de De Craon, pero fui detenida por su guardia, quien me impedía el paso.

-De Craon, comencé a gritar. -Debes escucharme.

Una y otra vez grité para hacerme escuchar por De Craon, hasta que él mismo salió a mi encuentro para llevarme a la sala donde se encontraba también De Rais.

El olor era nauseabundo, al igual que la sombra que cubría uno de los brazos de De Rais.

Lentamente esa sombra se irguió, dejándome ver el rostro perfecto de René.

El espanto me cubrió y trastabillé tratando de huir, pero las toscas manos de De Craon me sostuvieron por los hombros.

-Pequeña Marion, mira a dónde nos has traído, me decía mientras observaba que De Rais parecía estar a punto de morir. -Nos has dado la gloria de evadir la muerte y ahora, tendremos más de un feudo.

René, sin ningún esfuerzo, levantó a De Rais y lo sujetó para hacerlo caminar.

-Es hora, padre, dijo René mientras avanzaba hacia las escaleras.

Afuera, lo que quedaba del ejército de De Rais observaba a su Lord con extrema pena.

Las miradas de todos se clavaban en el pequeño grupo que éramos, sólo se escuchaba el crepitar del fuego de la hoguera a nuestras espaldas. Podía sentir el calor de las llamas en contraste con la frialdad del momento.

De Craon alzó la voz anunciando las buenas nuevas. De Rais, en su afán de beneficiar a su pueblo y ante la rara enfermedad que tenía, le había cedido su pueblo y tierras a cambio de la cura para la vida eterna.

Un murmullo se extendió entre los presentes, murmullo que fue silenciado cuando René se quitó el casco que cubría su rostro, mostrándose a todos.

Con rapidez, René desnudó una de sus muñecas, mordiéndola, provocando que un borbotón de sangre saliera, ensuciando su uniforme. Ofreció esa sangre a De Rais, que no atinaba a hacer nada.

El odio guardado brotó en un segundo y así, tomé una antorcha de la hoguera, incendiando las ropas de De Craon, quien me había llevado de la mano.

René soltó a De Rais quien cayó moribundo a sus pies, para tomarme del cuello con una de sus frías manos.

Sus ojos se desorbitaron al notar que mi mano aún sostenía la antorcha, pero que esta la había utilizado para atravesar su costado.

-¿No lo sabías, mi amada? Todo esto era por ti. Te ofrecería estas tierras y las de De Rais para que fueras mi esposa. Reinaríamos eternamente.

De Craon se revolvía en el suelo, entre las llamas. Sus gritos de agonía llenaban la noche. Ardería hasta consumirse en cenizas.

De Rais era un despojo humano que no sobreviviría un par de horas más.

René, tomó mi rostro con su mano ensangrentada, mientras sostenía con fuerza el madero, sacándolo de su cuerpo.

Exhaló un gemido de liberación al deshacerse del instrumento que lo dañaba y acercó su rostro al mío.

-Siéntelo dentro de ti, me dijo apenas susurrando. -Mi semilla está dentro de ti. Ahora eres como yo, siente la sed. No fui yo solo quien acabó con tantas personas, también estabas tú.

Y entonces, una serie de imágenes llenó mi pensamiento. Yo, matando, bebiendo de tantas y tantas personas… yo, intentando beber de Claire aquélla noche en que despertó alarmada; yo, hiriendo a René y haciéndolo beber de mí para transformarlo; yo, matando a mi padres…

De Craon sólo había intentado contenerme todos esos años, pero no había podido hacerlo, pues René se había enamorado de mí y la ambición de poder también lo había consumido.

Sentí en la boca una extrema sed. Conciente ahora de mi verdadera naturaleza, sonreí a René y tomando una de sus manos nos lanzamos a la cacería.

Al amanecer, la hoguera había cedido y sobre el valle quedaban los cuerpos de aquellos que no habían podido huir. René y yo nos habíamos refugiado en el piso de su padre. Piel con piel yacíamos en la cama, en completa calma, sin ningún pensamiento que perturbara nuestras eterna unión.

 

Silencio

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Intento que mis manos te hablen en caricias, pero el silencio las lleva a la condena de que, con ellas, me olvides.

Porque te he encontrado…

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Quisiera besar tus labios de miel, cobijarme entre tus suaves brazos y dormir con el arrullo de tu profunda voz.

Si tan sólo tú pudieras recordar…

Si tan sólo el tiempo fuera otro…

Quizá, sólo quizá no estarías allá, ni yo aquí, escribiéndote sin que tú lo sepas.