LA NOCHE DE LA HOGUERA

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La gruesa mano de De Craon, apretó mi cuello, haciéndome chocar contra la dura puerta de roble; su pútrido aliento se acercó a mi cuello, provocándome una nauseabunda sensación.

-Mataste a mi hijo, me dijo con un tono de odio y dolor. -Ahora mismo te mataría si no fuera por el respeto a su memoria.

Al instante, soltó mi cuello, escabulléndose en la oscuridad que dominaba la habitación.

-Hiciste bien en salvar a esa niña en el bosque, descubrimos que sus padres pertenecen al clan de Lord De Rais. Él vendrá en estos días para que proclamemos un tratado de paz y ayuda mutua. Ahora, vete y cuida bien de esa niña o haré que te quemen en la hoguera por ser una bruja.

A pesar de su amenaza, no había en mí miedo o temor, era la ira que la que llenaba mi cuerpo. No había olvidado que mis padres habían sido los dueños de estas tierras y había sido De Craon quien, amparándose en una revuelta, los había matado, pero no a mí, no, a mí no, pues vio en su bastardo hijo, René, al hombre que me llevaría al altar para justificar su posición de dominio en estas tierras.

Bajé a mis aposentos donde se encontraba la pequeña Claire, a quien había encontrado medio muerta en la profundidad del bosque, durmiendo tranquilamente entre las pieles que cubrían mi cama.

Fuera, el viento soplaba con rudeza, parecía que entre sus ecos una voz humana se quejara de un terrible sufrimiento. Los lamentos del viento cada vez se hacían más fuertes, haciendo temblar las guardas de las ventanas.

De pronto, Claire se despertó gritando, llorando sin control. Intenté calmarla, pero fueron en vano mis intentos, teniendo que pedir ayuda a un aya, para que cuidara de Claire. Me sentí tan torpe al no poder tranquilizar a la pequeña, por lo que bajé las escaleras para ir en busca de algo de leche que dar de beber a la niña.

El piso inferior del castillo se hallaba casi en penumbras, sólo algunas antorchas soportaban los embates del viento que se colaba entre las rendijas de las puertas y ventanas.

Los lamentos del viento se hacían más fuertes, juraría que el viento tenía voz, una voz que se me hacía familiar.

De la cocina tomé un cuenco con leche y me dirigí a las escaleras. Súbitamente, la fuerza del viento hizo ceder las puertas que se abrieron de par en par, una figura se alzaba tras el quicio de la puerta. Los rayos que anunciaban la inminente lluvia iluminaron la estancia… era René.

Tan sólo escuché el cuenco de leche golpeando el suelo y un golpe seco detrás de mi cabeza al tiempo de sentir un intenso dolor en el cuello.

Cuando desperté, me encontré entre las pieles de mi cama. Cada movimiento reflejaba un intenso dolor, el peor de ellos era en el cuello. Me ardía la piel como si estuviera en la hoguera.

-No entendemos qué le sucedió, señorita, me decía mi aya. -La encontramos desmayada con esa horrible herida en el cuello, pero no encontramos al animal que pudo haberlo hecho, a pesar de que se revisó todo el castillo.

El espejo no mentía. Esas marcas seguían en mi cuello, negándose a desvanecerse.

Tras el día de mi ataque, De Craon había hecho duplicar la seguridad alrededor del castillo, ordenando que nada ni nadie podría pasar al piso que él ocupaba.

Sin embargo, cada noche y a pesar de la vigilancia, un desafortunado aparecía muerto cada mañana, con las mismas marcas que tenía en el cuello.

Poco a poco y con el avance de los días, las muertes se extendieron a los habitantes del valle. No era extraño escuchar algún grito de dolor justo después del amanecer.

De Craon utilizaba estos hechos para darle publicidad a la próxima llegada de De Rais, aduciendo la necesidad de “sangre fresca” que ayudaría a la sobrevivencia del feudo.

El tan anhelado día de la llegada de De Rais llegó, y más de mil hombres se presentaron en el castillo.

Tantas caras, tantas armaduras que brillaban al sol llenaban los patios del castillo.

Tres días durarían las discusiones, tres días en que esos hombres se apostarían tanto en el castillo como en el valle.

La pequeña Claire, como prenda de cambio, fue presentada inmediatamente a De Rais y su guardia.

Tantos hombres de diversos rostros, de ajenas costumbres, provocaban en mí desconfianza, no encontraba algún rostro que me diera paz o la certeza de que esa “ocupación”fuera pacífica.

Tantos rostros… tantos… pero entre ellos, uno sobresalió: el rostro de René, entre los de la guardia personal de De Rais.

A punto estuve de gritar si no hubiera sido porque él mismo, con una extraña velocidad, me había llevado a un rincón apartado de la estancia, cubriendo mi boca para evitar que gritara.

-Si dices algo, piensa que provocarás una guerra, me dijo. -¡Ah! Mi adorada Marion, ¡todo te debo! La vida… la muerte.

Con un simple ademán de su mano, apartó las prendas que cubrían mi cuello y mis hombros.

-Esas marcas… lo siento, amada mía, pero así sabes que eres mía.

Su fría mano rozó uno de mis hombros y bajó hasta uno de mis senos, apartando aún más mis prendas.

-Aún te amo, bella mía y ahora sé que te amaré hasta en esta muerte.

De pronto, en su boca aparecieron unos largos colmillos que clavó sin piedad en el seno que había desnudado. El dolor hizo flaquear mis piernas y conforme sentía brotar la sangre de la herida, mi cuerpo dejaba de responder al grado de caer en una profunda oscuridad.

Cuando desperté era de noche. A lo lejos había más y más lamentos de dolor y desesperación.

De acuerdo a mi aya, habían pasado días desde la bienvenida a De Rais y las cosas habían cambiado.

Lo que atacaba a los aldeanos ahora atacaba a las fuerzas de De Rais, que rápidamente se habían visto diezmadas, quedando a la voluntad de De Craon.

Me vestí a toda prisa y me dirigí a los aposentos de De Craon, pero fui detenida por su guardia, quien me impedía el paso.

-De Craon, comencé a gritar. -Debes escucharme.

Una y otra vez grité para hacerme escuchar por De Craon, hasta que él mismo salió a mi encuentro para llevarme a la sala donde se encontraba también De Rais.

El olor era nauseabundo, al igual que la sombra que cubría uno de los brazos de De Rais.

Lentamente esa sombra se irguió, dejándome ver el rostro perfecto de René.

El espanto me cubrió y trastabillé tratando de huir, pero las toscas manos de De Craon me sostuvieron por los hombros.

-Pequeña Marion, mira a dónde nos has traído, me decía mientras observaba que De Rais parecía estar a punto de morir. -Nos has dado la gloria de evadir la muerte y ahora, tendremos más de un feudo.

René, sin ningún esfuerzo, levantó a De Rais y lo sujetó para hacerlo caminar.

-Es hora, padre, dijo René mientras avanzaba hacia las escaleras.

Afuera, lo que quedaba del ejército de De Rais observaba a su Lord con extrema pena.

Las miradas de todos se clavaban en el pequeño grupo que éramos, sólo se escuchaba el crepitar del fuego de la hoguera a nuestras espaldas. Podía sentir el calor de las llamas en contraste con la frialdad del momento.

De Craon alzó la voz anunciando las buenas nuevas. De Rais, en su afán de beneficiar a su pueblo y ante la rara enfermedad que tenía, le había cedido su pueblo y tierras a cambio de la cura para la vida eterna.

Un murmullo se extendió entre los presentes, murmullo que fue silenciado cuando René se quitó el casco que cubría su rostro, mostrándose a todos.

Con rapidez, René desnudó una de sus muñecas, mordiéndola, provocando que un borbotón de sangre saliera, ensuciando su uniforme. Ofreció esa sangre a De Rais, que no atinaba a hacer nada.

El odio guardado brotó en un segundo y así, tomé una antorcha de la hoguera, incendiando las ropas de De Craon, quien me había llevado de la mano.

René soltó a De Rais quien cayó moribundo a sus pies, para tomarme del cuello con una de sus frías manos.

Sus ojos se desorbitaron al notar que mi mano aún sostenía la antorcha, pero que esta la había utilizado para atravesar su costado.

-¿No lo sabías, mi amada? Todo esto era por ti. Te ofrecería estas tierras y las de De Rais para que fueras mi esposa. Reinaríamos eternamente.

De Craon se revolvía en el suelo, entre las llamas. Sus gritos de agonía llenaban la noche. Ardería hasta consumirse en cenizas.

De Rais era un despojo humano que no sobreviviría un par de horas más.

René, tomó mi rostro con su mano ensangrentada, mientras sostenía con fuerza el madero, sacándolo de su cuerpo.

Exhaló un gemido de liberación al deshacerse del instrumento que lo dañaba y acercó su rostro al mío.

-Siéntelo dentro de ti, me dijo apenas susurrando. -Mi semilla está dentro de ti. Ahora eres como yo, siente la sed. No fui yo solo quien acabó con tantas personas, también estabas tú.

Y entonces, una serie de imágenes llenó mi pensamiento. Yo, matando, bebiendo de tantas y tantas personas… yo, intentando beber de Claire aquélla noche en que despertó alarmada; yo, hiriendo a René y haciéndolo beber de mí para transformarlo; yo, matando a mi padres…

De Craon sólo había intentado contenerme todos esos años, pero no había podido hacerlo, pues René se había enamorado de mí y la ambición de poder también lo había consumido.

Sentí en la boca una extrema sed. Conciente ahora de mi verdadera naturaleza, sonreí a René y tomando una de sus manos nos lanzamos a la cacería.

Al amanecer, la hoguera había cedido y sobre el valle quedaban los cuerpos de aquellos que no habían podido huir. René y yo nos habíamos refugiado en el piso de su padre. Piel con piel yacíamos en la cama, en completa calma, sin ningún pensamiento que perturbara nuestras eterna unión.

 

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