El día en llamas

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René observaba tranquilamente la Piazza, las jóvenes norteamericanas paseaban entre risas y las declaraciones de amor de los romanos.

La piel que esas mujeres mostraban sin pudor le hacían sentir sed, pero no era una simple sed, un deseo lascivo se apoderaba de él imaginando la forma en que tomaría la sangre de alguna de esas mujeres.

Quizá en un breve menage a trois, en el que satisfaría la erección que comenzaba a molestar bajo el pantalón o en un arriesgado amor a la salida de un bar.

Soñaba con probar la sangre tibia y el interior húmedo de una desconocida, cuando Marion apareció.

Enfundada en un vestido vintage que revelaba la exhuberancia de sus senos y su breve cintura, dominando el paisaje con el andar firme de sus piernas que propios y extraños volteaban a ver.

René apuró de un trago su café y recibió a Marion con la cortés complacencia de un viejo matrimonio.

Siglos habían pasado desde la noche en que murieron… y mataron, la paz y la complicidad entre ambos no se había perdido, pero sí el encanto de la primera vez en descubrir el placer de la carne y a la persona que amas.

Sin embargo, la sed nunca se aplacaba. Ambos gustaban de darse a los placeres que su sed les dictaba, desde un dulce desangramiento, hasta la destrucción total de aldeas sin importancia.

En cuanto Marion se sentó a su lado, sonrió buscando algo en el rostro de René, algo que fue encontrando en las turistas que reían escandalosamente.

Aún con la sonrisa en los labios, Marion se acercó al grupito de jóvenes que estaban sentadas a la sombra de la fuente.

René la observó andar con el mismo paso seguro con que había llegado, sacar de su bolso una tarjeta y susurrarle algo al oído a la chica que había llamado su atención.

De la misma forma en que llegó al grupo de turistas se retiró, pero el llamado de la joven entrevista la detuvo.

Una señal de “sígueme” de su cabeza hizo que la joven en compañía de otras dos la siguieran.

-¿Listo, René?, me dijo Marion con la sonrisa en sus labios, pero él notó en sus ojos la misma expresión de ira que tenía cuando se había enamorado de ella.

El grupo caminó hasta el Volvo que utilizaron para llegar al chalet que René y Marion utilizaban cada verano cuando visitaban Italia.

Vino y música fluyeron de forma constante durante horas, hasta que las pavesas apenas si podían caminar sin tropezar.

Las jóvenes a cada copa habían perdido la vergüenza, así que ahora las tres y René se encontraban compartiendo los placeres de la cama.

Marion los observaba desde el sillón con tranquila paciencia, bebiendo una copa de brandy.

Vio una y más veces que las jóvenes y René satisfacían su apetito una y otra vez y sólo fue cuando escuchó el último gemido de placer de una de ellas y su brandy se había acabado, que, como antaño, se acercó a ellos sin ser prácticamente vista.

René, ahogado en éxtasis, sólo se detuvo cuando sintió sobre su pecho un hilillo tibio de sangre, que caía de los labios de Marion, quien quitaba la vida a la joven que cabalgaba a René.

-No olvides, amor, le dijo Marion tras limpiar con el dorso de su mano la sangre sus labios, -que yo soy quien te da todo y te lo puedo quitar, al igual que este día en llamas.

El cuerpo de la joven cayó a un costado, dejando expuesto el cuerpo desnudo de René, quien no supo cómo responder.

Marion, con el paso de los siglos, había perdido toda su candidez al igual que René las ganas de ser físicamente fiel.

Un leve olor a madera quemada se hizo presente. Pronto, René notó las llamas que brotaban de la cocina.

Con suma calma se vistió, alcanzando a Marion en la estancia. Las maletas y el Volvo estaban listos. Era hora de regresar a Francia.

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