EN UN TAL VEZ

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El sol comenzaba a iluminar la ciudad. Ya no sabía si era mejor la oscuridad de la noche o la luz que permitía ver los cuerpos en putrefacción que se movían en cada esquina.

El dormir bajo la intemperie me había provocado un ligero malestar en el cuerpo, que era una nimiedad en comparación con la sed que dejaba mi lengua como lija. ¡Cómo deseaba beber algo de agua!

Estaba tan cansada de andar de un lado a otro sin rumbo fijo y sin poder encontrar a mi padre, que para ese entonces, sin duda, había muerto.

Un golpe contra la caja de trailer sobre la que estaba me hizo levantarme. Con cuidado observé el panorama. Todavía quedaban unos cuantos cuerpos alrededor de la caja, gritando con sus cuerdas vocales agarrotadas por la muerte, intentando alcanzarme.

Respiré con profundidad observando los aproximadamente trescientos metros que me separaban del supermercado. Trescientos metros que estaban llenos de carros, restos de cuerpos con movimiento o sin él.

No había más que hacer, así que calculé la altura que debía bajar y también el sitio exacto por donde debía hacerlo para evitar que me persiguieran, aunque no temía tanto debido a su lenta marcha, pero lo cierto era que me encontraba ya en el límite de mi resistencia y no duraría mucho.

Así que sin más, bajé lentamente, evitando hacer ruido para correr calle abajo hacia la fuente que saciaría mi sed y algo más: el supermercado.

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