PRESENTIMIENTO

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La voracidad del presentimiento me carcomía. Iniciaba en la espalda baja como una fría gota que subía hasta mi nuca, provocando que mi piel se erizara. El miedo comenzaba a paralizar mis piernas que se rehusaban a dejarme entrar a la casa, y me mantenían ahí, de pie en la terraza, observando las casas aledañas.

Un leve sudor comenzó a cubrir mi frente. El silencio de la casa era sepulcral, sin embargo, mi corazón me ensordecía con latidos que taladraban mi cabeza. El aire comenzó a escasear en mis pulmones, pues mi respiración se agitaba entrecortadamente. La tensión era máxima y estaba a punto de hacerme desfallecer, ahogando mi voz en un susurro con el que quería llamar a mamá.

De pronto, se hizo el silencio; mi corazón y respiración callaron.

-Adelante, pase-, escuché decir a mi madre en la planta baja.

El terror invadió mi cuerpo. Calculé el tiempo que necesitaría para subir hasta el tercer piso, acceder a la terraza y descubrirme. Tenía tan sólo un minuto o dos.

Mis manos se tensaron sobre el recubrimiento de cemento y me lancé al vacío sin vacilar. El césped me dio una suave bienvenida y sin detenerme, accedí de nueva cuenta a la casa para salir por la entrada trasera, tal como él había entrado.

Al salir a la calle, noté la mortecina luz del sol que poco a poco iba perdiendo terreno frente a la oscuridad.

-¡Maldición!-, dije mientras iniciaba un sprint que terminaría unas cuantas cuadras después.

Me detuve pensando que tal vez no hubiera visto mi huida y quería comprobar la distancia que nos debía separar. Tomé algo de aire que al salir de mi cuerpo, dejó paso al miedo que de nueva cuenta recorría mi espalda.

Di media vuelta, sólo para encontrar sus ojos negros y su sonrisa levemente retorcida. Al instante, sus brazos me asieron con fuerza, elevándome del suelo.

Sus alas negras se batían, y el piso se movía rápidamente bajo mis pies. Un leve roce se daba entre nuestros cuerpos. Roce que provocó la calidez entre ambos, humedad en mi cuerpo y dureza en el de él.

Sus manos buscaron bajo mi vestido, deshaciéndose de cada prenda que estorbara. Sus labios comieron de los míos al tiempo en que me penetraba, callando así los gemidos que se escapaban.

Mis alas blancas se extendieron, batiéndose al compás de las de él, dejándonos danzar entre gemidos y estertores a escasos centímetros del suelo. Sus manos y las mías exploraron cada parte de nuestros cuerpos y sólo se detuvieron al gritar al unísono el placer extremo al que llegamos juntos.

Sus brazos ya no me asían evitando que escapara, sino que me abrazaban con delicadeza. Un beso dulce en los labios fue la culminación de nuestro vuelo.

Con ternura, sus brazos me sostenían frente a él, permitiéndome escapar a la profundidad de su mirada.

-No temas a lo que vendrá-, dijo sellando sus palabras con un beso en la frente, mientras el último rayo de sol moría, dejándonos al arbitrio de lo que había en la oscuridad.

 

 

Nota: He escrito una y otra vez varias versiones de este pequeño cuento. Así que mil disculpas si encuentran una versión anterior de él en el blog, sin embargo, espero que les guste, pues es para mí sumamente especial.

 

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