RECUERDOS

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El frío viento del otoño golpeaba mi cabello. Me subí el cuello del abrigo y me abracé intentando dar calor a mi cuerpo o quizá era que quería darme ánimos.

Me detuve a unos cuantos pasos del edificio. Me parecía tan particularmente conocido, pero no podía recordar la causa.

Entré sin más, esperando encontrar dentro la respuesta a todo lo que me sucedía… o más bien, una solución a lo que soy.

El Doctor Mireles era toda personalidad en la psiquiatría y la psicología, a pesar de su edad,  y, debido a ello, acababa de inaugurar una clínica en las entrañas del edificio.

Prácticamente subí a tientas hasta el último piso, donde el Doctor Mireles ya debía esperarme.

Al salir del ascensor, encontré el barullo de los contratistas, yendo y viniendo en lo que próximamente sería una flamante recepción.

La recepcionista, sentada detrás de un improvisado escritorio, hablaba casi a gritos a través del teléfono, dando cita a algún paciente.

Durante el breve lapso en el que ella dejaba el teléfono para atenderme, me di a la tarea de reconocer el lugar donde andaba.

Todo me parecía tan familiar, pero con un dejo de tristeza que no podría explicar.

Finalmente y tras esperar un cuarto de hora, apareció el Doctor Mireles, un hombre apenas mayor que yo y que, a pesar de lucir agradable, no me provocó empatía de forma inmediata.

Crucé la estancia y la puerta que conducía al interior de lo que era la clínica. Una serie de consultorios dispuestos alrededor de un hermoso jardín donde corría libremente el agua de una fuente en forma de cortina, que alimentaba los helechos, enredaderas y demás plantas que habitaban en el lugar.

¡Yo conocía ese sitio! ¡Demonios, yo lo conocía! Mis pasos comenzaron a hacerse pesados y en mis brazos apareció esa extraña sensación de cosquilleo cuando sabía que algo no andaba bien.

Apenas si podía seguir los pasos del Doctor, quien abrió la puerta de uno de los consultorios ofreciéndome pasar a ese privado, que, desde afuera, lucía de singular tamaño y agradable decoración en blanco.

En cuanto se cerró la puerta tras de nosotros, una terrible sensación de ahogo me invadió. Las blancas paredes se transformaron en oscuras sombras que mantenían dentro de la habitación un hedor a orina, sangre y heces que no pude soportar.

Mi cuerpo se venció ante la terrible sensación de asfixia; náuseas y un dolor punzante en los brazos me hicieron doblarme hasta quedar postrada en posición fetal en el suelo.

-Violeta, tranquila-, decía el Doctor Mireles. -Respira lenta y profundamente, aquí estoy.

Finalmente, la tensión del momento me redujo a un guiñapo que lloraba profusamente sin detenerse.

No escuché cuando el Doctor Mireles pidó ayuda, ni mucho menos cuando le indicaba a la enfermera le preparara un compuesto de sedantes que inyectó en uno de mis brazos.

Con delicadeza, el Doctor Mireles me levantó en sus brazos y me colocó sobre un sillón, dejándome dormir unos minutos o quizá mucho más.

Cuando desperté, los ojos del Doctor examinaban los míos y su mano buscaba el pulso en mi muñeca.

-Violeta, -dijo el Doctor en un tono bajo-, cuando tu padre pidió te atendiera, fui un escéptico. Me describió un terrible suceso de una chica que había sido terriblemente ultrajada y vejada hasta la saciedad por el hombre que ella creía amar. Era atada con cadenas, encerrada en una habitación sin luz o casi sin alimento alguno durante días, para después ser violada una y otra vez por su captor. Y ella, aún así, cuando este monstruo fue detenido, clamaba que lo amaba y que no le haría daño.

-Me contó también sobre esa misma chica, regresando una y otra vez al lugar donde ese hombre la lastimaba hasta saciar su sed de sadismo. Historias que, he tenido por ciertas al encontrarlas en un periódico.

-¿Él ya no está?-, dije con escepticismo al Doctor Mireles quien abrió con sorpresa sus ojos, quedándose atónito, observándome desde su silla.

Sin algo que me retuviera abandoné el privado, reconociendo desde el quicio de la puerta el lugar donde él me había mantenido encerrada.

Con el Doctor siguiendo mis pasos, recorrí con paso inseguro la clínica, recordando que los ahora consultorios habían sido algunas otras recámaras, el comedor, la biblioteca… todo lucía tan cambiado.

Me dirigí a la recepción observando a detalle los trabajos de los contratistas. ¡Esa ya no era la sala de estar! Tampoco estaban sus libros de poemas ni las tazas de té que bebíamos cada tarde, cuando él estaba bien.

Mucho menos estaba él. Un dolor en el bajo vientre me invadió, inundándose mis ojos con espesas lágrimas.

-¡Él ya no está! ¿Dónde está? ¡Quiero verlo! Por favor, quiero verlo-, dije entre sollozos que entrecortaban mis palabras.

El Doctor Mireles me tomó suavemente de los hombros y clavó su mirada en la mía, como tratando de que todo lo que iba a decirme pudiera entenderlo.

-Violeta, -dijo con tristeza, – él ya no está.

-¡No! ¡Esta es nuestra casa, no puede irse sin mí!

-Violeta, eso que recuerdas, eso que aún llevas en tu memoria… sucedió hace cincuenta años. Violeta, él no está más aquí y lo que sucede contigo es algo fascinante y a la vez desconocido para mí. Pretendo tratarte con la mente abierta, sin reprimir ningún “recuerdo” para lograr tu mejoría.

-¿Mejoría? ¿Cómo podrías curar el amor? ¡Debo estar con él! ¡Él es mi esposo!

El Doctor Mireles suspiró y yo, me perdí en un recuerdo donde le veía a él frente a la ventana, sonriendo, mientras escribía un poema que el tiempo me había hecho olvidar.

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