La mujer de las tormentas

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En unos días más, sería el cumpleaños de M… Había marcado en el calendario con un gran círculo rojo el día en que ella cumpliría 38 años.

Ya no éramos unos niños y aún así ella lograba parecerlo con ese humor involuntario que algunas veces la hacía ser un patiño.

¿Qué regalarle a ese torbellino que tantas veces actuaba como si lo pudiera todo?

Habíamos discutido sobre música, películas, libros, pintura… tantos temas de los que considerar algún objeto que brindarle.

Pero, esa mujer me sorprendía a cada instante con sus gustos unas veces obsesivos y otras, tan dispares.

Pensaba en su locura, su arrebato para cada cosa y la forma en que perdía el interés sin ninguna explicación; sus ganas de llenarme de detalles con su sola presencia y después, el silencio con el que se alejaba. 

Decidí rendirme y hacer algo más obvio, enviarle unas flores, esperando que fueran sus favoritas.

Finalmente, llegó el tan anhelado día y tal y como había planeado, un ramo fue enviado a primera hora a su oficina.

Supe que había recibido las flores cuando una llamada de agradecimiento llegó a mi celular.

Tras escucharla, la invité a comer y de ahí, la llevaría a un lugar tranquilo donde estar solos.

La comida se fue tan rápido como la ropa al encontrarme solo con ella. La explosión en su piel fue tan agresiva que apenas si pude resistirme y dar, conforme a mi ego, la mejor de las faenas.

Más, un único detalle olvidé; esa mujer de tormentas, en el fondo era de una dulce calma que buscaba paz y cobijo.

Me noté en el brillo de su mirada y en la sonrisa que irradiaba alegría mientras regresábamos a la ciudad.

Tuve tanto temor a hacerla mía por mucho más tiempo que las pocas horas que compartíamos vez en cuando, así que sin más, con gesto frío la dejé frente a las oficinas de donde la había recogido y tras un “nos hablamos” la abandoné.

No quise observar ni su mirada triste ni su apretar de labios cuando la despedí sin siquiera abrirle la puerta.

¡Craso error! Tras unos minutos de calma, la tormenta empezó y entre palabras que buscaban hundir mi nave, noté la herida que le había causado.

-No quería flores, -me dijo, -te quería a ti.

Sorprendido me quedé en silencio observando cómo la tormenta se disipaba a la lejanía.

No podría… No, no querría llevar a cuestas a esa mujer que se entregaba de esa forma… sin embargo…

 

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