Month: June 2016

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Poetas Nuevos

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Leo atento las noticias de papel,
frágiles verdades se desnudan,
su piel bien redactada a granel
recoge informaciones que abruman.

Paso página humedeciendo mis dedos,
algo de tinta ruega engrecerme
y quién soy para impedir su naturaleza
de testigo, ojos de letras insertadas.

Hablo tímidamente y la voz es arrullo,
voy meciendo las palabras y su impacto
recala en mi frente y aparecen mis ojos,
saltan de asombro en cada frase.

Leo textual, sección Poesía, autor: anónimo

Si pudiera escribir sobre tu piel
las noticias del amor y la vida,
hablaría del sucumbir pueril
de mis manos sobre tus rodillas.

Y aunque suene ridículo las besaría
hasta dejarlas advertidas,
aquí empieza mi soberanía
que se extenderá por toda tu fisonomía.

Abriré un paréntesis en tus piernas,
desbordante lozanía,
hundiré la mirada perdida
ahora les toca a mis piernas flectarse más.

Increíble dicotomía bajar para ascender,
clavarse como animal caprino
con…

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Ese

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Ese que me desnudó completamente, fue el que me hizo llorar tras el febril orgasmo, el que besó mis lágrimas y abrazó con fuerza mi cuerpo.

Ese que me desnudó entera fue el que hizo del amor una dicha, una desgracia y el sino en mi camino.

Ese que desnudó mi alma fue el que brindó lo mejor de mi vida en un beso, y el que mi inspiró a gritar en silencio a través de unas cuantas letras, aunque jamás las leyera.

 

Pedro, el Carbonero

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Tempranito el farolero daba la hora, los niños pronto salían en tropa, dirigiéndose a la carbonera. Su pequeño tamaño, sus delicadas manos, su incansable conducta, hacían de los niños los mejores trabajadores.

Don Pedro Enriquez, les daba cobijo en su carbonera, pagándoles bien, tan bien que algunas familias habían dejado el ingreso de la casa sobre los hombros de aquéllos niños; pero no eran los niños, sino las niñas las que eran por el carbonero, aún más apreciadas.

Don Pedro Enriquez vivía en el centro de la ciudad de Puebla, en una casona con amplias ventanas que dejaban entrar la luz del sol. Era feliz aquél hombre al saberse amado por su mujer, quien estaba a punto de darle un vástago que llevaría con honor las actividades de comerciantes de aquél señor.

Aciago fue el día en que su mujer y su hija recién nacida, morían entre sus brazos. El médico nada pudo hacer, así que Don Pedro, la fe perdió. Desde entonces, Don Pedro un muerto en vida se volvió.

¿Cómo hacer que la alegría reinara de nuevo en su hogar? ¿Cómo sonreír cuando quería morir?

El consuelo de una pequeña mano vino un día. Una pequeña niña de doce años apenas, una tarde le sonrío. Pobre pequeña, a su casa jamás regresó.

Extrañado el farolero, en la casa de Don Pedro varias voces escuchó, entre gemidos  y golpes secos,cada noche siempre pasó; mientras las niñas de la carbonera desaparecieron.

Una a una, sin rastro, sin sombra, sólo el recuerdo dejaron, mientras en la casa de Don Pedro los extraños sonidos seguían perdurando.

El descontento se juntó con el desconsuelo y así, los padres la casa de Don Pedro asaltaron.

Cuerpos ultrajados, atormentados con sogas, dagas, desmembrados, copas de vino con sangre entre las manos de Don Pedro, todo ello encontraron. Diez, veinte, treinta… todas las niñas que de la carbonera habían desaparecido estaban esparcidas en las habitaciones de esa casona mayor.

Craso silencio la Inquisición arrojó a aquél hecho, confiscando los bienes del vecino, dejándole ir con un burro, unas cuantas monedas y un sarape. Jamás debería volver a la ciudad.

¡Ah, cuidado con las palabras de Don Pedro, pues volver el prometió! Vivo o muerto seguiría con sus actos de terror y vivo o muerto de aquella sala, salen voces y gritos de terror, cada noche si lo escuchas con atención.

DEUDAS

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Trataba de ocultarme tras el asiento, sin embargo, notaba los ojos del conductor que una y otra vez buscaban mi rostro.

Necesitaba llegar cuanto antes y así, pagar mi deuda, pero supe que las cosas no iban a ser tan sencillas cuando noté que doscientos metros más adelante, había un retén. Busqué bajo mi chaqueta los revólveres así como el par de cuchillos que llevaba conmigo.

Una vez más noté la mirada del conductor y entendí que no me dejaría bajar, más, en el momento justo en que se detuvo para dejar subir a una mujer con un par de niños, en rápido movimiento me escabullí dejando al chofer que sólo gritó “¡hey!”.

Caminé lentamente calle abajo, observando el retén.

-¡Demonios! -dije cuando noté que el chofer del autobús bajaba del mismo y señalaba hacia mí.

Tan sólo tendría unos cuantos minutos, así que puse en máxima tensión mis piernas y comencé a correr dándole la espalda al grupo de policías que corrían tras de mí.

Necesitaba llegar a como diera lugar y olvidarme de todo esto.

¡El río! La parte trasera de la casa terminaba abruptamente en un salto de agua y muy cerca de ahí, se encontraba el dinero que celosamente había guardado y con el cual completaría el monto total de la deuda.

Quebré mi carrera en una esquina y seguí unos cuantos metros más. Tras de mí ya se oían las sirenas. No dudé tanto como habría pensado, así que aprovechando la carrera que llevaba, salté por el barandal, cayendo de lleno en la corriente del río.

La tormenta que había habido unas horas antes había revuelto el río. Mis ropas me estorbaban, haciendo que fuera muy difícil el mantenerme a flote.

De pronto, una bala laceró uno de mis brazos dejándome una leve herida. Aún estaba al alcance de sus armas. Me sumergí brevemente para nadar hasta que el aire en mis pulmones fuera necesario.

Cuando volvía a salir a flote repasé en mi mente, las calles y lugares por los que el río me llevaría antes de llegar a la casa.

Sin quererlo, el frío del agua tocó mi corazón. Pude recordar aquélla noche en que todo empezó: un simple juego me había hecho convertirme en una fugitiva, un juego que jamás creí que era real, pero que, tras la emboscada en la que tuve que huir de casa, entendí que esto era tan real como posible.

Tras notar los arcos que daban la entrada a la casa, me aferré con fuerza a una gran piedra sobre la que me apoyé para salir. Escalar esa pequeña ladera hacía muchos años, era cosa sencilla, pero ahora, con veinte años más y una herida en el brazo, era un acto heroico.

Una vez arriba, me escondí tras unos matorrales. La casa parecía tan tranquila, pero no esperaba que fuera así, menos conociendo a mi tío.

Con cuidado y sin hacer ruido busqué el lugar donde había enterrado el dinero. Con rapidez escarbé con mis propias manos hasta hallar la tela roja en que se encontraba envuelto.

Un disparo a unos cuantos centímetros de mí me alarmó y allí estaba él, con dos de sus guaruras apuntándome.

-Me parece que has perdido, mi querida niña, -dijo con una amplia sonrisa.

-No. Déjame explicarte -le dije mientras me levantaba, desatando el fajo que tenía en las manos y mostrándole el dinero. -Tú pierdes. Te he pagado mi deuda, -dije mientras lanzaba unos montones de dinero a sus pies.

Él, con lentitud, se agachó para recoger los fajos de dinero y con una hojeada quedó satisfecho.

-Gracias, mi niña. Has aprendido, -dijo mientras en un gesto amable, tomó mi brazo llevándome con él. -No creí que sobrevivirías, pero demuestras ser mi digna sucesora. Ya hablaremos de las minucias de este juego. Ahora, ve y liquida el resto de tu deuda.

Forcé una sonrisa y con la dulce compañía de sus guaruras, salí de su casa. Ya me esperaba afuera Pedro, quien me había ayudado con escondites y armas, a cambio, por supuesto, de una cantidad de dinero.

Cuando puse en la mano de Pedro el último fajo de billetes, me sentí liberada y tan confundida como el primer día de esta travesía.

-Búscame cuando necesites ayuda, -dijo Pedro. -Fue un buen juego, te felicito y te sugiero termines de atar los cabos que quedaron pendientes o habrás perdido más que lo que ganaste.

Mi madre, mi esposo, mis amigos, todos quienes se encontraban aquélla noche en la casa cuando el juego inició habían desaparecido, creo yo, detenidos por la policía (que mi tío manejaba). Debía ir por ellos, buscarlos donde estuvieran. Ese era el cabo más importante que atar, los demás, podían esperar.