Month: July 2016

PECADO

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-Huele a pecado, me dijo. -Huele a mujer, a café, a tabaco.

Desde la mesa continua me sonreía. A estas hora del día, los turistas que madrugaban comenzaban a llegar a Los Portales,  pedían tazas de aromático café, pero eso no era lo que había captado mi atención, sino el otro aroma que había en todo el puerto, mucho más sutil, mucho más enervante.

En respuesta a su intervención en mi pensamiento, le sonreí pausadamente y él con paso felino, se acercó a mi mesa, solicitando mi permiso para sentarse.

Accedí con un movimiento de cabeza. No era feo, ni guapo, pero tenía un extraño aire de autosuficiencia que lo hacía atractivo.

-¿Qué es lo que busca en esta ciudad?, me preguntó mirándome a los ojos.

-Encontrarme, sentencié con sinceridad.

Sonrió ampliamente y tras observarme un par de segundos, pidió a la mesera la carta y se aprestó a pedir para ambos lo que él consideraba mejor en el menú. La charla fue ligera y sumamente amena.

Me sorprendía de la forma en que él disfrutaba cada sorbo de café, cada bocado del desayuno y cómo en sus ojos se dibujaba el mar con un éxtasis que me hacía sentirlo en la piel.

Ofreciéndose a ser mi guía, salimos del restaurante con rumbo desconocido. Fueron horas y horas de caminata que disfrutaba a cada paso. Sucumbí ante los encantos del puerto que me hizo descubrir con nuevos ojos.

Yo no dejaba de deleitarme con su manera de ver las cosas. Cuando llegó la noche, frente a la entrada de mi hotel, tomó mi mano, imprimiendo en ella un delicado beso. No pude soltar su mano.

Me acerqué a él, devorando su aroma y bebiendo de su aliento, mis manos se sujetaron de su cuello, mientras sus brazos rodearon mi cintura.

Nos descubrimos poco a poco en la habitación. Sus labios recorrían cada centímetro de mi piel y los míos se sujetaban prestos a sus labios o a su sexo. Extenuados, compartimos unos momentos de calma en la cama.

-Debo irme, me dijo seriamente observando mis labios.

-Lo sé, le dije a media voz. -Pero esta noche es para mí. Busca en mi bolsa, encontrarás una bolsita de tela. Es para ti. Encontrarás lo suficiente por tus servicios.

-¿Lo sabías?, me preguntó apenado.

-Desde que te conocí. La mesera de Los Portales me lo advirtió, pero decidí aventurarme. Mañana me caso y no hubiera podido descubrir al puerto ni a ti, de la forma en que lo hice.

Se acercó a mi boca y volvió a besarla. Sus manos volvieron a hacerme presa de sus deseos y esta vez no fue sexo, sino que hicimos el amor en armonía, descubriendo sensaciones que nadie más encontraría.

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NANGA TI FEO

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La herida en el costado le obligaba a respirar con la boca abierta. Las cenizas de la ciudad llegaban con el viento y veía a lo lejos, amparados por el ocaso, con apenas lo que podían llevar, a la gente que antes, orgullosamente habitó lo que era ahora un desastre.

Su pecho se levantaba y bajaba con la dolorosa respiración. Se sentía impotente. Era sólo un soldado, que nada podría hacer contra aquellos seres; seres cuyas armas brillaban con el tono rojo del sol, el cual, estaba por desvanecerse tras el horizonte.

Incluso Huitzilopochtli huía, abandonándolos a su suerte.

Sus ojos se llenaron de agua, recordando la grandeza de aquella ciudad que poco a poco iba quedando en ruinas… recuerdos que lo llevaron a ella, una de las princesas, hija de Moctezuma, quien quizá, en esos momentos, estaba fuera de la ciudad.

Se dejó caer de rodillas, escuchando el golpe seco que produjeron sus huesos al caer. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que no lo vio acercarse detrás de él, pero esa suerte que le había protegido de morir horas antes, le hizo escuchar unas ramas crujirse bajo el paso del enemigo.

La espada del español se encendió con el sol, dispuesta a cortar la cabeza del guerrero. Fue un simple movimiento, un ágil movimiento que bastó para clavar en el costado del español, ahí, donde la armadura no le protegía, su daga de obsidiana. Sus ojos se llenaron de furia y una y otra vez, hirió a aquél que pretendió matarlo.

En un grito ahogado, su enemigo moría a sus plantas. Un sólo deseo llegó a su corazón: herir de muerte a todos los demás que mataban a su gente, a su ciudad… pero era sólo un soldado… un soldado contra tantos enemigos.