PECADO

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-Huele a pecado, me dijo. -Huele a mujer, a café, a tabaco.

Desde la mesa continua me sonreía. A estas hora del día, los turistas que madrugaban comenzaban a llegar a Los Portales,  pedían tazas de aromático café, pero eso no era lo que había captado mi atención, sino el otro aroma que había en todo el puerto, mucho más sutil, mucho más enervante.

En respuesta a su intervención en mi pensamiento, le sonreí pausadamente y él con paso felino, se acercó a mi mesa, solicitando mi permiso para sentarse.

Accedí con un movimiento de cabeza. No era feo, ni guapo, pero tenía un extraño aire de autosuficiencia que lo hacía atractivo.

-¿Qué es lo que busca en esta ciudad?, me preguntó mirándome a los ojos.

-Encontrarme, sentencié con sinceridad.

Sonrió ampliamente y tras observarme un par de segundos, pidió a la mesera la carta y se aprestó a pedir para ambos lo que él consideraba mejor en el menú. La charla fue ligera y sumamente amena.

Me sorprendía de la forma en que él disfrutaba cada sorbo de café, cada bocado del desayuno y cómo en sus ojos se dibujaba el mar con un éxtasis que me hacía sentirlo en la piel.

Ofreciéndose a ser mi guía, salimos del restaurante con rumbo desconocido. Fueron horas y horas de caminata que disfrutaba a cada paso. Sucumbí ante los encantos del puerto que me hizo descubrir con nuevos ojos.

Yo no dejaba de deleitarme con su manera de ver las cosas. Cuando llegó la noche, frente a la entrada de mi hotel, tomó mi mano, imprimiendo en ella un delicado beso. No pude soltar su mano.

Me acerqué a él, devorando su aroma y bebiendo de su aliento, mis manos se sujetaron de su cuello, mientras sus brazos rodearon mi cintura.

Nos descubrimos poco a poco en la habitación. Sus labios recorrían cada centímetro de mi piel y los míos se sujetaban prestos a sus labios o a su sexo. Extenuados, compartimos unos momentos de calma en la cama.

-Debo irme, me dijo seriamente observando mis labios.

-Lo sé, le dije a media voz. -Pero esta noche es para mí. Busca en mi bolsa, encontrarás una bolsita de tela. Es para ti. Encontrarás lo suficiente por tus servicios.

-¿Lo sabías?, me preguntó apenado.

-Desde que te conocí. La mesera de Los Portales me lo advirtió, pero decidí aventurarme. Mañana me caso y no hubiera podido descubrir al puerto ni a ti, de la forma en que lo hice.

Se acercó a mi boca y volvió a besarla. Sus manos volvieron a hacerme presa de sus deseos y esta vez no fue sexo, sino que hicimos el amor en armonía, descubriendo sensaciones que nadie más encontraría.

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