In caelis

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Pater Noster, qui es in caelis,
sanctificétur nomen Tuum,
adveniat Regnum Tuum,
fiat volúntas tua,
sicut in caelo et in terra.
Panem nostrum cotidiánum
da nobis hódie,
et dimitte nobis débita nostra,
sicut et nos dimittímus
debitóribus nostris;
et ne nos indúcas in tentationem,
sed libera nos a malo.

Resonaba su voz por toda la nave de la iglesia. Con ciego fervor, con lágrimas en los ojos rezaba para alejar los pensamientos que le provocaban aquella mirada.

Lo había visto hacía dos semanas en la Plaza Mayor. Mestizo, alto como ningún otro,piel tostada por el sol, ojos negros profundos, que al mirarla, la desnudaron por completo, tocando su alma.

No había día en que no lo buscara con la mirada, mientras hacía su paseo diario y ahí lo encontraba, observándola, en cuanto él la presentía. El viento, caprichoso, les llevaba mutuamente el aroma de su cuerpo, el sol se ocultaba tras las nubes dejando que ese breve instante pareciera eterno.

Sólo el llamado de su dama de compañía la hacían despertar y volver a andar. Pasaba frente a él con la mirada en el suelo, evitando el deseo de abrazarlo y no soltarlo. Era así, que notaba su respiración agitada y el sudor frío que le recorría la espalda, y arrepentida caminaba hasta la Catedral pidiendo a Dios clemencia por su alma, pues pensaba en él de una forma que no tenía cabida en su formación cristiana.

Los días pasaban y el deseo se hacía incontenible. Esa negra mirada le acompañaba cada noche antes de conciliar el sueño. Pronto sus manos comenzaron a andar el camino que él, en su pensamiento, andaría.

Su sexo se encendía, se inundaba bajo la opresión de sus dedos, hasta el grado de no poder contener sus gemidos y llamar a ese hombre que le había atado a ese sentimiento.Fue así, que la encontró una de las ayas, como gata en celo, pidiendo  los favores de aquél hombre que le robaba el sueño.

Tal fue el escándalo y la forma en que fue encontrada, que sus padres, no dudaron en llamar al Santo Oficio.

Con gran crueldad fue encerrada en una celda, su cuerpo torturado, por haber deseado que aquél hombre lo acariciara sin miramiento.

Los días pasaban y las torturas se iban agravando, hasta que, confesó la causa de su mal, pero la crueldad no había terminado, pues frente a sus ojos, a aquél hombre encadenaron y torturaron, hasta hacerle perder la vida frente a ella.

Fue entonces, que como una delicada ave, se dejó llevar por lo tormentos, con el único deseo de reencontrar en otra vida a ese hombre por el que la vida perdía.

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