Afrodita

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Entró en la habitación con aire de seguridad, sabiendo lo que quería, lo que haría conmigo.

Sólo necesitó acercarse a mí para someterme con una leve caricia y entonces, me sentí frágil ante su presencia.

La ropa poco a poco quedó en el suelo y con sus manos guíaba cada movimiento.

En mi boca quedó su sexo. Me embriagaba con su sabor. Sabiamente mi lengua le recorría, sintiéndolo inflamarse entre mis labios.

En ese momento, la fragilidad que sentía se diluyó con la convulsión de mi boca.

Él era el dominado. Él gemía debido a las caricias que le prodigaba en su pecho, a la humedad y el calor de mi lengua, a la leve succión que le hacía querer hundirse más y más en mi boca.

No era frágil aunque lo pareciera, pues ahí se encontraba él, entregándose a mi boca que podría dañarlo o satisfacerlo.

Yo era Afrodita…

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