En el kiosko

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A la muerte no le gusta ser silenciosa, no en la ciudad donde hay que gritar para ser escuchado, le gusta que la sientan, que sepan que se acerca, que no olviden que siempre llega.

Siempre bullanguera se pintó de colores y mira a los transeuntes pasar sin que lo noten, se divierte cuando les escucha hacer planes a futuro, sin saber que ella los escucha y ha decidido otra cosa.

Piensa que si la ven en el kiosko, podrían ocuparse en vivir el presente y no en añorar el pasado o esperar el porvenir.

Por un ratito se divierte observando, y después, se acuerda que debe seguir trabajando y parte ruidosa hacia aquél que la llamado.

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