Crónica rumana

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La media luz del ocaso daba un ambiente sepulcral al atrio de la iglesia. Ahí, siglos antes una guerra había sacudido hasta sus cimientos el sencillo pueblo de Rumania.

Los muros de la iglesia, las calles empedradas del pueblo,  y el castillo que coronaba la colina, olían a sangre y desdicha.

Parecía que a pesar del paso del tiempo ese pueblo se había detenido y el otoño no hacía más que acrecentar esa sensación con el triste ulular del viento.

Ese viento frío siempre corría hacia el atrio de la iglesia donde se podía leer en una placa en el suelo, el sentimiento del de quien gobernaba esta región en los tiempos de esa gran guerra:

“A ti, víbora, serpiente ponzoñosa, a ti que pretendes destruirme, juro que cortaré tu cabeza. Tu cuerpo será arrastrado sin piedad y nada quedará de ti.”

El resultado de ese juramento era el que se observaba en el pueblo, pues pese a la tristeza y la sangre, su señor había vencido.

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