Cárcel

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No sabía de caminar bajo la lluvia, tomando la mano de aquélla persona que hacía latir su corazón.

Desconocía el color de los atardeceres en una playa solitaria, de no ser por las fotografías que había en su monitor.

Aún no descubría la emoción de coger una mochila y caminar sin rumbo fijo, sólo por explorar.

Hacía tiempo que su rutina era de la casa a la oficina, y de vuelta al hogar. Su rutina, mecánica, le impedía darse los más mínimos placeres.

Siempre pensaba en que podría tomarse un día e irse a la playa con el sueldo ahorrado, pero nunca había dinero suficiente.

Una u otra obligación en la oficina le ataban a esa monotonía de la que no había escape.

La juventud se le iba entre expedientes y deudas; entre cafés rancios y miradas envidiosas que señalaban chismes a media voz.

No había más que esas horas vividas en y para su “deber” y había olvidado el más importante: ser feliz.

Más, tal vez nunca supo cómo hacer latir con fuerza su corazón o desconocía lo deseaba…

Quizá le faltaba conocerse o se aferró a la seguridad que escondía infelicidad.

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