Rosalba

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Amanece de nueva cuenta. El olor a chocolate, a churros y pan de muerto se conjugan por toda la casa.

Los integrantes de la burguesa familia poco a poco vuelven a la vida. Se oyen los gritos y risas de los más pequeños, mientras que los padres buscan coordinar sus agendas para pasar un rato con su familia antes o después de la misa de doce.

Tras hacer los acuerdos necesarios, los carros se disponen para llevar a la familia a la Iglesia de San Hipólito. Las risas, codazos, y susurros son siempre costumbre a la hora del sermón, pues los pequeños no dejan de molestar a los gemelos mayores.

Paciencia es lo que le piden a Rosalba, la gemela; por su parte, a Rogelio, el gemelo, le piden apaciguar su mal carácter y resignarse al tormento de sus hermanos menores.

La salida de la iglesia siempre se realiza entre vítores, pues sigue el paseo por la Alameda, para después, si sus padres habían conciliado agendas, disfrutar de otro lugar.

Correr, gritar, brincar, mojarse con el agua de las fuentes, eso hacían los pequeños; mientras tanto, los mayores se acercaban al kiosko donde se reunían poetas y alguno que otro idealista para compartir sus ideas.

Rosalba esperaba cada semana por ese momento. No hacía mucho que había descubierto a uno de esos jóvenes idealistas que clamaba a voz en cuello sus ideas. No podía negar que le gustaba, pero, a pesar de encontrarse cada domingo en el mismo lugar, Rosalba reconocía que ese chico se encontraba a kilómetros de distancia de donde ella estaba.

Rogelio observaba conmovido cada una de las reacciones de su gemela, que iba desde el sonroso hasta la sonrisa plena si es que aquél muchacho atisbaba a pasear su mirada sobre su hermana.

Ese día Rosalba estaba dispuesta a acercarse al muchacho y quizá, con suerte, intercambiar un par de palabras, si es que había la oportunidad. Así, absorta le escuchaba, y justo después de que el muchacho se despidiera de la audiencia, intentó acercarse.

La mano firme de Rogelio le detuvo.

-Déjalo marchar, le dijo por lo bajo a su hermana. -Déjalo ir. Si no ha observado el interés que le has puesto todo este tiempo, no debes acercarte.

Rosalba sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pues a pesar de no ser graves las palabras de su hermano, se le había abierto una herida en el corazón.

Frente a ella pasó el joven aquél, sin siquiera voltear a verla; era así una razón por la que ir hacia sus padres sin mirar atrás.

¡Cómo cambia el azul del cielo si hay una herida en el corazón! Ese azul, ya no era el mismo que el día anterior, era más oscuro. Sin embargo, pasaría, pasaría el trago amargo y de nueva cuenta, el azul volvería a brillar.

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