Month: June 2019

Asim

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El sonido del viento golpeaba sus oídos. Rara vez los príncipes salían del palacio, pero en esta ocasión, los rumores sobre algo maligno en Sawda los impulsó a juntar una mesnada a fin de explorar la lejana ciudad.

Las arenas del desierto se extendían plácidamente en el horizonte y sólo el trote de los caballos perturbaba la paz.

Previo a la ciudad de Sawda, se observaba una extraña cortina de arena, parecía que una tormenta se había estacionado ahí, ligera, suave, pero opacaba la ciudad y la luz del sol apenas podía entrar para alumbrar el camino del grupo.

Tras las arenas, los cascos de los caballos golpearon los adoquines. Sawda era una ciudad exquisita, una joya en el desierto; sus arcos, sus cúpulas, todos era de un detalle magnífico, sin embargo faltaba algo importante: sus ciudadanos.

El príncipe Asim, mi hermano, iba a la cabeza del grupo, yo le seguía, cubriendo mi rostro con el turbante, pues una mujer, no debía estar en esos menesteres.

Todavía recuerdo cada calle, cada plaza vacía pero entintada con un tono marrón proporcionado por esa tormenta que no se disipaba.

Caminábamos en una plaza cuando la vimos. Era la única persona que habíamos encontrado. Cuando Asim le habló, una extraña ráfaga de arena nos golpeó. (Aún hoy, aseguro que esa ráfaga tenía forma humana).

Tras componernos, descubrimos frente a nosotros a una joven mujer. En el momento en que la vio, mi hermano pareció perder toda voluntad.

Los demás, intentamos indagar sobre el paradero de los habitantes, pero nuestros intentos eran sofocados por mi hermano.

Sin poder hacer más, con la mujer abrazada a la cintura de Asim, abandonamos Sawda.

Al llegar a palacio, nos solicitó mi madre en el harem. La desconocía sería recibida como una esclava más, por lo que de inmediato la bañaron y vistieron y una vez que se encontraba lista, fue presentada al Sultán como el único testigo de lo sucedido en Sawda.

Aquella mujer narró entre sollozos que a la ciudad había llegado una anciana y con ella, la tormenta de arena con cuya sombra, poco a poco los habitantes de Sawda se fueron consumiendo hasta desaparecer, sólo ella, sin saber cómo, había sobrevivido.

La historia narrada provocó en mi hermano tal reacción que sin pensarlo mucho, solicitó permiso al sultán para desposar aquella mujer. Tal decisión conmocionó al Sultán, quien al igual que algunos de nosotros, no confiaba en esa mujer, así que únicamente le permitió hacerla su concubina, lo que fue un craso error.

Asim poco a poco iba perdiendo su voluntad, mi madre lo notaba también, y así como lo notaba, veía que su poder en el harem se iba diluyendo.

Aria, que así se llamaba esa mujer, se iba metiendo bajo la piel de quienes se encontraban en el harem, era como si una enfermedad consumiera las voluntades, haciéndolas parte de un todo y ese todo era Aria.

Mi madre, entendió que esa mujer buscaba dominar plenamente a Asim y después, a mi padre, el Sultán, y para ello, debía dominar a todos en el palacio,para evitarlo, planeó casarme y sacarme de así del palacio y para Aria, una extraña muerte habría.

Sin embargo, el plan de muerte fue descubierto, lo que provocó una gran discusión entre el Sultán y el príncipe, y como solución a ella, el “suicidio” de la Sultana.

A pesar de ello, mi boda ocurrió. Mi madre se había ocupado de casarme con el príncipe Ahmed, un pariente lejano de gran riqueza, pero que a pesar de no ser un mal esposo, no pudo curar la profunda tristeza que me había invadido.

Esa profunda tristeza hizo que Ahmed me enviara de vuelta a mi padre a fin de “curarme”. Para ese entonces, Asim dominaba la vida en Palacio, más bien, Aria dominaba a Asim y éste al Palacio y a todo el reino.

La tristeza que tenía me hacía alejarme, esconderme en los lugares apartados del harem, pero a su vez, esa tristeza impedía que Aria dominara mis pensamientos.

Cierta noche, vagaba por el harem, llegando al aposento de Aria, quien sorprendida por mi presencia, me ofreció té. Mientras ella servía las tazas, una daga salía de mi bolsillo y se clavaba en su costado.

Un alarido inhumano brotó de su boca.

—Bruja, le dije al oído, —no mataste a quien decidió que debías morir, sólo era una pantalla. Sabíamos de ti. Ahora, muere.

Y una y otra vez, la daga se incrustó en su cuerpo hasta dar el último aliento. Su cuerpo, poco a poco se convertía en arena que con el viento, escapaba a través de la ventana.

Sangre, cabello y piel, desaparecieron en el aire. Aria era una bruja, una bruja primigenia que se alimentaba primero de la voluntad y después del cuerpo físico hasta consumir ciudades y dejar sólo arena en ese lugar.

La luna llena

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Mientras se escucha la música de fondo https://open.spotify.com/track/1C78hRB5GHXZBiu0nyQpYi?si=PxtNx_ErRrWUH6NMo00Oeg de sus labios escurren besos que caen sobre la alfombra, esparciéndose, buscando llegar a cada oscuro rincón.

Apariencias

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Iniciaba la audiencia. Él con su grave voz repetía cada una de sus pretensiones. Su auditorio, en su gran mayoría femenino, guardaba el aliento mientras lo observaban, quizá, desvistiéndolo.

Era una escena que se repetía continuamente y que me gustaba mirar, sabiendo que tras la audiencia, se iría a casa conmigo para envidia de esas mujeres.

El trabajo diario como litigantes a veces era extenuante y corríamos a casa para descansar, pero otras veces, nos permitíamos alejarnos de la monotonía del día a día y nos adentrábamos en el local 51 de la Calle 30.

La entrada correspondía a un restaurante de lujo: el valet parking amablemente recibía el auto que horas después nos llevaría a casa. La hostess, tecleaba nuestro “nombre” tras dar la bienvenida y al advertir la vigencia y grado de nuestra membresía, nos colocaba los brazaletes de seguimiento y seguridad y nos preguntaba si antes deseábamos un aperitivo en el bar o cenar en el restaurante, pero esa no era siempre una opción y nos guíaba a la sección de vestidores.

Una vez en el atuendo que elegíamos para esa ocasión , nos tomábamos de la mano y la hostess nos guíaba a la sección El Paraíso.

La puertas dobles se abrían de par en par y desde la terraza a la que se accedía, se observaba el complejo de bungalows, edificios de departamentos de hasta tres pisos, cafeterías, bares, boutiques y sex shops.

El Paraíso era una ciudad dentro de otra. Había sido diseñada para aquellos que deseaban la experiencia de otra vida. Al cruzar la puerta, no importaba el nombre ni la ocupación, pues se adoptaba una personalidad distinta y podía explorar los más diversos tipos de experiencias sexuales.

Así, El Paraíso se organizaba en diferentes sectores que ofrecían orgías, bsdm, intercambios swinger, etc. No había límite, excepto aquello que fuera considerado como delito o el consumo de drogas, lo que debía cumplirse al pie de la letra, pues dentro de ese universo había guardias que no tenían reparo en retener y expulsar al que violaba las reglas.

Siempre que entrábamos a El Paraíso, adoraba la reacción que observaba en los caballeros. La mirada de lujuria iba de mis piernas a mi falda de piel y la blusa de seda negra de escote profundo.

Al cabo de unos meses ahí, ya teníamos cierta fama de “inalcanzables”, pues nuestra costumbre de estar siempre juntos limitaba las expresiones sexuales que varias personas querrían tener con ambos.

La rutina era sencilla: nos reuniríamos en algún bar o restaurante al aire libre otros socios, hablaríamos de política o leyes y si la charla convence, nos iríamos al bungalow a terminar la plática y otras cosas.

Esa vez, el sol de las tres de la tarde, nos obligaba a hidratarnos y a comer, lo que no habíamos hecho al entrar.

Ese viernes El Paraíso parecía más animado que de costumbre, pues el lugar donde nos encontrábamos se encontraba abarrotado, lo que se observaba más en la mesa de “El Conde”, apodo que le habían puesto al atractivo hombre de mediana edad, que era dueño de una minera, y que era el blanco de la gran mayoría de mujeres que se cruzaban con él.

Lo había visto varias veces en El Paraíso, siempre rodeado de féminas, que normalmente, pese a sus esfuerzos, regresaban a su casa solas.

Con un divorcio a cuestas y la soltería férrea de hace un par de años, más los millones en la cartera, era un intento obligado para las mujeres, gays o trasvestis que venían a este lugar.

Mientras mi esposo charlaba con otro socio, me brindé la libertad de observar al Conde, cuya melena castaña clara brillaba al sol. Me descubría recorriendo sus facciones varoniles como de alguien a quien ya conociera. A pesar de haberlo visto pocas veces, veía familiarmente cada uno de sus gestos y la delicadeza de sus maneras para con sus acompañantes.

Su mirada se cruzó con la mía y una sonrisa en los labios quedó plasmado en nuestro rostro. Fuera de este lugar, lo admiraba, pues era firme en sus convicciones y decisiones, pero conjugado con una extraña ternura que parecía no corresponder a su imagen.

La tertulia silenciosa entre ambos terminó cuando mi esposo nos invitó a seguir charlando en el bungalow que arrendábamos.

El trayecto se animó aún más cuando en plena calle mi esposo coincidió con varios socios que ya conocía, obligándonos a todos a detener la marcha e involucrarnos en una plática rancia sobre política.

Mientras los ánimos iban subiendo de tono, sentí una mano que apretaba la mía, y al girar el rostro, encontré a centímetros del mío el del Conde, quien me preguntaba si deseaba acompañarlo.

Su presencia cimbraba la mía y tras una breve afirmación de mi parte, tomó con más fuerza mi mano y me separó del grupo donde se encontraba mi esposo.

Escuchamos a nuestra espalda un ¡hey! que gritó mi marido, lo que ocasionó que el Conde y yo iniciáramos una carrera calle abajo.

Mientras intentábamos perdernos, notábamos en los rostros de quienes nos cruzábamos, pues yo nunca había hecho nada sin la compañía de mi esposo y él había sido tan discreto que no se le conocía pareja oficial alguna.

Mi ahora pareja me guiaba diestramente a través de las calles, pues buscaba perder a mi esposo y algunos socios que habían iniciado la persecución.

Entramos a un edificio de departamentos y ahí, después de subir al primer piso, seguimos el corredor hasta hallar la escalera de emergencia.

La escalera se veía insegura, por lo que dudé en bajar por ella.

—Yo te cuidaré, dijo él. —No te pasará nada si estás conmigo.

Me tomó de la cintura para darme confianza y bajamos a la seguridad de la calle para continuar la carrera.

Finalmente, nos detuvimos en un edificio del barrio viejo, que había sido construido para evocar las construcciones del siglo XIX. Subimos las escaleras hasta el segundo piso y de ahí, unas discretas escaleras que llevaban a su pent house.

Su apartamento era precioso. Una simple construcción para apenas dos personas que tenía todo lo necesario.

—Llevaba meses intentándolo, me dijo mientras acomodaba un mechón de mi cabello.

Posó su frente sobre la mía y cerró los ojos. Sentía conocerlo. La fuerza que sentía emanar de él me envolvía, sin que fuera necesario hablar, así que le regalé un beso.

Sus labios correspondieron a los míos y su cuerpo se hizo con el mío en una danza en la que el mundo desapareció.

Poco importaba lo exterior, lo importante se gestaba dentro de esas cuatro paredes. Ya mañana me enfrentaría al mundo, porque esta vez, el mundo era mío y estaba en mis manos.

Plan de vida

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Me miraba fijamente desde el sitio que había tomado desde el tocador. Yo arreglaba mi peinado, segura de la decisión que había tomado.

—Yo quiero estar contigo, dijo buscando mi mirada. —Estoy dispuesto a aceptar estas condiciones.

Le observé tranquilamente, sin embargo, no estaba dispuesta a cambiar mi decisión.

Había sucedido como cada uno de los hechos que se tratan del corazón: sin planearse y con la más absoluta coincidencia. A Fernando le había conocido cierto día, de forma tan casual que no me había esperado esa ebullición de deseo y de esa emoción que puede llamarse amor o cariño, tan singular era lo que sentía que me di al placer que necesitaba mi cuerpo, acompañándolo con la emoción suficiente como para pensar en una familia.

El hijo, que ahora sabía llevaba en mi vientre, no había sido planeado, pero sería bien recibido y llegaría a un hogar en el cual se le esperaría con ansia.

Al saberlo dentro de mí, se ideó mi plan de vida: una casa, quizá otro hijo más y Fernando y yo como pareja.

—Amor, ya he tomado mi decisión. Necesito vivir esto. Me casaré con Fernando, pero, nos volveremos a encontrar, le dije sonriendo. —Mientras tanto, tú realizarás tus planes de trabajo, el negocio fructificará y dentro de unos cuantos años ya será algo estable, y será cuando nos encontremos.

Observé su rostro que reprobaba mi decisión, pero nada me haría cambiar de opinión.

—Quiero vivir esto, le dije con seguridad. —Quiero saber lo que es buscarte, añorarte, pero teniendo a mis hijos, formar un hogar, crecer lejos de ti y en el momento indicado, volvernos a encontrar. Eres lo que más amo, eres mi todo y no podré nunca olvidarte, pero déjame vivir esto.

Intenté acariciar su rostro, pero antes de que mi mano pudiera tocar su mejilla, él me detuvo, sosteniendo con fuerza mi mano. Sabía que se negaba a admitir mi decisión, pero la respetaría, porque nos volveríamos a encontrar en el momento propicio, en el que ambos aprendiéramos a vivir uno lejos del otro, y así, reconocer nuestra independencia para después, no separarnos nunca más.