Month: July 2019

A la medianoche

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Cerré con furia la puerta de la habitación, encontrándome frente a un lugar que no había sido limpiado al menos unos diez años.

La cama, las cajoneras, el tocador denotaban el paso de los años y la ausencia de cuidado.

En bano derramé unas cuantas lágrimas. Salí sintiéndome aún más derrotada.

Volví al restaurante en la terraza donde pasaría todo el día para después ir al bar y esperar que llegara la medianoche para volver a la habitación.

Unos minutos después de la medianoche, corrí a la habitación y ésta vez, los muebles se encontraban lustroso sin una señal de polvo.

Me recosté en la cama, la fe y la cordura luchaban entre sí y a pesar de ello el sueño ganaba la partida.

Al día siguiente, observé a detalle los muebles que parecían recién comprados; por su parte, el camisón que me cubría era muy diferente a la ropa que llevaba la noche anterior.

Sonreí, pero las lágrimas de alegría inundaron mis ojos. Me duché y vestí con rapidez para ir al restaurante de la terraza y encontrar a mi amado.

Le encontré de espaldas, pues observaba la vista de Los Ángeles.

Dudé entre abrazarlo por la espalda y no soltarlo jamás u observarlo y recordar cada detalle de su figura.

De nueva cuenta las lágrimas comenzaron a rodar. Me hallaba perdida en ese ir y venir del tiempo, pero sólo donde se hallaba él, encontraba el momento en el que debía estar, pues me sentía en casa mientras él estuviera conmigo. Sí estaba en casa.

Al sentir mi mirada en la espalda se giró sobre sus talones. Era tan hermoso cuando sonreía.

—¡Dios!, me dije. Bebería de esa boca siempre y no habría forma de negar que es la más dulce que he probado.

Me acerqué a él, quién me recibió con un beso en la mano para después guiarme a la mesa donde se encontraban sus padres, los míos y algunos de nuestros amigos.

Este viaje se había organizado para que él pidiera mi mano en matrimonio; algo que no sólo se basaba en el amor, sino también en la conveniencia de ambas familias.

Ese día jugamos tenis, nadamos y paseamos en la ciudad, para terminar el día con una pequeña recepción en la que él ponía en mi mano una discreta pero hermosa sortija.

Al notar que pronto sería la medianoche, mi alegría se fue al caño, así que tomé la mano de mi amor y dirigirlo a un lugar donde pudiera hablar a solas con él.

—No quiero ir a dormir, le dije.

—Aún no termina la noche. Disfruta, me dijo tocando con su índice la punta de mi nariz.

—No. No entiendes. ¡No quiero perderte, no quiero dejar de verte ni saberte! No quiero un mundo sin ti.

Respiró profundo y tomó con fuerza una de mis manos.

—Aunque no esté contigo, siempre nos encontraremos y si nos perdemos, volveremos a encontrarnos cuando estemos listos para ello. No temas.

Se acercó a mí de tal forma, que respiraba su aliento. Apenas lograba reconocer su figura, pues mis ojos estaban inundados. Besó mi frente y después la acarició con su índice.

—Ahora, vamos con los demás. Abraza a nuestros padres, a nuestros hermanos y amigos como si no fueras a verlos otra vez.

Me tomó de la mano y caminamos de vuelta a la recepción. Antes de medianoche, él me acercó a la habitación y me besó como no lo había hecho antes.

—Yo también te tenido miedo de perderte. Yo también he buscado el tiempo exacto, el lugar preciso… sólo no te alejes demasiado, me dijo mientras abría la puerta y me hacía pasar a la habitación, dejándome con más preguntas que respuestas.

Sonaron unos golpes en la puerta y al abrirla, él me tomaba entre sus brazos para volver a besarme.

—No me olvides. Si no vuelves aquí, vive hasta que nos volvamos a encontrar.

—¿Qué?, pregunté en el preciso momento en que él cerraba la puerta y sonaban las 12 de la noche.

Abrí la puerta y las luces les me dieron la bienvenida. Había vuelto. Otra vez lo había perdido y debía esperar un día más para saber si lo volvería a encontrar.

La historia del viaje que no realicé

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1909

—Usted no quiere una historia, usted quiere la verdad y así no se llama el juego, le dije.

—La verdad también es una historia, como por ejemplo, la historia de una mujer, de su edad, que viaja sola en un crucero en el Mar Mediterráneo, me dijo moviendo sus manos señalando del barco a la costa. —No es común, así que puede ser una historia interesante.

Me sonrió y no sólo la boca sonreía, también sus ojos color celeste, que se veían aún más claros gracias a su cabello negro.

—Ahora, dígame la historia sobre esa pintura que tiene entre sus manos. ¿Por qué pintar un paisaje con esa triste escenografía, cuando allá en la costa late la vida?

Se levantó ágilmente de la silla y se recargó sobre la barandilla de babor para observar lo que en ese momento podíamos reconocer como las costas de Francia.

—Me parece que para un pintor, la vida late en su mente, en lo que forma en ella, ni siquiera se trata de una vida existente, respondí.

Volvió a sonreír y con un leve gesto me invitó a compartir la vista. En un par de días más, haríamos escala en Italia, lugar donde la compañía haría una nueva distribución de pasajeros para aquellos que quisieran seguir hasta Grecia con rumbo a nuevos destinos y aquéllos que quisieran regresar a España.

La vida en el barco, pasaba con tranquilidad, incluso las cenas de cada noche en las que se daba el cotilleo, principalmente entre las chicas casaderas.

Mi compañero de hacía unas horas, Jonathan, era de los más cotizados. Poco sabía sobre él, excepto lo que me decían: que era heredero de una gran fortuna, pero que pese a ser sumamente atractivo y tener éxito con las mujeres, en realidad no se le veía muy interesado en ellas, ya que en algún momento de su vida había salido con más de las que podría parecer correcto, sin embargo, después de la muerte de su madre, parecía un monje.

—¿De qué huye?, me preguntó mientras hacíamos fila para revisar documentos y en su caso, hacer la conexiones necesarias para nuevos rumbos.

—¿Seguiremos jugando a crear historias?, le pregunté.

—Si, a crear la suya.

—No huyo. Busco…

Previa a la revisión de documentos, los representantes de la compañía naviera nos informaban las opciones de destinos o el retorno y una vez realizados los pagos necesarios, se revisaban los documentos para abordar el barco correcto.

—La veo en el siguiente barco, me dijo una vez que hubieron terminado la revisión para él y se alejó sonriendo.

Mientras, yo elegía un pasaje para un crucero en el Mar Negro, mi destino: Rumania. Algo me llamaba de aquéllas tierras y necesitaba adentrarme en esa tierra de superstición, sin embargo, antes era necesario hacer una pequeña escala en Turquía.

Estambul era maravilloso, por lo que decidí pasar unos días más antes de embarcarme a Rumania. Deseaba ver Santa Sofía y probar los deliciosos kebabs.

Así, en la penúltima tarde en Estambul, tras salir del hotel de forma atropellada (después de tropezar con un hombre enorme) me dirigí a buscar un supuesto “mejor kebab”, sin embargo, terminé perdida y hambrienta y por extraña coincidencia, volví a tropezar con aquél enorme hombre y su grupo de musulmanes entre los que se hallaban hombres y mujeres.

En un perfecto inglés, aquél hombre, (Mehmet, como supe después) me ofreció su ayuda, dirigiéndonos a su grupo y a mí a un barrio en la afueras de Estambul, donde la comida fue una delicia.

Después de la comida, volvimos al hotel, donde también se hospedaba. Tras agradecerle por su ayuda, decidí irme a la habitación, pues al día siguiente iría al puerto para embarcar.

La noche ocurrió rápida y feliz. Arreglé los últimos pagos en el hotel y pedí transporte para ir al puerto. El botones tomó mi equipaje, pero justo cuando iba a subirlo al carro que había pedido, los hombres que acompañaban a Mehmet, interrumpieron su marcha, obligando al botones a entregarles mis maletas.

Estuve a punto de protestar, pero una manaza cubrió mi boca, mientras otra me tomaba de la cintura haciendo que caminara a otro coche que ya esperaba.

Había escuchado varias veces que en aquellas tierras algunas mujeres eran llevadas por la fuerza para formar parte de algún harem o para ser esclavas y sin duda, de eso se trataba.

Mi lucha por liberarme tuvo que ser aplacada por el hombresote, que no dejó que de ninguna forma escapara.

Salimos de la ciudad, con destino a no sé dónde, pues desconocía aquellas tierras. Me obligaron a cambiar mis ropas occidentales por ropas más tradicionales, obligándome también a cubrir mi rostro.

Fue hasta llegar a Göreme que el viaje hizo una pausa.

Mehmet fue bien recibido entre los pocos habitantes existentes, quienes le dijeron que había un extranjero que había llegado con una máquina para volar.

La intención de Mehmet no era que nos quedáramos en ese lugar, sino viajar aún más, y quizá, para ello, serviría la máquina que el extranjero llevaba.

—¿Esa máquina puede llevarnos?, preguntó Mehmet a un hombre cuyo cabello negro se dibujaba sobre una fuerte espalda.

—Es un biplano, amigo, pero… —dijo mientras giraba Jonathan sobre su eje. —Seguro podrá llevarlo a usted y a la señorita, dijo, mientras clavaba su mirada en mi rostro.

Mehmet notó esa mirada y sonrió.

—¿Qué pides, extranjero?

—Sólo una historia, la de esa mujer que lo acompaña, movió la mano señalándome.

—Ninguna en especial, sólo es una mujer que será una de mis concubinas, dijo acercándose más a mí, lo que provocó que intentara alejarlo.

Esa simple reacción hizo que su mano se estrellara en mi rostro, perdiendo el equilibrio y cayendo de rodillas contra el duro suelo.

Levantándome bruscamente, Mehmet pidió a Jonathan que al amanecer tuviera la máquina lista.

Mehmet me llevó hasta una cueva, en cuyo interior, podría decirse, habría una ciudad. Ahí él y su grupo organizaron el viaje.

No había duda en que quería llegar en el biplano a su hogar, lo que provocaría en el ánimo de los aldeanos una mezcla de respeto y miedo, lo que él consideraba necesario.

Mi cama fue dispuesta en una habitación separada de las demás mujeres. Era la primera vez que podía descansar sin sentir la vigilancia extrema a la que se me sometía regularmente, quizá porque al estar en esa cueva sólo había una entrada y salida y por tanto, no había forma de huir.

—Despierte, me dijeron suavemente al oído. —Debemos darnos prisa.

Al abrir los ojos encontré a Jonathan, quien, antes de que dijera algo, cubrió mi boca con su mano.

—Tomó mi mano y me hizo seguirlo entre el laberinto de cuartos y niveles. Con ayuda de un oriundo, salimos sin problema alguno, pues el precio, sería llevarlo con nosotros.

Los motores del biplano se encendieron causando un gran revuelo de arena y ráfagas de viento.

Jonathan me había hecho lugar a su lado y a pesar del ruido alrededor, se acercó a mi oído.

—¿Rumania, eh? ¡Hum! Le pedí una historia, ahora tendrá que contarme la historia del viaje que no realizó.

Me abracé a su cintura sabiendo que había encontrado lo que buscaba, mientras hacía el despegue, dejando atrás Capadocia.

Anubis

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Desperté súbitamente debido a una fuerte sacudida. Parecía que un temblor había ocurrido. Bajando las escaleras mi madres y mis hermanas se encontraban asustadas.

Hubo un estruendo más seguido de una fuerte sacudida. Las luces de pronto se apagaron, quedando sólo unos pequeños focos encendidos.

El reflejo de nuestras sombras en círculo se proyectaba en el techo y justo en medio de ellas, sombras y luces comenzaron a danzar hasta que se formaron una serie símbolos que pudieran parecer celtas.

Esos símbolos, de pronto, comenzaron a girar, por lo que mi madre empezó una oración, la cual no podía seguir.

Aunque lo intentaba, mis labios parecían congelados, no podía emitir sonido alguno. El temor subía por mi espina dorsal, congelándome por completo, mientras mi madre seguía orando.

El miedo fue tal, que me hizo despertar, mientras mi gato, Anubis, se movía a mi costado, acariciando con su suave lomo mi brazo hasta acomodarse por encima de mi cabeza.

Su compañía me tranquilizó, y volví a cerrar los ojos para volver a conciliar el sueño. Me sentí tranquila con Anubis a mi lado, hasta que recordé que yo no tenía gato, el miedo volvió a invadirme, pues al desaparecer Anubis, sentí a alguien sentándose a mis pies.

El miedo de nueva cuenta volvió a invadirme, reptaba por mi columna vertebral hasta mi boca, impidiéndome gritar.

Alguien estaba sentado en la cama y yo no podía moverme, ni gritar. Sólo me decía que me calmara, que todo estaba bien.

Fue así que poco a poco, el miedo me dejaba y me permitió gritar por auxilio.

Al abrir los ojos, me encontré en cama, a salvo, sin nada extraño en la habitación y después, con un abrazo que me brindaba protección.

Y ahí me quedé

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Me quedé esperando un nuevo mensaje, mientras rodaban lágrimas mejillas abajo.

Palpitaba el corazón de forma lastimera, pero él no lo escuchaba. No escuchaba el ruego, por lo bajito, que mi corazón le decía:

Hazme saber que estarás, hazme saber que esto es verdad, que vale la pena.

Pero él no lo escuchó y ahí me quedé, con el corazón doliendo, deseando ir tras de él o borrarlo por entero de mi vida (para que no doliera).

Hablemos…

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—Para hablar de la destrucción, debemos hablar de la creación. No te voy a invitar a escuchar una gran y maravillosa historia de amor.

—No, a mí me toca hablar de una historia mucho más grande, mucho más que tú o que yo.

—Se trata del silencio que existe cuando la vida brota o cuando ésta perece. ¿No te recuerda a algo? Piénsalo. Como es arriba es abajo. ¿Ya? ¿Lo has recordado? No, sé que quizá no, porque yo estoy en lo profundo de tu memoria, de tu ser, ahí donde no alcanza a llegar tu ser consciente.

—Estoy hecho de esencia primigenia. Tantas veces he vivido aquí, una y otra vez, sólo por aprender, sólo para obedecer.

—¡Ah! Pero hablemos del principio, aunque para ser exactos, te hablaré de mi primer recuerdo: esa guerra en las arenas del desierto. Imagina un traje mecha, (muy parecido a los que la cultura pop nos ha presentado). Esa fue la primera vez que desobedecí a mi madre; la primera vez, pero no la última, suspiró.

—Ella hizo algo que,… No lo recuerdo. Sólo recuerdo su furia, y el castigo. ¡Esto!, dijo señalando su cuerpo. —Puedes no creerme. No importa, pero tú has venido aquí a escucharme. Sin embargo, lo que más extraño es… sus ojos. Sólo unos ojos como esos los encuentras una vez en la vida, en todas las vidas, rió con fuerza al observarme. —¿Con qué clase de depravado crees que hablas? No hablo de mi madre (con esos gestos es fácil adivinar lo que piensas).

—En fin, hurga en mi memoria, encontrarás en la mesa varios de mis escritos que describen cada recuerdo. Hoy sólo te hablaré del futuro: ten miedo, ten mucho miedo, porque en mi esencia se han guardados los planes y ganas de destrucción. No soy el único provocándola, hay otros más haciéndolo y otros tantos tratando de evitarla. ¡Ilusos!

—Regresa otro día, quizá te cuente mi próxima vida, una en la que él o ella, no está… todavía.