Month: September 2019

Soldado

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Hijo mío, no sé si saldré vivo de esta. La invasión está próxima. Nos enfrentaremos a los romanos. Cuida a tu madre.

Guardé la carta en el bolso junto con las demás cosas personales que serían enviadas a mi esposa en caso de fallecer.

El sol apenas despuntaba, pero todos esperábamos el inicio de la batalla. Mi puesto era dentro de la carpa de suministros, ayudando a la provisión de armas y alimentos y, de ser necesario, de la defensa de la carpa.

Las trompetas romanas se escucharon y poco después el sonido de choque de armas, gritos y las ruedas de los carros llenaron el espacio.

La provisión de armas se hacía continuamente y así teníamos noticias del frente, a veces buenas y otras, confirmábamos la superioridad del rival, como lo fue en esta ocasión.

El caos llegó pronto a la carpa. Un grupo pequeño de soldados entró a la carpa, quienes nos encontrábamos ahí los enfrentamos, sin embargo, no seríamos suficientes.

Intenté esquivar varios golpes y contratacar, pero al ser más que yo, no era efectivo, así que intenté esconderme entre los suministros.

La delicada tela de la carpa me permitía ver al exterior: egipcios y romanos se encontraban en franca lucha, mientras, dentro, algunos soldados me buscaban entre las cosas.

Lo pensé bien y conocía la disposición de las cosas, así que sólo sería cuestión de velocidad.

Me arrojé contra un soldado hiriéndolo y me escondí entre los suministros, moviéndome entre ellos para atacar al siguiente.

—Hijo mío, pensé. —Si salgo de esta, tú y tu madre, dejarán Egipto.

Baudalaire

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Después de amarnos, decidimos cenar en Montmartre. Como viejos seguidores de las reglas entre ambos, saldría ligera de piernas del restaurante y unos minutos él lo haría para intentar alcanzarme.

La única regla de ese juego consistía en no correr, la que yo normalmente rompía mientras él no se daba cuenta, pues así, tras un tiempo razonable, si él se rendía, obtendría mi premio: visitar un lugar que deseara.

En esa ocasión, me adentraría en un callejón en el que el baudalaire sería más un vicio que un estilo.

No supe en qué momento pasó, pero un hombre de mediana edad, obeso y con terrible olor, me cerró el paso. Me tomó del brazo mientras me ofendía con un francés vulgar.

Pese a ser una ciudad cosmopolita, para algunos franceses, mi color de piel era una ofensa.

Mientras el hombre me zarandeaba, sentí que una mano firme me tomó de la cintura, mientras otra mano, blanca como la leche, se estrellaba en la cara de aquél hombre. Al sentir el golpe, el hombre trastabilló soltándome del brazo.

Nunca me sentí más agradecida con él por hacerme perder el juego al alcanzarme.

Saqué el móvil e hice una llamada a la policía, quienes no tardarían en llegar, para encontrar a ese hombre con un par de moretones en la cara mientras seguía maldiciendo a los migrantes y a los franceses que los cobijaban.

Unos cuantos interrogatorios nos hicieron notar que el hombre vendía globos y que a unos cuantos metros, había 8 pequeñitos de distintas edades con más globos.

El hombre obeso no supo contestar nada sobre los niños, que se veían temerosos, hambrientos y cansados, por lo que la policía llamaría a servicios infantiles para llevarlos a una estancia.

La imagen de esos pequeños me sobrecogió, por lo que pedí a la policía me permitieran dar asilo a esos niños a menos una noche.

Pedí una y otra vez hasta que me fue concedido, pero sólo debido a la petición que él hiciera, pues su apellido aún pesaba en la ciudad.

Él no estaba tan convencido del asunto, pues los niños romperían la paz de su casa en Île Saint-Louis, pero al menos, por una noche, habría más que silencio.

Lo miré orgullosa y agradecida, pues me regalaba un viaje diferente a todos por esa noche.

Viajar

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Quería enseñarles lo fácil que era viajar, pues sólo había que encontrar un agujero de gusano e ir a otro lugar.

Por eso, el primer lugar elegido era un hermoso paraíso tropical, con islas con hermosas playas, sirenas y demás seres extraordinarios.

Aunque, era un lugar en el que sólo se podía observar, sin interferir.

De regreso a casa, el último estreno en cartelera era referente al lugar que habíamos visitado, por lo que mi madre deseó asistir al cine, sin embargo, el horario de las funciones no se ajustaban al tiempo libre que tenía, por lo que, decidimos visitar otro lugar.

En esta ocasión, visitaríamos una zona arqueológica en medio de la selva.

El guía contratado en el lugar, nos llevó en balsa a través de un sinuoso río que pasaba entre las más grandes construcciones. Las pirámides estaban perfectamente construídas, aún plenas de esplendor. La selva se dibujaba en las faldas de cada gran pirámide, por lo que rodearíamos una de ellas para encontrar una planicie desde la que, se observaba todo el complejo.

La paz de ese lugar, me llevó a un pensamiento nostálgico, en China, al que no dudé en ir inmediatamente.

El lugar, debido al paso del tiempo, era ahora un pequeño parque cerrado en cuyo interior se encontraban estatuas de estos animales sagrados.

El deseo en mi interior de ver ese lugar como era antes, provocó algunos fenómenos que resultaron de interés para los pocos visitantes del lugar, como la fina lluvia que comenzó a caer dentro del parque y sólo dentro del parque.

Salí del parque y caminé un poco por la ciudad, notando que algunas personas (más de las que encontré en un principio), se reunirían en el parque, pues, sin saber cómo, se decía que habría un fenómeno único de rayos que caerían donde se encontraban las estatuas de los animales sagrados.

La fina lluvia del parque pronto se extendió por la ciudad como una fuerte lluvia, con la que recordé que era posible no mojarse, logrando manipular el lugar de caída de las gotas, así que a pesar de que estuviera bajo la lluvia disfrutaba de ella sin que me empapara.

De regreso al parque, la gente se arremolinaba esperando ver la caída de rayos.

Fue ahí que sentí de pronto, una extraña sensación de somnolencia que apenas me permitía estar de pie. Al perder el equilibrio, unos fuertes brazos me sostuvieron, sin embargo, ya no podía estar de pie, por lo que el hombre que me sostenía tuvo que cargarme.

Débilmente pude decirle que me llevara donde estaban las estatuas. Unavez que me depositó en un pequeño altar entre las estatuas, le pedí que se alejara inmediatamente, pues los rayos caerían y provocarían grandes daños.

Él, se alejó gritando a los demás que hicieran lo mismo, sin embargo, los más curiosos se quedaron ahí.

Un concierto de electricidad se desató del cielo, alcanzando a los curiosos que se encontraban más cerca.

Los daños eran lamentables, sin embargo no había nada que pudiera hacerse.

Una vez con la energía en pleno corriendo por mi cuerpo, regresaría a casa.

Un manual para la muerte

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Como prometí, me presenté en casa de mi madre para ver el programa de televisión que tanto le entusiasmaba.

Mi tía y sus hijas se encontraban al lado de mi madre para acompañarla durante esa hora, como era su costumbre.

Mi frágil madre (debido al cáncer) aferraba el control remoto con entusiasmo, pues tras acomodarnos todas y tener frente a nosotras tazas de café o té, veríamos el programa.

Tras la intro, una suave, pero determinante voz masculina explicaba que hablaría sobre la traslación de la materia.

—¿Traslación?, me pregunté. —¿Traslación de la materia? ¿Eso es correcto?

Saqué mi celular de la bolsa y escribí rápidamente “traslación” en el motor de búsqueda.

Entre las explicaciones vistas someramente, me detuve en los sinónimos, encontrando como sinónimo de traslación, la palabra “transposición”.

—OK. Esto me convence más, volví a decirme entendiendo ahora de qué iría el programa.

La misma voz masculina, de forma técnica, pero en términos llanos, explicaba que la materia podía moverse de un lugar a otro diferente al que ocupaba, es decir se “trasladaba”; explicaba que la materia “al moverse”, podía hacerlo de forma tal que se observaba el camino recorrido entre una posición y otra, debido a la “lentitud” del movimiento, dejando una huella evidente; pero en otras ocasiones, el movimiento realizado se hacía de tal manera que, a primera vista, parecía que se “teletransportaba”, sin embargo, existían rastros de su paso por distintos lugares.

Estos lugares, no sólo se referían al espacio, sino también al tiempo, ello era, que la materia no sólo se traslada de un lugar a otro, sino que de un tiempo a otro.

A fin de explicar lo que decía esa voz, se mostraban clips que intentaban explicar visualmente lo que se decía.

—Es así, que la materia, se traslada, continuaba el narrador. —No se separen del televisor, en un momento, continuamos.

Un breve periodo de cortes comerciales ocurrió y tras ello, la voz continuó.

—Sabemos que somos cuerpo y espíritu y ambos, son materia, dijo el narrador. —El cuerpo no puede existir sin el espíritu, cosa contraria ocurre si falta el cuerpo.

—El espíritu, al ser materia puede moverse de un punto a otro, de eso se trata la traslación de la que hablamos. El dejar el cuerpo implica que el espíritu se ha trasladado.

La retórica del narrador, ahora, llevaba el programa a una explicación sobre la tarea que los “seguidores” se habían impuesto con respecto al mantenimiento del espíritu como eje rector de su doctrina, hablando sobre la “Guerra Santa” que se daba todos los días y por la que, necesitaba el apoyo de sus “hermanos”, explicando la misión y acciones de los adheridos al culto, mostrando fotografías y clips de personas alrededor del mundo ayudando a otras.

Mi madre devoraba con la mirada el aparato, y tras unos cuantos comentarios finales, el narrador se despedía, finalizando el programa.

Tras ello, mi madre entusiasmada hasta los huesos, decía que deseaba continuar luchando por su vida para después, participar en la “Guerra Santa”.

—Madre, ¿no entendiste?, le dije. —Si somos cuerpo y espíritu, cuando el espíritu no está, el cuerpo puede morir; como en un coma, el espíritu no está.

La miré a los ojos, mientras ella mantenía esa mirada de determinación para participar en esa “Guerra Santa”, comprendiendo que no entendía a qué me estaba refiriendo.

—Pues yo quiero que una de mis hijas estudie psicología y apoye al grupo, dijo mi tía.

Miré a mi tía como si fuera un náufrago, preguntándome si entendía que ya no podía obligar a ninguna de sus hijas a hacer algo.

En la charla que se desató, observaba a esas mujeres, principalmente a mi madre, tratando de aceptar que en el programa se había hablado de la muerte como un “traslado”, pero que mi madre no comprendía el valor de lo transmitido.

El espíritu no moría, sólo se trasladaba y sabiendo eso, quería que mi madre entendiera que la muerte era justo eso: moverse de un lugar a otro, de un tiempo a otro y que quizá, no había nada que temer.