Month: November 2019

Uno de esos días

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Hoy es otro de esos días malos. Uno de esos días en que el miedo gana y el dolor por el fastidio se hace presente con tanta fuerza que se siente físicamente.

Ahí, donde está instalada la tristeza, en el cuadrante inferior derecho del plexo solar, se siente la herida punzar.

Y la rabia contenida se hace llanto, un llanto que no se deja fluir, “porque no se puede”.

Entonces, me aferro a lo que creo me protegerá o me haría feliz, pero ese “alguien”, también me provoca dolor, porque no está aquí, porque se irá.

De tal forma, me quedo perdida, soñando con algo diferente, con algo que ni siquiera sé que podría alcanzar.

Un sueño más

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Tu mano tomó la mía en símbolo de franco cariño.

Eras tú, diciéndome lo que deseabas hacer, exponiendo tu ser y tus ganas.

Y yo, estaría contigo, porque lo que tú quisieras, lo compartiría contigo.

#Don

Lluvia roja

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Se escuchaban las alertas a lo ancho de la ciudad y en los medios de comunicación mencionaban que sólo se tenían treinta minutos antes de que se hiciera efectivo un toque de queda.

Casi todos estaban en casa, menos mi sobrino menor al que habíamos llevado desde muy temprano a la casa de unos vecinos que celebraban el cumpleaños de su hijo.

En un principio, quienes nos encontrábamos en casa tomamos a la ligera los anuncios, sin embargo, algo me decía que debía acatar el toque de queda.

Así que, con el tiempo contado, salí por mi sobrino mientras, los demás, cerrarían ventanas y puertas asegurándolas.

Afuera, en la calle, la vida no se detenía a pesar de los avisos, aunque algunos policías apresuraban el paso de los transeúntes.

Debido a que vivíamos en el centro y era, lo que se supondría un buen sábado, tuve que esquivar varias personas para a la casa donde se hallaba mi sobrino.

En cuanto llegué pedí me entregaran a mi sobrino, sin embargo, los anfitriones intentaron convencerme de quedarme, a lo que con vehemencia me negué mirando el reloj. Ellos sonrieron, burlándose de mí.

—Nada va a pasar, dijo el anfitrión. —Quizá, excepto, que te pillaran afuera y te impusieran una multa.

Les sonreí de vuelta pero igual, salí corriendo de ahí. El reloj marcaba apenas unos cuantos minutos, así que apuré el paso a pesar de las quejas del chico.

Entré por la puerta principal con dos minutos de margen y cerré con seguro y llave la entrada.

En cuanto se acabó el tiempo un extraño y fuerte zumbido se dejó escuchar en el televisor y después… nada.

Mi madre y mis hermanas se apostaron frente a una ventana. Aún había gente afuera y algunos vigilantes del orden, quizá los más rezagados, se subían a las camionetas para huir a toda prisa.

Se hizo un silencio sepulcral.

—¡Miren!, gritó mi madre mientras señalaban el cielo.

El sol que brillaba con fuerza, de pronto se fue transformando en un extraño sol rojo y en lugar de rayos, parecía que llovía. A mis ojos, llovían rayos de sol rojos como la sangre.

Los que aún se encontraban afuera voltearon al cielo y recibieron sobre su cuerpo esa extraña materia roja que caía en lugar de luz.

Su piel se desgajó, sus ojos se empañaron y pareció que la vida se les iba.

—Zombies, susurró una de mis hermanas. —Eso parecen.

—¿Cerraron todo?, pregunté.

—Sss.. Si, dijeron.

Sin que lo hubieran dicho, entendí que las ventanas de la parte trasera de la casa no estarían aseguradas.

Me dirigí hacia ellas, seguida de mis hermanas. La lluvia roja se había esfumado, sin embargo, quienes estaban en la calle ahora eran… sí… zombies.

Al verlos, el miedo nos recorrió la espalda. Entre las tres corrimos a cerrar las ventanas. El ruido ocasionado hizo que aquellos… seres… intentaran llegar a la fuente del sonido.

Vimos chocar contra sus cuerpos la reja, a la que intentaron traspasar, pero sobreviviendo sólo por fortuna.

—Guarden silencio, dijo una susurrando.

El silencio prolongado hizo que aquellas cosas se alejaran.

De pronto, recordé la ventana del portal del estudio. Aunque era una ventana estrecha, esta daba a la terraza, la cual tenía a un acceso común.

Antes de ir hacia el estudio tomé un cuchillo de carnicero de la cocina, al igual que mis hermanas.

Al entrar al estudio, descubrimos que una de esas cosas estaba intentando hacerse paso a través de la pequeña ventana.

Sin antes pensarlo, clavé el cuchillo en el brazo de aquella cosa, cuya sangre, que era un líquido mucho más oscuro que la sangre común, comenzó a brotar.

La reacción del ser fue gritar e intentar sujetarme, pero no fue a mí a quien apresó sino a una de mis hermanas.

Ella gritaba, mientras otro ser que se encontraba cerca se movía rápidamente hacia nosotros.

Tomé el machete que mi padre tenía debajo del pesado escritorio e hizo un corte limpio en el brazo de aquella cosa.

En cuanto la ventana se encontró libre se cerró y apresuradamente corrimos cortinas y movimos el escritorio para bloquear cualquier intento de entrar.

Guardamos silencio absoluto mientras salíamos del estudio, cerrando tras de nosotras la puerta, asegurándola. Si algo entraba, al menos le costaría trabajo ingresar a la casa.

Un par de horas o menos, tal vez, el silencio fue absoluto; silencio que se rompió con el ruido de helicópteros, disparos y comunicaciones de radio, en tanto aquellos seres eran abatidos.

—La próxima vez, dije, —estaremos listos. Hay que reforzar las rejas y las ventanas.

—Roguemos que no haya una próxima vez, dijo mi madre.

Tres historias

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México, década de los cuarentas.

LA NOVIA

La luz del Sol entraba a raudales a través de la ventana. Sobre la cama, Alma terminaba de hacer su maleta. Aún había vestidos sobre la cómoda y dentro del armario, pero el poco tiempo que tenía le impedía hacer otra maleta.

Hacía unas cuantas horas que se había desposado en secreto y deseaba salir de la ciudad inmediatamente. Intentaba no dar explicaciones a su familia y mucho menos al joven al que, hasta hace unos meses había jurado amor eterno, comprometiéndose a una fastuosa boda.

La boda prometida no había llegado, pero en cambio, una sociedad de caridad se había beneficiado con el donativo de su anillo de compromiso, vestido de novia y regalos que le habían hecho a la futura pareja.

El antes novio, había montado guardia cada día a las afueras de su casa, pues Alma se negaba a hablar con él, lo que sorprendía a los padres de la chica pues desconocían qué sucedía.

Terminó de guardar lo que pudo, y Alma salió discretamente a la calle, aprovechando la oportunidad que la ausencia de sus padres le proporcionaba.

Se subió a un taxi y se dirigió a la estación del tren donde la esperaría su esposo.

La estación estaba a rebosar. Había un centenar de mujeres que se apretujaban entre las sillas que habían puesto a modo en la sala de espera, pues frente a ellas había un templete donde una pareja hacía concursos.

Alma intentó pasar entre el gentío que había, pero una mano femenina la tomó del antebrazo y la llevó sonriente hasta donde se encontraba el templete.

—¡Alma!, gritaron al unísono los anfitriones del concurso. —¡Den un enorme aplauso a nuestra siguiente concursante!

—¿Qué sucede? ¿Cómo saben mi nombre?

—Querida, todo lo sabemos. Lo que tú no sabes, dijo la mujer. —Es que el objetivo de nuestros concursos es hacer recordar a las personas que existe el amor y nosotros te lo recordaremos de una forma especial.

—¡Adelante!, dijo el hombre.

Otra mujer de bella figura, subió al templete, llevando entre brazos una prenda que Alma conocía: su vestido de novia.

Alma abrió sus ojos como platos, mientras escuchaba a la pareja explicarle que su prometido había buscado la manera de hacerle recordar que la amaba y que agradecía que ella hubiera leído la nota que había mandado a través de sus padres para encontrarse en ese lugar y así, si lo deseaban, pues tenían la bendición de sus progenitores, fugarse.

Alma no supo que decir al instante, excepto que jamás había leído una nota.

EL POLÍTICO

En cuanto descendió del tren, escuchó un barullo fuera de lo común proveniente de la sala de espera. Al ingresar a esta observó, en su mayoría una congregación de mujeres cuyos sombreros daban una pintoresca vista de diversos puntos de colores.

Su visión fue a parar en una chica que se encontraba sobre un escenario improvisado. Le llamó la atención que la joven arrebataba a una edecan un hermoso vestido de novia, para hacerlo estrellar sobre el rostro de un caballero que se quedaba al principio impávido y después corría tras la joven que huía bajando del escenario y empujando a quien estorbara su paso.

Fuera de la estación el chófer y sus auxiliares, lo esperaban para abrirle la puerta del impoluto Chevrolet que lo llevaría al despacho de abogados que había elegido.

La cita ya estaba confirmada y no necesitaría esperar, sin embargo, su sorpresa fue la cantidad de escritorios frente a diversas puertas de las que colgaban pequeños letreros con apellidos.

El sonido del tecleo era estruendoso, por lo que hizo sonar su voz por encima del escándalo para que, la secretaria del abogado de apellido Martínez lo dirigiera a una pequeña salía de juntas donde lo esperaban media docena de abogados.

En cuanto entró y lo reconocieron, los presentes se levantaron quedando sin habla por la sorpresa del visitante.

El abogado a la cabeza de la mesa le ofreció un asiento a él y a sus auxiliares.

—Buenos días, entiendo su sorpresa, pero quiero contratarlos para representarme a mí en un procedimiento que será sumamente importante, dijo el político.

—Pero, usted, dijo el titular del despacho, —no tiene necesidad de contratar a alguien para representarlo, señor Ma…

El político levantó la mano pidiendo silencio.

—Siendo quien soy, lo necesitaré, porque requiero la cabeza fría de otras personas para llevar a juicio al peor de los criminales de esta nación.

Los abogados se miraron unos a otros sin saber bien a bien qué harían.

El político pareció leer su pensamiento y sonrió.

—Hay alguien infiltrado en Palacio Nacional y él me dará lo que deseo.

EL SOLDADO

—¡Atención!, gritó el Coronel.

Observó con cierta preocupación al nuevo teniente que al parecer, tenía un leve retraso mental.

Lamentó mil veces el que le hubieran asignado a ese hombre, porque para él, no era material para el Estado Mayor Presidencial. Había detalles en él que le daban mala espina, aún así, dada la alta concurrencia mañanera al Palacio Nacional, intentó considerar la situación de aquél hombre.

Así, frente a todos los hombres, se permitió darles un descanso para que tomran algunos alimentos o pudieran sentarse en algún lugar o coquetear con las secretarias.

El teniente hizo gestos de profundo agradecimiento al Coronel y se dirigió hacia donde se encontraban sus compañeros.

Las risas discretas llenaron el ambiente y mientras todos se relajaban, sólo el teniente mantenía su atención en los detalles que les circundaban.

Aquello no era una casualidad, pues él esperaba el mejor momento para cumplir con el plan y concluir la misión por la cual se encontraba ahí.

Fue así, que no dudó en acercarse a su objetivo cuando le vio dirigirse hacia el elevador, mientras la vida del servicio público pululaba a su alrededor.

A Él

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Trato que este corazón sienta ese dolor que mata cuando de una maldita verdad se trata.

Pero él no llora, te sabe perdido.

Sabe que aunque quiera aferrarse a ti, a tu boca, a tu vida, tú no estarás.

Y no es que sepa qué me depara el futuro, es el hecho de saber que hay mejores conveniencias, que hay costumbres, que hay ataduras que jamás se desatarán.

Todo, tal vez, para encontrarle a Él.

Si, a ese que quiera darlo todo, que no tenga temor ni de lo que es, ni de lo que soy.

A ese, a Él, lo sigo buscando, lo sigo esperando.

Clamo

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Le llamo al frío invernal,

al viento polar.

Clamo a los vientos,

que congelen esta tierra.

Que la noche y el día,

sean cada vez más frías.

Que los huesos calen,

que el alma lo sienta,

que se congelen,

los cuerpos en la noche,

los cuerpos en el día.

Que el invierno sea fuerte,

que el invierno congele.

Vampiros

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Llegamos a la estación. Mi jefe tomó las maletas de ambos y con paso firme bajó al andén. En cuanto puse un pie en tierra firme, un extraño escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

La súbita sensación de fragilidad no pasó desapercibida por él, por lo que pidió ayuda para el equipaje a un mozo y me tomó del antebrazo.

Avanzamos poco a poco a la salida de la estación donde buscamos un taxi que nos llevara a la plantación, sin embargo, ni siquiera pude llegar al taxi cuando me desplomé.

Él apenas pudo sostenerme, con ayuda del taxista me acomodaron dentro del auto. Me sentía tan débil.

Mi jefe tocó mi frente, sin que notara ningún cambio de temperatura, y mi semblante, según él era el mismo, así que mi condición la atribuyó debido al viaje.

Pensando en no importunar a su mujer, decidió llevarme a la casa de su hermana en el centro de la pequeñísima ciudad.

—¡Querido!, dijo en cuanto vio a su hermano. —¡Me alegra tanto que estés aquí! ¡Qué bueno que has llegado durante el día! ¿Te quedarás conmigo?

—No, iré a casa… ¡Eh, bueno! Te presento a Madeleinne. No se ha sentido bien desde que llegamos, así que pensé que…

—Que cierta persona en tu casa no querría que ella llegara así, ¿verdad? Aún no entiendo cómo es que te casaste con esa arpía. Pero no hablemos de ella… Ven, querida, vamos al piso de arriba para que te pongas cómoda.

Sonreí un poco y traté de seguirle el paso, pero me sentí tan débil que no pude hacerlo, por lo que él me tomó de nueva cuenta entre sus brazos y me llevó a la recámara donde me quedaría.

Una vez en la recámara, la mujer me ayudó a quitarme los zapatos y la ropa de viaje, además de arroparme y dejarme dormir.

—¿Qué le sucedió?, preguntó a mi jefe. Han habido varias personas que tienen esa misma debilidad, las hemos atendido en el hospital, pero no hay alguna explicación. Ven a tomar conmigo un café antes de que te vayas.

—Han estado sucediendo cosas raras. Más de las normales. ¿Recuerdas aquella época en que aún de pequeños no nos dejaban salir una vez que el sol se ocultaba? Pues está pasando lo mismo. No hay toque de queda formal, pero la gente ya no sale una vez que se pone el sol y tu mujer. ¡Hum! ¡Tu mujer! Esa mujer ha aprovechado cada centavo que ganas para encerrarse en la casa y dedicarse al vicio… ¡o qué se yo! Se dicen tantas cosas. Bueno, bueno, ya, ve a tu casa antes de que se ponga el sol, que no quiero que desaparezcas como tantos otros.

Él se encaminó hacia su casa, a la que llegaría justo antes del anochecer. La casa era imponente y aún era la plantación más importante en el estado. Poco a poco las luces se fueron encendiendo demostrando que dentro de la construcción la vida fluía. Entró en el mismo momento en que afuera, una cortina pesada de oscuridad cubrió el paisaje.

Adentro, había música, bebida, comida, y más de una veintena de extraños que desconocía, quienes en cuanto pasaba a su lado, volteaban a verlo sin disimulo alguno.

Él mismo, dueño de aquella casa, se sintió abrumado por la fastuosidad tanto de la decoración de la casa, como del festín y ropas de los invitados. No podía concluir si era una fiesta de disfraces o no, pues encontraba tanto ropas que parecían de hace siglos como ropas actuales, máscaras y personas que convivían sin ellas.

Buscó a su mujer en algunos cuartos del primer piso y al no hallarla, decidió ir al segundo piso. Lo fastuoso que hallaba abajo, no tuvo parangón con lo que encontró arriba.

Sus sentidos se sintieron abrumados, pues además, pudo encontrar expresas demostraciones de placer físico en una orgía que tenía lugar en una de las habitaciones.

A pesar de ser su casa, se sentía como un extranjero.

Finalmente, logró hallar a su esposa en la biblioteca de la planta alta.

Ella estaba deslumbrante, su imagen embriagaba a la vista y reflejaba el estado exaltado en que ella se encontraba. La mirada de su mujer se llenaba de placer con las figuras que danzaban eróticamente frente a ella.

Una lluvia de reproches cayeron sobre él en cuanto lo vio, reproches que se fueron apagando conforme el vino se consumía. Su mujer pronto perdió el interés en los reproches para ocuparse en las viandas y el placer desbordado en cada habitación de la casa.

La noche avanzaba con rapidez pero sin que lo notaran en el interior. Aquél hombre observaba extrañado todo lo que sucedía y sólo hasta que ya no soportó aquella sobrecarga de emociones decidió reclamar a su esposa lo que ocurría.

Ella reaccionó de tal forma que dejó ver lo ahora, ella y sus acompañantes eran.

Largos colmillos se hallaban en cada boca y el vino que degustaban no era tal, era una combinación de licor y sangre de un pobre infortunado que era desangrado en la habitación de la orgía.

Él, aterrado, salió de la casa aprovechando la torpeza que había dejado el vino en los invitados.

Afuera, el sol comenzaba a despuntar, lo que impidió que los inquilinos dentro pudieran salir, pues su piel se chamuscaba al menor contacto con el astro rey.

El aterrado dueño, observó su casa, que poco a poco parecía perder la vida que tuvo durante toda la noche.

Cada detalle de la construcción la grabó en su mente así como agradeció la suerte que tuvo al poder salir sin un rasguño.