Lluvia roja

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Se escuchaban las alertas a lo ancho de la ciudad y en los medios de comunicación mencionaban que sólo se tenían treinta minutos antes de que se hiciera efectivo un toque de queda.

Casi todos estaban en casa, menos mi sobrino menor al que habíamos llevado desde muy temprano a la casa de unos vecinos que celebraban el cumpleaños de su hijo.

En un principio, quienes nos encontrábamos en casa tomamos a la ligera los anuncios, sin embargo, algo me decía que debía acatar el toque de queda.

Así que, con el tiempo contado, salí por mi sobrino mientras, los demás, cerrarían ventanas y puertas asegurándolas.

Afuera, en la calle, la vida no se detenía a pesar de los avisos, aunque algunos policías apresuraban el paso de los transeúntes.

Debido a que vivíamos en el centro y era, lo que se supondría un buen sábado, tuve que esquivar varias personas para a la casa donde se hallaba mi sobrino.

En cuanto llegué pedí me entregaran a mi sobrino, sin embargo, los anfitriones intentaron convencerme de quedarme, a lo que con vehemencia me negué mirando el reloj. Ellos sonrieron, burlándose de mí.

—Nada va a pasar, dijo el anfitrión. —Quizá, excepto, que te pillaran afuera y te impusieran una multa.

Les sonreí de vuelta pero igual, salí corriendo de ahí. El reloj marcaba apenas unos cuantos minutos, así que apuré el paso a pesar de las quejas del chico.

Entré por la puerta principal con dos minutos de margen y cerré con seguro y llave la entrada.

En cuanto se acabó el tiempo un extraño y fuerte zumbido se dejó escuchar en el televisor y después… nada.

Mi madre y mis hermanas se apostaron frente a una ventana. Aún había gente afuera y algunos vigilantes del orden, quizá los más rezagados, se subían a las camionetas para huir a toda prisa.

Se hizo un silencio sepulcral.

—¡Miren!, gritó mi madre mientras señalaban el cielo.

El sol que brillaba con fuerza, de pronto se fue transformando en un extraño sol rojo y en lugar de rayos, parecía que llovía. A mis ojos, llovían rayos de sol rojos como la sangre.

Los que aún se encontraban afuera voltearon al cielo y recibieron sobre su cuerpo esa extraña materia roja que caía en lugar de luz.

Su piel se desgajó, sus ojos se empañaron y pareció que la vida se les iba.

—Zombies, susurró una de mis hermanas. —Eso parecen.

—¿Cerraron todo?, pregunté.

—Sss.. Si, dijeron.

Sin que lo hubieran dicho, entendí que las ventanas de la parte trasera de la casa no estarían aseguradas.

Me dirigí hacia ellas, seguida de mis hermanas. La lluvia roja se había esfumado, sin embargo, quienes estaban en la calle ahora eran… sí… zombies.

Al verlos, el miedo nos recorrió la espalda. Entre las tres corrimos a cerrar las ventanas. El ruido ocasionado hizo que aquellos… seres… intentaran llegar a la fuente del sonido.

Vimos chocar contra sus cuerpos la reja, a la que intentaron traspasar, pero sobreviviendo sólo por fortuna.

—Guarden silencio, dijo una susurrando.

El silencio prolongado hizo que aquellas cosas se alejaran.

De pronto, recordé la ventana del portal del estudio. Aunque era una ventana estrecha, esta daba a la terraza, la cual tenía a un acceso común.

Antes de ir hacia el estudio tomé un cuchillo de carnicero de la cocina, al igual que mis hermanas.

Al entrar al estudio, descubrimos que una de esas cosas estaba intentando hacerse paso a través de la pequeña ventana.

Sin antes pensarlo, clavé el cuchillo en el brazo de aquella cosa, cuya sangre, que era un líquido mucho más oscuro que la sangre común, comenzó a brotar.

La reacción del ser fue gritar e intentar sujetarme, pero no fue a mí a quien apresó sino a una de mis hermanas.

Ella gritaba, mientras otro ser que se encontraba cerca se movía rápidamente hacia nosotros.

Tomé el machete que mi padre tenía debajo del pesado escritorio e hizo un corte limpio en el brazo de aquella cosa.

En cuanto la ventana se encontró libre se cerró y apresuradamente corrimos cortinas y movimos el escritorio para bloquear cualquier intento de entrar.

Guardamos silencio absoluto mientras salíamos del estudio, cerrando tras de nosotras la puerta, asegurándola. Si algo entraba, al menos le costaría trabajo ingresar a la casa.

Un par de horas o menos, tal vez, el silencio fue absoluto; silencio que se rompió con el ruido de helicópteros, disparos y comunicaciones de radio, en tanto aquellos seres eran abatidos.

—La próxima vez, dije, —estaremos listos. Hay que reforzar las rejas y las ventanas.

—Roguemos que no haya una próxima vez, dijo mi madre.

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