Fariq

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La infusión se concentraba en el agua, mientras, a través de mis lentes oscuros, observaba la plaza del lugar. Había hecho un alto total a todo el mogollón de cosas que sucedían en mi vida; cogí un taxi y me dirigí, con maleta en mano, a la terminal más cercana para terminar en este lugar.

El pueblo, si es que podía llamarse como tal, era una extraña combinación entre una urbe cosmopolita y un pintoresco pueblito. Las hermosas calles de adoquines subían y bajaban tranquilamente entre casas que a simple vista parecerían muy sencillas, pero por dentro, la cosa cambiaba.

Me había instalado en un pequeño hotel cerca de la plaza, en la que ese día, había un mercado ambulante.

Desde mi mesa observaba el ir y venir de la gente, entre risas, colores y olores de las cosas que se vendían o intercambiaban.

—¿Una flor para la dama?, me dijo de pronto una voz masculina.

—¡Oh, no!, dije sin mirar a mi interlocutor. —Gracias.

—Entonces le invito una soda, dijo él.

Dirigí la mirada a quien estaba a mi lado para encontrarme a un hombre de aspecto árabe que, apartaba la silla y sin permiso alguno se sentaba a mí lado.

Sin saber cómo reaccionar, me quedé perpleja mirándolo.

—Fariq Shah, dijo él ofreciéndome la mano en forma de saludo.

—Un placer, Fariq, dije aún turbada.

—¿No me regalarás el placer de escuchar tu nombre?

—Quizá después, dije para dar un sorbo a mi té.

Mi acompañante llamó al mesero para darle una nueva comanda que compartir entre ambos. Entre las bebidas y las entradas que pidió para acompañar, me contó sobre los lugares que debía visitar mientras estuviera ahí, además de recomendarme los restaurantes y los platillos ideales.

Después de terminar lo que había en la mesa me ofreció servirme de guía hasta que yo decidiera que era hora de volver al hotel.

Con una inevitable sonrisa acepté su oferta y caminamos entre los puestos del tianguis, la Catedral, tiendas de antigüedades y de artesanías, deteniéndolos, cuando era necesario, para tomar alimentos o refrescarnos.

Al término de la tarde me llevó hasta la entrada del hotel, donde con suave voz en su oído le dije mi nombre.

Al día siguiente, mi sorpresa sería mayúscula cuando encontré a Fariq esperando en la recepción. Ese sería otro día conociendo el lugar de su mano y en esa ocasión, el premio fue darle mi número de teléfono.

Tras ello, los mensajes se volvieron interminables. Así supe que su familia había preferido alejarse de Medio Oriente e instalarse cómodamente en ese lugar.

Fariq me deslumbraba por su seguridad de maneras, por su andar felino y quizá, el saberse atractivo tanto por su físico como por su estatus.

Él, por su parte, se deshacía en atenciones y detalles los que, no terminaron incluso después de partir del lugar.

Durante el regreso, compartí el asiento con Fabián Ramos, un oriundo de aquél lugar que por extraña casualidad iría a trabajar a mi ciudad.

Fabián, a diferencia de Fariq, era toda discreción y cada uno de sus movimientos denotaba timidez así como un dejo de tristeza.

La conversación terminó siendo tan amena, pero a la vez tan personal que prometimos contactarnos.

Tal vez era el destino o una muy extraña casualidad, que al regresar al trabajo (que había dejado en manos de mi asistente) descubrí que Fabián era el nuevo integrante del área donde tenía a equipo de trabajo.

Fabián dirigiría a otro equipo y los trabajos de ambos, se complementarían, lo que ocurría también en nuestras conversaciones.

Fabián me exponía sus situaciones y sentimientos de manera familiar y sincera, llegando a darse entre nosotros una profunda amistad(?). Si, amistad con signo de interrogación, porque mi mundo, tras la calma de Fabián, era revuelto por la tormenta Fariq que me prometía un amor que parecía irreal.

Los meses pasaban y yo seguía revuelta. Como bendición, el área de trabajo organizó un viaje de fin de año al lugar donde conocí a Fariq, lo que significaba mi oportunidad de verlo y aclararme.

Llegué al pueblo sin avisar a Fariq, pues quería sorprenderlo, pero antes de perderme en lo que él era, cumpliría con mis compromisos, por lo que iría sola a mi primer evento, que sería una comida con mis compañeros en el restaurante donde conocí a Fariq.

Al llegar Fabián se sentó a mi lado. Acercando sus labios a mi oído me dijo que tenía que hablar conmigo, a lo que accedí; sin embargo, entre los pobladores y turistas que deambulaban por la plaza, observé la figura de Fariq, quien vestía un traje de etiqueta blanco al igual que otros dos hombres que lo acompañaban.

Sin excusarme, me levanté de la meno y me dirigí hacia Fariq, quien al escuchar su nombre volteó a verme y sonrió ligeramente abrumado por la sorpresa.

—¡Oh, nena! ¡Qué sorpresa!, dijo mientras apenas me abrazaba en son de saludo. —Estoy ocupado, dijo en tanto se quitaba la bufanda que traía al cuello y la colocaba en el mío. —¿Me la cuidarías? Después paso a buscarla. Bye, nena, dijo para irse sin decirme algo más.

Me quedé ahí sin decir una palabra más, observando cómo Fariq se dirigía a la Catedral donde varias personas vestidas elegantemente también entraban.

—¿Estás bien?, dijo la voz de Fabián a mi espalda. Tomó mi mano y continuó. —No tengo mucho que ofrecer, he sido lastimado, ya lo sabes, pero yo…

—Ssshh, pronuncié mientras ponía un dedo sobre sus labios. —Lo sé. Ven. Debo entregar algo.

Apreté su mano y lo hice seguirme hasta la Catedral, donde Fariq se hallaba, siendo al parecer un padrino de la pareja que haría sus votos ese día.

Fariq reía con sus acompañantes sin que pudiera verme. Sólo cuando todos estuvieron acomodados, Fariq dirigió su mirada al final de las butacas, donde Fabián y yo estábamos tomados aún de las manos.

Levanté con mi mano libre la bufanda, enseñándosela, para después asentir con la cabeza en señal de despedida y salir del recinto seguida de Fabián que no soltaba mi mano.

Afuera, Fabián volvía a excusarse por no ser lo ideal, pero eso no importaba, al menos no para mí. Lo importante era algo más.

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