Month: February 2020

Dime mi suerte

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—Dime mi suerte, me dijo con una sonrisa en los labios.

Dudé por un segundo, un segundo eterno en el que podía decidir si negarme o decirle lo que veía para él, aunque eso me doliera en el alma y las pequeñas heridas que él me había causado se abrieran.

—¿Me la dirás?, preguntó.

—Muy bien, dije y tomé entre mis manos el móvil para observar una de sus fotografías, una que yo le había tomado.

—Seguirás trabajando en lo que te gusta, habrá bastante presión en tu empleo, aunque eso es algo que te gusta.

—Tendrás seguridad en el aspecto laboral unos cuantos años. Tú tendrás que decidir si quedarte ahí o buscar algo más, continué. —Emocionalmente no estás satisfecho (—No te noto feliz conmigo, pensé.) —Aunque estás en un lugar del que no te moverás. Ya no buscas, dejaste de buscar y te conformas con lo que llegue.

Me mordí los labios porque me dolía en el alma cada palabra. Amaba a ese hombre y no era mío. Amaba a ese hombre y estaba sola.

—Quisieras algo más. Sigo viendo insatisfacción, es molesta, bastante molesta, pero aún así, no te moverás.

—Quiero estar contigo, me dijo y el corazón se me quebró, si él hubiera querido estar conmigo lo hubiera hecho.

Sonreí sin poder decirle que el poco tiempo que tuvimos estaba llegando a su fin, que me resistía a dejarlo, que me aferraba a él y eso me lastimaba más que cualquier cosa, pues lo único que retrasaba era el inevitable adiós.

Reflejo

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Su impoluta camisa blanca de algodón no refleja las horas de lucha que su cuerpo ha tenido. Las manos requemadas por el sol, al igual que su tez han sostenido tantas armas que ya lo ha olvidado.

Sus uñas con ligero crecimiento han arañado tanto delicadas pieles como curtidas, tanto en el fragor de la pasión como en el de la guerra.

Observa sus manos, sus pies en fundados en pesadas botas y camina hacia la ventana que abre de par en par para observar a la recién conquistada ciudad.

Él inspira y desea obtener para sí aún más fuerza, aún más poder, pues esa ciudad aún se debe dominar.

Con sus manos toma el agua de la fuente para enjuagar su rostro y en ella yo me veo, pues él soy yo.

Fantasía

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Cada año Ariadna era acompañada por una comitiva a la frontera sur del reino. Ahí, los grandes elefantes de orejas inmensas eran despedidos, agradeciendo el servicio prestado; pues una vez al año, los paquidermos eran recompensados con una semana en plena libertad.

Antes de que cruzaran un arco de roca podían ser retenidos a causa de una emergencia, pues en la guerra o en desastres, los elefantes voladores eran de gran ayuda. Sin embargo, esta no era una ocasión de emergencia, sino de paz en el lugar.

Los paquidermos comenzaron a desfilar, uno a uno para alcanzar grandes alturas y disponer de su libertad.

Fue hasta que el último de ellos, el que pertenecía a la princesa se alejaba con destino al arco, que llegó a ella una terrible visión: guerra.

Una breve pero precisa imagen en su mente le hizo saber que el ejército del reino contiguo se acercaba con velocidad, esperando para atacar, que llegaran esas fechas.

Ariadna, convocó a su séquito, indicándoles la gravedad de la situación, ordenándoles quedarse en aquél lugar para no exponer sus vidas mientras ella haría la marcha de regreso.

Antes de partir, y gracias a sus lazos telepáticos con sus cinco hermanos la situación:

—Habemos cinco de seis aquí, Ariadna, dijo uno, el regreso no será fácil para ti.

—El pueblo, el ejército mismo están en los festejos anuales, no será posible evitar un ataque, dijo otro.

—Ningún vigía ha detectado su presencia, ¿cómo es que lo aseguras?, dijo el menor.

—Porque se han asegurado de que nadie lo informe…

Ariadna no pudo completar la frase, debido a que sintió sobre su espalda una gran fuerza que la derribó. Había caído sobre su pecho, con escaso aliento que le costó recuperar, a causa del golpe.

—He aquí a la bruja, dijo una voz a la que se unieron dos más.

Ariadna rodó por el suelo para ver a las tres mujeres que se hallaban frente a ella. Tenían la piel pegada al hueso amarilla como la de un ave mientras sus ropas negras terminaban en girones cual si fueran plumas. Sus rostros apenas si eran visibles debido al cabello gris y enmarañado que les cubría la cabeza.

—Brujas, dijo Ariadna, brujas del viento.

—Una bruja reconoce a otra, princesa, —dijo la bruja que derribó a Ariadna, e intentó patear a la princesa, quien bajo el peso del pie, desapareció.

Las mujeres se quedaron sorprendidas, pues la princesa había desaparecido frente a sus ojos sin que le escucharán o vieran hacer algo.

Buscaron frenéticas por el lugar, sin notar, que la gravilla donde estuvo el cuerpo de Ariadna se movía piedra a piedra, alejándose de ellas.

—¡Silencio!, gritó una de ellas. Caminó hacia la fuente del leve sonido descubriendo que la arenilla se movía y abrió sus ojos como platos al descubrir que la gravilla daba forma a un cuerpo que lanzaba un hechizo que poco a poco las consumiría.

Ariadna recuperó su forma, mientras los gritos de las brujas, quien la acusaban de serlo entre quejos de dolor, se esparcían como el humo cuyo fuego las abrasaba.

-—Protejan al pueblo, pidió Ariadna. Han traído brujas y hechiceros, por ello el silencio previo al ataque.

—¿Qué te ha sucedido?, preguntó su hermano mayor.

—Algo que tenía que pasar.

—No podremos evacuar a tiempo a la población.

—Lleven a mujeres y niños a la Cámara bajo el trono, que crucen el portal, lo mantendré abierto hasta que cruce el último de ellos.

—Toda mujer y niño, te incluye Ariadna, incluso a nuestra hermana.

—No. Yo estaré con ustedes.

Un leve destello se vio frente a Ariadna, los árboles que rodeaban el camino hacia a la Capital comenzaron a perder su imagen diáfana, parecía que un cristal levemente empañado se hubiera puesto ahí.

Tras esperar un poco, uno a uno, mujeres y niños fueron saliendo del portal. Ariadna les indicó la forma en que debían encontrar el campamento de su séquito para ahí dejarles y regresar al lado de sus hermanos.

La última en salir del portal era su hermana menor. —Trajimos a los que pudimos, le dijo y ambas se abrazaron y despidieron con tristeza y preocupación.

Mientras, en la Capital, la población que quedaba estaban inmersos en los festejos anuales. Música, danza, bebida, se hallaban por doquier y era por ello que convocar a una guerra en esas condiciones implicaría un excesivo esfuerzo que no rendiría muchos frutos.

Sólo la guardia real, compuesta por un ciento de hombres, era quien vigilaba la entrada a la ciudad.

Ariadna cruzó el portal que había pedido para sí misma y tras hacerlo, lo primero que vio fue a una decena de soldados custodiando la frontera de la ciudad.

Para los soldados fue una rara visión ver aparecer de la nada a una joven cuya capa negra cubría toda su figura. Inclinaron sus lanzas hacia la joven al considerarla como una amenaza.

Una visión más ocupó su mente y dándose vuelta extendió la mano para quitar el manto invisible que cubría al ejército enemigo que se hallaba a unos cuantos metros de ella.

Las trompetas de alarma sonaron, mientras el ejército descubierto se negaba a avanzar, pues frente a ellos no sólo estaba una muchacha con una mano extendida, sino que notaba frente a sí, una delgada barrera apenas perceptible que difuminaba el contorno de las construcciones de la ciudad…

Continuará (?)