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De querer…

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—De querer… te quiero, le dijo al reflejo que la miraba desde el espejo. — Pero, ¿de amarte?, prosiguió. — Aún hace falta conocernos.

Se sonrió. Se sentía algo boba por decirle eso al espejo, sin embargo, tuvo la necesidad de confesarse que tenía cariño por sí misma.

Pensó en su madre, sus abuelas, sus tatarabuelas, todas aquéllas mujeres que habían vivido antes que ella. En sus genes estaban sus historias: cada rencor, cada error, cada amor, cada ilusión. ¡Ése era el verdadero pecado capital!

Si un gen determina la tendencia a la diabetes, a la hipertensión, al cáncer, es porque ese gen guardaba la información de algo ocurrido: un desamor, insatisfacción, falta de amor propio.

Levantó los hombros y se dijo que era imposible saberlo, más, ahí estaban esos genes.

—¿Qué nos faltó?, dijo preguntándoles a las generaciones de mujeres que la precedieron. —¿Insatisfacción?

Suspiró y se sentó en la cama. Vió hacia su armario y supo que las cosas ahí sólo eran para llenar un vacío. ¿Pero qué tan grande era ese vacío?

—¿Realmente sentimos amor? ¿Realmente nos sentimos amadas?, volvió a preguntarles a sus antecesoras.

Y entonces sonrió.

—Si, alguna vez, dijo recordándole. Cerró los ojos y sintió esa energía tan peculiar de él. Esa que le rodeaba cada vez que le deseaba a su lado y podía tener el corazón tan en calma que parecía que estuviera ahí.

Sonrió aún más y se tumbó a la cama abrazando la almohada. Si quería “modificar” esos genes, habría que empezar con amor y en amor… primero, hacia ella misma.

Tres historias

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México, década de los cuarentas.

LA NOVIA

La luz del Sol entraba a raudales a través de la ventana. Sobre la cama, Alma terminaba de hacer su maleta. Aún había vestidos sobre la cómoda y dentro del armario, pero el poco tiempo que tenía le impedía hacer otra maleta.

Hacía unas cuantas horas que se había desposado en secreto y deseaba salir de la ciudad inmediatamente. Intentaba no dar explicaciones a su familia y mucho menos al joven al que, hasta hace unos meses había jurado amor eterno, comprometiéndose a una fastuosa boda.

La boda prometida no había llegado, pero en cambio, una sociedad de caridad se había beneficiado con el donativo de su anillo de compromiso, vestido de novia y regalos que le habían hecho a la futura pareja.

El antes novio, había montado guardia cada día a las afueras de su casa, pues Alma se negaba a hablar con él, lo que sorprendía a los padres de la chica pues desconocían qué sucedía.

Terminó de guardar lo que pudo, y Alma salió discretamente a la calle, aprovechando la oportunidad que la ausencia de sus padres le proporcionaba.

Se subió a un taxi y se dirigió a la estación del tren donde la esperaría su esposo.

La estación estaba a rebosar. Había un centenar de mujeres que se apretujaban entre las sillas que habían puesto a modo en la sala de espera, pues frente a ellas había un templete donde una pareja hacía concursos.

Alma intentó pasar entre el gentío que había, pero una mano femenina la tomó del antebrazo y la llevó sonriente hasta donde se encontraba el templete.

—¡Alma!, gritaron al unísono los anfitriones del concurso. —¡Den un enorme aplauso a nuestra siguiente concursante!

—¿Qué sucede? ¿Cómo saben mi nombre?

—Querida, todo lo sabemos. Lo que tú no sabes, dijo la mujer. —Es que el objetivo de nuestros concursos es hacer recordar a las personas que existe el amor y nosotros te lo recordaremos de una forma especial.

—¡Adelante!, dijo el hombre.

Otra mujer de bella figura, subió al templete, llevando entre brazos una prenda que Alma conocía: su vestido de novia.

Alma abrió sus ojos como platos, mientras escuchaba a la pareja explicarle que su prometido había buscado la manera de hacerle recordar que la amaba y que agradecía que ella hubiera leído la nota que había mandado a través de sus padres para encontrarse en ese lugar y así, si lo deseaban, pues tenían la bendición de sus progenitores, fugarse.

Alma no supo que decir al instante, excepto que jamás había leído una nota.

EL POLÍTICO

En cuanto descendió del tren, escuchó un barullo fuera de lo común proveniente de la sala de espera. Al ingresar a esta observó, en su mayoría una congregación de mujeres cuyos sombreros daban una pintoresca vista de diversos puntos de colores.

Su visión fue a parar en una chica que se encontraba sobre un escenario improvisado. Le llamó la atención que la joven arrebataba a una edecan un hermoso vestido de novia, para hacerlo estrellar sobre el rostro de un caballero que se quedaba al principio impávido y después corría tras la joven que huía bajando del escenario y empujando a quien estorbara su paso.

Fuera de la estación el chófer y sus auxiliares, lo esperaban para abrirle la puerta del impoluto Chevrolet que lo llevaría al despacho de abogados que había elegido.

La cita ya estaba confirmada y no necesitaría esperar, sin embargo, su sorpresa fue la cantidad de escritorios frente a diversas puertas de las que colgaban pequeños letreros con apellidos.

El sonido del tecleo era estruendoso, por lo que hizo sonar su voz por encima del escándalo para que, la secretaria del abogado de apellido Martínez lo dirigiera a una pequeña salía de juntas donde lo esperaban media docena de abogados.

En cuanto entró y lo reconocieron, los presentes se levantaron quedando sin habla por la sorpresa del visitante.

El abogado a la cabeza de la mesa le ofreció un asiento a él y a sus auxiliares.

—Buenos días, entiendo su sorpresa, pero quiero contratarlos para representarme a mí en un procedimiento que será sumamente importante, dijo el político.

—Pero, usted, dijo el titular del despacho, —no tiene necesidad de contratar a alguien para representarlo, señor Ma…

El político levantó la mano pidiendo silencio.

—Siendo quien soy, lo necesitaré, porque requiero la cabeza fría de otras personas para llevar a juicio al peor de los criminales de esta nación.

Los abogados se miraron unos a otros sin saber bien a bien qué harían.

El político pareció leer su pensamiento y sonrió.

—Hay alguien infiltrado en Palacio Nacional y él me dará lo que deseo.

EL SOLDADO

—¡Atención!, gritó el Coronel.

Observó con cierta preocupación al nuevo teniente que al parecer, tenía un leve retraso mental.

Lamentó mil veces el que le hubieran asignado a ese hombre, porque para él, no era material para el Estado Mayor Presidencial. Había detalles en él que le daban mala espina, aún así, dada la alta concurrencia mañanera al Palacio Nacional, intentó considerar la situación de aquél hombre.

Así, frente a todos los hombres, se permitió darles un descanso para que tomran algunos alimentos o pudieran sentarse en algún lugar o coquetear con las secretarias.

El teniente hizo gestos de profundo agradecimiento al Coronel y se dirigió hacia donde se encontraban sus compañeros.

Las risas discretas llenaron el ambiente y mientras todos se relajaban, sólo el teniente mantenía su atención en los detalles que les circundaban.

Aquello no era una casualidad, pues él esperaba el mejor momento para cumplir con el plan y concluir la misión por la cual se encontraba ahí.

Fue así, que no dudó en acercarse a su objetivo cuando le vio dirigirse hacia el elevador, mientras la vida del servicio público pululaba a su alrededor.

Clamo

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Le llamo al frío invernal,

al viento polar.

Clamo a los vientos,

que congelen esta tierra.

Que la noche y el día,

sean cada vez más frías.

Que los huesos calen,

que el alma lo sienta,

que se congelen,

los cuerpos en la noche,

los cuerpos en el día.

Que el invierno sea fuerte,

que el invierno congele.

Eureka

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Mi pregunta ha sido: “¿por qué yo?”, y quizá ni siquiera esa era la pregunta correcta, porque todo ocurre por una causa.

Así sucedió conmigo. Me descubrí como un jumper de forma casual, cuando intentaba llegar temprano a un examen en la universidad.

Mi poder lo sabía poco desarrollado, pues jamás había intentado hacer grandes cosas como los superhéroes de los comics, pesar de ello, sentí el llamado.

Era una especie de mensaje que no podía decir con mis palabras, sin embargo, era plenamente comprensible y requería que saltara.

Al llegar, descubrí que no era la única. Personas de todo el mundo, personas elegidas, se encontraban a mi alrededor.

Entonces, uno de ellos, a quien supe de forma inmediata como el líder, habló sin que se escuchara su voz, pues cada uno de sus pensamientos se percibían lucidamente en nuestra cabeza.

Súbitamente, frente a nuestros ojos, apareció uns especie de portal que se expandía y poco a poco permitía ver en su interior al planeta Tierra.

La premisa era importante: existía una anomalía en el tiempo y aquél portal era la prueba de ello. Mientras más tiempo durará la anomalía más daño causaría y el planeta colisinaría con su otro yo en otro tiempo, iniciando una reacción en cadena que destruiría el planeta.

Se nos había reunido para que encontráramos al responsable, por ello, debíamos buscar a nuestro alrededor a aquél o aquella que estaba modificando el tiempo y que, por desgracia, no había acudido al llamado.

Si hubiese dicho que esa situación me llenaba de pena, hubiera mentido. Más bien mi pensamiento se dejó llevar hacia el sano juicio que tenía sobre el hecho de que mi facultad consistía en abrir portales y trasladarme de un lugar a otro sin gran esfuerzo, pero no podía detectar a nadie más que pudiera realizar algo extraordinario como modificar el tiempo, por lo que, a pesar de que quisiera decir a alguien el gran peligro que corríamos, me dediqué a observa a la vida en su esplendor, ajena a cualquier eventualidad que pudiera dañarla.

Así que al regresar de mi aventura en ese recóndito lugar de la tierra, preparé mis cosas para asistir a revisión de tesis de doctorado.

No importaba que el planeta se destruyera, mi intención era continuar con la vida que conocía hasta que acabara.

Sé que el destino es benévolo o un cruel patán que se divierte a costa de todos, por ahí, frente a mí, al abrir la puerta de mi director de tesis, vi a mi director de tesis, desplegando su facultad de manipular el tiempo.

¡Eureka! ¡Esa era la anomalía!

 

 

Al olvido el corazón de poeta

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El tiempo se acaba en un tic-tac.

Lo que pudo ser, ya no será.

Queda herido el corazón,

por no lograr ese amor,

pues día a día,

deja un latido en el olvido.

Y no es que sea necio este argumento,

es que hay realidades que no se pueden cambiar.

Las rosas a pesar de que no quisieran,

su perfume pierden al igual que su vida.

Es que todo se acaba,

es que todo se esfuma.

Hoy esta pluma se niega a entregar,

entre líneas a su corazón herido,

y le canta al desamor… al olvido.

No, no quisiera dejar de amar,

pero la realidad pesa más.

Y este corazón de poeta,

se oculta en las sombras,

para no poderse entregar.

 

Crónica rumana

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La media luz del ocaso daba un ambiente sepulcral al atrio de la iglesia. Ahí, siglos antes una guerra había sacudido hasta sus cimientos el sencillo pueblo de Rumania.

Los muros de la iglesia, las calles empedradas del pueblo,  y el castillo que coronaba la colina, olían a sangre y desdicha.

Parecía que a pesar del paso del tiempo ese pueblo se había detenido y el otoño no hacía más que acrecentar esa sensación con el triste ulular del viento.

Ese viento frío siempre corría hacia el atrio de la iglesia donde se podía leer en una placa en el suelo, el sentimiento del de quien gobernaba esta región en los tiempos de esa gran guerra:

“A ti, víbora, serpiente ponzoñosa, a ti que pretendes destruirme, juro que cortaré tu cabeza. Tu cuerpo será arrastrado sin piedad y nada quedará de ti.”

El resultado de ese juramento era el que se observaba en el pueblo, pues pese a la tristeza y la sangre, su señor había vencido.

De esos, tú

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De esas manzanas podridas que ya no deseas probar, de ese rencor que se cuela hasta los huesos y parece que no te desea abandonar, de esos eres tú.

Y no te culpo, pues quizá la culpa es mía, porque perdí la esperanza, la confianza en un futuro junto a ti.

Sin cambio, sin emoción, sin ambición, así me siento junto a ti.

A veces quisiera dar marcha atrás a estos sentimientos, pero otras, quisiera avanzar y dejar todo atrás y ser LIBRE.

Quisiera volar en otros cielos, sin nada que me ate, cumpliendo cada sueño, cada meta…

Quisiera hacerlo acompañada, pero si nadie puede acompañarme, si nadie quiere hacerlo, volaré sola, porque no hay mejor compañera para mí que yo misma.