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Al olvido el corazón de poeta

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El tiempo se acaba en un tic-tac.

Lo que pudo ser, ya no será.

Queda herido el corazón,

por no lograr ese amor,

pues día a día,

deja un latido en el olvido.

Y no es que sea necio este argumento,

es que hay realidades que no se pueden cambiar.

Las rosas a pesar de que no quisieran,

su perfume pierden al igual que su vida.

Es que todo se acaba,

es que todo se esfuma.

Hoy esta pluma se niega a entregar,

entre líneas a su corazón herido,

y le canta al desamor… al olvido.

No, no quisiera dejar de amar,

pero la realidad pesa más.

Y este corazón de poeta,

se oculta en las sombras,

para no poderse entregar.

 

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Crónica rumana

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La media luz del ocaso daba un ambiente sepulcral al atrio de la iglesia. Ahí, siglos antes una guerra había sacudido hasta sus cimientos el sencillo pueblo de Rumania.

Los muros de la iglesia, las calles empedradas del pueblo,  y el castillo que coronaba la colina, olían a sangre y desdicha.

Parecía que a pesar del paso del tiempo ese pueblo se había detenido y el otoño no hacía más que acrecentar esa sensación con el triste ulular del viento.

Ese viento frío siempre corría hacia el atrio de la iglesia donde se podía leer en una placa en el suelo, el sentimiento del de quien gobernaba esta región en los tiempos de esa gran guerra:

“A ti, víbora, serpiente ponzoñosa, a ti que pretendes destruirme, juro que cortaré tu cabeza. Tu cuerpo será arrastrado sin piedad y nada quedará de ti.”

El resultado de ese juramento era el que se observaba en el pueblo, pues pese a la tristeza y la sangre, su señor había vencido.

De esos, tú

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De esas manzanas podridas que ya no deseas probar, de ese rencor que se cuela hasta los huesos y parece que no te desea abandonar, de esos eres tú.

Y no te culpo, pues quizá la culpa es mía, porque perdí la esperanza, la confianza en un futuro junto a ti.

Sin cambio, sin emoción, sin ambición, así me siento junto a ti.

A veces quisiera dar marcha atrás a estos sentimientos, pero otras, quisiera avanzar y dejar todo atrás y ser LIBRE.

Quisiera volar en otros cielos, sin nada que me ate, cumpliendo cada sueño, cada meta…

Quisiera hacerlo acompañada, pero si nadie puede acompañarme, si nadie quiere hacerlo, volaré sola, porque no hay mejor compañera para mí que yo misma.

Isis Nefert

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El anciano sacerdote observaba azorado las ruinas de la ciudad. Memphis había desaparecido, no quedaba piedra sobre piedra de los muros blancos, del imponente palacio o del templo en el que había dedicado tantas horas de oración a Ptah.

-¿Qué ha sucedido?-, preguntó al hombre que arrastraba penosamente una bolsa por el suelo.

El hombre suspiró y dio una última mirada a la gran ciudad que desde que nació fue su hogar y tras pasar saliva comenzó su relato:

“Hace muchos años, el gran Faraón tuvo dos hijos. El mayor era Nefertum Den, su favorito, nacido de la Gran Esposa Real; la menor era Isis Nefert, hija Isis Merneith, la entonces favorita del Faraón y la más astuta y bella mujer que haya posado su pie en Memphis, consejera del Faraón, la mujer más poderosa en todo Egipto, capaz incluso, de colocar a su hija como heredera aún por encima de Nefertum Den.

‘El gran Faraón envejecía y con la edad, las enfermedades aparecían continuamente. Así, cayó en cama y fue el inicio… de la destrucción. Merneith se dio cuenta de que Nefertum Den planeaba la muerte de su hija, pues era el único obstáculo para una coronación sin adversarios y un reinado en paz.

‘Merneith, una noche sin estrellas, con la complicidad del silencio nocturno, escapó junto con su hija y una escolta para llevarla a la ciudad de Aksum,  lugar de donde provenía y donde habría un ejército para respaldar a su descendiente. Isis Nefert con obediencia seguía a su madre, hasta que su visión comenzó a fallar, sus piernas apenas podían sostenerla y su visión se nublaba.

‘Isis Nefert tuvo que ser auxiliada para poder seguir. No moriría, pues había bebido, en un descuido de su madre, sólo un trago de una bebida preparada especialmente por Nefertum, pero esa bebida le haría enfermar hasta su destino.

Cuentan que tras ambas salió un sacerdote de Ptah, cuyo nombre es secreto, entrenado especialmente para dar muerte a los enemigos del Faraón; un hombre que no se detendría hasta cumplir su objetivo o morir en el intento.

‘Merneith tuvo ocasión de salir airosa varias veces de los intentos de ese sacerdote y logró llegar a salvo junto con su hija a Aksum. La princesa poco a poco fue recuperándose y al hacerlo completamente, Merneith comenzó a entrenarla en las artes prohibidas para nosotros, los no hijos de dioses.

‘Isis Nefert se hacía más y más fuerte cada vez, mientras su padre se acercaba más y más a la muerte. El mismo día en que el Gran Faraón fallecía, Isis Nefert tenía su primer y último encuentro en solitario con el sacerdote de Ptah.

‘La gente que lo presenció dice que la princesa era diestra y fuerte. En el último momento, cuando todos pensaron que el sacerdote cobraría la vida de aquella muchacha, ella levantó su mano y una luz cegó la mirada de todos. Al extinguirse esa luz, el sacerdote tenía los ojos en blanco y caía como fardo a los pies de la princesa.

‘Apenas siete lunas han pasado desde ese día, siete lunas durante las que la princesa Isis Nefert fue una tormenta sobre Memphis. Los hermanos y sus ejércitos se enfrentaron. Los combates fueron terribles, pero el mayor daño a la ciudad fue causado por los hermanos.

‘Ya le he dicho que eran hijos de dioses y es verdad. Ellos mismos fueron caos y muerte. Memphis perdió ante Aksum y la ahora Reina-Faraón encabeza la búsqueda de una nueva capital. Y hacia allá voy, mi compañero, tras el rastro que ha dejado.

Y usted, ahora que no hay ciudad, ¿hacia dónde irá?”

-Tras Isis Nefert-, dijo descubriéndose, dejando ver el collar que lo designaba como sacerdote de Ptah, pues no había muerto a los pies de la entonces princesa, sino que ella le había hecho perder la memoria que recuperó con el relato de ese buen hombre.

Siete mares

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Su cuello se ofrecía bajo el filo de la espada, moreno por tantos años bajo el sol. Un rápido corte y fue todo para que su cuerpo quedara inerte.

Los ojos de todos estaban expectantes, atentos a un movimiento o a una palabra. El silencio se hizo denso durante el par de minutos que duró y sólo fue roto por el sonido de pasos sobre la madera y el chasquido de una puerta al cerrarse.

Los tiempos de guerra habían iniciado y nadie confiaría en nadie, mucho menos quien ahora los dirigiría a través de las aguas de los siete mares y que horas antes se los había demostrado ordenando arrasaran con la primer aldea que encontraron.

Un leve brillo de miedo quedó en los ojos de aquellos hombres que habían visto sin más, cómo la sed de sangre de su líder apenas parecía iniciar, pues la sangre que acababa de derramarse era de quien creyeron, ella estaba completamente enamorada.

Se miraron unos a otros y las tareas de limpieza de aquella aldea al pie de la playa comenzaron. Tendrían un par de días de libertad antes de adentrarse aún más en aquella isla para después partir como lobos hambrientos a descubrir lo que la guerra iniciada sería.

Siete navíos para siete naves y una mujer al frente de todos ellos, tal vez eso era la maldición de las maldiciones.

 

Naya

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Tras las huellas del monzón, la aldea se encontraba en ruinas. Las pútridas aguas estancadas provocaban arcadas en los habitantes de cuando en cuando. Los animales muertos flotaban de aquí a allá empujados por el movimiento de los pocos que habían quedado y que se negaban a abandonar cuanto habían poseído.

Naya veía apenada el desastre de su aldea, pero en el fondo de su corazón la pena ocupaba más y más espacio. Había encontrado en una cueva cercana a la aldea, la figurilla de una diosa, que no podía reconocer.

Había jugado con ella, como haría con cualquiera de sus muñecas de trapo, quizá faltándole al respeto y por eso ahora… tal vez… la aldea.

Con el agua hasta la cintura se encaminó hasta donde se encontraba la cueva, al entrar, no encontró a la figurilla con la que tantos días jugó, sino a una mujer de increíble belleza que le sonreía.

Naya se inclinó totalmente, hasta dejar su frente contra el suelo. Supo que el castigo iba de mal en peor, pero en lugar de una muerte segura, sintió la fría mano de aquella mujer que la levantaba por la barbilla.

-No hay acto sin consecuencia, – le dijo-, aprenderás que lo que haces afecta más de lo que puedes ver. Ve a la aldea y dile a los ancianos que busquen un nuevo lugar donde edificar la aldea y lleva contigo la figurilla a la que faltaste el respeto y diles que la pongan en un altar para que ninguna niña la vuelva a molestar o la tempestad de nuevo caerá.

Naya corrió hacia la aldea con la figurilla entre sus brazos. Entre sollozos y entrecortadas explicaciones dio el mensaje a los ancianos, quienes en silencio, recogieron lo poco que quedaba para buscar un nuevo lugar.

Cuentan que la diosa sin nombre protege la nueva aldea y que, aunque el monzón cause estragos, la pequeña aldea siempre se encuentra a salvo, mientras la imagen de la diosa siga en su lugar sin ser molestada.

RENCOR

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¿Cuánto rencor puede guardar en su seno aquél que se sintió maltratado en su infancia?

¿Cuánto rencor por cada herida?

¿Cuánto rencor por cada palabra?

Y si ese rencor se esparciera a través de la tierra, en el aire, llenando cada ser, cada alma, en espera de lo peor…

No, no te acerques más… ya no sé si estaré aquí mañana… que la vida no es eterna, que la vida, tal vez, se extinga debido al rencor… ese que se guardó, ese que no es mío solamente, ese que es de todos quienes se dejan tocar por eso que vibra en el aire.

Quizá no soy la única que lo siente, quizá también  guardas dentro de ti, ese mismo rencor que se esparce, que germina como una semilla.