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Tres historias

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México, década de los cuarentas.

LA NOVIA

La luz del Sol entraba a raudales a través de la ventana. Sobre la cama, Alma terminaba de hacer su maleta. Aún había vestidos sobre la cómoda y dentro del armario, pero el poco tiempo que tenía le impedía hacer otra maleta.

Hacía unas cuantas horas que se había desposado en secreto y deseaba salir de la ciudad inmediatamente. Intentaba no dar explicaciones a su familia y mucho menos al joven al que, hasta hace unos meses había jurado amor eterno, comprometiéndose a una fastuosa boda.

La boda prometida no había llegado, pero en cambio, una sociedad de caridad se había beneficiado con el donativo de su anillo de compromiso, vestido de novia y regalos que le habían hecho a la futura pareja.

El antes novio, había montado guardia cada día a las afueras de su casa, pues Alma se negaba a hablar con él, lo que sorprendía a los padres de la chica pues desconocían qué sucedía.

Terminó de guardar lo que pudo, y Alma salió discretamente a la calle, aprovechando la oportunidad que la ausencia de sus padres le proporcionaba.

Se subió a un taxi y se dirigió a la estación del tren donde la esperaría su esposo.

La estación estaba a rebosar. Había un centenar de mujeres que se apretujaban entre las sillas que habían puesto a modo en la sala de espera, pues frente a ellas había un templete donde una pareja hacía concursos.

Alma intentó pasar entre el gentío que había, pero una mano femenina la tomó del antebrazo y la llevó sonriente hasta donde se encontraba el templete.

—¡Alma!, gritaron al unísono los anfitriones del concurso. —¡Den un enorme aplauso a nuestra siguiente concursante!

—¿Qué sucede? ¿Cómo saben mi nombre?

—Querida, todo lo sabemos. Lo que tú no sabes, dijo la mujer. —Es que el objetivo de nuestros concursos es hacer recordar a las personas que existe el amor y nosotros te lo recordaremos de una forma especial.

—¡Adelante!, dijo el hombre.

Otra mujer de bella figura, subió al templete, llevando entre brazos una prenda que Alma conocía: su vestido de novia.

Alma abrió sus ojos como platos, mientras escuchaba a la pareja explicarle que su prometido había buscado la manera de hacerle recordar que la amaba y que agradecía que ella hubiera leído la nota que había mandado a través de sus padres para encontrarse en ese lugar y así, si lo deseaban, pues tenían la bendición de sus progenitores, fugarse.

Alma no supo que decir al instante, excepto que jamás había leído una nota.

EL POLÍTICO

En cuanto descendió del tren, escuchó un barullo fuera de lo común proveniente de la sala de espera. Al ingresar a esta observó, en su mayoría una congregación de mujeres cuyos sombreros daban una pintoresca vista de diversos puntos de colores.

Su visión fue a parar en una chica que se encontraba sobre un escenario improvisado. Le llamó la atención que la joven arrebataba a una edecan un hermoso vestido de novia, para hacerlo estrellar sobre el rostro de un caballero que se quedaba al principio impávido y después corría tras la joven que huía bajando del escenario y empujando a quien estorbara su paso.

Fuera de la estación el chófer y sus auxiliares, lo esperaban para abrirle la puerta del impoluto Chevrolet que lo llevaría al despacho de abogados que había elegido.

La cita ya estaba confirmada y no necesitaría esperar, sin embargo, su sorpresa fue la cantidad de escritorios frente a diversas puertas de las que colgaban pequeños letreros con apellidos.

El sonido del tecleo era estruendoso, por lo que hizo sonar su voz por encima del escándalo para que, la secretaria del abogado de apellido Martínez lo dirigiera a una pequeña salía de juntas donde lo esperaban media docena de abogados.

En cuanto entró y lo reconocieron, los presentes se levantaron quedando sin habla por la sorpresa del visitante.

El abogado a la cabeza de la mesa le ofreció un asiento a él y a sus auxiliares.

—Buenos días, entiendo su sorpresa, pero quiero contratarlos para representarme a mí en un procedimiento que será sumamente importante, dijo el político.

—Pero, usted, dijo el titular del despacho, —no tiene necesidad de contratar a alguien para representarlo, señor Ma…

El político levantó la mano pidiendo silencio.

—Siendo quien soy, lo necesitaré, porque requiero la cabeza fría de otras personas para llevar a juicio al peor de los criminales de esta nación.

Los abogados se miraron unos a otros sin saber bien a bien qué harían.

El político pareció leer su pensamiento y sonrió.

—Hay alguien infiltrado en Palacio Nacional y él me dará lo que deseo.

EL SOLDADO

—¡Atención!, gritó el Coronel.

Observó con cierta preocupación al nuevo teniente que al parecer, tenía un leve retraso mental.

Lamentó mil veces el que le hubieran asignado a ese hombre, porque para él, no era material para el Estado Mayor Presidencial. Había detalles en él que le daban mala espina, aún así, dada la alta concurrencia mañanera al Palacio Nacional, intentó considerar la situación de aquél hombre.

Así, frente a todos los hombres, se permitió darles un descanso para que tomran algunos alimentos o pudieran sentarse en algún lugar o coquetear con las secretarias.

El teniente hizo gestos de profundo agradecimiento al Coronel y se dirigió hacia donde se encontraban sus compañeros.

Las risas discretas llenaron el ambiente y mientras todos se relajaban, sólo el teniente mantenía su atención en los detalles que les circundaban.

Aquello no era una casualidad, pues él esperaba el mejor momento para cumplir con el plan y concluir la misión por la cual se encontraba ahí.

Fue así, que no dudó en acercarse a su objetivo cuando le vio dirigirse hacia el elevador, mientras la vida del servicio público pululaba a su alrededor.

Clamo

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Le llamo al frío invernal,

al viento polar.

Clamo a los vientos,

que congelen esta tierra.

Que la noche y el día,

sean cada vez más frías.

Que los huesos calen,

que el alma lo sienta,

que se congelen,

los cuerpos en la noche,

los cuerpos en el día.

Que el invierno sea fuerte,

que el invierno congele.

Eureka

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Mi pregunta ha sido: “¿por qué yo?”, y quizá ni siquiera esa era la pregunta correcta, porque todo ocurre por una causa.

Así sucedió conmigo. Me descubrí como un jumper de forma casual, cuando intentaba llegar temprano a un examen en la universidad.

Mi poder lo sabía poco desarrollado, pues jamás había intentado hacer grandes cosas como los superhéroes de los comics, pesar de ello, sentí el llamado.

Era una especie de mensaje que no podía decir con mis palabras, sin embargo, era plenamente comprensible y requería que saltara.

Al llegar, descubrí que no era la única. Personas de todo el mundo, personas elegidas, se encontraban a mi alrededor.

Entonces, uno de ellos, a quien supe de forma inmediata como el líder, habló sin que se escuchara su voz, pues cada uno de sus pensamientos se percibían lucidamente en nuestra cabeza.

Súbitamente, frente a nuestros ojos, apareció uns especie de portal que se expandía y poco a poco permitía ver en su interior al planeta Tierra.

La premisa era importante: existía una anomalía en el tiempo y aquél portal era la prueba de ello. Mientras más tiempo durará la anomalía más daño causaría y el planeta colisinaría con su otro yo en otro tiempo, iniciando una reacción en cadena que destruiría el planeta.

Se nos había reunido para que encontráramos al responsable, por ello, debíamos buscar a nuestro alrededor a aquél o aquella que estaba modificando el tiempo y que, por desgracia, no había acudido al llamado.

Si hubiese dicho que esa situación me llenaba de pena, hubiera mentido. Más bien mi pensamiento se dejó llevar hacia el sano juicio que tenía sobre el hecho de que mi facultad consistía en abrir portales y trasladarme de un lugar a otro sin gran esfuerzo, pero no podía detectar a nadie más que pudiera realizar algo extraordinario como modificar el tiempo, por lo que, a pesar de que quisiera decir a alguien el gran peligro que corríamos, me dediqué a observa a la vida en su esplendor, ajena a cualquier eventualidad que pudiera dañarla.

Así que al regresar de mi aventura en ese recóndito lugar de la tierra, preparé mis cosas para asistir a revisión de tesis de doctorado.

No importaba que el planeta se destruyera, mi intención era continuar con la vida que conocía hasta que acabara.

Sé que el destino es benévolo o un cruel patán que se divierte a costa de todos, por ahí, frente a mí, al abrir la puerta de mi director de tesis, vi a mi director de tesis, desplegando su facultad de manipular el tiempo.

¡Eureka! ¡Esa era la anomalía!

 

 

Al olvido el corazón de poeta

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El tiempo se acaba en un tic-tac.

Lo que pudo ser, ya no será.

Queda herido el corazón,

por no lograr ese amor,

pues día a día,

deja un latido en el olvido.

Y no es que sea necio este argumento,

es que hay realidades que no se pueden cambiar.

Las rosas a pesar de que no quisieran,

su perfume pierden al igual que su vida.

Es que todo se acaba,

es que todo se esfuma.

Hoy esta pluma se niega a entregar,

entre líneas a su corazón herido,

y le canta al desamor… al olvido.

No, no quisiera dejar de amar,

pero la realidad pesa más.

Y este corazón de poeta,

se oculta en las sombras,

para no poderse entregar.

 

Crónica rumana

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La media luz del ocaso daba un ambiente sepulcral al atrio de la iglesia. Ahí, siglos antes una guerra había sacudido hasta sus cimientos el sencillo pueblo de Rumania.

Los muros de la iglesia, las calles empedradas del pueblo,  y el castillo que coronaba la colina, olían a sangre y desdicha.

Parecía que a pesar del paso del tiempo ese pueblo se había detenido y el otoño no hacía más que acrecentar esa sensación con el triste ulular del viento.

Ese viento frío siempre corría hacia el atrio de la iglesia donde se podía leer en una placa en el suelo, el sentimiento del de quien gobernaba esta región en los tiempos de esa gran guerra:

“A ti, víbora, serpiente ponzoñosa, a ti que pretendes destruirme, juro que cortaré tu cabeza. Tu cuerpo será arrastrado sin piedad y nada quedará de ti.”

El resultado de ese juramento era el que se observaba en el pueblo, pues pese a la tristeza y la sangre, su señor había vencido.

De esos, tú

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De esas manzanas podridas que ya no deseas probar, de ese rencor que se cuela hasta los huesos y parece que no te desea abandonar, de esos eres tú.

Y no te culpo, pues quizá la culpa es mía, porque perdí la esperanza, la confianza en un futuro junto a ti.

Sin cambio, sin emoción, sin ambición, así me siento junto a ti.

A veces quisiera dar marcha atrás a estos sentimientos, pero otras, quisiera avanzar y dejar todo atrás y ser LIBRE.

Quisiera volar en otros cielos, sin nada que me ate, cumpliendo cada sueño, cada meta…

Quisiera hacerlo acompañada, pero si nadie puede acompañarme, si nadie quiere hacerlo, volaré sola, porque no hay mejor compañera para mí que yo misma.

Isis Nefert

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El anciano sacerdote observaba azorado las ruinas de la ciudad. Memphis había desaparecido, no quedaba piedra sobre piedra de los muros blancos, del imponente palacio o del templo en el que había dedicado tantas horas de oración a Ptah.

-¿Qué ha sucedido?-, preguntó al hombre que arrastraba penosamente una bolsa por el suelo.

El hombre suspiró y dio una última mirada a la gran ciudad que desde que nació fue su hogar y tras pasar saliva comenzó su relato:

“Hace muchos años, el gran Faraón tuvo dos hijos. El mayor era Nefertum Den, su favorito, nacido de la Gran Esposa Real; la menor era Isis Nefert, hija Isis Merneith, la entonces favorita del Faraón y la más astuta y bella mujer que haya posado su pie en Memphis, consejera del Faraón, la mujer más poderosa en todo Egipto, capaz incluso, de colocar a su hija como heredera aún por encima de Nefertum Den.

‘El gran Faraón envejecía y con la edad, las enfermedades aparecían continuamente. Así, cayó en cama y fue el inicio… de la destrucción. Merneith se dio cuenta de que Nefertum Den planeaba la muerte de su hija, pues era el único obstáculo para una coronación sin adversarios y un reinado en paz.

‘Merneith, una noche sin estrellas, con la complicidad del silencio nocturno, escapó junto con su hija y una escolta para llevarla a la ciudad de Aksum,  lugar de donde provenía y donde habría un ejército para respaldar a su descendiente. Isis Nefert con obediencia seguía a su madre, hasta que su visión comenzó a fallar, sus piernas apenas podían sostenerla y su visión se nublaba.

‘Isis Nefert tuvo que ser auxiliada para poder seguir. No moriría, pues había bebido, en un descuido de su madre, sólo un trago de una bebida preparada especialmente por Nefertum, pero esa bebida le haría enfermar hasta su destino.

Cuentan que tras ambas salió un sacerdote de Ptah, cuyo nombre es secreto, entrenado especialmente para dar muerte a los enemigos del Faraón; un hombre que no se detendría hasta cumplir su objetivo o morir en el intento.

‘Merneith tuvo ocasión de salir airosa varias veces de los intentos de ese sacerdote y logró llegar a salvo junto con su hija a Aksum. La princesa poco a poco fue recuperándose y al hacerlo completamente, Merneith comenzó a entrenarla en las artes prohibidas para nosotros, los no hijos de dioses.

‘Isis Nefert se hacía más y más fuerte cada vez, mientras su padre se acercaba más y más a la muerte. El mismo día en que el Gran Faraón fallecía, Isis Nefert tenía su primer y último encuentro en solitario con el sacerdote de Ptah.

‘La gente que lo presenció dice que la princesa era diestra y fuerte. En el último momento, cuando todos pensaron que el sacerdote cobraría la vida de aquella muchacha, ella levantó su mano y una luz cegó la mirada de todos. Al extinguirse esa luz, el sacerdote tenía los ojos en blanco y caía como fardo a los pies de la princesa.

‘Apenas siete lunas han pasado desde ese día, siete lunas durante las que la princesa Isis Nefert fue una tormenta sobre Memphis. Los hermanos y sus ejércitos se enfrentaron. Los combates fueron terribles, pero el mayor daño a la ciudad fue causado por los hermanos.

‘Ya le he dicho que eran hijos de dioses y es verdad. Ellos mismos fueron caos y muerte. Memphis perdió ante Aksum y la ahora Reina-Faraón encabeza la búsqueda de una nueva capital. Y hacia allá voy, mi compañero, tras el rastro que ha dejado.

Y usted, ahora que no hay ciudad, ¿hacia dónde irá?”

-Tras Isis Nefert-, dijo descubriéndose, dejando ver el collar que lo designaba como sacerdote de Ptah, pues no había muerto a los pies de la entonces princesa, sino que ella le había hecho perder la memoria que recuperó con el relato de ese buen hombre.