Hadas y Lunas

Fantasía

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Cada año Ariadna era acompañada por una comitiva a la frontera sur del reino. Ahí, los grandes elefantes de orejas inmensas eran despedidos, agradeciendo el servicio prestado; pues una vez al año, los paquidermos eran recompensados con una semana en plena libertad.

Antes de que cruzaran un arco de roca podían ser retenidos a causa de una emergencia, pues en la guerra o en desastres, los elefantes voladores eran de gran ayuda. Sin embargo, esta no era una ocasión de emergencia, sino de paz en el lugar.

Los paquidermos comenzaron a desfilar, uno a uno para alcanzar grandes alturas y disponer de su libertad.

Fue hasta que el último de ellos, el que pertenecía a la princesa se alejaba con destino al arco, que llegó a ella una terrible visión: guerra.

Una breve pero precisa imagen en su mente le hizo saber que el ejército del reino contiguo se acercaba con velocidad, esperando para atacar, que llegaran esas fechas.

Ariadna, convocó a su séquito, indicándoles la gravedad de la situación, ordenándoles quedarse en aquél lugar para no exponer sus vidas mientras ella haría la marcha de regreso.

Antes de partir, y gracias a sus lazos telepáticos con sus cinco hermanos la situación:

—Habemos cinco de seis aquí, Ariadna, dijo uno, el regreso no será fácil para ti.

—El pueblo, el ejército mismo están en los festejos anuales, no será posible evitar un ataque, dijo otro.

—Ningún vigía ha detectado su presencia, ¿cómo es que lo aseguras?, dijo el menor.

—Porque se han asegurado de que nadie lo informe…

Ariadna no pudo completar la frase, debido a que sintió sobre su espalda una gran fuerza que la derribó. Había caído sobre su pecho, con escaso aliento que le costó recuperar, a causa del golpe.

—He aquí a la bruja, dijo una voz a la que se unieron dos más.

Ariadna rodó por el suelo para ver a las tres mujeres que se hallaban frente a ella. Tenían la piel pegada al hueso amarilla como la de un ave mientras sus ropas negras terminaban en girones cual si fueran plumas. Sus rostros apenas si eran visibles debido al cabello gris y enmarañado que les cubría la cabeza.

—Brujas, dijo Ariadna, brujas del viento.

—Una bruja reconoce a otra, princesa, —dijo la bruja que derribó a Ariadna, e intentó patear a la princesa, quien bajo el peso del pie, desapareció.

Las mujeres se quedaron sorprendidas, pues la princesa había desaparecido frente a sus ojos sin que le escucharán o vieran hacer algo.

Buscaron frenéticas por el lugar, sin notar, que la gravilla donde estuvo el cuerpo de Ariadna se movía piedra a piedra, alejándose de ellas.

—¡Silencio!, gritó una de ellas. Caminó hacia la fuente del leve sonido descubriendo que la arenilla se movía y abrió sus ojos como platos al descubrir que la gravilla daba forma a un cuerpo que lanzaba un hechizo que poco a poco las consumiría.

Ariadna recuperó su forma, mientras los gritos de las brujas, quien la acusaban de serlo entre quejos de dolor, se esparcían como el humo cuyo fuego las abrasaba.

-—Protejan al pueblo, pidió Ariadna. Han traído brujas y hechiceros, por ello el silencio previo al ataque.

—¿Qué te ha sucedido?, preguntó su hermano mayor.

—Algo que tenía que pasar.

—No podremos evacuar a tiempo a la población.

—Lleven a mujeres y niños a la Cámara bajo el trono, que crucen el portal, lo mantendré abierto hasta que cruce el último de ellos.

—Toda mujer y niño, te incluye Ariadna, incluso a nuestra hermana.

—No. Yo estaré con ustedes.

Un leve destello se vio frente a Ariadna, los árboles que rodeaban el camino hacia a la Capital comenzaron a perder su imagen diáfana, parecía que un cristal levemente empañado se hubiera puesto ahí.

Tras esperar un poco, uno a uno, mujeres y niños fueron saliendo del portal. Ariadna les indicó la forma en que debían encontrar el campamento de su séquito para ahí dejarles y regresar al lado de sus hermanos.

La última en salir del portal era su hermana menor. —Trajimos a los que pudimos, le dijo y ambas se abrazaron y despidieron con tristeza y preocupación.

Mientras, en la Capital, la población que quedaba estaban inmersos en los festejos anuales. Música, danza, bebida, se hallaban por doquier y era por ello que convocar a una guerra en esas condiciones implicaría un excesivo esfuerzo que no rendiría muchos frutos.

Sólo la guardia real, compuesta por un ciento de hombres, era quien vigilaba la entrada a la ciudad.

Ariadna cruzó el portal que había pedido para sí misma y tras hacerlo, lo primero que vio fue a una decena de soldados custodiando la frontera de la ciudad.

Para los soldados fue una rara visión ver aparecer de la nada a una joven cuya capa negra cubría toda su figura. Inclinaron sus lanzas hacia la joven al considerarla como una amenaza.

Una visión más ocupó su mente y dándose vuelta extendió la mano para quitar el manto invisible que cubría al ejército enemigo que se hallaba a unos cuantos metros de ella.

Las trompetas de alarma sonaron, mientras el ejército descubierto se negaba a avanzar, pues frente a ellos no sólo estaba una muchacha con una mano extendida, sino que notaba frente a sí, una delgada barrera apenas perceptible que difuminaba el contorno de las construcciones de la ciudad…

Continuará (?)

EL REY DE SAJONIA

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Había una vez, un poderoso rey que dominaba en Sajonia; se le reconocía por su valor y absoluto poder que había acumulado debido a las grandes batallas que había librado para mantener la unidad en su reino.

Este rey, noche a noche y tras dejar que su séquito de sirvientes y amigos conciliaran el sueño, caía en una profunda soledad, pero no de aquéllas que se disfrutan en el silencio de la madrugada, sino de esas que laceran el alma y no pueden soportarse.

El rey sabía que necesitaba una compañera para compartir las bondades de su imperio, así como aquéllas noches en que el silencio le embargaba; pero no era fácil para aquél rey darse a la tarea de encontrar una esposa, pues temía que las mujeres que vivían en su reino sólo se interesaran en los tesoros que había acumulado.

Así que, ordenó a su único hermano viajar por las tierras que conformaban su reino, y de ser necesario en los reinos vecinos para encontrar una esposa adecuada a la que no le importaran las riquezas.

De esta forma, el hermano del rey viajó durante dos años por todo el reino, sin hallar a la mujer que fuera adecuada para su hermano; por tanto, una vez que se vistió con ropas raídas y haciéndose pasar por un simple emisario del rey, llegó a uno de los reinos vecinos donde sabía había tres princesas en edad casadera; advirtiendo al soberano de aquél lugar, que no había ya tesoros ni riquezas en el reino, pero que se buscaba una reina con la cual crear un poderoso imperio, cosa que el rey vecino creyó al ver al joven con tan mala pinta.

Para cumplir con lo ordenado por su hermano el rey, conoció una a una a las princesas de aquél reino, reconociendo en una de ellas las cualidades adecuadas para compartir el reinado con su hermano, sin embargo, en el fondo de su corazón, se guardó el deseo de ser su hermano, desposar a aquélla joven y disfrutar de los tesoros del imperio.

De regreso a casa, el muchacho no dejaba de observar a la princesa, de encontrarle mil y una virtudes y así, aumentó en él el profundo deseo de quitar a su hermano de su camino y obtener tanto a la princesa como la corona.

La princesa no lograba ver nada de lo que ocurría en el corazón de aquél joven, pues sólo pensaba y temía un futuro en un reino lejano. Ocupaba su mente en tramar varios actos con los que estaba segura el reino al que llegaría saldría adelante, además de no saber si lograría enamorarse del soberano con el cual se casaría.

Al llegar al reino de Sajonia, la princesa fue recibida en palacio por el soberano, quien lucía tan andrajoso y pobre como el emisario que la había llevado, encontrando un palacio que parecía encontrarse en ruinas. Tras observar la mirada del soberano, no pudo apartarse más de ella y con la esperanza de que a su llegada las cosas mejorarían en el reino de Sajonia, explicó al soberano sus ideas haciendo la promesa de jamás separarse de él y apoyarlo en todo momento.

El rey de Sajonia, reconociendo en la joven princesa la verdad en su mirada y la sincera preocupación por la situación que ella creía había en el reino, confesó que toda la pobreza que veía no había sido mas que una prueba para saber si ella era la mujer adecuada con la cual casarse.

Y pese a no decirlo, el rey había sentido que esa princesa se había instalado en el fondo de su corazón.

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Las bodas se celebraron y durante un año la pareja real fue feliz. Más, fue un año en el que el hermano del rey había acumulado apoyo de varios generales del ejército y sirvientes del castillo para apoderarse de la corona.

Una fresca noche de verano fue la fecha marcada para dar el golpe de estado. Aprovechando las sombras de la noche, el príncipe ingresó a las habitaciones del rey, para poner sobre su cuello la daga y en silencio, separarlo del lecho donde la reina yacía dormida.

Tras amordazar al rey, los traidores le hicieron embarcar en un pequeño navío para deshacerse de él.

Mientras tanto, el príncipe esperaba el despertar de la joven reina, la que al abrir los ojos encontró frente a ella al príncipe, quien le dijo que su esposo había desaparecido por lo que él, a partir de ese momento, se erigía en su protector.

La reina desconcertada no pudo creer en lo que le decía el muchacho, por lo que ordenó se buscara al rey en el castillo, los alrededores y si era necesario, por todos los rincones de la tierra.

Pasaban los días y la esperanza de encontrar al rey se desvanecían en el corazón de la reina, así que se refugiaba en las cálidas palabras del rey espurio, quien no dejaba de decirle que olvidara al rey y aceptara casarse con él, lo cual no aceptaba la reina y eso hacía perder la paciencia al príncipe, quien pese a todo, no quería aparecer como el traidor.

Fue así, que una noche de abril, el joven príncipe perdió la paciencia y urgió a la reina a tomarlo como esposo por su voluntad o tomaría el reino como el legítimo sucesor con ella como esposa. La reina, angustiada, solicitó un día para velar el recuerdo de su esposo, pues advertía que no quería tomar un nuevo esposo sin haber olvidado al rey.

Al día siguiente, la reina se encerraba en su habitación, para llorar frente al mar, pero cual no sería su sorpresa, que a escondidas de los guardias que la custodiaban, un pequeño se había infiltrado en su habitación, llevándole un mensaje del esposo que comenzaba a creer muerto.

<<Mi hermano me ha traicionado. Volveré por ti y para librarme del traidor>>, decía la pequeña nota con la letra de su esposo.

¡Una traición! La tristeza y angustia embargaron el corazón de la reina, pues al día siguiente tendría que tomar por esposo al joven príncipe.

Llegado el nuevo día, el príncipe se presentó en los aposentos de la reina para llevarla consigo ante el altar y así, cumplir con todo lo que había deseado.

-Has creído que no sabría la verdad, dijo ella con entereza, -sin embargo, jamás lograrás lo que te has propuesto.

Fue así, que en un descuido del príncipe, la reina se soltaba de su mano y se arrojaba desde lo alto de la terraza al mar abierto que se cernía a sus pies.

Justo en el instante que la reina caía al agua, que el rey entraba a la fuerza en la habitación y descargaba su furia en contra del hermano que lo había traicionado. Uno a uno los traidores fueron capturados y castigados.

Tras asegurarse que ninguno de los traidores quedara en libertad, el rey corrió a la playa para buscar a su desventurada esposa, encontrando su cuerpo desmadejado sobre la arena.

La cubrió de besos y lágrimas pensando que había muerto, más un leve latido se escuchaba en su interior. Con suma ternura el rey llevó en brazos a su amada a sus aposentos, donde la cuidó con tanta delicadeza que ella, pronto se recuperó.

Cuando ella despertaba, sus ojos descubrían el rostro amado del rey y fundiéndose en un beso volvieron a prometerse amor eterno, olvidando todo lo sucedido.