Kishimoto

EL CAMPANARIO

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¿Qué vida era aquélla? El vino había dejado de tener sabor, al igual que la comida; el tacto de su mujer era frío y no podía soportar su cercanía.
Los bienes acumulados durante años, incluso la herencia de su padre y la dote de su esposa ya no tenían razón de ser.
Cada mañana recorría los límites de la hacienda y cada habitación de la casona, teniendo la sensación de que todo ser que se cruzaba en su camino era un espejismo de lo que había sido en vida.

Su mujer, deambulaba cada noche, sin decirle una palabra; solamente la dejaba pasear a la luz de la Luna, observando su cabello cetrino y su bata blanca moviéndose al capricho del viento.
Ya no podía seguir así. Ni siquiera la mirada de su esposa se hallaba viva como cuando se casaron, ahora le parecía que esos ojos eran sólo cuencas vacías.
Tras mucho pensarlo, ayudado con calor del ron, tomó una soga y se dirigió al campanario de la capilla.
La Luna iluminaba en pleno y su andar era silencioso. No quería que lo descubrieran y mucho menos su esposa a quien sabía, le causaría una pena.
Subió uno a uno los peldaños de la escalera, que crujía bajo sus botas.
Al llegar a su meta, observó que otra soga también se encontraba sujeta de un pesado madero.
Con curiosidad siguió con la mirada aquélla soga hasta descubrir un pequeño cuerpo balanceándose en las penumbras.
De pronto, sus cabellos se erizaron, pues un halo de luz poco a poco descubrió el rostro de quien pendía inerte.
Los cabellos cetrinos, el vestido verde de terciopelo, los anillos de oro, le dieron una respuesta: era el cuerpo de su esposa.
Clavó su mirada en el cadáver sin poder creerlo. La piel seca, pegada a los huesos le hacía saber que mucho tiempo ya llevaba ahí.
Peor fue su sorpresa al descubrir en el atrio, los ojos sin vida de su mujer, que sin decir nada, lo observaba.
¿Qué habrá pasado después? Nadie lo sabe, pero el cuerpo sin vida de aquél caballero fue encontrado, atado al de su esposa cuya mirada siguió sin vida alguna.

Pedro, el Carbonero

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Tempranito el farolero daba la hora, los niños pronto salían en tropa, dirigiéndose a la carbonera. Su pequeño tamaño, sus delicadas manos, su incansable conducta, hacían de los niños los mejores trabajadores.

Don Pedro Enriquez, les daba cobijo en su carbonera, pagándoles bien, tan bien que algunas familias habían dejado el ingreso de la casa sobre los hombros de aquéllos niños; pero no eran los niños, sino las niñas las que eran por el carbonero, aún más apreciadas.

Don Pedro Enriquez vivía en el centro de la ciudad de Puebla, en una casona con amplias ventanas que dejaban entrar la luz del sol. Era feliz aquél hombre al saberse amado por su mujer, quien estaba a punto de darle un vástago que llevaría con honor las actividades de comerciantes de aquél señor.

Aciago fue el día en que su mujer y su hija recién nacida, morían entre sus brazos. El médico nada pudo hacer, así que Don Pedro, la fe perdió. Desde entonces, Don Pedro un muerto en vida se volvió.

¿Cómo hacer que la alegría reinara de nuevo en su hogar? ¿Cómo sonreír cuando quería morir?

El consuelo de una pequeña mano vino un día. Una pequeña niña de doce años apenas, una tarde le sonrío. Pobre pequeña, a su casa jamás regresó.

Extrañado el farolero, en la casa de Don Pedro varias voces escuchó, entre gemidos  y golpes secos,cada noche siempre pasó; mientras las niñas de la carbonera desaparecieron.

Una a una, sin rastro, sin sombra, sólo el recuerdo dejaron, mientras en la casa de Don Pedro los extraños sonidos seguían perdurando.

El descontento se juntó con el desconsuelo y así, los padres la casa de Don Pedro asaltaron.

Cuerpos ultrajados, atormentados con sogas, dagas, desmembrados, copas de vino con sangre entre las manos de Don Pedro, todo ello encontraron. Diez, veinte, treinta… todas las niñas que de la carbonera habían desaparecido estaban esparcidas en las habitaciones de esa casona mayor.

Craso silencio la Inquisición arrojó a aquél hecho, confiscando los bienes del vecino, dejándole ir con un burro, unas cuantas monedas y un sarape. Jamás debería volver a la ciudad.

¡Ah, cuidado con las palabras de Don Pedro, pues volver el prometió! Vivo o muerto seguiría con sus actos de terror y vivo o muerto de aquella sala, salen voces y gritos de terror, cada noche si lo escuchas con atención.

Leonora

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La pequeña niña brincaba de cama en cama, su madre, minutos antes había tratado de dormirla sin ningún éxito.

Sólo se había separado con una advertencia: “Si no duermes ya, vendrá el Coco”.

Leonora no hizo caso a la advertencia de su madre y siguió jugando.

Estaba tan absorta en sus juegos que no notó la sombra que cruzó el ventanal, mucho menos las largas manos cuyas uñas rasgaban el piso de madera.

Tarde fue cuando quiso gritar, pero sus gritos fueron ahogados por más manos que la arrastraron fuera del ventanal.

Al amanecer, únicamente las marcas en el piso quedaron y de la pobre Leonora, jamás se enteraron.

EN UN TAL VEZ

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El sol comenzaba a iluminar la ciudad. Ya no sabía si era mejor la oscuridad de la noche o la luz que permitía ver los cuerpos en putrefacción que se movían en cada esquina.

El dormir bajo la intemperie me había provocado un ligero malestar en el cuerpo, que era una nimiedad en comparación con la sed que dejaba mi lengua como lija. ¡Cómo deseaba beber algo de agua!

Estaba tan cansada de andar de un lado a otro sin rumbo fijo y sin poder encontrar a mi padre, que para ese entonces, sin duda, había muerto.

Un golpe contra la caja de trailer sobre la que estaba me hizo levantarme. Con cuidado observé el panorama. Todavía quedaban unos cuantos cuerpos alrededor de la caja, gritando con sus cuerdas vocales agarrotadas por la muerte, intentando alcanzarme.

Respiré con profundidad observando los aproximadamente trescientos metros que me separaban del supermercado. Trescientos metros que estaban llenos de carros, restos de cuerpos con movimiento o sin él.

No había más que hacer, así que calculé la altura que debía bajar y también el sitio exacto por donde debía hacerlo para evitar que me persiguieran, aunque no temía tanto debido a su lenta marcha, pero lo cierto era que me encontraba ya en el límite de mi resistencia y no duraría mucho.

Así que sin más, bajé lentamente, evitando hacer ruido para correr calle abajo hacia la fuente que saciaría mi sed y algo más: el supermercado.

ETERNIDAD

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~”La vida es efímera, la muerte es eternidad.”

Así decía una nota que Ricardo había dejado clavada en el barandal tras el que se daba cabida al coro de la capilla. Sorprendía a los ahí presentes, párrocos y demás cristianos, lo meticuloso que había sido Ricardo con cada uno de los detalles.

La noche anterior, como ninguna otra en esa pequeña ciudad, había caído una terrible tormenta que había dejado a su paso muchas calles y casas inundadas y había sido esa misma agua de lluvia la que había llenado aquella capilla, a través del único y enorme ventanal que se encontraba abierto de par en par.

Por supuesto, no era imposible que esa inundación ocurriera, pues la Capilla de San Francisco se encontraba en la ladera del monte donde se ubicada la catedral, y que, por caprichos del arquitecto que la había construído, el acceso a la misma era a través de una larga escalera interior, dispuesta al pie de los reclinatorios del coro y frente a un inmenso ventanal tras el cual se observaba la picaresca ciudad.

Antaño, propios y ajenos se habían quejado que la distancia entre el coro y el cuerpo de la capilla era excesiva, sin embargo, la acústica era inigualable, pues las voces de los cantores y del hermoso órgano que tocaba Ricardo domingo a domingo hacían que ese pequeño detalle se olvidara. Aunque claro, esa misma altura era la que había utilizado Ricardo para su último acto extraordinario.

Algunos cuchicheos empezaron a escucharse, unos condoliéndose de lo sucedido, pero otros más, condenando a Helena, la novia de Ricardo, que días antes le había despreciado para comprometerse con el hijo del alcalde, y quien tras este escandaloso incidente, sería repudiada en kilómetros a la redonda.

El propio Obispo observaba incrédulo aquella escena. Quitó del barandal el cuchillo con el que Ricardo había afianzado la nota y observaba el lento movimiento del cuerpo que flotaba metros más abajo. El color azul del rostro del joven denotaba que se había ahogado, sin embargo, la soga en su cuello y pies determinaba que su idea había sido morir ahorcado, aunque… recordaba el Obispo que alguna vez Ricardo había dicho que quería morir en la tranquilidad del agua.

¡Pobre muchacho!, pensó el Obispo, no se había decidido sobre si morir ahogado o ahorcado, que prefirió ocuparse de ambos medios para acabar con su vida.

No obstante, aunque la escena era tan cruel como triste, nadie se atrevía a mover el cuerpo, ni mucho menos a intentar sacar el agua del lugar, quizá pensaban que era importante mantener aquella imagen de Ricardo colgando del barandal, flotando entre cristalina agua de lluvia que dejaba ver el excelso mobiliario de la capilla.

Algunos dicen que desde entonces el órgano se escucha de cuando en cuando y la imagen del infortunado joven aparece en medio de aguas cristalinas que llenan la capilla como si fueran un mar de luz. Imagen que será eterna, pues la muerte así lo es, o al menos, eso es lo que dicen.~

Terminó de decirnos el guía de turistas al tiempo que una hermosa melodía proveniente del órgano vacío se extendía a lo ancho de la capilla y la imagen del joven se presentaba con todo lujo de detalles: su cabello negro, lo azul de su camisa, el negro traje a la moda del siglo XVIII y el agua que en su estado diamantino cubría las cabezas de los pocos feligreses que a esa hora iniciaban sus salmos.

 

LOS OTROS

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La clínica estaba abarrotada. Pese a que llevaba horas en aquél lugar no había forma de entrar para obtener la tan prometida vacuna. Tan sólo unas horas antes en televisión y radio habían anunciado que todas aquellas personas que habían estado expuestas a formas de contagio debían acudir de inmediatamente a la clínica del Centro de Investigación de Enfermedades Infecciosas que se encontraba en las afueras de la ciudad.

Entre los presentes había niños, ancianos, hombres y mujeres de todas las características posibles pero pese a las diferencias había algo común en todos: angustia. Unas semanas atrás había aparecido el primer caso de esa enfermedad auto inmune en un vagabundo de la ciudad y tras ello, los casos habían aumentado de forma exponencial. Los síntomas podían ser confundidos con una simple gripa, sin embargo, con el avance de la enfermedad, aparecían las hemorragias, mismas que irremediablemente conducían a la muerte. En un principio se había señalado que era alguna enfermedad tropical transmitida por un mosquito, sin embargo, las últimas víctimas habían asegurado que usaban de forma común repelente para insectos por lo que se descartaba por completo que fuera alguna nueva especie de dengue.

Pronto, debido al tiempo de espera me acerqué a un par de personas que iban y venían de una y otra parte de la clínica. Ellos afirmaban ser también pacientes en espera de una vacuna, sin embargo, habían notado que todas las entradas a la clínica estaban abarrotadas, así que se habían puesto a auxiliar al personal de la clínica ofreciendo sillas y alguno que otro vaso de agua a las personas que se encontraban esperando.

Con la esperanza de distraerme en lo que avanzaba la fila, me dispuse a acompañar a Gustavo y Mónica en las actividades que se habían autoimpuesto; para ello, me llevaron con ellos a la parte trasera de la clínica donde se observaba otra fila similar a la que había abandonado. Ingresar al corazón de la clínica era prácticamente imposible, así que Gustavo y Mónica se conformaban con tomar algunas sillas que se encontraban en una aula vacía, que de regreso al exterior, ofrecíamos a las personas que lucían más delicadas o a aquéllas personas de la tercera edad.

Pronto las sillas comenzaban a escasear, lo mismo que el agua de la primera recepción, así que buscamos adentrarnos un poco más en la clínica, lo que fue verdaderamente titánico, pero a la vez, sumamente peligroso. Mientras más avanzábamos al interior de la clínica encontramos personas que se encontraban en condiciones sumamente graves así que parecía normal encontrar a cada paso algún charco de sangre. Nuestra travesía terminó muy pronto, pues pese a poder avanzar hasta una segunda recepción fue imposible encontrar más agua o sillas para la gente que esperaba fuera.

Más, ahí lo observamos. Ese hombre lucía tan sano como cualquiera (claro, como cualquiera fuera de la clínica), pero en cuestión de segundos sus ojos, su boca, su nariz comenzaron a sangrar de forma copiosa, el temor se hizo presente entre los concurrentes. El charco de su sangre se expandía con rapidez, notándose incluso que bajo sus pantalones había chorros de sangre que no se detenían. Rumores, gritos comenzaron a agitar la sala, rumores y gritos que fueron sobrepasados por una agitación proveniente del centro de la clínica.

Dos pacientes gritaban inconteniblemente mientras sus cuerpos se agitaban en temblores incontrolables por ellos y por los enfermeros que trataban de calmarles. Las hábiles manos de los enfermeros apresaban a los pacientes, pero tan pronto lo hacían, notaban que la piel de los mismos se caía a jirones. Cabello y piel por igual caían sin detenerse entre agitaciones y gritos que provocaban conmoción a todos, que sin poder hacer nada veíamos estupefactos la escena.

Bajo la piel de los brazos de aquellos pacientes quedó expuesta una piel que simularía la de una ballena albina, con sierras en el dorso de los mismos y carentes de dedos. Las caras parecían sólo masas blancas amorfas con apenas dos pequeños ojos totalmente negros.

Tras aparecer aquéllas imágenes frente a nosotros, lo peor comenzó, extendiéndose los charcos de sangre en el piso con los miembros cercenados que aquellos dos seres dejaban sin detenerse. La muerte comenzaba a expandirse sin piedad a todo aquél que se encontraba cercano a esa área.

Por supuesto, tras los gritos de “huyan” que dábamos, el terror desatado en los presentes hacía que la desbandada se dirigiera a la salida, pero llegar a ella parecía imposible, pues uno a uno, iban cayendo frente a nosotros tres, personas sin vida en muecas de agónico dolor.

Gustavo tomó mi mano tratando de que siguiera su paso, así, entre la confusión general de gritos, sangre y dolor salimos de la clínica para dirigirnos a una casa cercana donde podríamos ocultarnos.

En mis oídos retumbaban los gritos de espanto y dolor mientras mi corazón golpeaba desbocado mi pecho, sintiendo que mis piernas estaban a punto de fallar; fue así que vi la casa que había dicho Gustavo y una vez que puse un pie en el pórtico de la misma, perdí el sentido.

Cuando desperté me hallaba en plena oscuridad. Desconocía cuanto tiempo había pasado desde los incidentes en la clínica, pero al menos estaba segura que me hallaba aún en la casa en la que nos habíamos refugiado. A tientas encontré el apagador de la habitación, pudiendo así observar una pequeñísima recámara donde apenas cabía la cama donde estaba. La decoración pese a ser de tonos cálidos tenía un pequeño dejo de tristeza o quizá era yo la que se sentía triste tras haber visto aquella matanza en la clínica.

Tras explorar el segundo piso donde estaba la recámara, me encontré con un nutrido grupo de unas veinte personas que se arremolinaban en silencio frente a la chimenea eléctrica cuyas llamas simuladas mantenían la atención de todos ellos como si hubiera sido la más interesante película.

El silencio era sepulcral y sólo fue roto con el murmullo de mi nombre en voz de Gustavo quien tomó mi mano y me llevó a la apartada cocina para explicarme lo sucedido después de mi desmayo.

De acuerdo con él, el mundo había cambiado súbitamente. La enfermedad se había expandido de forma inevitable a toda la población en menos de veinticuatro horas que iniciaron con el ataque en la clínica. Ahora, la población se había dividido en los nuevos contagiados que seguían viéndose con plena vitalidad y los viejos infectados (nosotros), cuyas mutaciones se habían hecho evidentes.

Cuando regresamos a la sala, observé a nuestro extraño grupo. Mónica abrazaba a una pequeña niña, que supuse era su hija; había un par de ancianos, algunos niños más por ahí y los que más, hombres y mujeres jóvenes de entre veinte hasta cuarenta años.

Gustavo había hablado de mutaciones, sin embargo, no notaba algo raro en ellos, ni siquiera los síntomas de la enfermedad que al parecer padecíamos. No obstante, estaríamos encerrados durante varios días en esa casa hasta que nos aventuráramos a salir a un mundo que se decía había cambiado completamente y del que no sabíamos nada, salvo que estaban los otros.

CUANDO LLUEVE

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Cuando llueve,

escucha bien,

la voz de la muerte

que se cierne sobre ti.

No es de temer,

ella solo avisa,

por quien ha de venir.

Presta oído al trueno,

cuya voz retumba en el cielo,

un eco sordo escucharás,

es la muerte que viene detrás.

No hay escapatoria,

el final siempre llegará.

Tarde o temprano,

listo o no,

a cada uno llevará,

más, antes de un crudo final,

su voz en el cielo anunciará.

No me creas,

ya lo escucharás.