Rosa

Viajar

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Quería enseñarles lo fácil que era viajar, pues sólo había que encontrar un agujero de gusano e ir a otro lugar.

Por eso, el primer lugar elegido era un hermoso paraíso tropical, con islas con hermosas playas, sirenas y demás seres extraordinarios.

Aunque, era un lugar en el que sólo se podía observar, sin interferir.

De regreso a casa, el último estreno en cartelera era referente al lugar que habíamos visitado, por lo que mi madre deseó asistir al cine, sin embargo, el horario de las funciones no se ajustaban al tiempo libre que tenía, por lo que, decidimos visitar otro lugar.

En esta ocasión, visitaríamos una zona arqueológica en medio de la selva.

El guía contratado en el lugar, nos llevó en balsa a través de un sinuoso río que pasaba entre las más grandes construcciones. Las pirámides estaban perfectamente construídas, aún plenas de esplendor. La selva se dibujaba en las faldas de cada gran pirámide, por lo que rodearíamos una de ellas para encontrar una planicie desde la que, se observaba todo el complejo.

La paz de ese lugar, me llevó a un pensamiento nostálgico, en China, al que no dudé en ir inmediatamente.

El lugar, debido al paso del tiempo, era ahora un pequeño parque cerrado en cuyo interior se encontraban estatuas de estos animales sagrados.

El deseo en mi interior de ver ese lugar como era antes, provocó algunos fenómenos que resultaron de interés para los pocos visitantes del lugar, como la fina lluvia que comenzó a caer dentro del parque y sólo dentro del parque.

Salí del parque y caminé un poco por la ciudad, notando que algunas personas (más de las que encontré en un principio), se reunirían en el parque, pues, sin saber cómo, se decía que habría un fenómeno único de rayos que caerían donde se encontraban las estatuas de los animales sagrados.

La fina lluvia del parque pronto se extendió por la ciudad como una fuerte lluvia, con la que recordé que era posible no mojarse, logrando manipular el lugar de caída de las gotas, así que a pesar de que estuviera bajo la lluvia disfrutaba de ella sin que me empapara.

De regreso al parque, la gente se arremolinaba esperando ver la caída de rayos.

Fue ahí que sentí de pronto, una extraña sensación de somnolencia que apenas me permitía estar de pie. Al perder el equilibrio, unos fuertes brazos me sostuvieron, sin embargo, ya no podía estar de pie, por lo que el hombre que me sostenía tuvo que cargarme.

Débilmente pude decirle que me llevara donde estaban las estatuas. Unavez que me depositó en un pequeño altar entre las estatuas, le pedí que se alejara inmediatamente, pues los rayos caerían y provocarían grandes daños.

Él, se alejó gritando a los demás que hicieran lo mismo, sin embargo, los más curiosos se quedaron ahí.

Un concierto de electricidad se desató del cielo, alcanzando a los curiosos que se encontraban más cerca.

Los daños eran lamentables, sin embargo no había nada que pudiera hacerse.

Una vez con la energía en pleno corriendo por mi cuerpo, regresaría a casa.

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Un manual para la muerte

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Como prometí, me presenté en casa de mi madre para ver el programa de televisión que tanto le entusiasmaba.

Mi tía y sus hijas se encontraban al lado de mi madre para acompañarla durante esa hora, como era su costumbre.

Mi frágil madre (debido al cáncer) aferraba el control remoto con entusiasmo, pues tras acomodarnos todas y tener frente a nosotras tazas de café o té, veríamos el programa.

Tras la intro, una suave, pero determinante voz masculina explicaba que hablaría sobre la traslación de la materia.

—¿Traslación?, me pregunté. —¿Traslación de la materia? ¿Eso es correcto?

Saqué mi celular de la bolsa y escribí rápidamente “traslación” en el motor de búsqueda.

Entre las explicaciones vistas someramente, me detuve en los sinónimos, encontrando como sinónimo de traslación, la palabra “transposición”.

—OK. Esto me convence más, volví a decirme entendiendo ahora de qué iría el programa.

La misma voz masculina, de forma técnica, pero en términos llanos, explicaba que la materia podía moverse de un lugar a otro diferente al que ocupaba, es decir se “trasladaba”; explicaba que la materia “al moverse”, podía hacerlo de forma tal que se observaba el camino recorrido entre una posición y otra, debido a la “lentitud” del movimiento, dejando una huella evidente; pero en otras ocasiones, el movimiento realizado se hacía de tal manera que, a primera vista, parecía que se “teletransportaba”, sin embargo, existían rastros de su paso por distintos lugares.

Estos lugares, no sólo se referían al espacio, sino también al tiempo, ello era, que la materia no sólo se traslada de un lugar a otro, sino que de un tiempo a otro.

A fin de explicar lo que decía esa voz, se mostraban clips que intentaban explicar visualmente lo que se decía.

—Es así, que la materia, se traslada, continuaba el narrador. —No se separen del televisor, en un momento, continuamos.

Un breve periodo de cortes comerciales ocurrió y tras ello, la voz continuó.

—Sabemos que somos cuerpo y espíritu y ambos, son materia, dijo el narrador. —El cuerpo no puede existir sin el espíritu, cosa contraria ocurre si falta el cuerpo.

—El espíritu, al ser materia puede moverse de un punto a otro, de eso se trata la traslación de la que hablamos. El dejar el cuerpo implica que el espíritu se ha trasladado.

La retórica del narrador, ahora, llevaba el programa a una explicación sobre la tarea que los “seguidores” se habían impuesto con respecto al mantenimiento del espíritu como eje rector de su doctrina, hablando sobre la “Guerra Santa” que se daba todos los días y por la que, necesitaba el apoyo de sus “hermanos”, explicando la misión y acciones de los adheridos al culto, mostrando fotografías y clips de personas alrededor del mundo ayudando a otras.

Mi madre devoraba con la mirada el aparato, y tras unos cuantos comentarios finales, el narrador se despedía, finalizando el programa.

Tras ello, mi madre entusiasmada hasta los huesos, decía que deseaba continuar luchando por su vida para después, participar en la “Guerra Santa”.

—Madre, ¿no entendiste?, le dije. —Si somos cuerpo y espíritu, cuando el espíritu no está, el cuerpo puede morir; como en un coma, el espíritu no está.

La miré a los ojos, mientras ella mantenía esa mirada de determinación para participar en esa “Guerra Santa”, comprendiendo que no entendía a qué me estaba refiriendo.

—Pues yo quiero que una de mis hijas estudie psicología y apoye al grupo, dijo mi tía.

Miré a mi tía como si fuera un náufrago, preguntándome si entendía que ya no podía obligar a ninguna de sus hijas a hacer algo.

En la charla que se desató, observaba a esas mujeres, principalmente a mi madre, tratando de aceptar que en el programa se había hablado de la muerte como un “traslado”, pero que mi madre no comprendía el valor de lo transmitido.

El espíritu no moría, sólo se trasladaba y sabiendo eso, quería que mi madre entendiera que la muerte era justo eso: moverse de un lugar a otro, de un tiempo a otro y que quizá, no había nada que temer.

El amor es como un lobo

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—El amor es como un lobo, me dijo desde la media sombra de su poltrona do sillón. —Hambriento, sediento, buscando el calor en épocas de invierno. Voraz. ¡Ésa es la palabra! Lo sientes en las entrañas. Así lo siento yo.

—Si, dijo yo. —El amor es como un lobo. Si no se alimenta, muere. Requiere de trabajo en equipo, que así son mejores las cacerías.

Observé su rostro. Deseaba conocer sus secretos, lo que guardaban las apariencias, pero ahí me quedé, sin decirle nada más.

Añoranza

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Entramos a otro siglo, otro mundo, y nos encontramos con otro tú y otro yo sumergidos en la añoranza de un pasado que no ha de volver.

Aún te busco, aún te espero y llegará el momento en que nos volvamos a encontrar.

Una equivocación más

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A veces duele tanto equivocarse.

Hay ocasiones en que creo que te he encontrado y cuando me doy cuenta que no es así, duele tanto.

Dime, ¿cuándo volveré a verte?

No pasarás

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Como cualquier fin de semana, Dora llegaba a casa para ayudarme con los quehaceres.

La casa no era sumamente grande, pero ya no tenía ni las mismas ganas ni la misma fuerza para hacer toda la limpieza por mí misma.

Ese día, explicaba a Dora qué era lo que necesitaba que hiciera, a lo cual, ambas nos dimos a la tarea.

Mientras hacíamos las labores, Dora y yo conversábamos de cualquier tema. En esta ocasión hablábamos de los vecinos, a quienes Dora relacionaba con una telenovela a la que era muy asidua.

Inició platicando los personajes y la trama, cuando, de repente se quedó en silencio.

Al pasar un par de minutos dejé la tarea que hacía y voltee a ver a la mujer, que estaba pasmada.

Tras ella, se reflejaba la luz del sol que entraba a raudales por una ventana del segundo piso, haciendo que la sombra del barandal se proyectara en medio de las escaleras.

Al notar una sombra adicional en el barandal, perdí de vista a Dora. La sombra era tan clara que se notaba la fina silueta de un hombre.

Me quedé absorta observando esa sombra, hasta que las palabras de Dora me hicieron tomarla en cuenta.

—… Regresa, decía. —Regresa conmigo al Infierno para seguir amándonos.

Supe al instante de quién era el mensaje y a pesar de escuchar la palabra “infierno”, en mí había calma.

—Quiero una vida. Dame la oportunidad de una vida sin ti. Quiero que no estés en ella. Dame una vida, dame esta vida, respondí.

Al instante, Dora “volvió en sí”, continuando con su charla. De forma inmediata, se escucharon golpes en la puerta, así que me dispuse a ver quién era.

Abrí la puerta y en lugar de una persona, una serpiente intentaba entrar a mi hogar.

Él se encontraba a un lado de la entrada, pero a pesar de no poder verlo del todo, sabía que estaba ahí.

Al impedir la entrada a la serpiente, esta tomó la forma de un pequeño maltés, que intentaba cruzar la puerta.

—No pasarás. No puedes entrar, dije.

—Regresa conmigo.

—Te he dicho que sí, pero no ahora. Dame una vida. Quiero una vida sin tus interferencias, dame esta vida.

El perro se convirtió en una rata, la que intentó abrirse paso a la casa, sin embargo, volví a impedir su acceso.

—No pasarás. Si sigues intentándolo pondré un bloqueo en la puerta y te quemará.

Cerré de un portazo y volví a las labores en la casa, sabiendo que él volvería a intentarlo.

A la medianoche

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Cerré con furia la puerta de la habitación, encontrándome frente a un lugar que no había sido limpiado al menos unos diez años.

La cama, las cajoneras, el tocador denotaban el paso de los años y la ausencia de cuidado.

En bano derramé unas cuantas lágrimas. Salí sintiéndome aún más derrotada.

Volví al restaurante en la terraza donde pasaría todo el día para después ir al bar y esperar que llegara la medianoche para volver a la habitación.

Unos minutos después de la medianoche, corrí a la habitación y ésta vez, los muebles se encontraban lustroso sin una señal de polvo.

Me recosté en la cama, la fe y la cordura luchaban entre sí y a pesar de ello el sueño ganaba la partida.

Al día siguiente, observé a detalle los muebles que parecían recién comprados; por su parte, el camisón que me cubría era muy diferente a la ropa que llevaba la noche anterior.

Sonreí, pero las lágrimas de alegría inundaron mis ojos. Me duché y vestí con rapidez para ir al restaurante de la terraza y encontrar a mi amado.

Le encontré de espaldas, pues observaba la vista de Los Ángeles.

Dudé entre abrazarlo por la espalda y no soltarlo jamás u observarlo y recordar cada detalle de su figura.

De nueva cuenta las lágrimas comenzaron a rodar. Me hallaba perdida en ese ir y venir del tiempo, pero sólo donde se hallaba él, encontraba el momento en el que debía estar, pues me sentía en casa mientras él estuviera conmigo. Sí estaba en casa.

Al sentir mi mirada en la espalda se giró sobre sus talones. Era tan hermoso cuando sonreía.

—¡Dios!, me dije. Bebería de esa boca siempre y no habría forma de negar que es la más dulce que he probado.

Me acerqué a él, quién me recibió con un beso en la mano para después guiarme a la mesa donde se encontraban sus padres, los míos y algunos de nuestros amigos.

Este viaje se había organizado para que él pidiera mi mano en matrimonio; algo que no sólo se basaba en el amor, sino también en la conveniencia de ambas familias.

Ese día jugamos tenis, nadamos y paseamos en la ciudad, para terminar el día con una pequeña recepción en la que él ponía en mi mano una discreta pero hermosa sortija.

Al notar que pronto sería la medianoche, mi alegría se fue al caño, así que tomé la mano de mi amor y dirigirlo a un lugar donde pudiera hablar a solas con él.

—No quiero ir a dormir, le dije.

—Aún no termina la noche. Disfruta, me dijo tocando con su índice la punta de mi nariz.

—No. No entiendes. ¡No quiero perderte, no quiero dejar de verte ni saberte! No quiero un mundo sin ti.

Respiró profundo y tomó con fuerza una de mis manos.

—Aunque no esté contigo, siempre nos encontraremos y si nos perdemos, volveremos a encontrarnos cuando estemos listos para ello. No temas.

Se acercó a mí de tal forma, que respiraba su aliento. Apenas lograba reconocer su figura, pues mis ojos estaban inundados. Besó mi frente y después la acarició con su índice.

—Ahora, vamos con los demás. Abraza a nuestros padres, a nuestros hermanos y amigos como si no fueras a verlos otra vez.

Me tomó de la mano y caminamos de vuelta a la recepción. Antes de medianoche, él me acercó a la habitación y me besó como no lo había hecho antes.

—Yo también te tenido miedo de perderte. Yo también he buscado el tiempo exacto, el lugar preciso… sólo no te alejes demasiado, me dijo mientras abría la puerta y me hacía pasar a la habitación, dejándome con más preguntas que respuestas.

Sonaron unos golpes en la puerta y al abrirla, él me tomaba entre sus brazos para volver a besarme.

—No me olvides. Si no vuelves aquí, vive hasta que nos volvamos a encontrar.

—¿Qué?, pregunté en el preciso momento en que él cerraba la puerta y sonaban las 12 de la noche.

Abrí la puerta y las luces les me dieron la bienvenida. Había vuelto. Otra vez lo había perdido y debía esperar un día más para saber si lo volvería a encontrar.