Rosa

La luna llena

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Mientras se escucha la música de fondo https://open.spotify.com/track/1C78hRB5GHXZBiu0nyQpYi?si=PxtNx_ErRrWUH6NMo00Oeg de sus labios escurren besos que caen sobre la alfombra, esparciéndose, buscando llegar a cada oscuro rincón.

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Apariencias

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Iniciaba la audiencia. Él con su grave voz repetía cada una de sus pretensiones. Su auditorio, en su gran mayoría femenino, guardaba el aliento mientras lo observaban, quizá, desvistiéndolo.

Era una escena que se repetía continuamente y que me gustaba mirar, sabiendo que tras la audiencia, se iría a casa conmigo para envidia de esas mujeres.

El trabajo diario como litigantes a veces era extenuante y corríamos a casa para descansar, pero otras veces, nos permitíamos alejarnos de la monotonía del día a día y nos adentrábamos en el local 51 de la Calle 30.

La entrada correspondía a un restaurante de lujo: el valet parking amablemente recibía el auto que horas después nos llevaría a casa. La hostess, tecleaba nuestro “nombre” tras dar la bienvenida y al advertir la vigencia y grado de nuestra membresía, nos colocaba los brazaletes de seguimiento y seguridad y nos preguntaba si antes deseábamos un aperitivo en el bar o cenar en el restaurante, pero esa no era siempre una opción y nos guíaba a la sección de vestidores.

Una vez en el atuendo que elegíamos para esa ocasión , nos tomábamos de la mano y la hostess nos guíaba a la sección El Paraíso.

La puertas dobles se abrían de par en par y desde la terraza a la que se accedía, se observaba el complejo de bungalows, edificios de departamentos de hasta tres pisos, cafeterías, bares, boutiques y sex shops.

El Paraíso era una ciudad dentro de otra. Había sido diseñada para aquellos que deseaban la experiencia de otra vida. Al cruzar la puerta, no importaba el nombre ni la ocupación, pues se adoptaba una personalidad distinta y podía explorar los más diversos tipos de experiencias sexuales.

Así, El Paraíso se organizaba en diferentes sectores que ofrecían orgías, bsdm, intercambios swinger, etc. No había límite, excepto aquello que fuera considerado como delito o el consumo de drogas, lo que debía cumplirse al pie de la letra, pues dentro de ese universo había guardias que no tenían reparo en retener y expulsar al que violaba las reglas.

Siempre que entrábamos a El Paraíso, adoraba la reacción que observaba en los caballeros. La mirada de lujuria iba de mis piernas a mi falda de piel y la blusa de seda negra de escote profundo.

Al cabo de unos meses ahí, ya teníamos cierta fama de “inalcanzables”, pues nuestra costumbre de estar siempre juntos limitaba las expresiones sexuales que varias personas querrían tener con ambos.

La rutina era sencilla: nos reuniríamos en algún bar o restaurante al aire libre otros socios, hablaríamos de política o leyes y si la charla convence, nos iríamos al bungalow a terminar la plática y otras cosas.

Esa vez, el sol de las tres de la tarde, nos obligaba a hidratarnos y a comer, lo que no habíamos hecho al entrar.

Ese viernes El Paraíso parecía más animado que de costumbre, pues el lugar donde nos encontrábamos se encontraba abarrotado, lo que se observaba más en la mesa de “El Conde”, apodo que le habían puesto al atractivo hombre de mediana edad, que era dueño de una minera, y que era el blanco de la gran mayoría de mujeres que se cruzaban con él.

Lo había visto varias veces en El Paraíso, siempre rodeado de féminas, que normalmente, pese a sus esfuerzos, regresaban a su casa solas.

Con un divorcio a cuestas y la soltería férrea de hace un par de años, más los millones en la cartera, era un intento obligado para las mujeres, gays o trasvestis que venían a este lugar.

Mientras mi esposo charlaba con otro socio, me brindé la libertad de observar al Conde, cuya melena castaña clara brillaba al sol. Me descubría recorriendo sus facciones varoniles como de alguien a quien ya conociera. A pesar de haberlo visto pocas veces, veía familiarmente cada uno de sus gestos y la delicadeza de sus maneras para con sus acompañantes.

Su mirada se cruzó con la mía y una sonrisa en los labios quedó plasmado en nuestro rostro. Fuera de este lugar, lo admiraba, pues era firme en sus convicciones y decisiones, pero conjugado con una extraña ternura que parecía no corresponder a su imagen.

La tertulia silenciosa entre ambos terminó cuando mi esposo nos invitó a seguir charlando en el bungalow que arrendábamos.

El trayecto se animó aún más cuando en plena calle mi esposo coincidió con varios socios que ya conocía, obligándonos a todos a detener la marcha e involucrarnos en una plática rancia sobre política.

Mientras los ánimos iban subiendo de tono, sentí una mano que apretaba la mía, y al girar el rostro, encontré a centímetros del mío el del Conde, quien me preguntaba si deseaba acompañarlo.

Su presencia cimbraba la mía y tras una breve afirmación de mi parte, tomó con más fuerza mi mano y me separó del grupo donde se encontraba mi esposo.

Escuchamos a nuestra espalda un ¡hey! que gritó mi marido, lo que ocasionó que el Conde y yo iniciáramos una carrera calle abajo.

Mientras intentábamos perdernos, notábamos en los rostros de quienes nos cruzábamos, pues yo nunca había hecho nada sin la compañía de mi esposo y él había sido tan discreto que no se le conocía pareja oficial alguna.

Mi ahora pareja me guiaba diestramente a través de las calles, pues buscaba perder a mi esposo y algunos socios que habían iniciado la persecución.

Entramos a un edificio de departamentos y ahí, después de subir al primer piso, seguimos el corredor hasta hallar la escalera de emergencia.

La escalera se veía insegura, por lo que dudé en bajar por ella.

—Yo te cuidaré, dijo él. —No te pasará nada si estás conmigo.

Me tomó de la cintura para darme confianza y bajamos a la seguridad de la calle para continuar la carrera.

Finalmente, nos detuvimos en un edificio del barrio viejo, que había sido construido para evocar las construcciones del siglo XIX. Subimos las escaleras hasta el segundo piso y de ahí, unas discretas escaleras que llevaban a su pent house.

Su apartamento era precioso. Una simple construcción para apenas dos personas que tenía todo lo necesario.

—Llevaba meses intentándolo, me dijo mientras acomodaba un mechón de mi cabello.

Posó su frente sobre la mía y cerró los ojos. Sentía conocerlo. La fuerza que sentía emanar de él me envolvía, sin que fuera necesario hablar, así que le regalé un beso.

Sus labios correspondieron a los míos y su cuerpo se hizo con el mío en una danza en la que el mundo desapareció.

Poco importaba lo exterior, lo importante se gestaba dentro de esas cuatro paredes. Ya mañana me enfrentaría al mundo, porque esta vez, el mundo era mío y estaba en mis manos.

Plan de vida

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Me miraba fijamente desde el sitio que había tomado desde el tocador. Yo arreglaba mi peinado, segura de la decisión que había tomado.

—Yo quiero estar contigo, dijo buscando mi mirada. —Estoy dispuesto a aceptar estas condiciones.

Le observé tranquilamente, sin embargo, no estaba dispuesta a cambiar mi decisión.

Había sucedido como cada uno de los hechos que se tratan del corazón: sin planearse y con la más absoluta coincidencia. A Fernando le había conocido cierto día, de forma tan casual que no me había esperado esa ebullición de deseo y de esa emoción que puede llamarse amor o cariño, tan singular era lo que sentía que me di al placer que necesitaba mi cuerpo, acompañándolo con la emoción suficiente como para pensar en una familia.

El hijo, que ahora sabía llevaba en mi vientre, no había sido planeado, pero sería bien recibido y llegaría a un hogar en el cual se le esperaría con ansia.

Al saberlo dentro de mí, se ideó mi plan de vida: una casa, quizá otro hijo más y Fernando y yo como pareja.

—Amor, ya he tomado mi decisión. Necesito vivir esto. Me casaré con Fernando, pero, nos volveremos a encontrar, le dije sonriendo. —Mientras tanto, tú realizarás tus planes de trabajo, el negocio fructificará y dentro de unos cuantos años ya será algo estable, y será cuando nos encontremos.

Observé su rostro que reprobaba mi decisión, pero nada me haría cambiar de opinión.

—Quiero vivir esto, le dije con seguridad. —Quiero saber lo que es buscarte, añorarte, pero teniendo a mis hijos, formar un hogar, crecer lejos de ti y en el momento indicado, volvernos a encontrar. Eres lo que más amo, eres mi todo y no podré nunca olvidarte, pero déjame vivir esto.

Intenté acariciar su rostro, pero antes de que mi mano pudiera tocar su mejilla, él me detuvo, sosteniendo con fuerza mi mano. Sabía que se negaba a admitir mi decisión, pero la respetaría, porque nos volveríamos a encontrar en el momento propicio, en el que ambos aprendiéramos a vivir uno lejos del otro, y así, reconocer nuestra independencia para después, no separarnos nunca más.

Vuela, mariposa

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Desperté cuando el reflejo del sol besó mis ojos.

Extendí una mano rozando la almohada, imaginando que estabas a mi lado.

Abracé la almohada imaginando tu pecho moviéndose al ritmo de tu respiración.

Acaricié tu etérea mejilla y sonreí.

Sentí la herida en el corazón, esa que aún no ha sanado y que espero pronto lo haga.

Dibujé tu perfil y besé tu recuerdo.

Te extrañé tanto que, el estar en cama abrazando tu vacío me pareció tan degradante que preferí dejar mis tibias sábanas.

Mientras tomaba el baño me convencía a mí misma que estaba mejor sin ti, que pese a lo que te escuchara decir, la realidad era apabullante y nunca podría tenerte junto a mí.

Me conformé con arreglarme coquetamente para salir a la calle. Había quedado en una cita.

Sí, había decidido probar otros labios y quizá otras camas, así tal vez, esa herida del corazón tendría besos en lugar de banditas.

Mi vida aún no se acababa, aunque tú no estuvieras en ella.

Ven

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Y es a ti a quien extraño, mi furibundo fantasma, mi amor de antaño.

Es a ti a quien quiero ver aparecer frente a mis ojos con cada palabra que leo.

Te recuerdo, te recuerdo tan bien que pareciera que no han pasado los años (o los siglos).

Mi amor de antaño, ven.

Siempre

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Y estás tú, siempre, siempre.

Mi pensamiento parte o llega a ti.

Presente, presente, cada vez que dejo a mi mente en libertad.

 

Quisiera robarle al tiempo

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Quisiera robarle al tiempo cinco minutos más cada vez que te tengo.

No quiero cerrar los ojos por el temor de perderme algo de ti: una palabra, un gesto, una caricia.

Te como con la mirada, igual que lo hace mi boca.

Adoro tu cuerpo y no me es suficiente, quiero besarte cada lunar, cada oscuro rincón que yo sólo puedo tocar.

Quiero oler a ti, fusionarme con tu piel y después, dormir abrazados.

Quiero conocer tu pasado, tu presente y ser parte de tu futuro.

Quiero amarte, olvidarte y después volverte a conocer sin que la angustia de saberte lejos me suceda.

Me siento yo en tus manos, sin necesidad de ser nadie más, quiero que sepas mis locuras, mis agonías, que veas cada parte que se ha roto y aún así, me ames.