Rosa

Intentos

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Intenté llegar a ti, tocar tu alma.

Intenté amarte como nadie lo hubiera hecho, hacerte sentir feliz, acompañado.

Intenté que confiaras en mí, que me escucharas.

Traté con todas mis fuerzas de no olvidarte, de aferrarme a ti, de sentirte a pesar de la distancia y del tiempo…

Pero no lo logré, pues de intentos está hecho el camino al fracaso, y así me convertí en sólo una mujer más en tu vida.

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Quimeras

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-“No me gusta invertir en quimeras, me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón”, me dijo.

Y yo le creí, para lanzarme al placer que me ofrecía su sexo, y naufragar en los mares de su piel, hasta perder la razón y la inocencia del corazón.

Una historia inacabada…

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2a parte

El despertar de Elizabeth fue doloroso, gimió al intentar moverse y reconocer que sus rodillas, la cadera y la cabeza le dolían.

Su abuela y Anita se encontraban a su lado, intentando que recuperara la consciencia totalmente.

Tras recuperarse totalmente, Elizabeth notó que el hombre que había visto había desaparecido y con él, la oscuridad que ocupó ese piso.

Sin oponer mucha resistencia, fue dirigida a la primera planta y después, a su habitación. El doctor del hotel la había examinado sin encontrar nada raro, sin embargo, sus abuelos decidieron que el confinamiento en su habitación por el resto del día sería lo mejor.

Al día siguiente, el panorama no pintaba bien tampoco. Anita no la dejaba vagabundear sola por el segundo piso.

En un breve descuido de su cuidadora, Elizabeth se dirigió a uno de los elevadores, pulsó el número 12 y cuando estaba a punto de cerrar la puerta, Anita la interrumpió metiéndose al elevador; éste comenzó a ascender obedeciendo la solicitud de Elizabeth, dejando para después la solicitud de Anita de bajar al primer piso.

El ascenso fue lento aunque sin contratiempos, y en lugar de alguna canción ambiental, la letanía de Anita sirvió de compañía durante el ascenso.

La asistente temblaba de pies a cabeza. Cuando llegaron el doceavo piso, Elizabeth abrió la puerta.

-¡No!¡No puede quedarse aquí!, gritó Anita-. Debemos regresar.

-Regresa tú, respondió Elizabeth.

En cuanto la joven puso un pie en el piso, una suave melodía comenzó a sonar. La luz plena que se filtraba por las ventanas huyó del lugar, permitiendo apenas que se distinguiera cada cosa.

A su espalda, Anita cerró con fuerza la puerta del elevador, y oprimió con vehemencia el botón que la llevaría a la planta baja.

A Elizabeth le parecía tan familiar cada detalle, cada mueble, cada cuadro que colgaba en la pared.

Dándose su tiempo, caminaba por el piso, hasta llegar a una gran habitación. Ahí, un ligero perfume a rosas invadió sus sentidos.

Una extraña ansiedad dominó su cuerpo, pues deseaba encontrar la fuente de ese aroma.

En su espalda, sintió una caricia conocida; al girar, encontró al hombre cuyo rostro se escondía en la oscuridad.

Él tomó una de sus manos, acariciándola. Elizabeth no opuso resistencia cuando las manos de él recorrieron sus brazos, su cuello hasta tomarla de las mejillas… Sus ojos se cerraron esperando el beso que no llegó.

Abrió los ojos al no sentir a su compañero y en lugar de la hermosa habitación en la que creía estar, se encontró con una donde el papel tapiz, la alfombra y los cuadros se encontraban en muy mal estado; de las paredes parecía fluir una especie de humedad que poco a poco se extendía, carcomiendo todo.

Esa humedad se acercaba a Elizabeth, rodeándola a través de la decoración, lo que hizo que ella se alejara de esa habitación.

Deshizo sus pasos para regresar al elevador. Tras cerrar la reja de este, marcó el número 2. Lentamente, el aparato se movió hacia abajo, pero no fue sólo el elevador, sino también la humedad que vio en la habitación.

Ésta, ahora avanzaba con rapidez, llenando todo de moho y oscuridad. De pronto, el elevador se detuvo en el piso número 7, Elizabeth pulsaba el botón de la planta baja, pero el aparato no se movía.

Armándose de valor, abrió la reja; su plan era probar algún otro elevador para regresar a las plantas inferiores.

Tras salir del elevador, la joven buscó alguno de los demás elevadores. La humedad que vio en los pisos anteriores no había alcanzado éste, al menos, por el momento.

La soledad del pasillo se reflejaba en el eco de sus pisadas, que tras un par de minutos se hicieron acompañar de otras más.

Los cabellos en su nuca se erizaron, escuchaba esas pisadas tras de ella, cada vez más rápidas como las suyas; ya no intentó llegar a otro elevador, sino que abrió una de las puertas y cerrándola tras de si con un portazo, esperó silenciosamente, con el corazón desbocándose en su pecho.

Silencio absoluto… Eso escuchaba tras la puerta, que de súbito, fue golpeada con fuerza, como si alguien, tras ella, intentara entrar a la fuerza.

La chica se alejó despacio de la puerta, observando cómo esta se movía rítmicamente, como si respirara.

El miedo la hizo palidecer y no sólo ello, se sintió paralizada. Sabía que debía moverse, pero su cuerpo no respondía. La puerta seguía moviéndose con tal furia, que el quicio de la puerta cedió, permitiendo que esta se abriera, dejando frente a los ojos de la chica, una extrema oscuridad que se internaba a la habitación como si fueran lenguas de fuego devorando el lugar.

En el último instante en que todo sería devorado, cerró los ojos y una brisa golpeó su cuerpo. El silencio absoluto volvió a reinar unos segundos, tras los cuales, se escuchó un leve silbido.

Elizabeth abrió los ojos encontrando frente a ella un panorama muy diferente. Había una bella galería, aunque sumida en una somera oscuridad. Sobre las paredes colgaban bellos cuadros en los que se había retratado a una mujer hermosa, cuyos vestidos parecían del siglo XIX.

Conforme Elizabeth avanzaba, el silbido se hacía más y más fuerte. Al llegar al final de la habitación, frente a ella se encontraba un hombre de amplia espalda, vestido de levita, quien poco a poco volteó hacia ella para sonreírle.

-Mi pequeña, dijo él-. ¿Lo has visto? No dejes que te alcance o…

Un fuerte golpe en el techo hizo caer restos de yeso sobre ellos.

-Vete, le ordenó.

Los golpes en el techo se hicieron más fuerte, mientras, a sus espaldas, los cuadros en las paredes salían despedidos por los aires.

Elizabeth corrió con todas sus fuerzas a través de la galería hasta hallar una puerta que la llevaría a otra habitación. Tras ella, la puerta recibía golpes que eran soportados por su espalda. Conforme estos se hacíanmás débiles, Elizabeth se sentía igual, pues sus piernas comenzaban a fallarle, hasta dejarla sentada sobre el frío piso.

Rodeó sus rodillas con las manos para enterrar su cara mojada por lágrimas de miedo. El llanto y la desesperación le hicieron perder la noción del tiempo y sólo cuando ya no pudo soportar la incomodidad del suelo, se levantó para explorar este nuevo sitio.

Los muebles se hallaban cubiertos por sábanas, sin nada más que decir o contar.

El pleno silencio le ayudó a decidir sobre salir al pasillo principal, el cual encontró en leve penumbra. El miedo o quizá la oscuridad, no le ayudaban para recordar dónde debían estar ubicados los otros elevadores, así que en cuanto encontró las escaleras empezó a descender.

Al llegar al rellano, sintió de nueva cuenta cómo su cabello en la nuca se erizaba. Ese miedo irracional no lo fue al escuchar fuertes pisadas tras ella.

En un segundo perdió la cordura y comenzó a correr escaleras abajo. Corría y corría sin que las escaleras terminaran, pero si lo hizo su carrera, que finalizó al tropezar con su propio pie y caer varios escalones abajo.

Su cuerpo le dolía a tal grado que no podía moverse, más, perdió el conocimiento al notar un rostro desencajado tras un cuerpo que se arrastraba, acercándose hasta ella y golpearla con fuerza.

Continuará…

Una historia inacabada

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-¡Hola a todos!, Elizabeth gritó casi a pulmón en pecho, en cuanto entró a la recepción del hotel.

Elizabeth tenía dos semanas de vacaciones, así que había decidido pasarlas en el hotel que pertenecía a sus abuelos. Recordaba que cuando era una pequeña, sus padres no le dejaban visitar el lugar, por lo que se había conformado con las visitas que su abuela le hacía cada periodo de vacaciones, y por ello, en cuanto sus padres huyeron del país en un crucero, pidió vacaciones en su trabajo para ir a desvelar el gran misterio de ese hotel.

El Hotel Vista Hermosa era una gran edificio construido a fines del siglo XIX y que había obtenido popularidad gracias a sus 12 pisos, luz eléctrica y elevadores. Su estilo art nouveau era incomparable, y al entrar a él, parecía que el tiempo se hubiera detenido.

En cuanto su abuela la vio, corrió a abrazarla, hacía años que no había tenido tiempo de visitarla, pues actualmente los paseos que recorrían lugares históricos estaban de moda y cada fin de semana significaba que tenían más visitantes sumados a los hospedados en las habitaciones.

-Vamos con tu abuelo, estará contento de verte, él está en la cocina, ya sabes, le gusta probar todo lo que se cocine. Deja tu maleta aquí, en un instante un botones la llevará a la habitación que ocuparás…

La anciana abrazó a su nieta por los hombros y echó a andar pidiendo la ayuda de una de sus asistentes, con dirección a la cocina. Sus palabras continuaban en una cantaleta que Elizabeth apenas escuchaba pues observaba los detalles de la construcción. No lograba observar ningún peligro, salvo aquél que ella, siendo una niña pudo haber causado a las pinturas y tapices del lugar.

Continuó caminando sin notar que su abuela se había detenido frente a la puerta de la cocina. De pronto, el lugar había cambiado, era un poco más oscuro, incluso solitario, ya no escuchaba ni siquiera la voz de su abuela.

-¿Elizabeth?, dijo su abuela.

-Parece que no la escucha, dijo la asistente mientras salía un profuso vaho de su boca.

-¡Oh, no! Pero ellos nunca bajan a estas plantas, dijo la abuela. -No, ellos no son, ¡es él!

Elizabeth se había detenido a unos cuantos metros de ambas mujeres. Su mirada parecía perdida viendo algo que no estaba ahí.

En cambio, para Elizabeth el paisaje era muy claro: una habitación tan exquisita como la recepción del hotel, quizá aún más, pero oscura, con un aire de tristeza. Cuando Elizabeth miró hacia el frente, ahí estaba un hombre, vestido de negro, la luz del cuarto apenas hacía distinguir que había un rostro en esa figura.

El hombre, de entre la solapa, sacó una rosa roja que ofreció a Elizabeth, misma que ella tomó titubeando. En cuanto la hubo tomado, la habitación en la que estaba se desvaneció, dejando frente a ella el iluminado pasillo por el que venía en compañía de su abuela y asistente.

-¿Elizabeth?, volvió a repetir la abuela, mientras la giraba hacia ella. Ahogó un grito en cuanto vio la rosa, y, tratando de fingir alegría, le dijo a la joven que era hora de saludar al abuelo.

El abuelo de Elizabeth era aún un hombre de constitución muy fuerte, que dirigía la cocina como un capitán de la naval, empleo que había desempeñado durante su juventud y que debido a un terrible accidente que le había dejado una pierna lisiada, abandonó.

-¡Mi pequeña!, le dijo a Elizabeth en cuanto la vio, ofreciéndole sus brazos para un fuerte abrazo.

-Querida, dijo la abuela. -Anita, mi asistente, estará contigo todos los días como tu compañía.

-No puedes ir más allá de la segunda planta, -continuó el abuelo-, y si lo intentas sólo podrás hacerlo en compañía de tu abuela o quien ella diga. ¿Entendiste?

-No puedes andar sola fuera de estas dos plantas, finalizó la abuela. -Ahora, mi querida hija, Anita te llevará a tu habitación. En cuanto te instales baja al Comedor Provenzales, estará lista la comida, tu abuelo y yo, te estaremos esperando.

Anita llevó a Elizabeth a su habitación, que se encontraba en la segunda planta. Era una suite junior que reflejaba claramente el otrora pasado brillante del edificio. Había intentado, durante su camino a la habitación, que Anita le dijera la historia de aquél viejo edificio, sin lograrlo.

Tras darse una ducha, bajó al Comedor Provenzales, ahí sus abuelos la esperaban con una deliciosa comida. Tras una buena charla que los puso al tanto de todo lo acontecido a toda la familia, el momento del café era el ideal para tocar el tema sobre el edificio y fue el abuelo el primero en tocarlo.

-Tras ocurrir el accidente, tu abuela y yo decidimos que era hora de hacer algo más, juntamos todos los ahorros que teníamos, y nos dimos a la tarea de buscar el lugar donde poner un restaurante. Cuando encontramos este edificio, no habíamos planeado el instalar un hotel, pero el precio y lo bien conservado que estaba el lugar nos hizo considerarlo.

-Sabíamos que el edificio había sido construido a fines del siglo XIX, por un hombre muy rico. Se supone que en un principio albergó departamentos de lujo, mismos que se vendieron con rapidez entre la gente de dinero de ese entonces. Alguno de los departamentos incluso fueron tomados como salas de exhibición de los artistas que aquí vivían y otros, como los que tenemos en esta primera planta, fueron tomados como salones de baile.

-No sabemos qué pasó aquí, continuó la abuela-. Cuando abrimos el hotel utilizábamos todas las plantas, nos iba muy bien, pero de vez en cuando, alguno de nuestros huéspedes salía huyendo en plena noche, completamente aterrados, sin dar ninguna explicación, excepto que el hotel estaba embrujado. Poco a poco, incluso nuestros trabajadores empezaron a experimentar lo mismo que nuestros huéspedes… también tu abuelo y yo.

-Con el paso del tiempo, siguió el abuelo-, aprendimos que  había lugares a los que no debíamos ir si no queríamos experimentar cosas desagradables, por eso, nadie puede ir más allá del segundo piso. Además, supimos como reconocer a las “entidades” que vivían aquí… De esta forma sabemos que hay uno en especial, digamos como… el principal.

-¿Eso es cierto?, preguntó Elizabeth. -Es que… me parece tan increíble.

Sus abuelos se miraron entre sí.

-Tienes razón, dijo el abuelo. – Es algo difícil de creer, pero ya mañana tu abuela te dará un tour por el edificio. Eso si, prométenos que hoy no irás sola más allá del segundo piso.

-Muy bien, dijo con desgano la joven.

Y tras volver un rato más a su charla cotidiana, se separaron para ellos, volver a su rutina administrando el hotel y ella, para pasar la tarde en algún centro comercial de la ciudad, pues aunque tuviera curiosidad de pasear por los demás pisos del hotel, había prometido esperar al día siguiente.

Fue a la mañana siguiente que Elizabeth, ni tarda ni perezosa, bajó a desayunar junto con un tropel de huéspedes del hotel, y tras hacerlo, se dio una escapada al pasillo de servicio para empezar su aventura por el hotel.

-¡Hey, señorita!, dijo una voz familiar a su espalda-. Quedamos en que podrías visitar el hotel sólo con la compañía de tu abuela o de alguien que lo conozca, ¿no es así? Ve por tu abuela, porque de otra forma, tienes prohibido subir, sentenció su abuelo.

A regañadientes Elizabeth buscó a su abuela, quien se hallaba en la oficina tras la recepción. La joven se sorprendía de la popularidad del hotel, pues a pesar de las 30 habitaciones que había ente el primer y el segundo piso, la gente no dejaba de entrar y salir todo el día, por lo que se preguntaba si era por lo bonito del hotel, la comida o la leyenda urbana de que estaba embrujado lo que atraía a las personas.

Su abuela, tras dar unas últimas indicaciones, la guió junto con Anita, a través de uno de los cinco elevadores del hotel al segundo piso, donde, tras pasar uno de los pasillos, la dirigió a las escaleras que se encontraban clausuradas con un par de vallas en dorado.

Empezaron a subir las escaleras poco a poco, y fue, en el descanso, cuando las mujeres notaron, de nueva cuenta, la conducta que le habían visto a Elizabeth cuando llegó al hotel.

Elizabeth no escuchaba a ambas mujeres que le hablaban. Subía poco a poco los escalones, notando que a cada paso la atmósfera iluminada y alegre se transformaba en un lugar que parecía triste. Al llegar al piso, frente a ella se encontraba un amplio salón, en cuyo fondo habían varios instrumentos de orquesta, el piano, que se encontraba casi en plena oscuridad, comenzó a sonar con una melodía familiar.

-¿Elizabeth?, preguntó su abuela, mientras la tomaba del brazo.

-¿Quién es?. preguntó Elizabeth.

La abuela suspiró, pues tras llegar al piso, veía lo mismo que su nieta. Anita, en cambio, se aferraba con fuerza al brazo de su jefa y observaba aterrada lo mismo que veía Elizabeth.

La música paró y el hombre que la producía caminó lentamente hacia las mujeres. La escasa luz no permitía que su rostro se observara a detalle. Sin embargo, las tres notaron cómo aquél hombre se acercaba a una de las mesitas dispuestas alrededor del salón y tomaba una de las rosas que la adornaban para dejarla en el suelo, frente a las mujeres.

Elizabeth se acercó para tomar la flor y al enderezarse encontró el rostro del hombre frente al de ella, aunque la oscuridad era casi plena. Una fría mano rozó su mejilla. El tacto, pese a ser tan frío, era sumamente familiar.

De pronto, la oscuridad se hizo mayor y Elizabeth perdió la consciencia…

 

Continuará…

 

¿Por qué te quiero?

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-¿Por qué te quiero? Dime.

Inspiró y rascó su cabeza un segundo, para después tomar mi mano y besar la punta de mis dedos.

-Yo también me pregunto eso.

¿Qué quieres?

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-¿Qué quieres?, me dijo con su mirada almendrada clavada en la mía.

“Te quiero a ti”, pensé.

-No lo sé, contesté vacilando. -Quiero encontrarme en toda esta maraña de anhelos que se anulan unos a otros.

Miranda

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A Miranda no le gustaban los abrazos, ni los besos, ni ninguna demostración cursi del amor.

Miranda era agresiva cuando se proponía algo, al igual que en la cama donde no daba tregua ni atizbos de derrota.

Ella parecía inalcanzable, firme en sus sentimientos y en sus decisiones.

Ella, le había robado el corazón y él la esperaba cada sábado en la cafetería donde la conoció, con el mismo libro que leía entonces, con la misma ropa que vestía cuando la vio.

Él tarareaba a Sabina mientras la buscaba por los rincones de aquél café; era poesía para su desgarrado corazón.

Él no la olvidaba, la llevaba en su corazón como se llevan los recuerdos que no se quieren olvidar.

Él aún la buscaba, él aún la quería abrazar.

Y así pasaba el tiempo, sin que su corazón lograra cicatrizar…