Rosa

No está destinado a grandes cosas

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‘No, él no está destinado a grandes cosas”, escribió en su diario.

“He estado casada con él tanto tiempo que reconozco la naturaleza de su espíritu”, continuó sabiendo que él, en algún momento, leería la nueva entrada en ese cuaderno.

“Él no está hecho para renacer de sus cenizas, él es un ser que está hecho de una madera que le permite flotar y seguir la corriente. Él no podría luchar contra los gigantes, para él sí son molinos de viento.”

“Él es puerto de descanso seguro, pero no la compañía para mover montañas y construir ciudades. Él es dulce, sí, pero no el ideal para crecer, para hacer aún más.”

“Lo amé, no lo niego, sin embargo, el amor se me fue cuando reconocí que yo era marinero de alta mar, mientras él se quedaría pescando en la orilla.”

“No sé si llegue quien me quiera acompañar en travesías; ni siquiera ahora sé si yo podría abandonar el puerto.”

Armando(me)

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Llevaba en la pequeña maleta las pocas ilusiones a las que me aferraba y las enormes ganas de verlo.

Tomé el primer avión que había y me embarqué en un pequeño viaje con el único propósito de que sus abrazo y sus besos pudieran armarme por completo.

Mi vida era una caos. En unos cuantos meses todo estaba desordenado y no me quedaba mucho de razón, así que la urgencia de verlo lo era porque deseaba con toda el alma aferrarme al único madero que consideraba mi salvación.

Durante el vuelo imaginé verlo y sentir su abrazo pleno, que uniera cada una de las partes en las que se hallaba roto mi corazón.

“Voy retrasado. Llegaré pronto. Espérame”, fue la respuesta que obtuve en cuanto le avisé que ya había aterrizado.

Me tomé las cosas con calma y aguardé haciendo tiempo, que para eso era experta: en perder el tiempo.

“¿Dónde estás?”, dijo en mensaje y corrí a su encuentro.

Reconocí su figura. Mi corazón latía con fuerza y me sudaban las manos. ¡Cuánto había anhelado verlo!

Me abracé a él con fuerza, deseando sentir esa misma hambre, esa misma necesidad por el contacto, sin embargo, una palmadita fría en mi costado en respuesta, me hizo separarme de él.

Dolió. ¡Ay, carajo! ¡Cómo dolió!

Me hizo andar a su paso, hasta llegar a su auto en el que me llevaría al hotel.

En cada luz roja buscaba besarlo o abrazarlo, pero él, frío, pero cordial, se dejaba hacer sin pedir más.

Me instalé en el hotel e inmediatamente salimos a tomar una copa. El atardecer nos apresuraba a no perder el tiempo en paseos.

Después, un breve amor de sobremesa en mi habitación y la corta despedida con un “hasta mañana” me hicieron llorar hasta quedar dormida.

El amanecer me dio los buenos días tímidamente, forzándome a desear que ese día recibiera la calidez que no había tenido.

Un breve desayuno y un más brevísimo encuentro con él me dejaron con un sabor agrío en la boca.

—Debo irme a trabajar. Regresa con cuidado, fueron sus últimas palabras antes de dejarme sola en una ciudad donde se me confirmaba que era una extraña y más para él.

Salí del hotel cargando de regreso a casa las ganas no correspondidas de ternura, empatía y amor.

Pude haber inundado el avión al regresar a casa, pero una copa de vino tinto bien dispuesto por la azafata no me lo permitió.

“Te amo”, leí en cuanto bajé del avión.

Ese te amo se leía ahora como una mentira bien estructurada. En su compañía estaba más sola que lo que creía estar y en su boca besaba el desamor.

Mi vida era un caos, pero si seguía en esa oscuridad que él me brindaba, irremediablemente perdería la poca cordura que me quedaba.

Caminé acariciando los pedazos de mi corazón, que al más pequeño roce cortaban mis manos. Me armé lento, muy lento, como un rompecabezas… sigo haciéndolo.

Él, no sé. Creo que sigue mintiendo, porque hace mucho mi corazón le cerró la puerta.

Robarle al tiempo

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Le robo unos minutos al tiempo.

Escucho el rumor del Nilo y la lejanía, los cánticos a Ptah; voces hermosas que le cantan a una estatua de negro perfil.

Respiro la suave humedad del río y la sal del desierto.

Mis manos suavemente recorren su cálida piel que me recuerda a las arenas del desierto.

Su respiración me recuerda que este tiempo que le robo a la vida es único, así como este momento en que el Niño me canta al igual que el coro a Ptah.

Los niños juegan cerca de aquí. Ríen traviesos sin saber que el tiempo pasa y sólo nos quedan momentos que pudimos robarle.

Describo sus formas firmes con mis manos. Mientras lo acaricio imagino mi paso por el desierto.

Tan prohibido es él como el ir ahí, a donde los antiguos dejaron su morada, cuando la luz triunfó sobre la oscuridad.

Sólo un poco más que robarle tiempo, sólo un poco más para continuar la vida y recordarte más allá de este tiempo.

¿Olvidas algo?

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—Olvidas algo importante. ¿No checaste lo que envió? La semana pasada envió un video donde decía que había que hacer. ¿No lo viste?, me dice ella haciéndome notar que yo fui la descuidada en no ver el video y así no entregar lo que debía.

Me despierto al sentir en el rostro la luz del Sol y me pregunto la causa por la cual había olvidado algo en mi sueño, lo que se había hecho recurrente.

Me pongo a hacer una lista de mis pendientes, quizá sea algo que he estado olvidando hacer.

Pequeños pendientes que se pueden resolver, así resumo esa lista, sin embargo, aún me queda la duda de si es eso lo que falta.

El móvil suena y es un mensaje de él y entre lo rutinario de los pendientes que hemos creado, me pregunto si alguna vez me amó.

El pecho duele, al estar ahí la herida que me dejó y aunque intento que no, los ojos se llenan de lágrimas.

Quizá eso sea lo pendiente, terminar de sanar y dejar que la herida cicatrice, porque aún duele.

Vicios

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He de dejarte.

No me llaman ya tus hermosas cualidades.

Son tus vicios los que ya no se llevan bien con los míos, pues en lugar de mejorar y avanzar hacia una meta, me he estancado en tus inseguridades y vacíos.

No avanzas, no construyes, ni siquiera sabes quién eres.

Te uniste en santa comunión a lo material, olvidándote del conocimiento propio, del conocimiento de la vida para el crecimiento.

He de dejarte porque tu carácter liviano de hace ir de aquí a allá sin parecer notar la diferencia.

Quiero dejarte porque mis vicios me llevan a desear más; otros vicios, quizás, con los cuales jugar.

Sola

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Llega como un soplo de frío polar y se cuela bajo la piel y me hace sentir y saber, en lo profundo de mi alma, que me siento sola, que estoy sola.

Que yo sola debo luchar y vivir en este mundo, que las compañías son frías y que sólo quieren su bienestar.

Y corren las lágrimas sin detenerse, intentando desahogar un poco del dolor que se siente en el pecho.

A pesar de que esta emoción se sienta real y eterna, no puede quedarse, no debe quedarse.

Día 1

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—Cada día podríamos escribirnos una promesa.

Le miré a los ojos y pensé en la promesa que podría hacerle.

—Si, pero no puedo prometer que te amaré por siempre.

INDIE

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Basada en hechos reales.

La historia fantástica de una ballena, desde su tierno nacimiento en las tibias aguas del Pacífico que viajará hasta la Isla Cratos.

¡No te la pierdas!

Diario de una sultana

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La sultana madre me dejaba ir y venir a mi placer, ya que, cuando el Sultán tenía visitas yo podía platicar con ellas, haciéndoles su visita agradable y así, mi querido Sultán, obtenía para su ventaja alguno que otro acuerdo.

A pesar de amarlo, no era apegada al Sultán. Me sentía plena cada día paseando por el harén, y así pasaban las largas temporadas en que el Sultán no estaba.

Mahidevran detestaba mi existencia y a la distancia seguía mis pasos, vigilando lo que hacía, y quejándose, cuando se daba la ocasión, con la sultana madre, a quien llenaba los oídos de quejas contra mí, mucho más cuando yo era la elegida para acompañar al Sultán cuando había invitados.

Recuerdo, como anécdota, que cierto día que paseaba por el harén, en la sección de los baños, observé una toalla tirada que recogí y coloqué en una cesta para que fuera lavada, encaminando de nuevo mis pasos a otra parte del harén. Me había alejado unos cuántos metros cuando escuché gritos de Mahidevran que se quejaba diciendo que esa toalla que había recogido pudo haber estado en quién sabe qué lugar y que podría causar enfermedades. Esa fue la gota que derramó el vaso, y cuan larga soy, me acerqué con paso firme a Mahidevran a quien hice callar con dos plenas bofetadas en su rostro.

El bello rostro de Mahidevran se sonrojó a tal extremo que supe que le había golpeado con todas mis fuerzas. El escándalo fue extremo y llegó a oídos de mi Sultán, quien, en la privacidad de la habitación me regañaba con ternura, cual niña pequeña, haciéndome repetir que no volvería a agredir a Mahidevran.

No podía siquiera pensar en molestarme con él. Me hacía feliz con tan solo verlo con sus graciosos gorros en la cabeza y esa ternura suya para conmigo me llenaba enteramente.

No lo extrañaba, es cierto, pero extrañar es querer algo que no se tiene y yo lo tenía, cada día de mi vida.

Sospecha

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Cerré los ojos mientras sus manos subían por mis muslos, que se abrían aún más para darle cabida a su cuerpo.

Mis manos siguieron el contorno de su pecho, aferrándose a su cuello.

El ir y venir de sus caderas provocaba oleadas de sensaciones en mí; sensaciones que iniciaban en un gemido y culminaban en estertores que no podía controlar.

De pronto, sentí un grave gemido que escapó de su boca, indicando el final de la faena que me dejaba aferrada a su cuerpo. Dos movimientos finales y después un beso para separarnos y evitar cualquier sospecha.