Y EN TU AUSENCIA

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Quizá se te olvidó un poquito de amor en algún lugar, así que me ocupé de ordenar la casa.
Revisé cada uno de los libros que leías, pero no encontré nada que pudiera servirme, tan sólo el frío de unas letras que me decían que te extrañaba.
Lo siento, me abracé a un jersey que olvidaste en un rincón, llenándolo con mis lágrimas, dejando las marcas de mis noches sin dormir, pero tampoco encontré en él el amor que me hacías sentir.
Las espinas del rosal, incluso se han clavado en mis manos. La torpeza de mí se adueña, pero es porque no te tengo aquí.

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AL AMOR QUE FUE

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Sé que me has olvidado,

que mi nombre en tus labios ya es pasado,

que el te amo a alguien más es dedicado.

Si, sé que ya no recuerdas mis manos,

mucho menos el cuarto en el que nos amamos,

tampoco los besos que en tu piel dejé impregnados.

Y no, no vengo a reclamar tu olvido,

al pasado nunca hay que dejarlo vivo,

aunque yo muera, sé que he vivido.

Si, he vivido en tu sonrisa,

en las caricias de la brisa,

en el día a día que me dabas sin prisa.

Desde lejos te miraré

y para mis adentros diré:

muere contigo quien el amor fue.

SIN CANDADOS

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Le veo encadenado. Sus tobillos macerados por las pesadas cadenas apenas podían sostenerlo. ¿Cómo curarle aquéllas heridas si él mismo había decidido mantenerse en esa prisión?
La puerta se encontraba sin candado, las llaves de sus cadenas yacían a su lado, pero él no quería escapar.
La culpa de una muerte le tenía bajo esa penitencia autoimpuesta.
Mi llamado era en vano, él prefería mantenerse en la oscuridad, muriendo poco a poco.
¡Oh, amado mío! ¿Acaso no ves que esta condena la cargamos ambos sin que lo veas?
Mi corazón muere a su lado y su culpa lo estará enterrando.

CAOS EN LA CIUDAD. LOS MUERTOS EMERGEN DE SUS TUMBAS PARA IRSE A NADAR.

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El calor en la ciudad provoca ese gran alud de muertos vivientes.Salvo por los reportes de síncopes de varios habitantes, el comportamiento de los muertos es más o menos el normal entre los esperados paseantes de Semana Santa.

Ya estábamos acostumbrados a los desastres que realizan cada periodo vacacional los capitalinos, así que el ocasionado por esta situación no asombra mucho.

Sin embargo, la Secretaría de Salud, así como las autoridades estatales y municipales han señalado que muerto que sea sorprendido dejando restos en descomposición en la vía pública será consignado sin excepción alguna, además de que se haría acreedor a una multa que va desde los 100 hasta los 1000 salarios mínimos.

Una sanción que esta reportera ve con agrado, no obstante, algunos de los muertos que podrían ser sancionados no tienen bienes, salvo un maltrecho ataúd, que quizá será lo único con lo que podrán hacer frente a esta medida.

Claro está, los muertos también han alzado la voz solicitando se tenga un mayor control sobre los canes en vía pública, pues no falta el perro que se lance sobre algún muerto con singular alegría para mordisquear sus huesos e irlos a enterrar.

A lo que, la presidencia municipal ha señalado que tomará las medidas adecuadas para hacer que el disfrute de este periodo vacacional transcurra con la mayor tranquilidad.
Por supuesto, se espera que esta situación en la ciudad atraiga a más visitantes para disfrutar de un paisaje tipo “The Walking Dead” y así la derrama económica sea mucho mayor.

EN SILENCIO

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El atardecer en la playa me llevó a una calma inusitada. Al parecer, era la única a la que interesaba observar cómo se perdía el sol bajo el mar, pues de la alberca, que quedaba a varios metros lejos de mí, se escuchaban las risas desatadas por las actividades que promovía personal del hotel.
Era la única que quedaba frente al mar. La soledad me hacía sentir vulnerable… pero esa sensación terminó pronto, pues noté tras unas rocas que alguien se encontraba nadando aún en el mar.
Con curiosidad, esperé a que aquella persona saliera del agua, pues éramos los dos únicos locos que aún estábamos ahí.
Unos pocos minutos más y la figura de esa persona apareció frente a mí.
Era un hombre delgado, alto, con músculos marcados que brillaban gracias al agua del mar. Poco a poco caminó hacia las sillas donde yo me encontraba para secarse con una toalla.
No pude evitar observarlo con detenimiento. Pese a no ser sumamente atractivo despedía un encanto irresistible para mí.
El rubor cubrió mi rostro cuando me descubrió observándolo, así que con nerviosismo recogí mis cosas y huí hacia la alberca.
La actividad en la alberca era intensa. Sólo hasta que la luz del sol se hubo acabado, la alberca comenzó a vaciarse.
Así lo descubrí otra vez, observándome desde el bar.
Sentí mi rostro ruborizarse… me movía torpemente mientras tomaba mis cosas para ir a mi habitación, en tanto él, parecía observarme aún mientras hacía lo mismo.
Al dirigirme a mi habitación sentí unos pasos a mi espalda… era él.
Al subir al carro que me llevaría a mi habitación, él se sentó a mi lado. Yo no dejaba de ocultar mi rostro y él de observarme.
Cuando lo dejé en el carro para adentrarme en mi habitación me sentí segura, pero no pude evitar sonreír mientras me preparaba para ir al restaurante a cenar.
Una cena deliciosa y la vista de la costa fueron mi compañía. Tan bella era la noche que pensé en caminar de regreso a la habitación, aunque me dirigí a la estación para esperar un carro que me llevara a mi cuarto.
Fue ahí donde lo volví a ver. Cuando él notó mi presencia me regaló una hermosa sonrisa. Mi estómago sintió una oleada de mariposas, así que decidí no esperar más y caminar a mi habitación.
No tardé en descubrir que él seguía mis pasos… tan de cerca que me ponía sumamente nerviosa.
Al pasar frente a un jardín a media luz tomó uno de mis brazos, adentrándome más y más a un prado donde reinaba la oscuridad.
Me tomó de la cintura y acercó su cuerpo al mío para robar mi aliento. Sería él o yo… no lo sé, pero nuestras manos nos deshicieron de la ropa que hicieron de cama sobre el césped.
Sentía sus labios contra los míos y contra mi vientre la dureza de su miembro.
Tomaba mis senos con sus manos, acariciándolos con firmeza. De pronto,  sentí su miembro adentrándose entre mis piernas, rozando mis labios vaginales, humedeciéndose con mis jugos.
Le escuché gemir y eso provocó que moviera mis caderas, deseando tenerlo dentro de mí. Él empujaba suavemente su falo hasta lograr que su glande entrara en mí. Un gemido fuerte fue ahogado en su boca, mientras sus manos tomaron mis piernas para penetrarme de un solo movimiento.
Sus hombros sostenían mis piernas, su cadera chocaba contra la mía en incesante ir y venir que me provocó un orgasmo tal que me sentí desfallecer.
Su cuerpo rodeó el mío con suavidad mientras recuperaba el aliento.
Fue entonces cuando sentí como se separaba de mí; sus dedos hurgarron en mi entrepierna, dirigiéndose con decisión a mi culo, que fue bañado con mis propios jugos.
Mis piernas volvieron a coronar sus hombros, mientras él, con suavidad penetraba mi culo.
Dolor y placer se hicieron uno, mientras su cadera chocaba una y otra vez con la mía.
Sus gemidos se hicieron más y más fuertes, hasta que el orgasmo fue inminente, llenándome con su semen.
Así, agitados y perlados en sudor quedamos sobre la hierba, con su cuerpo sobre el mío.
Mi mente hizo todas las preguntas posibles, pero no hablé, pues no quería perder ese momento.
Entre sonrisas, coqueteos y breves besos nos vestimos.
Un beso frente a la puerta de mi habitación fue la despedida.
El tiempo, que no perdona transcurrió y hoy, como hace un año, me encuentro en el mismo hotel.
Tras hacer los trámites del check in, la recepcionista da al botones la llave de mi habitación,  éste me dirige a la estación donde ¡oh, sorpresa! Él también está esperando…

LA VERDAD TRAS UNA OBSESIÓN

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Tomé el sobre que me ofrecía el investigador privado; mientras lo abría, me explicaba que la “persona” de la cual yo me había enamorado no existía como se me había hecho creer.

Me detuve un poco. Lo que estaba haciendo era una locura, pero necesitaba saber que la persona de la que me había enamorado en una red social existía de verdad o si era sólo un invento.

Saqué un par de fotos donde se observaba una mujer caminando en lo que parecía era un parque. Encontré además, una hoja donde se indicaba el nombre de la chica, su dirección, ocupación, dirección, números de teléfonos, así como una guía de su rutina a la largo de la semana y una tira más de fotografías de otra mujer y un hombre.

Sentí como si una daga entrara en mi pecho. Al instante mis ojos se llenaron de lágrimas. Intenté no llorar frente al investigador pero era prácticamente imposible; las lágrimas corrían sobre mis mejillas sin que pudiera evitarlo.

-Las demás personas, ¿quiénes son?, pregunté con un hilo de voz.

-Verá, señorita-, dijo el investigador con total seguridad, -estas dos personas, cuyos datos encontrará también en el interior del sobre, entran a la cuenta que usted me indicó. Fue muy difícil rastraerlos debido a que todos ellos procuran evitar dejar algún rastro para ser detectados, sin embargo, mi socio y yo, pudimos localizarlos. Tanto la segunda mujer como el caballero, ingresan a la cuenta que usted me dijo, pero de forma esporádica, quien ingresa de forma permanente a la misma, es la primera mujer.

-Entiendo… ¿dónde vive ella?-, pregunté entre sollozos.

-A cuatro horas de aquí-, contestó el investigador. -Como ya habrá observado, agregué todos los datos de ella en una hoja anexa. En caso de que decida ir a ese lugar, le sugiero ir acompañada y si para ello me requiere, esperaré su llamada.

Apenas pude asentir con la cabeza y el investigador, sin más, tras una breve despedida me dejó en la mesa, ahogada en llanto.

Encendí mi celular y accedí a mi cuenta. Ahí estaba “él”, escribiendo como cada mañana lo hacía a esa hora. “Él” me había hecho sentir un amor que no podía comprender y con el que pretendía ser feliz. No podía creer que él no existía, que él era una invención de alguien más… pero, ¿con qué propósito?

Escribí un mensaje a mi “amado”, que fue respondido casi al instante con un “ten bello día” que me partió el alma en dos. Observé la dirección de la chica y tras hacer un par de llamadas a mi secretaría, me dirigí a casa para hacer mi maleta. Iría a buscarla.

Alguna vez había imaginado que los investigadores privados tendrían un vehículo clásico color negro, pero en cambio, Ben, tenía una pequeña minivan que estaba tan bien equipada, que la hacía parecer su segundo hogar.

Ben había sido amablemente discreto, ofreciéndome de vez en cuando algún pañuelo para secar mis lágrimas, además de que no ponía cara de asombro o disgusto cuando observaba mis ojos hinchados por tanto llorar.

Al llegar a la ciudad donde vivía aquélla mujer, sufrí un peor ataque de llanto. Ese era el cielo que mi “él” veía… pero no era un cielo de un hombre, sino de una mujer. Con este pensamiento, me puse al borde de la histeria y Ben lo entendió muy bien, pues en lugar de llevarme de forma inmediata al lugar donde estaría esa mujer en esos instantes, me llevó a un bello parque para que pudiera estirar las piernas.

Caminamos unos minutos por el parque y no tardé en descubrir un lugar que “él” me había mostrado en fotografías. El dolor que sintí fue incontrolable al grado de llegar a las náuseas. Ben se mantuvo impertérrito mientras arqueaba mi cuerpo y tras un largo momento de silencio, con la misma amabilidad que mostró durante el camino me llevó al hotel donde pasaríamos los días que yo considerara necesario.

Durante un día entero no pude salir de la habitación. Observaba con tristeza la pantalla de mi celular y cada una de las frases que “él” escribía y que me dañaban cada vez más… era una mentira tan bien creada que la creí entera, hasta que mi necesidad de algo real fue más fuerte que yo.

Al segundo día, algo envalentonada, pedí a Ben siguiéramos a la mujer que estaba tras de “él”. Así que me llevó a un condominio, donde se estacionó en una esquina, desde la cual, podíamos dominar la vista de un conjunto de casas. Ben, me indicó con exactitud en cuál de aquéllas casas vivía esa mujer. Esperamos unos minutos y justo como lo había indicado en su reporte, aquélla mujer salió de la casa para dirigirse a un pequeño local en el centro de la ciudad, donde estaría hasta pasado el mediodía, para ir por sus hijos a un colegio cercano y después ir a comer a una plaza de la ciudad.

Mientras comía, la observaba atentamente. Le veía escribiendo mensajes en su celular, mismos que correspondían con las frases que “él” iba escribiendo. Quería acercarme a ella y verla a los ojos; deseaba hacerle saber todo el dolor que me estaba provocando.

Al ver que se disponía a marchar, me levanté de la mesa sin pensarlo, mientras ella guardaba su celular en la bolsa. Un breve descuido de su parte y fue todo. Metí mi mano en su bolsa y saqué el celular sin que ella se diera cuenta.

Tras hacerlo, corrí despavorida sin detenerme hasta topar con la minivan de Ben que se encontraba en el estacionamiento. Apretaba contra mi pecho aquél objeto y seguía repitiéndome que no había un “él”, sino que era una “ella” que sin piedad alguna me había engatusado en una “relación” fantasiosa.

Cuando llegó Ben a mi lado, me tendió la mano para que le diera el pequeño objeto que aún mantenía contra mi pecho.

Sin decir una sola palabra, Ben me llevó a un pequeño bistrò, donde, con esa fría amabilidad suya, poco a poco me fue enseñando el contenido de aquél celular.

Ya no tenía ninguna duda. Vi los mensajes que yo le enviaba a “él” en esa red social y no sólo los míos, sino los de otras tantas mujeres que creían que “él” era real. Del dolor pasé a la rabia. “Él” me había hecho creer que me amaba, pero no era más que un invento de otra persona.

Ben tomó mi mano, apretándola dulcemente, para mirarme a los ojos y advertirme que había mucho más de lo que yo veía, pero que él consideraba que no era necesario que supiera todo, así que me pedía que olvidara cada cosa “vivida” al lado de “él” y vivir mi vida tal cual era, sin ninguna fantasía a la que aferrarme.

Con poca resignación, acepté lo propuesto por Ben. No necesitaba saber más.

De pronto, el celular sonó y Ben, contestó la llamada. Era la dueña del teléfono, pidiendo que el mismo se le devolviera, por lo que Ben, dueño de la situación, pidió a la misma se reuniera con él esa noche en el mismo bistrò donde nos encontrábamos.

Durante las horas que transcurrieron antes de aquél encuentro, me puse histérica. Me enfurecía, lloraba… era un caos en mi pequeña habitación de hotel.

El esperar en el restaurante no mejoró mi estado de ánimo, pero al menos ya no lloraba a mares, aunque pensaba en destruir cualquier cosa que me pusieran enfrente. Ben tan sólo me observaba, más, en el instante en que veía como esa mujer entraba al restaurante, me abrazó de manera protectora, pidiéndome al oído que me calmara.

Sólo un ligero carraspeó me indicó que ella ya se encontraba frente a nosotros, así que Ben, sin dejar de abrazarme por los hombros, pidió que ella y el hombre que la acompañaba se sentaran a nuestra mesa.

Yo no podía dejar de mirarla. Tenía un bello rostro… al que deseaba cruzar con mi mano. Sin mucho preámbulo, Ben me presentó; al hacerlo, una chispa de curiosidad encendió el rostro de aquélla mujer. No pude evitar sonreír irónicamente cuando mi mano entregó a su dueña aquél aparato.

Fue entonces, cuando tomé mi teléfono y escribí un mensaje a mi “amado”:

<<Es un placer verte. Ahora que sé la verdad, te prometo que guardaré el secreto, pero quiero que entiendas que si no lo hago es porque esto pudiera doler mucho más de lo que crea. Ten buena vida.>>

Cuando el mensaje fue notificado, ella, de forma inmediata lo revisó. Su bello rostro se tornó pálido. Sus pupilas buscaron las mías. Tal vez… sólo tal vez si ella se hubiera disculpado en ese instante, la hubiera perdonado, pero no lo hizo… mi mano buscó uno de los cuchillos que estaban sobre la mesa. La reacción de Ben fue inmediata y antes de que pudiera levantar aquél cubierto, oprimió mi mano hasta hacerla palidecer.

La mirada de la mujer pasó de la irónica diversión al susto y después a la ira. Sin más, pidió disculpas marchándose con su compañero. Ben tuvo que hacer algo más que apretar mi mano, pues la ira me invadía de pies a cabeza y no podía contenerme… sin embargo, al volver a sentir sus brazos rodeándome, el dolor volvió a invadirme y así, sin fuerza, me acurruqué en su pecho para llorar mi pena.

De regreso a casa, Ben me pedía una y otra vez, que olvidara todo, sin embargo, pese a que supiera la verdad, “leerlo” se había convertido en mi obsesión y sabía que, tal vez, esa obsesión… nunca acabaría.

~CÓMEME~

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La tarde se acaba. Has pasado por mí a la oficina para irnos a casa. Te observo atento al camino, pero mano en la palanca de velocidades, se desliza inquieta sobre la pierna que tiene cerca. Una señal de alto te hace detenerte. Me observas atento mientras tu mano se cuela bajo la falda para acariciarme.
Respondo a tu caricia cuando reinicias la marcha del vehículo, pues una de mis manos acaricia tu muslo hasta llegar a la entrepierna. Encuentro tu falo que poco a poco se endurece.
Con mirada traviesa desabrocho tu pantalón… un suspiro escapa de tu boca al encontrarte expuesto. Mi mano te acaricia lentamente mientras conduces… te humedeces pronto en mi mano. De pronto, te desvías del camino a una calle que parece solitaria. Te estacionas frente a un parque cuyas farolas empiezan a iluminar la incipiente noche.
~Cómeme~, me dices, y yo, obediente me acerco a tu pene para que penetre mi boca.
Despacio lo succiono, deslizando mi lengua en tu glande. Mi mano acaricia tus testiculos. Gimes y yo, me humedezco.
Levantas mi falda y aprietas mis nalgas.
Una de tus manos toma mi cabeza para que penetres aún más mi boca. Mi saliva moja tus testiculos que mis manos aún acarician.
De pronto me haces separarme de ti. Te arreglas un poco el pantalón y sales del auto. Abres mi puerta y me ofreces la mano. Me diriges hacia el parque, donde la luz no alumbra. Así, contra un árbol, me sujetas con premura para levantar mi falda y arrancarme las pantaletas. Te clavas en mí, haciéndome gritar. Te mueves con fuerza… profundamente. Mi boca se une a la tuya que entre gemidos me llama “mía”.
Abres mi blusa exponiendo mis senos al subir el sostén. Tomas uno a uno mis pezones con tu boca.
Tocas de tal forma mi interior que no puedo evitarlo, grito tu nombre, pero tú callas mi boca en un beso profundo, mientras me estremezco en un largo orgasmo.
Me desmadejo en tus brazos exhausta, pero tú aún quieres más. Te separas de mí y me colocas frente al árbol, mientras tomas mis caderas para penetrarme una vez más.
Me penetras con fuerza… profundamente… más y más… hasta anunciar tu venida… un gemido largo y profundo indica cuando te viertes en mi interior.
Tras unos segundos aún dentro de mí, te retiras suavemente.
Intento arreglar mi ropa, pero los botones de mi blusa han quedado regados en el suelo y mi pantaleta en tiras alrededor de mi cadera. Así te despojas de tu chaqueta para cubrirme y fundirnos en un abrazo.
No es necesario que digas algo… te siento, amor… te sé.
Me besas dulcemente y tras reírnos ambos de lo hecho, seguimos el trayecto a casa.