Dicen…

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Dicen que me he engreido,

dicen que sólo sé de tu boca,

de las noches que tocamos la Luna,

que sólo escucho tu voz.

Dicen que ya no soy de mí,

que mis manos no son mías,

sino tuyas,

porque al vuelo de gaviota,

deja suspiros en la boca,

desgrana las ganas en pequeñas hebras,

que parecen estrellitas que escapan con un gritito,

de esos que se confunden con gemidos,

y que llevan tu nombre.

Dicen que cambié,

que en mis ojos te notas,

que tengo zapatillas de nube,

como alas en la espalda.

Porque vuelo al sentirte cerca,

al no olvidarte, al saberte… al recordarte.

Un amor calmo

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No me quedo sin aliento con tan sólo pensarte;

No me siento frágil al saberte lejos,

Ni mi corazón rompes con cualquier mirada,

Esto es suave, delicado, me hace crecer,

Me invita a mirarte con cariño,

Con las ganas de tomar tu mano,

De que sepan que soy de ti,

Y que quiero estar contigo.

No te quiero en mis versos

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No te quiero en mis letras, no mi amor,

no quiero describirte, pues sé,

que si te pierdo,

en mis versos te encontraría.

Un hubiera

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Esta noche quiero inventar un hubiera contigo, porque a veces me duele el sentimiento perdido.

En este hubiera sigo enamorada y eres mi mayor admiración; te observo con locura y a veces con ternura; mis manos ansiosas buscan tocarte y mis labios se hacen agua deseando besarte.

En este hubiera recibo una llamada, un mensaje tuyo que con su espontaneidad me hacen feliz.

No hay alejamientos, puedo verte continuamente…

¿Pero de qué me sirve el hubiera si no es verdad?

Tan ordinario…

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Besó mi mano delicadamente tras hacerme el amor y con su dedo indice acarició mi mejilla.

-No eres mía, ni de nadie- dijo él con tono neutral.

Le miré deseando saber la causa de sus palabras.

-Eres demasiada mujer para mí, para cualquiera que se acerque a ti y si tú lo supieras, nunca me hubieras mirado. Me pregunto la causa, siendo yo tan ordinario.

Una sonrisa fue el agradecimiento a sus palabras, un beso y el deseo de quedarme a su lado, la respuesta que él provocó.

 

Me quiero…

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-No, no puede ser -, me digo en voz alta.

“Si, si puede ser”, me contradice el pensamiento.

Y es que me tengo aquí, pensando en ti, intentando no soñar con tu figura recargada en la pared, esperando mi llegada y tu mirada paciente que me desarma.

Y es que me quiero a tu lado, pero el sentido común no aparece para defenderme, dejándome a la merced de las ganas asesinas de ti.

Di cómo olvidarte, si a pesar de los años, sigo enamorada del ser que yo me inventé.

Me quiero piel a piel, beso a beso contigo, quiero otra tarde de martes cada tarde…

Porque son de esas tardes que se recuerdan a pesar de los años.

Siete mares

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Su cuello se ofrecía bajo el filo de la espada, moreno por tantos años bajo el sol. Un rápido corte y fue todo para que su cuerpo quedara inerte.

Los ojos de todos estaban expectantes, atentos a un movimiento o a una palabra. El silencio se hizo denso durante el par de minutos que duró y sólo fue roto por el sonido de pasos sobre la madera y el chasquido de una puerta al cerrarse.

Los tiempos de guerra habían iniciado y nadie confiaría en nadie, mucho menos quien ahora los dirigiría a través de las aguas de los siete mares y que horas antes se los había demostrado ordenando arrasaran con la primer aldea que encontraron.

Un leve brillo de miedo quedó en los ojos de aquellos hombres que habían visto sin más, cómo la sed de sangre de su líder apenas parecía iniciar, pues la sangre que acababa de derramarse era de quien creyeron, ella estaba completamente enamorada.

Se miraron unos a otros y las tareas de limpieza de aquella aldea al pie de la playa comenzaron. Tendrían un par de días de libertad antes de adentrarse aún más en aquella isla para después partir como lobos hambrientos a descubrir lo que la guerra iniciada sería.

Siete navíos para siete naves y una mujer al frente de todos ellos, tal vez eso era la maldición de las maldiciones.